Señoras y Señores,

Bienvenidos a Circus Day

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Hola,

Soy Caty y dirijo este circo

Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.

The Show

En el blog

Ensalada Alicia

Es como si toda la vida hubiera estado jugando al juego de las sillas. Odio este juego. Siempre me sentía perdedora, incluso antes de empezar a dar vueltas a su alrededor. Siempre creí que habría alguien más rápido, más astuto, con más empuje o con más mala baba; y así, antes del primer acorde, la angustia y el desánimo ya me tenían ganada. Así me he sentido la mayor parte de mi vida.

Y así me ocurrió cuando mi padre, tras la muerte de mi madre, decidió casarse con aquella mujer. En aquella partida solo quedaban dos sillas: mi padre se quedó sin la suya y con mi madre se reunió. Entonces, la cruel mujer retiró una. Yo no anduve lista y ella pretendía enviarme con mis padres, pero a Totón le dio lástima de mí y me abandonó en mitad de un bosque.

Otro juego de sillas se cruzó en mi camino. Esta vez eran siete: siete pequeñas y a veces impertinentes criaturas que habitaban y faenaban por aquellos lares. Gruñón no me quería ver ni en pintura y se enzarzaba con Bonachón por mi culpa. A Dormilón le daba exactamente igual mientras no le arrebatara la cama. Mocoso moqueaba cada vez que me tenía delante y Tímido se escabullía. Otro eligió quedarse Mudo, y Sabiondo, que era quien llevaba la voz cantante, acabó por aceptarme.

Así transcurría mi vida: tenía un asiento para mí sola y, por primera vez, no sentía el pánico de que la música volviera a sonar obligándome a pelear por él. Me distraía cogiendo grosellas silvestres por la arboleda y cuidando de los enanos. Y en esas estaba cuando, de repente, la melodía volvió a sonar: se presentó una anciana y una manzana me ofreció. Al morderla caí fulminada, despojada de mi silla una vez más. Vueltas y más vueltas al compás; solo que en este cuento ningún príncipe vino a romper el compás.


Ensalada Alicia dentro de una manzana con Crème fraîche

Ensalada Alicia con manzana y almendras


En clase de Productos Culinarios —una asignatura del grado de FP de Cocina— nos tocó preparar esta ensalada bautizada como «Alicia»; aunque, sinceramente, a mí me parece que tiene bastante poco del País de las Maravillas y mucho más de Blancanieves. Sea como fuere, os aseguro que vais a dejar boquiabiertos a vuestros comensales con una presentación tan vistosa y delicada. Desconozco su origen exacto, ya que el profesor no entró en detalles históricos, pero el flechazo fue tan instantáneo que no dudé en replicarla en casa y compartirla en el blog.

NOTA ACLARATORIA: 

Esta receta la aprendí en mis estudios de FP de Cocina y fui la primera bloguera en publicarla. Posteriormente la subí a la plataforma de Canal Cocina, que con el tiempo eliminó el perfil de todos los blogueros colaboradores manteniendo las recetas y fotografías. Las fotos que ilustran hoy su versión son mías.

Por aquel entonces solía subir elaboraciones a la plataforma de usuarios de Canal Cocina —quienes, con el tiempo, se quedaron con las recetas y quitaron a los autores de ellas —, así que compartí también esta propuesta. Poco después, la cadena decidió recrearla en televisión sin citar la autoría original y, por lo visto, causó bastante furor. Hoy en día, si tecleas el nombre de la ensalada en Google, la primera referencia que aparece es la suya; sin embargo, si entras en su web a ver la receta, comprobarás que las fotos que la ilustran siguen siendo las mías.


Actualizada 2026.


Ensalada Alicia


Ingredientes:
  • 1 manzana roja por comensal
  • El zumo de un limón
  • Granos de grosella
  • Crème fraîche
  • Almendras fileteadas
Elaboración:
  1. Pon en un cuenco grande agua con el zumo de un limón. 
  2. Corta a la manzana una tapa. 
  3. Vacía la tapa por dentro sin romperla. 
  4. Déjala en el cuenco grande dentro del agua con limón para que no se oxide. 
  5. Vacía las manzanas con un sacabolas de cocina dejando algo de pulpa alrededor de la piel. 
  6. Deja las bolas de manzana y la manzana en el cuenco grande de agua y limón.
  7. Saca las bolitas del cuenco, sécalas un poquito y mezcla en otro cuenco con los granos de grosella y la crème fraîche
  8. Saca las manzanas y sécalas un poquito por dentro y fuera. 
  9. Rellénalas con la mezcla de bolitas y esparce por encima almendras fileteadas. 
  10. Saca la tapa, sécala y colócala encima de la manzana. 
  11. Sirve.

Vaciado de la manzana para hacer la ensalada


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Quiche Lorraine

El vecino de enfrente había decidido montar una fiesta. O eso, o una clase de zumba clandestina: el tabique retumbaba y por el rellano se colaba una música bailonga insufrible. No sé qué habría hecho yo en su lugar, pero invitar a los vecinos para amortiguar el golpe, seguro. Don Ernesto llevaba unos días de un humor de perros porque doña Remedios lo había dejado solo para irse a visitar a la parentela del pueblo; y él, hombre poco amigo de los fogones, no sabía ni freír un huevo.

Inés andaba en plena época de exámenes, hincando los codos día y noche sin tregua. Solo levantaba la cabeza cuando la llamaba su novio Antoine, un manchego de pura cepa que había estado un mes recogiendo fruta en Francia y al que la estancia le había cambiado hasta el nombre de pila. El portero, el señor Miguel —un manitas para todo—, estaba medio sordo, así que probablemente ni se enteraba de la misa la media; pero su señora, doña Candelaria… ¡ay, doña Candelaria! Esa mujer se sabía hasta la cara B del próximo vinilo que pincharían en el guateque. A ella no se le escapaba ni el vuelo de una mosca, y puso el grito en el cielo en cuanto olió el jolgorio del descansillo.

La estampa era un cuadro: don Ernesto en batín y pantuflas, plantado en jarras ante la puerta del susodicho; Inés, con los pelos de punta y el móvil pegado a la oreja, aspaventando mientras le retransmitía a su Antoine la verbena del piso de al lado; y doña Candelaria aporreando la madera con saña, mientras el bueno del señor Miguel jaleaba:

—¡Qué bien canta el jodío, leñe!

Estaban para sacarles una foto.

La verdad es que, cuando el vecino abrió la puerta, la comitiva entró casi en tromba al salón. Cualquiera diría que aquello fue un allanamiento en toda regla. Y no, la intención no era esa, pero doña Candelaria empuñaba el palo de la escoba, el señor Miguel un destornillador de estrella, don Ernesto el bastón y la pobre Inés una estilográfica en alto. Los invitados se quedaron de piedra, la música se cortó de golpe y se hizo un silencio sepulcral… justo en el preciso instante en que yo asomaba por el umbral. Tropecé con la zapatilla de cuadros de don Ernesto y la quiche que traía en las manos voló describiendo una parábola perfecta para estamparse de lleno en el pecho del anfitrión.

A lo que el señor Miguel, eufórico, remató:

—¡Vaya leche le ha dao la vecina, leñe, pa matarlo!


Quiche Lorraine francesa con panceta y nata

Porción de quiche Lorraine con panceta ahumada



¿A quién no le gustaría verse envuelto en una "guerra de tartas"?, ¿eh? ¿a quién? bueno, ya sabemos que las más populares son dulces, pero, puestos a ello ¡qué más da! 

La historia de la quiche lorraine hunde sus raíces en la Europa medieval, concretamente en el antiguo reino de Lotaringia —territorio que hoy corresponde a Lorena, al noreste de Francia—, una encrucijada marcada a lo largo de los siglos por la influencia compartida entre las culturas francesa y alemana. La propia palabra quiche procede de la voz dialectal lorenesa kuchen, derivada del alemán clásico con el significado de pastel o tarta.

El primer registro documentado de este bocado data de principios del siglo XVII, hacia 1605, en la corte del ducado de Lorena en Nancy. En sus orígenes era una preparación campesina y humilde que los panaderos horneaban aprovechando los recortes de masa de pan sobrante. Esa base rústica se forraba en un molde y se cubría con un batido de huevos y nata fresca, una emulsión que en la cocina francesa tradicional recibe el nombre de migaine.

Curiosamente, la versión primitiva no llevaba carne: fue la evolución en los fogones populares la que incorporó la panceta ahumada cortada en tiras gruesas o dados (lardons), aportando el contrapunto salino y ahumado definitivo. Aquellas primeras tartas se cocían en hornos comunales de leña, lo que impregnaba a la masa y al relleno de un aroma rústico inconfundible.

