—¡Ah, Santa Paciencia!
O cuando Luis se resfría por haber estado esperando bajo la lluvia a que su novia le perdonara por llegar tarde a la cita del sábado. Entonces, Luis le llora las penas a Antonia mientras espera que el médico lo atienda:
—¡Ah, Santa Paciencia!
Ella deja escapar una risita tonta, cosa que desconcierta a Luis.
Antonia es bajita, rubia, con ojos azules, mejillas sonrosadas y siempre lleva los labios pintados de rojo pasión. Suspira a menudo. Cuando la sala de espera está vacía, es lo único que se oye. Suponemos que esos suspiros son su manera de gestionar las palabras que no dice, pero que sí piensa. El doctor Manuel la anima a que no se reprima, y ella deja escapar una risita tonta cuando él se lo propone, cosa que desconcierta al doctor.
Cada domingo, después de misa, acude al bar del pueblo a comer un trocito de tarta salada y una copa de vino. Allí se encuentra con muchos de los pacientes que, en algún momento de sus vidas, han ido —y siguen yendo— a verla. Saben que no deben molestarla en su día libre. Creen que deja la Santa Paciencia en el centro de salud y que no le temblará el pulso para gritar a quien la interrumpa mientras come. Eso desconcierta a los lugareños… y ella deja escapar una risita tonta.
Los griegos adoptaron y perfeccionaron aquellas fórmulas otorgando más consistencia a la masa de harina y agua, creando pasteles de carne picada con una base de costra inferior. Más tarde, Roma expandió y enriqueció la técnica por todo el continente incorporando mariscos, pescados y quesos, como en el célebre libum, un pastel ritual a base de queso fresco, harina y huevo que se ofrecía a los dioses.
Durante la Edad Media, las tartas saladas vivieron su época dorada por motivos estrictamente prácticos. La masa —conocida en el inglés de la época como coffyn— se preparaba tosca, gruesa y endurecida. Aquella corteza exterior no estaba pensada para comerse: funcionaba como un recipiente hermético para cocer los jugos a fuego abierto y resguardar el relleno del aire, lo que permitía conservar los alimentos durante semanas y transportarlos en viajes largos. En los banquetes nobiliarios, estas piezas se convirtieron en un alarde de estatus y se rellenaban de caza mayor y aves aromatizadas con especias de lujo.
A partir del Renacimiento, el abaratamiento del azúcar refinado en el siglo XVI deslindó la pastelería salada de la dulce. Al independizarse los postres, los cocineros refinaron las masas saladas, sustituyendo los recipientes duros medievales por masas quebradas mantecosas, finas y crujientes.
En la Francia de la época despuntó la quiche en la región de Lorena, aunando masa quebrada con un delicado batido de huevos, nata y panceta. En paralelo, Italia consolidó joyas de huerta como la emblemática torta pasqualina de Liguria —con finísimas capas de masa, acelgas, ricotta y huevos enteros en su interior—, mientras que en el Reino Unido los meat pies se convirtieron en el almuerzo de bolsillo de la clase obrera durante la Revolución Industrial.
Hoy en día, la tarta salada ha pasado de ser un simple contenedor protector a una de las preparaciones más versátiles de la cocina contemporánea.
Por mi parte, te diré que es una receta facilísima y muy agradecida para adaptar a cualquier pauta: basta con ajustar el peso de los ingredientes y el molde. Evidentemente, Tomás y yo no nos zampamos de una sentada una tarta de 18 cm, pero sí nos repartimos de maravilla una individual de 12 cm. Queda tan rica que pienso seguir experimentando con mil rellenos más; ya me entenderás en cuanto la pruebes.
Actualizada 2026.
Tarta salada con patatas
- 500 g patatas
- 200 g acelgas (o espinacas)
- 1 manojo cebolletas
- 4 huevos
- 250 g queso fresco batido desnatado
- 100 g queso Gorgonzola
- Ralladura de 1 limón
- 1 cda. AOVE Señorios de Relleu (usar para saltear la verdura)
- Sal y Pimienta negra
- Mantequilla para el molde
- Molde desmontable de 18 centímetros de diámetro
- Pela las patatas, córtalas con mandolina o sin ella a unos 3-4 mm de grosor.
- Ponlas en una bandeja de horno y hornea 10 minutos a 180º C.
- Mientras, limpia la verdura y quita las pencas de las acelgas y córtalas en tiras.
- Trocea en brunoise las cebolletas.
- Rehoga en una sartén con aceite de oliva las cebolletas primero y después añade las espinacas. Salpimienta.
- En un cuenco, bate los huevos, el queso y la ralladura del limón.
- Salpimienta.
- Unta de mantequilla el molde y coloca las patatas como base.
- Añade las verduras pochadas a cuenco de crema de huevo y queso.
- Mezcla y vierte en el molde encima de las patatas.
- Hornea 40 minutos a 180º C.


