Con el tiempo, la receta experimentó dos saltos determinantes. Por una parte, la densa masa de pan dio paso a la masa quebrada (pâte brisée) o al hojaldre, ganando una textura crujiente y mantecosa que elevó el conjunto. Por otra, tras la guerra franco-prusiana de 1870, el éxodo de familias lorenesas hacia París popularizó el plato en los cafés y bistrós de la capital. Fue allí donde surgieron variantes que añadían queso gruyer o emmental rallado, fórmula que dio origen a la quiche vosgienne (o a la versión parisina) pese a que el canon lorenés más purista prescinde de cualquier queso.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en la década de 1950, la quiche lorraine conquistó el Reino Unido y los Estados Unidos como símbolo de refinamiento y practicidad para almuerzos y recepciones. Hoy en día, la receta clásica francesa sigue fiel a su regla de oro: masa quebrada, huevos, nata, panceta ahumada, nuez moscada y pimienta negra.

¡Me encanta porque cumple con todos los requisitos! Es fácil de hacer , a todos les encanta y está hecho con ingredientes fáciles de encontrar. Además, se recalienta de maravilla. Y, entre tú y yo, ¡la combinación masa/relleno es perfecta! La textura es suave y se derrite, y el sabor ahumado de la panceta bien asada... ¡mmm!


Actualizada 2026.

Quiche Lorraine


Ingredientes: 

  • 1 masa quebrada casera o comprada
  • 200 g de panceta ahumada 
  • 4 huevos
  • 400 ml de nata fresca
  • 1 pizca de pimienta
  • 1 pizca de nuez moscada
  • Molde para tarta de 20 cm de diámetro
Precalentar el horno a 180° C 

La masa:
  1. Forra el molde con la masa quebrada, recortando el sobrante del borde con un rodillo. 
  2. Pincha la base de la masa con un tenedor.
  3. Coloca papel de horno sobre la masa y, encima, algún peso (como garbanzos secos o bolitas de cerámica especiales) para evitar que suba. 
  4. Hornea la base durante 15 minutos.

El relleno:
  1. Corta la panceta en dados pequeños. 
  2. Fríelo en una sartén muy caliente, sin añadir grasa, hasta que esté bien dorado. 
  3. Escurre sobre papel de cocina para eliminar el exceso de grasa. 
  4. En un bol, bate los huevos con la nata. 
  5. Añade la nuez moscada y la pimienta, e incorpora el tocino. 
  6. Vierte la mezcla sobre la base de masa precocida.
  7. Hornea durante 35 minutos. 
La quiche debe quedar dorada, inflada y ligeramente blanda en el centro. 
Deja enfriar un poco antes de cortar.

Nota: 
Si usas panceta ahumada, los franceses consideran que ya aporta suficiente sal, por lo que no añaden sal a la mezcla. 
Si usas otro tipo de tocino o bacon, considera añadir una pizca de sal.


Si te gustan las tartas saladas, también te encantará la tarta salada de patatas al horno con acelgas y gorgonzola sin masa quebrada y con un paso a paso fotográfico único.


Preparación de la base de la quiche Lorraine

Horneado de base de la quiche Lorraine

Preguntas frecuentes

¿La quiche Lorraine auténtica lleva queso?

No. La receta original del ducado de Lorena del siglo XVII no lleva queso — solo huevos, nata fresca y panceta ahumada. La versión con queso gruyer o emmental es una variante parisina que surgió tras la guerra franco-prusiana de 1870, cuando los lorenos emigraron a la capital y adaptaron la receta. Hoy la versión con queso es la más extendida en España, pero técnicamente no es una quiche Lorraine sino una quiche parisina.

¿Por qué se hornea la masa en blanco antes de añadir el relleno?

Para evitar que la base quede cruda y húmeda al contacto con el relleno líquido. El horneado en blanco — con papel de horno y garbanzos encima para que no suba — sella la masa y la hace ligeramente crujiente antes de recibir la mezcla de huevos y nata. Sin este paso la base queda blanda y empapada. Es el secreto de una quiche con la base crujiente que contrasta con el relleno cremoso.

¿Cómo sé si la quiche está lista para sacar del horno?

Debe estar dorada por encima, inflada y ligeramente temblorosa en el centro — como un flan que aún no ha cuajado del todo. Ese temblor residual es correcto: el calor del molde terminará la cocción fuera del horno. Si esperas a que el centro esté completamente firme dentro del horno, la quiche quedará demasiado seca. Con 35 minutos a 180°C suele estar lista, aunque cada horno es diferente.


Tarta francesa quiche Lorraine con nata y panceta ahumada


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Esferas de merengue

Entraba y salía de la cocina a la carrera. A los que estaban dentro les daba la impresión de que había perdido algo y andaba buscándolo. Cuando volvió a entrar y se detuvo a mirarlos, repararon en que del moño se le había escapado un mechón, lucía las mejillas encendidas y retorcía el delantal como si fuera su quitanervios.

Todos temían que de un momento a otro soltara un alarido y se abalanzara sobre los presentes, pero no fue así. Tomó aire hondo y, acomodándose el mechón rebelde tras la oreja, se limitó a soltar una palabra:

—Huevos.

Seguro que aguardaban un buen improperio, pues apenas se atrevían a parpadear, pero respiraron aliviados. Creyeron al principio que se habían agotado, aunque bastó echar un vistazo a la mesa para descubrir una huevera intacta; volvieron a clavar los ojos en ella sin entender nada.

Ella insistió:

—Huevos.

Los demás estuvieron a punto de soltar una carcajada limpia, pero se contuvieron al verla tan azorada, aun a sabiendas de que la mesa estaba bien surtida. Fue entonces cuando empezaron a tentar a la suerte en voz alta:

—Tortilla, huevos fritos, pasados por agua, escalfados, duros, poché, revueltos, aromatizados…

—No, no, no —negaba ella con la cabeza.

Luego los miró con un brillo travieso en los ojos y remató:

—Un huevo, dos huevos, tres huevos.
 

Esfera de merengue con crema pastelera y nata

esfera de merengue rellena de crema pastelera y nata


El merengue cocinado al horno, conocido comúnmente como merengue horneado o suspiros, tiene sus raíces en la evolución de la repostería europea entre los siglos XVII y XVIII. Aunque la tradición popular atribuye su invención al pastelero italiano Gasparini en la localidad suiza de Meiringen hacia 1720, los testimonios documentales demuestran que el batido de claras de huevo con azúcar ya se practicaba con anterioridad. El registro escrito más antiguo de una preparación horneada similar data de 1604, en el manuscrito culinario de la dama inglesa Lady Elinor Fettiplace, donde detalla unos bocados crujientes llamados white bisket bread. Por su parte, la voz francesa meringue apareció por primera vez impresa en el recetario del cocinero François Massialot en 1691, consolidando la técnica de deshidratar esta espuma a fuego muy suave para lograr su textura etérea.

El dominio técnico del merengue horneado estuvo estrechamente ligado a la evolución de los hornos. En sus orígenes, conseguir piezas inmaculadas, crujientes por fuera y completamente secas por dentro, suponía un reto monumental ante la ausencia de termómetros. Los maestros obradores debían aguardar a que los hornos comunales de leña perdieran fuerza tras la cochura del pan, aprovechando ese calor residual para secar las piezas durante horas. Si la bóveda conservaba demasiada temperatura, el azúcar de las claras se caramelizaba, tornando el dulce en tonos pardos y malogrando la blancura impoluta que demandaba la aristocracia de la época.

Durante el siglo XIX, la técnica alcanzó cotas de alta precisión de la mano de Marie-Antoine Carême. El célebre artífice de la haute cuisine popularizó el uso de la manga pastelera con boquillas estriadas, permitiendo escudillar el merengue en nidos, esferas y filigranas antes de llevarlo al calor. Carême sistematizó la cocción lenta y prolongada, convirtiendo este bocado en la arquitectura estructural de montajes más ambiciosos. Gracias a esta destreza nacieron hitos de la pastelería internacional como la pavlova —creada en tributo a la bailarina Anna Pávlova, con su corteza quebradiza y corazón esponjoso— o el vacherin, que combina discos crujientes con fruta fresca, chantillí y helado.

¿Por qué un huevo, dos huevos, tres huevos? Pues porque el molde no da para más, ¡ja, ja, ja! Así que aquí tenéis mi versión: esferas de merengue (que no huevos, porque no tenía moldes ovalados a mano); pero con un poco de imaginación y ese toque tan Circus day, dan el pego de maravilla. 

Mira, mira, que te enseño cómo se hacen.

Actualizada 2026.

Esferas de merengue rellenas de crema pastelera y nata


Las esferas:
  • 60 g de clara de huevo
  • 120 g de azúcar glass
  • Termómetro
  • Molde semiesférico

La crema pastelera:
  • 2 yemas de huevo
  • 20 g de fécula de maíz
  • 60 g de azúcar
  • 250 g de leche
  • 1 gota de vainilla
  • 1 gota colorante alimentario amarillo
Relleno:
  • Nata montada
  • Mermelada fresa ácida para decorar
  • Soplete
La crema pastelera de yemas:
  1. Pon en un cuenco la fécula y las yemas y mezcla bien hasta que la fécula se haya disuelto. 
  2. En un cazo pon la leche, la vainilla y el azúcar y calienta al fuego hasta que el azúcar se disuelva, remover en todo momento, cuando esté caliente pero sin hervir aparta del fuego y añade a la leche la mezcla de huevo con la fécula, remueve. 
  3. Lleva otra vez al fuego, tiene que estar muy suave, y sin parar de remover, cuando empiece a hervir aparta del fuego. Si crees que el color es un amarillo suave añade una gota de colorante y remueve bien para que se mezcle. 
  4. Pon la crema en un cuenco y tapa con film a pelo para que no forme una costra. 
  5. Reserva.

El merengue cocido:
  1. Pon una olla con agua al fuego que hierva. 
  2. Cuando hierva pon un cuenco encima, un poco más grande que el diámetro de la olla para que se haga al baño María, y que el agua no llegue a tocar el cuenco. 
  3. Pon las claras y el azúcar y mezcla con una varilla. 
  4. Bate y mira, al mismo tiempo la temperatura de la mezcla, no debe sobrepasar los 60º. En caso contrario se cocerán las claras. 
  5. Cuando el azúcar se ha derretido bien en las claras y no ha sobrepasado la temperatura pero si llegado a ella, retira con cuidado y pasa las claras a la batidora. 
  6. Bate a velocidad media-alta hasta que se monten las claras, eso ocurrirá cuando se hayan enfriado y se forme un pico de merengue con las varillas.
  7. Pon el merengue en una manga pastelera y forma siguiendo la esfera círculos en las cavidades del molde dejando el centro vacío. 
  8. Deja reposar 30 minutos.
  9. Mientras precalienta el horno a 80º C. 
  10. Pasados los 30 minutos hornea por 2 horas 15 minutos. 
  11. Saca del horno y deja enfriar.

Paso a paso del formado de las esferas de merengue



Montaje:
Pincela en un plato un poco de mermelada de fresa.
Sobre ella pone una mitad de la esfera, (ten la nata montada y dentro de una manga pastelera). 
Rellena un poco la cavidad, y termina con la crema pastelera que tendrás en otra manga para facilitar el relleno. 
Rellena la otra cavidad con más nata y cierra encima de la primera. 
Usa un soplete para quemar un poquito la bola de merengue.


Paso a paso del montaje de las esferas de merengue


Y así queda de bueno, además con esta receta participo y soy ganadora en el reto de Febrero 2015 de Cocineros del Mundo en Google+ en el apartado dulce.

¿Verdad qué con un poco de colorante estas esferas podrían ser de colorín colorado?

Preguntas frecuentes

¿Por qué se hornea el merengue a 80°C durante más de 2 horas?

Porque el objetivo no es cocer sino deshidratar — eliminar toda la humedad de las claras sin que el azúcar se caramelice. A temperaturas más altas el exterior se dora o se chamusca y el interior queda húmedo. A 80°C el proceso es lento pero el resultado es un merengue completamente blanco, seco por dentro y crujiente por fuera. Es la misma técnica que usaban los obradores del siglo XVIII con el calor residual del horno de leña.

¿Por qué no debe superar los 60°C la mezcla de claras?

Porque a partir de 60°C las proteínas de la clara empiezan a coagular — en la práctica, el huevo empieza a cocerse. Si eso ocurre, las claras no montarán correctamente y el merengue quedará líquido o grumoso. El termómetro es imprescindible en esta receta — no es un accesorio opcional sino la clave del éxito del merengue cocido.

¿Cuánto tiempo aguantan las esferas de merengue sin perder el crujiente?

Sin rellenar aguantan perfectamente 3-4 días en un recipiente hermético a temperatura ambiente, lejos de cualquier fuente de humedad. Una vez rellenas deben consumirse en el momento — la nata y la crema pastelera reblandecen el merengue en pocas horas. Por eso el montaje siempre se hace justo antes de servir, igual que una pavlova.




Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day.

Bizcochos bomba

Ser un superhéroe hoy en día es un trabajo harto difícil, que presupone una formación paciente y constante. Si alguien vuelve a decirme que tener superpoderes es algo guay, tendré que controlar mi mirada para no descargarle un rayo eléctrico. Uno de esos de los que mi hijo suele comentar:

—¡Ay, mamá! No me mires así, que parece que se te van a salir los ojos de un momento a otro.

¿Sabes qué es volar? Pues yo lo hago. Sin capa ni polvos mágicos. Verás:

—Cariño, ¿puedes ir a recoger a los niños? Tengo una reunión de última hora y no llegaré a tiempo.

Y eso te lo dicen justo cuando vas con esa ropa cómoda pero fea, fea; el pelo a su aire, la mascarilla verde en la cara y, en la mano, una infusión relajante para intentar terminar el día lo más digna y serena posible… antes de que lleguen las «fieras».

Tienes veinte minutitos: corres a por esos vaqueros, te los vas poniendo mientras te peinas y te recoges el pelo, te quitas la crema con la mejor toalla que tienes (porque las viejas de repente no aparecen) y dejas la infusión a medias, que hay que salir volando. Llegas al colegio casi sin aliento, y todas las mamis impecables y bien puestas, sin un pelo fuera de lugar, te miran complacidas y aliviadas de no ser ellas, sino tú, la que va de semejante guisa. ¡Ni Superman, oigan!

Aunque a mí, la verdad, me gustaría ser más villana que superheroína, sobre todo cuando el tiempo apremia, las tareas están sin hacer, la cocina tiene vida propia y mi madre ha decidido hacerme una visita sorpresa. Podría darle la bienvenida con una risa malvada y servirle una bomba de estas; así no desentonaría ni me miraría con esa condescendencia pensando: «¡Esta hija mía… qué mal se organiza!».

Pero lo mejor de ser superhéroe es cuando llegan esos abrazos y te sueltan: «Eres la mejor madre del mundo». Entonces, ni el mejor de los vuelos, ni los rayos fulminantes, ni los peores villanos superan eso. ¿No crees?


Bizcochos de chocolate con petas zetas de relleno para explotar en la boca

Bizcochos de chocolate en forma de bomba con petas zetas



La historia de los bizcochos de chocolate comenzó propiamente a finales del siglo XIX, cuando el chocolate dejó de ser únicamente una bebida reconfortante para transformarse en un ingrediente sólido de repostería.

Antes de esta transición, las civilizaciones maya y mexica consumían el cacao como un brebaje denso y amargo llamado xocolatl. Tras la llegada de los españoles a América, la receta se modificó en Europa incorporando azúcar, canela y calor para adaptarla al gusto occidental. Durante los siglos XVII y XVIII, los pasteleros europeos empezaron a experimentar añadiendo cacao a masas densas y especiadas, más próximas a un pan dulce que a la esponjosidad actual. El marqués de Sade, por ejemplo, exigía desde prisión en pleno siglo XVIII que los pasteles que le enviaban contuvieran chocolate en su interior, prueba fehaciente del temprano furor por esta combinación.

El gran punto de inflexión técnico llegó en 1828, cuando el químico e inventor holandés Coenraad Johannes van Houten (junto a su padre, Casparus) desarrolló un método mecánico para prensar la manteca de cacao y obtener cacao desgrasado en polvo. Este avance facilitó enormemente la integración homogénea del chocolate con la harina y las grasas. Poco después, en 1832, el joven aprendiz Franz Sacher ideó en Viena la célebre tarta Sacher (Sachertorte), un hito de la pastelería centroeuropea a base de bizcocho de chocolate compacto, mermelada de albaricoque y glaseado brillante.

La primera receta impresa de un pastel de chocolate vio la luz en Estados Unidos en 1847, en el recetario The Lady's Receipt-Book de Eliza Leslie. No obstante, aquella fórmula primitiva se limitaba a picar trozos de chocolate sólido en una masa de bizcocho blanco tradicional. Fue a partir de 1886 cuando la repostería norteamericana estandarizó la disolución de cacao en polvo y chocolate fundido en el batido, logrando el color oscuro uniforme y la miga tierna que hoy reconocemos al instante.

Durante el siglo XX, la creatividad doméstica y la industria pastelera convirtieron este dulce en el rey indiscutible de cumpleaños y reuniones familiares. En los años treinta surgió el célebre Devil's food cake (pastel del diablo), una variante opulenta, chocolatosa y húmeda concebida como la némesis decadente del etéreo Angel food cake. Décadas más tarde triunfaron clásicos como la tarta Selva Negra (Schwarzwälder Kirschtorte) alemana, con su combinación de bizcocho de cacao, nata, cerezas y licor de kirsch. Hoy en día, la fórmula sigue reinventándose en versiones sin gluten, veganas o sin harinas refinadas.

¡En fin! Tanto si en casa sois más de superhéroes como si os tiran los villanos, este bocado es sencillísimo de preparar: tiene truco, sabe a puro chocolate y es una auténtica bomba de sabor en el paladar. Si involucras a los más pequeños en el amasado, se lo pasarán en grande mientras repasáis juntos la lista de sus personajes favoritos; seguro que estarán encantados de explicaros las hazañas de cada uno… aunque sea a su manera.

Actualizada 2026.



Bizcochos bomba de chocolate rellenos de Peta Zetas con mecha de regaliz


Bizcochos:
  • 3 huevos
  • 75 g de azúcar
  • 1 pizca de canela
  • 1 pizca de sal
  • 30 g de cacao en polvo sin azúcar
  • 100 g de harina
  • 1/2 sobre de levadura en polvo
  • 60 g de aceite de oliva
  • 60  de leche
  • 1 cdta. de vainilla
Además necesitas:
  • Peta Zetas
  • Regaliz de tubo
  • Cordones de regaliz
  • Chocolate para fundir , es opcional, visualmente es más bonito
  • Un poco de esta glasa roja y amarilla para la decoración de las puntas de la mecha
Precalentar el horno a 180º C

Elaboración:
  1. Bate los huevos con el azúcar hasta blanquear. 
  2. Tamiza y mezcla el resto los ingredientes secos. 
  3. Añade los ingredientes líquidos. 
  4. Mezcla suavemente hasta conseguir una masa homogénea. 
  5. Vierte en las cavidades del molde y hornea 20 minutos o hasta que la prueba del palillo salga limpia. 
  6. Saca los semicírculos del molde y déjalos enfriar completamente sobre una rejilla.
  7. Si los semicírculos de bizcocho te han quedado un poco abombados, corta la base hasta que quede plana. 
  8. Con un sacabolas o cuchara haz una hendidura para llenarla de Peta Zetas. 
  9. Tapa con otra mitad. 
  10. En este punto puedes cubrir con chocolate fundido o no, si decides que sí, una vez cubiertas las bolas dejar un tiempo en el frigorífico para que endurezca y puedas seguir con la decoración. 
  11. De cualquier manera haz un pequeño agujerito sobre la bola e inserta un regaliz de tubo, dentro del tubo inserta un trozo de cordón de regaliz. 
  12. Decora con un poco de glasa roja y amarilla la punta como si hiciera el efecto de que has encendido la bomba. 
  13. Sirve.

Notas:
  • Los Peta Zetas dejan de ser activos con la humedad, así que, puedes servir las bombas tal cual, sin cubrirlas de chocolate para que al morder se note toda la fuerza de la "bomba" o, puedes cubrir el exterior de las bombas con chocolate, en este caso tendrá menos fuerza de estallido pero al morder y masticar seguirán "explotando". 
  • Eso sí, no elabores las bombas con mucho tiempo de antelación o perderán fuerza. Tampoco mezcles los Peta Zetas con algún relleno que se te ocurra pues dejarán de funcionar. En la cavidad de la bola SOLO pon los Peta Zetas y nada más.


Collage del paso a paso de las bombas de chocolate

Preguntas frecuentes

¿Por qué los Peta Zetas pierden fuerza con la humedad?

Los Peta Zetas son cristales de azúcar con dióxido de carbono atrapado en su interior bajo presión. La humedad disuelve el azúcar y libera el gas de forma prematura — antes de que lleguen a la boca. Por eso la nota de la receta es fundamental: monta las bombas el mismo día que las vayas a servir, pon solo Peta Zetas en la cavidad sin ningún otro relleno húmedo y, si las cubres de chocolate, tendrán menos explosión pero seguirán sorprendiendo.

¿Qué molde se necesita para hacer las bolas de bizcocho?

Un molde de semiesferas de silicona — el mismo que se usa para hacer bombones o tartas mousse. Con dos mitades iguales se obtiene la bola perfecta. El tamaño más práctico es de 6-7 cm de diámetro — lo suficientemente grande para albergar los Peta Zetas y la mecha de regaliz sin que la bomba se deshaga al manipularla.

¿Se puede hacer sin sacabolas?

Sí. Con una cucharita de café bien afilada funciona perfectamente para hacer la hendidura en el bizcocho donde van los Peta Zetas. La clave es no profundizar demasiado — necesitas que quede suficiente bizcocho en la base para que la bola se mantenga estable cuando insertas la mecha de regaliz.



Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day

Pan con chocolate

Miguel la esperaba sentado en un banco del parque. Cuando la conoció, sintió su corazón latir con fuerza y, por un instante —el primero en su corta vida—, se quedó quieto. Ahora ya son amigos, juegan todos los días juntos y se cuentan los secretos que no pueden contarles a los mayores.

Se acercaba el día de su primer aniversario. No era un aniversario cualquiera: celebraban la primera vez que se hablaron. Pero no fue solo decirse «hola», como hacían los demás; ellos se dijeron más palabras y se gustaron.

Como viven cerca, se esperan para hacer juntos el camino y reírse un poco del señor Juan, que cada día arranca una flor de su jardín y se la regala a su mujer, o de Camilo, que se ata el cordón del zapato mientras mira de reojo a la nueva dependienta de la panadería. Así, el trayecto se les hace más ameno y divertido.

—¡Ay! —suspiró—, el amor, demasiado complicado, ¿o no?

Si tuvieran que explicarlo, solo podrían hablar de sentimientos. Hay quien dice que no se define qué se siente, solo se siente. Así que, cuando le pregunté a Marta qué sentía, ella simplemente dijo:

—Tengo hambre.

Dejó de pintar, se acercó a su bolsita de merienda y sacó chocolate. Yo puse el pan y lo compartimos. ¡Así es el amor!


Pan con chocolate en espiral y con bigote y labios de chocolate

Pan con chocolate merienda de los niños de los 80


El origen del pan con chocolate como merienda está profundamente ligado a la evolución industrial y social de España durante los siglos XIX y XX, cuando pasó de ser un recurso humilde a convertirse en un auténtico icono de la infancia. En sus inicios, el cacao llegó a la península ibérica como un lujo exótico reservado a la nobleza y al clero, consumido exclusivamente en taza. Sin embargo, la mecanización de los obradores y fábricas chocolateras a lo largo del siglo XIX abarató la producción, permitiendo la difusión de las primeras tabletas sólidas entre las clases populares.

La unión con el pan nació del ingenio cotidiano en tiempos de escasez, especialmente durante la posguerra española. Ante la falta de repostería y la necesidad de ofrecer a los más pequeños un tentempié energético tras la escuela, las familias recurrían al pan del día anterior, acompañado por un par de onzas de chocolate negro. En regiones olivareras como Andalucía, Cataluña o Baleares, este bocado se enriquecía a menudo con un hilo de aceite de oliva virgen extra y unas escamas de sal, una combinación sublime que realzaba las notas tostadas del cacao y aportaba jugosidad a la miga.

Durante las décadas de 1960 y 1970, al calor del desarrollismo y la cultura del consumo, el pan con chocolate se consagró como la merienda indiscutible de toda una generación. Aunque la industria alimentaria intentó disputarle el trono lanzando cremas de cacao untables y bollería empaquetada, el ritual del mendrugo crujiente con la tableta encajada en el centro conservó su aura de autenticidad y memoria afectiva en los hogares.

Se acerca el 14 de febrero y, aunque no es una fecha que celebre especialmente, me gusta mirarla desde la perspectiva de los más pequeños: ellos no la ven igual, no la viven igual y, desde luego, está libre de todo materialismo. Así que al pan con chocolate de toda la vida lo hemos transformado en un auténtico Circus day para disfrutarlo juntos.


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Pan casero en espiral con bigotes y labios de chocolate

La masa:
  • 300 g agua
  • 20 g de levadura fresca
  • 540 g harina
  • 2 cdtas. de sal
Montaje:
  • Brochetas de madera largas y gruesas (mejor)
  • Bigotes y labios de chocolate
  • Ojos de caramelo
  • Un poco de chocolate para que haga de pegamento

Preparar la masa:
  1. Coloca en la amasadora el agua, la levadura desmenuzada, la harina y la sal. 
  2. Amasa durante 5 minutos hasta obtener una masa homogénea y elástica. 
  3. Deja fermentar en un bol tapado hasta que doble su volumen.
Dar forma al pan:
  1. Pon las brochetas de madera en remojo para evitar que se quemen en el horno. 
  2. Divide la masa en cuatro partes iguales y, con cada una, forma un rulo largo con las manos. 
  3. Enrolla cada rulo alrededor de una brocheta formando una espiral.
Segundo levado:
  1. Precalienta el horno a 200 °C. 
  2. Coloca las brochetas sobre un molde cuadrado de paredes altas, apoyando los extremos en los bordes de manera que la masa quede suspendida y no toque la base. 
  3. Deja reposar hasta que vuelva a crecer.
Horneado:
  1. Unta la masa con un poco de aceite y hornea durante 20 minutos, hasta que el pan esté dorado y cocido. 
  2. Deja enfriar sobre una rejilla.
Decoración:
  1. Derrite un poco de chocolate y utilízalo como pegamento. 
  2. Coloca una gota detrás de los bigotes y labios de chocolate, y pégalos sobre el pan. 
  3. Haz lo mismo con los ojos de caramelo.
  4. Lleva unos minutos al frigorífico para que se solidifique bien.

Si te gusta hacer pan en casa, también te encantará el llonguet mallorquín casero, el panecillo tradicional de Palma con prefermento y corteza crujiente.

Posición del pan para hornear dentro de un molde

Preguntas frecuentes

¿Por qué hay que poner las brochetas en remojo antes de hornear?

Para evitar que la madera se queme dentro del horno. Las brochetas secas a 200°C se carbonizarían en 20 minutos, arruinando el pan y dejando sabor a madera quemada. Con 30 minutos de remojo previo la madera absorbe suficiente agua para aguantar el tiempo de horneado sin quemarse.

¿Cómo se consigue que el pan quede suspendido en el molde?

Apoyando los extremos de las brochetas en los bordes del molde para que la masa quede en el aire sin tocar la base. Así el calor rodea completamente el pan por todos lados y se hornea de forma uniforme. Un molde cuadrado de paredes altas es el más práctico para esta técnica.

¿Se puede hacer sin amasadora?

Sí, perfectamente. Amasa a mano durante unos 10 minutos — el doble del tiempo que con amasadora — hasta obtener una masa lisa, elástica y que no se pegue a las manos. El truco es no añadir harina extra aunque la masa parezca pegajosa al principio: con el amasado se vuelve cada vez más manejable.


Pan en espiral con chocolate de bigotes y ojos


Relato y fotos @catypol - Circus day.

Pesto de remolacha

Jimena buscaba las ganas de acudir a la fiesta dentro de su bolso rojo Birkin. No era el accesorio más apropiado para ese evento, pero era el que le había regalado su padre antes de morir, y llevarlo consigo era como si él la acompañara. Mónica decidió dejar a su vecina al cuidado de su hijo Javier. Era la primera vez que podía permitirse salir de noche y se debatía entre ir o quedarse. Después de todo, algún día tendría que retomar la vida social tras ser mamá; volver al mundo le costaba un triunfo.

Lucía había estado a dieta estricta durante más de un año: prohibido el alcohol, la pasta o los dulces. Por lo demás, no había mayor peligro: nunca fue de buen comer y se pasaba el día corriendo de un lado a otro. Marisa acababa de aterrizar. Tenía el tiempo justo para pasar por casa, cambiarse de ropa y plantarse en la reunión. Le apetecía mucho más meterse en la cama, pero había empeñado su palabra, y ella jamás rompía una promesa, por mucho que la tentaran las sábanas de algodón egipcio que vestían su colchón.

La señora Bermúdez ultimaba los detalles de la fiesta esperando que, esta vez, acudieran las cuatro. Tras la muerte de su marido, necesitaba rodearse de energía y un poco de alegría. Sus hijas, en cambio, no lo veían igual: demasiado ocupadas, demasiado melancólicas, demasiado lejos. Pero ella se había asegurado su asistencia… al menos si querían heredar lo que les correspondía por testamento. Y sabía de sobra que, a pesar de todo, acudirían.

Una modelo, una madre soltera, una deportista y una mujer de negocios. Esa era su prole. Juntas en una misma habitación eran capaces de desatar una auténtica revolución, y ella ya no tenía paciencia para sofocar motines. Así que se limitaba a izar bandera blanca, servir una buena fuente de pasta con remolacha y plantar su mejor sonrisa de circunstancias. Siempre funcionaba. Lástima no haberlo aprendido antes; habría sido una estratega insuperable. Aunque, bien pensado, en aquella casa el único emperador con derecho a mandar había sido su difunto marido: Napoleón.


Pesto de remolacha con avellanas y eneldo fresco

Espaguetis con pesto de remolacha con avellanas y eneldo fresco


La historia de la remolacha, conocida científicamente como Beta vulgaris, comenzó en la Edad de Piedra en el norte de África, desde donde se propagó de forma silvestre por las costas del mar Mediterráneo y del océano Atlántico. Su antepasada directa es la acelga marina (Beta vulgaris subsp. maritima). En las civilizaciones clásicas de Grecia, Roma y Egipto, este vegetal no se cultivaba por su raíz carnosa como hacemos hoy, sino exclusivamente por sus hojas tiernas, que se cocinaban de manera similar a las espinacas. Sus raíces primitivas, finas y leñosas, se reservaban para la farmacopea tradicional en ungüentos y jarabes destinados a aliviar jaquecas, problemas digestivos o afecciones sanguíneas.

Durante la época romana la planta ganó arraigo en todo el imperio y se expandió con fuerza hacia el resto del continente europeo. A partir del siglo XV, la remolacha de mesa se consolidó en los fogones de países como España y Francia. Fue precisamente en este periodo bajomedieval cuando los hortelanos europeos iniciaron una rigurosa selección artificial: al sembrar sistemáticamente las semillas de las plantas con raíces más gruesas, jugosas y dulces, transformaron la fisonomía de la especie hasta fijar los bulbos redondeados y de intenso tono púrpura que disfrutamos en la actualidad.

El gran punto de inflexión histórico se produjo a mediados del siglo XVIII. El químico prusiano Andreas Marggraf descubrió en 1747 que las raíces de ciertas variedades contenían cristales de sacarosa idénticos a los de la caña de azúcar tropical. Décadas después, su discípulo Franz Karl Achard continuó las investigaciones, seleccionó ejemplares de alto rendimiento y construyó en Silesia la primera refinería industrial del mundo para extraer el endulzante. Este hito motivó el nacimiento de la remolacha azucarera moderna. Con el paso del tiempo, la remolacha afianzó su producción global por su extraordinaria resistencia a los climas fríos, aprovechándose hoy no solo como ingrediente de mesa, sino como colorante natural en la industria alimentaria y textil, y como fuente indiscutible del azúcar mundial.

Napoleón no era agraciado —o eso aseguraban quienes le trataron en persona—: bajito, corpulento y brillante por igual, fue un estratega formidable que sentía auténtico pavor por los gatos y al que la leyenda popular atribuyó, injustamente, el cañonazo que mutiló la nariz de la Gran Esfinge de Guiza (porque ya se sabe: quien ostenta el mando carga con todas las culpas).

Si hubiera entrado en los fogones con el mismo ardor que en el campo de batalla, habríamos descubierto el ratatouille un par de siglos antes; y, conociendo su obsesión logística, en tiempos de crisis nos habría untado el pan con margarina. Las célebres conservas de las que tanto se habla —y que prometían solucionar el racionamiento de su ejército— eran en sus inicios tan costosas de producir que solo los bolsillos adinerados podían costearlas. Por algo se decía entonces que el mejor recluta napoleónico debía lucir «piernas de liebre, corazón de león y estómago de hormiga». Ahora bien, cuando el bloqueo marítimo cortó el suministro de un bien tan codiciado como el azúcar de caña, el emperador ordenó encontrar una alternativa con urgencia. Y la hallaron, convirtiéndose en el gran hito azucarero de Europa: ¿a que adivináis cuál? ¡Pues claro! La remolacha.

Que nadie se alarme: no he cocinado un pesto dulce. Aunque haya evocado el azúcar, te traigo una salsa salada, vibrante y con ese fondo terroso tan característico de este tubérculo que, tras dudar si me convencería al paladar, terminó por enamorarme desde la primera cucharada. ¿Creéis que le habría hecho gracia al mismísimo Bonaparte?

Se emplea exactamente igual que el pesto tradicional genovés, con el aliciente de que tiñe los platos de pasta con un rubí espectacular que entra directo por los ojos. En lugar de albahaca le he añadido eneldo, porque combina a la perfección con la remolacha y con las avellanas (que he puesto en vez de piñones). Ya me dirás si te animas a prepararlo: sabes que me hace inmensamente feliz leerte y conocer tus impresiones.

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Pesto de remolacha con avellanas — pasta rosa con sabor  


Ingredientes para pasta para 4:
  • 400 g de remolacha pelada y cocida
  • 1 diente de ajo
  • 75 g de avellanas tostadas (o almendras o piñones)
  • 100 g de Parmesano rallado
  • Sal, al gusto
  • 60 ml de aceite de oliva 
  • 10 g de eneldo fresco (solo las hojas, sin los tallos gruesos)
  • 350 g de pasta (espagueti, macarrones, fusilli, linguine...)
Secreto: 1 cucharada de zumo de limón y 1 chorrito del agua de cocción de la pasta.

Elaboración:
Aplasta 1/3 de las avellanas de un golpe con la base de un vaso o un cuchillo y resérvalas para decorar.
En el vaso de la túrmix o en la Thermomix pon la remolacha, el ajo, el resto de las avellanas, el parmesano, el eneldo, la sal, el limón y todo el aceite. Tritura a máxima potencia hasta lograr una crema lisa y brillante.
Cuece la pasta al dente. Cuando esté lista, pásala a un bol grande o a la olla (ya fuera del fuego), añade el pesto y un chorrito del agua de cocción caliente. 
Remueve vigorosamente para que la salsa cubra bien la pasta y termina con las avellanas crujientes por encima.

Notas:
El almidón del agua es clave para ligar la salsa a la pasta, y la acidez del limón corta la pesadez terrosa y dulce natural de la remolacha.

Si te gusta la remolacha como base de salsas y untables, también te encantará el hummus de remolacha.


Mosaico de los pasos para hacer el pesto de remolacha

Preguntas frecuentes

¿Se puede sustituir el eneldo por otra hierba aromática?

Sí, pero para esta combinación exacta de avellanas tostadas y queso Parmesano, la mejor hierba aromática es el eneldo fresco, seguido muy de cerca por la albahaca. La avellana aporta un perfil graso, dulce y tostado que requiere de una hierba que aporte un contraste limpio o que potencie los lácteos del queso. También le va bien el tomillo limón si buscas un toque sofisticado. Su nota cítrica ayuda a "aligerar" el aceite de oliva y el diente de ajo. También puedes quitarle la hierba aromática y hacerlo sin ellas.

¿Se puede sustituir las avellanas por otros frutos secos?

Sí. Varios lectores lo han probado con piñones, nueces y almendras con excelentes resultados. Los piñones dan el resultado más similar al pesto genovés clásico. Las nueces aportan un amargor suave que contrasta bien con el dulzor de la remolacha. Las almendras dan una textura más granulada y un sabor más neutro.

¿Para qué más se puede usar el pesto de remolacha además de la pasta?

Es extraordinariamente versátil. En tostadas con queso de cabra o roquefort, como base de pizza en lugar del tomate, en risotto para un color espectacular, como dip con crudités, mezclado con yogur griego para una salsa rápida o untado en sándwiches con pollo y rúcula. El color rubí que aporta a cualquier plato lo convierte en el ingrediente más fotogénico de la despensa.


Pesto de remolacha para pasta o ensaladas o tostadas


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Palomitas de maíz

A doña Julia le habían puesto una dentadura nueva. Decía que a su edad no era lo que más necesitaba, pero su sobrina le aseguraba que con aquella sonrisa encontraría por fin a su enamorado. Doña Julia no estaba para pretendientes, pero tampoco le llevó la contraria: al fin y al cabo, la muchacha era joven y entendía mejor lo que se cocía en el mundo en esos momentos.

Don Carlos, sabedor de la influencia de la sobrina y con el recuerdo latente de lo mucho que siempre le había gustado doña Julia, le regaló la mejor de sus sonrisas en cuanto la vio llegar. Muy galante, le hizo una leve reverencia y la invitó al cine.

—¿Al cine? —desconfió doña Julia.

—¿No te gustaría ver una película comiendo palomitas? —le propuso don Carlos con una sonrisa.

Y aunque ella no las tenía todas consigo con su nueva dentadura, su sobrina la animó a aceptar.

En la penumbra de la sala, doña Julia se sintió a salvo: cada vez que se llevaba una palomita a la boca, la pieza bailaba de un lado a otro obligándola a hacer muecas de lo más cómicas, y no quería por nada del mundo que don Carlos se percatara del trance. Sin embargo, don Carlos no le quitaba ojo, al menos a los mohínes de sus labios, y aquel baile de gestos lo animaba a soñar con que algún día la besaría: solo ella guardaba la pócima para devolverle la juventud.


Palomitas de maíz fáciles de hacer en el microondas con bolsa de papel

Palomitas de maíz hechas en bolsa de papel en el microondas

Durante el siglo XIX, las palomitas ya eran un aperitivo sumamente popular en Estados Unidos gracias a la invención de las máquinas de vapor móviles para hacer estallar el grano. Se vendían en ferias, circos y parques de atracciones porque resultaban baratas de producir, fáciles de consumir sobre la marcha y desprendían un aroma irresistible. Sin embargo, los primeros exhibidores, que abrieron sus salas a principios del siglo XX, rechazaban de plano este alimento: en aquella época, los cines imitaban la sofisticación de los teatros tradicionales con alfombras suntuosas y tapicerías caras que no estaban dispuestos a malograr con los restos y la grasa de la comida. Además, al tratarse de cine mudo, el público debía leer los intertítulos, lo que atraía a una audiencia letrada y acomodada que renegaba del bullicio feriante de las palomitas.

El panorama dio un vuelco en 1927 con la llegada del cine sonoro. Al incorporar voz y banda sonora, las películas se abrieron al gran público al derribar la barrera del alfabetismo. El crujido de los bocados ya no estorbaba en la sala, pues el propio audio tapaba el ruido de la masticación. Aun así, los exhibidores continuaban mostrándose reticentes a despachar tentempiés en sus recintos.

El punto de inflexión definitivo llegó con el crac del 29 y la Gran Depresión. Con millones de desempleados, el cine se convirtió en uno de los pocos entretenimientos accesibles, y las palomitas —que apenas costaban unos centavos por bolsa— eran un lujo al alcance de casi cualquier bolsillo. Al principio, los vendedores ambulantes se apostaban frente a las fachadas de los cines para ofrecérselas a los espectadores antes de entrar. Al comprobar que el público colaba la comida de la calle y que aquellos comerciantes prosperaban a sus puertas, los dueños de las salas reaccionaron: primero les cobraron un canon por permitirles operar en la entrada y, poco después, instalaron sus propias máquinas en el vestíbulo.

Aquella decisión rescató a la industria de la quiebra. Los cines que apostaron por las palomitas dispararon su rentabilidad y sortearon la crisis, mientras que las salas que se resistieron terminaron cerrando. La Segunda Guerra Mundial selló esta unión comercial a causa del racionamiento de azúcar, que mermó drásticamente la producción de caramelos y refrescos y dejó a las palomitas saladas sin rival. Con el paso de las décadas, el margen de beneficio de este aperitivo creció hasta tal punto que hoy sustenta la viabilidad del propio negocio de la exhibición, consolidando lo que empezó como un puesto callejero en el pilar financiero indiscutible del cine moderno.

«Popcorn is the potion» (las palomitas son la pócima o el remedio) es una expresión idiomática informal que alude al hecho de disfrutar como espectador de una situación conflictiva, entretenida o dramática, del mismo modo que se comen palomitas mientras se mira una película. Denota predisposición a presenciar un «espectáculo» o una discusión ajena. Se emplea con frecuencia en redes sociales y conversaciones cotidianas para indicar que alguien se dispone a seguir un drama o un chisme con deleite. Sugiere que las palomitas son la «pócima» mágica que adereza la experiencia de contemplar cómo se desata el caos. Está directamente ligada a la locución «grab the popcorn» (coger las palomitas) para presenciar algo tenso o divertido, quizás a doña Julia y a don Carlos.

Así es esta pócima: la que tomamos en el cine o en casa viendo una peli; la que cosemos en guirnaldas para Navidad, para decorar el árbol, cuando queremos entretener a los más pequeños; o la que añadimos a la ensalada cuando estamos a dieta para darle un toque crujiente sin sentir que nos estamos privando de nada, ¿no crees?

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Palomitas caseras al microondas


Ingredientes
  • 50 g de granos de maíz para palomitas
  • 2 g de sal
  • 1 cda. de aceite 
  • 1 bolsa de papel con base cuadrada como la de la foto de abajo (puede ser antiadherente o no).
Elaboración
  1. Pon los granos, la sal y el aceite dentro de la bolsa de papel. Si la bolsa no es antiadherente, es mejor mezclar todo previamente en un bol y, una vez integrado, verterlo dentro para evitar que el papel se empape de aceite.
  2. Dobla la parte superior haciendo un pliegue (como la foto de abajo). 
  3. Si la bolsa es antiadherente, agítala bien para que los granos se impregnen. Si ya los has mezclado antes en el bol, puedes saltarte este paso, porque el exceso de grasa calaría el papel común.
  4. Introduce la bolsa en el microondas durante unos 3 minutos (en el mío, a 800 W de potencia, tardaron exactamente ese tiempo en hacerse).

Nota:
Es importante que la bolsa de papel sea de base cuadrada; así te aseguras de que las palomitas se hagan correctamente.


Mira cómo hacerlas paso a paso:



Cómo cerrar la bolsa de papel para hacer palomitas de maíz

Preguntas frecuentes

¿Dónde comprar granos de maíz para palomitas?

En cualquier supermercado en la sección de frutos secos o aperitivos — suele estar junto a los frutos secos a granel o en bolsas pequeñas. También en herbolarios y tiendas de productos naturales. Son granos de maíz especiales para palomitas, distintos del maíz para cocer — asegúrate de que el paquete especifique que son para "palomitas" o "popcorn".

¿Se puede usar cualquier bolsa?

La clave no es el material sino la forma: la bolsa debe tener base cuadrada para que el maíz tenga espacio suficiente para reventar correctamente en 3 minutos. Las bolsas sin base cuadrada — aunque sean de papel — quedan demasiado pegadas al maíz y dificultan la explosión. Esto incluye las bolsas de celofán para hornear pollos, que aunque aguantan el calor, tampoco funcionan por la misma razón. Base cuadrada es el único requisito imprescindible.

¿Se pueden hacer dulces con esta misma técnica?

El método de la bolsa es para las palomitas saladas básicas. Para las dulces — caramelizadas o con mantequilla — el proceso es diferente: primero se hacen las palomitas saladas con esta técnica y después se añade el caramelo o la mantequilla fundida por encima y se mezcla. No se puede poner el azúcar directamente en la bolsa del microondas porque se quema.


Bolsa de papel para hacer palomitas de maíz


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Bikini

Sor Inés y Sor Margarita eran dos monjas modernas. "Muy modernas". Tanto, que se apuntaron a un congreso de vida contemplativa… en Barcelona. Pero un error en la app de mapas las desvió por completo de su destino espiritual.

—¿Sor Inés, segura que esto es el retiro?
—Lo pone aquí: “Sala de fiestas Celestial”. ¿Será una metáfora?

Entraron. Luces de neón, música a todo volumen y un camarero que les preguntaba si querían un bikini. Ellas, un poco nerviosas, retrocedieron dos pasos… hasta que vieron que a lo que llamaba bikini era un sándwich.

—Ah… era eso —dijo Sor Margarita, sonrojada.
—Menos mal. No sabía qué pensar —murmuró Sor Inés.

Intentaron salir discretamente, pero la app insistía: “Ha llegado a su destino”. Dieron vueltas por el barrio durante una hora, pasando tres veces por el mismo limpiabotas, que ya empezaba a mirarlas ceñudo.

—Madre mía, esto no puede ser lo que el Señor tenía en mente —suspiró Sor Margarita.
—Bueno, el Señor obra por caminos misteriosos… y a veces usa Google Maps —respondió Sor Inés, resignada.

Al final, decidieron volver al convento, doce horas después, con los hábitos arrugados y un poquito enfadadas. La madre superiora les preguntó cómo había ido el viaje.

—Largo. Muy largo —dijeron al unísono.

Desde entonces, recordando aquel día, las dos monjas rezan una nueva oración para los viajes:
“Líbranos, Señor, de los errores de GPS, de los congresos engañosos y de los sándwiches con nombres confusos. Amén.”


Bikini de jamón y queso de procedencia catalana

sandwich catalán de jamón y queso



El popular término bikini, empleado en Cataluña para denominar al sándwich mixto de jamón y queso, tiene su origen en la Sala Bikini de Barcelona, una mítica sala de baile y terrazas inaugurada en 1953 en la avenida Diagonal. Los fundadores del local se inspiraron en el célebre croque-monsieur francés para servir una versión adaptada a base de pan de molde tostado, jamón cocido y queso fundido a la plancha. Debido a las directrices de la época, que restringían el uso de extranjerismos en la rotulación y cartas comerciales, el establecimiento lo ofreció inicialmente bajo la fórmula genérica de «bocadillo de la casa».

La propuesta no tardó en convertirse en el gran reclamo del recinto, punto de encuentro habitual de la juventud barcelonesa. El furor fue tal que los clientes empezaron a frecuentar otros bares y cafeterías de la Ciudad Condal pidiendo «el bocadillo que hacen en el Bikini». Con el tiempo, el uso popular acortó la expresión hasta asentar la palabra bikini como un sustantivo común de pleno derecho en el léxico gastronómico catalán, emancipándose por completo del local de ocio.

Curiosamente, el nombre de la sala de fiestas sí remitía de forma directa al revolucionario traje de baño de dos piezas presentado en París en 1946. Su creador, Louis Réard, lo había bautizado así al calor de las pruebas nucleares estadounidenses en el atolón Bikini, augurando que la prenda causaría un impacto igual de explosivo. De este modo, unas detonaciones en el océano Pacífico terminaron dando nombre, por una insólita carambola hostelera y lingüística, al sándwich más emblemático de la cultura catalana.

El término «jamón de York» tiene su raíz histórica en la ciudad de York, en el condado de North Yorkshire (Inglaterra). A mediados del siglo XIX, un carnicero de la localidad llamado Robert Burrow Atkinson popularizó un método artesanal para curar los perniles de cerdo en los fríos sótanos de su establecimiento de Blossom Street. La técnica tradicional consistía en un curado en seco con sal marina —a menudo madurado durante meses— y un posterior ahumado suave, para el que se empleaba tradicionalmente serrín de madera de roble.

Aquel producto obtuvo un prestigio extraordinario por su tonalidad rosada y un perfil más delicado y menos salino que el de otros jamones curados europeos. Los viajeros y comerciantes que visitaban la ciudad extendieron su fama fuera de las islas británicas, demandando en tabernas y tiendas un bocado elaborado «al estilo de York». Con el auge comercial, la expresión se simplificó hasta fijar el topónimo inglés como denominación genérica para este tipo de carne.

El auténtico York ham británico no era un fiambre cocido al vapor como el que conocemos hoy, sino una pieza curada en seco que se hervía entera justo antes de consumirse. Al extenderse la fórmula por la Europa continental, la industria transformó el proceso para abaratar costes y acortar plazos: la carne fresca empezó a inyectarse con salmuera y a cocerse en moldes metálicos. Aunque el resultado derivó en lo que la normativa actual cataloga estrictamente como jamón cocido, la etiqueta «de York» perduró en la memoria colectiva y en el reclamo comercial hasta nuestros días.

La historia del queso en lonchas está íntimamente ligada a la invención del queso fundido o procesado en Estados Unidos a principios del siglo XX, fruto de la necesidad de frenar el desperdicio y prolongar la vida útil de los lácteos. Por entonces, el queso se comercializaba en grandes ruedas que los tenderos cortaban a mano, lo que provocaba mermas constantes, cortes irregulares y un rápido deterioro con los rigores del calor. James L. Kraft, un emprendedor de origen canadiense que comenzó repartiendo quesos en un carro de caballos por Chicago, se propuso dar con una solución duradera.

En 1916, Kraft patentó un método pionero para pasteurizar y emulsionar recortes de queso cheddar triturados junto con sales fundentes (como el fosfato sódico), lo que detenía la actividad bacteriana y estabilizaba las grasas. El resultado fue una masa homogénea y elástica que no requería frío inmediato y podía enlatarse para su conservación, convirtiéndose en una ración logística clave para el ejército estadounidense durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, aquel queso fundido seguía despachándose en bloques compactos, todavía engorrosos de porcionar en el día a día.

El salto al formato laminado fue obra de su hermano Norman Kraft, quien comenzó a investigar en los laboratorios de la compañía a mediados de la década de 1930. Tras innumerables ensayos fallidos intentando cortar bloques sólidos con cuchillas sin que las láminas se pegaran, Norman invirtió la lógica del proceso: en vez de rebanar, vertió el queso fundido directamente sobre rodillos de acero inoxidable refrigerados. El choque térmico cuajaba la emulsión al instante en una lámina continua y maleable, lista para ser troquelada en cuadrados uniformes.

El producto aterrizó en los lineales en 1950 bajo el nombre comercial de Kraft DeLuxe, transformando para siempre la elaboración casera de sándwiches y hamburguesas gracias a su fundido limpio y regular. En 1965, la empresa completó la revolución al diseñar la maquinaria que permitía enfundar cada lámina en un envoltorio plástico individual e higiénico. Nacían así los célebres Kraft Singles, consolidando el queso en lonchas como uno de los formatos más extendidos y reconocibles de la industria alimentaria moderna.

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Bikini


Ingredientes:
  • Jamón cocido (de York)
  • Queso en lonchas
  • Mantequilla
  • Pan de molde

Elaboración:
  1. Reparte abundante mantequilla por la parte que va en el exterior del sándwich. 
  2. Echa bien de jamón y una loncha de queso. 
  3. Mete en la plancha o sandwichera durante unos minutos, cubierto con papel de hornear.

Nota:
El queso de Mahón o el Emmental funden perfectamente. El bikini original de la Sala Bikini usaba queso suizo.

Si te gustan los sándwiches o bocadillos el mallorquín es el llonguet o el pa amb oli.

Sandwichera con sandwiches de jamón y queso


Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia entre un bikini y un sándwich mixto?

Son el mismo bocado con dos nombres según la geografía. En Cataluña se llama bikini — en honor a la Sala Bikini de Barcelona donde se popularizó en los años 50. En el resto de España se conoce como sándwich mixto o sandwich de jamón y queso. La receta es idéntica: pan de molde, jamón cocido, queso y mantequilla tostado a la plancha o sandwichera.

¿Es mejor hacerlo en sandwichera o a la plancha?

Depende del resultado que busques. La sandwichera sella los bordes y crea los surcos característicos, con el interior más compacto y el exterior más crujiente. La plancha da un resultado más libre, con los bordes sin sellar y una textura más cercana al croque-monsieur francés — más mantecoso y uniforme. El papel de hornear encima en ambos casos evita que el queso fundido se pegue.

¿Por qué se pone mantequilla por fuera y no por dentro?

Porque la mantequilla en el exterior es la que crea la corteza dorada y crujiente característica del bikini. Por dentro el calor del queso fundido y el jamón aportan suficiente jugosidad. Si pones mantequilla también por dentro, el pan se humedece demasiado y pierde la textura crujiente. La mantequilla siempre va en la cara exterior — la que toca la plancha.


sadwich con mantequilla y jamón con queso catalán


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Tarta salada

Antonia es enfermera en el centro de salud de Lorena. Tiene mucho carácter, algo muy notable cuando se enfada, aunque es más conocida como Santa Paciencia, porque la tiene. Es paciente cuando don Felipe la señala con el dedo tras haberse equivocado de día y acudir a la cita médica un día antes de lo que le tocaba:

—¡Ah, Santa Paciencia!

O cuando Luis se resfría por haber estado esperando bajo la lluvia a que su novia le perdonara por llegar tarde a la cita del sábado. Entonces, Luis le llora las penas a Antonia mientras espera que el médico lo atienda:

—¡Ah, Santa Paciencia!

Ella deja escapar una risita tonta, cosa que desconcierta a Luis.

Antonia es bajita, rubia, con ojos azules, mejillas sonrosadas y siempre lleva los labios pintados de rojo pasión. Suspira a menudo. Cuando la sala de espera está vacía, es lo único que se oye. Suponemos que esos suspiros son su manera de gestionar las palabras que no dice, pero que sí piensa. El doctor Manuel la anima a que no se reprima, y ella deja escapar una risita tonta cuando él se lo propone, cosa que desconcierta al doctor.

Cada domingo, después de misa, acude al bar del pueblo a comer un trocito de tarta salada y una copa de vino. Allí se encuentra con muchos de los pacientes que, en algún momento de sus vidas, han ido —y siguen yendo— a verla. Saben que no deben molestarla en su día libre. Creen que deja la Santa Paciencia en el centro de salud y que no le temblará el pulso para gritar a quien la interrumpa mientras come. Eso desconcierta a los lugareños… y ella deja escapar una risita tonta.

Tarta salada de patatas y acelgas

Tarta ligera con patatas y acelgas de tamaño pequeño


El origen de este bocado se remonta al antiguo Egipto, donde se horneaban masas rústicas de cereal rellenas de carne o pescado. En Mesopotamia, los sumerios ya habían dejado constancia de elaboraciones semejantes: una tablilla de arcilla datada en torno al 2000 a. C. recoge lo que se considera la receta precursora del pastel de pollo.

Los griegos adoptaron y perfeccionaron aquellas fórmulas otorgando más consistencia a la masa de harina y agua, creando pasteles de carne picada con una base de costra inferior. Más tarde, Roma expandió y enriqueció la técnica por todo el continente incorporando mariscos, pescados y quesos, como en el célebre libum, un pastel ritual a base de queso fresco, harina y huevo que se ofrecía a los dioses.

Durante la Edad Media, las tartas saladas vivieron su época dorada por motivos estrictamente prácticos. La masa —conocida en el inglés de la época como coffyn— se preparaba tosca, gruesa y endurecida. Aquella corteza exterior no estaba pensada para comerse: funcionaba como un recipiente hermético para cocer los jugos a fuego abierto y resguardar el relleno del aire, lo que permitía conservar los alimentos durante semanas y transportarlos en viajes largos. En los banquetes nobiliarios, estas piezas se convirtieron en un alarde de estatus y se rellenaban de caza mayor y aves aromatizadas con especias de lujo.

A partir del Renacimiento, el abaratamiento del azúcar refinado en el siglo XVI deslindó la pastelería salada de la dulce. Al independizarse los postres, los cocineros refinaron las masas saladas, sustituyendo los recipientes duros medievales por masas quebradas mantecosas, finas y crujientes.

En la Francia de la época despuntó la quiche en la región de Lorena, aunando masa quebrada con un delicado batido de huevos, nata y panceta. En paralelo, Italia consolidó joyas de huerta como la emblemática torta pasqualina de Liguria —con finísimas capas de masa, acelgas, ricotta y huevos enteros en su interior—, mientras que en el Reino Unido los meat pies se convirtieron en el almuerzo de bolsillo de la clase obrera durante la Revolución Industrial.

Hoy en día, la tarta salada ha pasado de ser un simple contenedor protector a una de las preparaciones más versátiles de la cocina contemporánea.

Por mi parte, te diré que es una receta facilísima y muy agradecida para adaptar a cualquier pauta: basta con ajustar el peso de los ingredientes y el molde. Evidentemente, Tomás y yo no nos zampamos de una sentada una tarta de 18 cm, pero sí nos repartimos de maravilla una individual de 12 cm. Queda tan rica que pienso seguir experimentando con mil rellenos más; ya me entenderás en cuanto la pruebes.

Actualizada 2026.


Tarta salada con patatas


Ingredientes 
  • 500 g patatas
  • 200 g acelgas (o espinacas)
  • 1 manojo cebolletas
  • 4 huevos 
  • 250 g queso fresco batido desnatado
  • 100 g queso Gorgonzola
  • Ralladura de 1 limón
  • 1 cda. AOVE Señorios de Relleu (usar para saltear la verdura)
  • Sal y Pimienta negra
  • Mantequilla para el molde
  • Molde desmontable de 18 centímetros de diámetro

Elaboración:
  1. Pela las patatas, córtalas con mandolina o sin ella a unos 3-4 mm de grosor. 
  2. Ponlas en una bandeja de horno y hornea 10 minutos a 180º C. 
  3. Mientras, limpia la verdura y quita las pencas de las acelgas y córtalas en tiras. 
  4. Trocea en brunoise las cebolletas. 
  5. Rehoga en una sartén con aceite de oliva las cebolletas primero y después añade las espinacas. Salpimienta. 
  6. En un cuenco, bate los huevos, el queso y la ralladura del limón.
  7. Salpimienta.
  8. Unta de mantequilla el molde y coloca las patatas como base. 
  9. Añade las verduras pochadas a cuenco de crema de huevo y queso. 
  10. Mezcla y vierte en el molde encima de las patatas. 
  11. Hornea 40 minutos a 180º C.

Elaboración de tarta salada con patatas y acelgas

Preguntas frecuentes

¿Se puede sustituir el gorgonzola por otro queso?

Sí — y varios lectores ya lo han hecho con excelentes resultados. El gorgonzola aporta un punto intenso y salado que contrasta con la suavidad de las acelgas y la ralladura de limón. Si prefieres un sabor más suave, el queso feta, el queso de cabra o un queso semi curado funcionan perfectamente. Para una versión más neutra, el queso crema o la ricotta son las alternativas más ligeras.

¿Se puede sustituir las acelgas por espinacas?

Sí, perfectamente. Las espinacas tienen un sabor más suave y menos amargor que las acelgas, lo que las hace más fáciles de aceptar para quienes no son muy aficionados a las verduras de hoja. El proceso es idéntico — saltéalas bien para eliminar el exceso de agua antes de mezclarlas con la crema de queso y huevos.

¿Se puede hacer en un molde más grande para más personas?

Sí — simplemente multiplica los ingredientes en proporción al molde. Para un molde de 18 cm (4-6 personas) duplica todas las cantidades. El tiempo de horneado aumenta unos 10-15 minutos adicionales. Comprueba el punto con un palillo — cuando salga limpio y la superficie esté dorada, está lista.



Tarta con acelgas y patatas en un molde pequeño

Relato y fotografías @catypol - Circus day.

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