Señoras y Señores,

Bienvenidos a Circus Day

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Hola,

Soy Caty y dirijo este circo

Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.

The Show

En el blog

Empanadillas de pan

En mitad de un salón alrededor de una mesa camilla vestida con faldas de pana marrón y cortinajes que parecían rescatados del plató de una telenovela venezolana, la abuela Paquita servía sus célebres empanadillas, rellenas con lo que hubiera en la nevera y un caudal inagotable de cariño.

—¡Esto es fórmula de guerra y gloria bendita! —proclamaba.

En una esquina, un televisor importado que transmitía en perfecto alemán emitía reclamos de salchichas bávaras mientras Paquita le propinaba certeros zapatillazos para obligarlo a sintonizar TVE.

—¡Ponme a doña Rogelia, que hoy le canta a Camilo Sesto! —protestaba, pertrechada con la zapatilla en alto.

Corrían los albores de 1983, y la casa entera desprendía un aroma a ensaladilla, y a chocolate y nostalgia ochentera. El primo Javi hizo su entrada luciendo hombreras kilométricas; la hermana apareció enfundada en calentadores de lana fosforito, y el perro desfilaba con un tupé postizo. El receptor, fatigado de tanto escarmiento físico, resolvió por iniciativa propia conectar con una misa solemne radiada en polaco.

—¡Hasta aquí podíamos llegar! ¡Esto no es la Rogelia! —bramó Paquita con una empanadilla en la mano, dispuesta a librar la batalla definitiva contra la tecnología alemana.


Empanadilla de pan de sándwich rellena de ensaladilla

Empanadilla de pan de sándwich rellena de chocolate


La historia del pan de sándwich (o pan de molde) se halla estrechamente ligada a los avances de la panadería industrial y al empeño por lograr rebanadas perfectamente simétricas capaces de albergar todo tipo de viandas. Si bien disponer viandas entre dos pedazos de pan constituye una práctica milenaria, el pan de sándwich tal como lo concebimos en la actualidad vio la luz en la Inglaterra del siglo XVIII.

Mientras en la Europa continental prevalecían las hogazas rústicas de corteza gruesa y recia, los maestros panaderos británicos comenzaron a emplear moldes metálicos de hojalata para la cocción. Esta técnica permitía obtener piezas prismáticas y regulares, de miga tierna y tupida, idóneas para cortar las láminas delgadas que demandaba la aristocracia tras la célebre ocurrencia de John Montagu, cuarto conde de Sandwich, hacia 1762.

El salto cualitativo hacia el pan de sándwich moderno se consumó en los Estados Unidos de comienzos del siglo XX al calor de la mecanización a gran escala. En 1928, el inventor Otto Frederick Rohwedder ideó el primer ingenio mecánico capaz de rebanar y empaquetar hogazas de forma continua, hito comercial que despegó de la mano de la Chillicothe Baking Company. 

Apenas dos años más tarde, en 1930, enseñas míticas como Wonder Bread lanzaron al mercado de masas un pan blanco, mullido y de miga sedosa. La practicidad de adquirir un producto previamente cortado y con una vida útil prolongada revolucionó los desayunos y los tentempiés escolares en medio planeta, afianzando esta elaboración como un icono indiscutible de la alimentación contemporánea.

Y aquí llego yo para darle una vuelta de tuerca y transformarlo en empanadillas: unas saladas, con relleno de ensaladilla rusa, y otras dulces, colmadas de crema de chocolate. ¿Te apetece probarlas?


Actualizada 2026.


Empanadillas de pan de sándwich saladas y dulces

Ingredientes:
  • Pan de molde
  • Ensaladilla
  • Crema de chocolate

Utensilios:
  • Rodillo de cocina
  • Molde para empanadillas pequeño

Elaboración:
  1. Poner una rebanada de pan sobre el molde de empanadillas.
  2. Poner un poco de relleno y cerrar el molde, apretar. Quitar el sobrante y listo. 

Nota: 
No rellenes mucho la rebanada, ni aprietes demasiado fuerte o puede que el relleno salga por el otro extremo.


Preguntas frecuentes

¿Por qué es indispensable aplanar previamente la rebanada de pan de molde con el rodillo antes de colocarla en el molde de empanadillas?

El pan de sándwich industrial posee una estructura alveolar esponjosa y aireada, diseñada para absorber líquidos y ofrecer una mordida blanda. Si se intenta plegar directamente en el molde tal como sale del paquete, las tensiones de doblado fracturan la matriz de gluten y la miga se quiebra por la mitad, dejando escapar el relleno. Al pasarle el rodillo con firmeza por ambas caras, los alvéolos de gas colapsan y las fibras se compactan mecánicamente, transformando la rebanada en una lámina flexible, elástica y resistente que se amolda sin fisuras a la curvatura del utensilio.

¿Qué precauciones físico-químicas exige el relleno de crema de chocolate frente al de ensaladilla rusa al sellar la pieza?

Ambos rellenos presentan comportamientos reológicos y cinéticos opuestos: la crema de cacao es una suspensión lipídica densa pero altamente sensible a la presión puntual y al calor ambiental, lo que significa que un exceso de fuerza al cerrar el molde provocará que fluya hacia los bordes dentados, engrasando la unión e impidiendo que el pan se solape y selle correctamente. Por su parte, la ensaladilla contiene mayonesa (una emulsión inestable de agua en aceite) y hortalizas troceadas; si se sobrecarga la cavidad, los trozos duros de patata o zanahoria actúan como cuñas punzantes que desgarran la fina masa prensada, permitiendo que la humedad de la salsa se filtre y ablande el pan en cuestión de minutos.

¿Cómo actúa el prensado mecánico de los bordes dentados del molde para sellar el pan sin necesidad de huevo ni agua?

A diferencia de las masas tradicionales de harina cruda y manteca, el pan de molde contiene azúcares añadidos, grasas emulsionadas y almidones ya completamente gelatinizados durante el horneado industrial. Cuando las cuchillas dentadas del molde ejercen una presión concentrada a lo largo del perímetro curvo, fuerzan a los almidones y a las proteínas superficiales de ambas capas a entrecruzarse y unirse por compresión en frío. Este aplastamiento hermético basta para sellar la empanadilla sin necesidad de añadir adhesivos líquidos (como clara de huevo o agua), siempre y cuando el sellado se mantenga limpio y libre de restos de grasa o mayonesa.



Empanadillas de pan de sándwich dulces y saladas


Relato y fotografías @Catypol - Circus day.

Sopes Mallorquines

Blanquerna ansiaba ser ermitaño. Imaginaba una existencia de contemplación, silencio y acaso alguna raíz cocida los domingos. Sin embargo, el destino (y el designio de Llull) albergaba otros planes: lo habían elegido papa.

—Pero, señor —protestó Blanquerna ante un cardenal—, yo solo aspiro a retirarme al monte para disertar con las cabras acerca de la Causa Primera.

—Las cabras no pagan diezmos, Blanquerna —zanjó el purpurado—. Por añadidura, el orbe es un descalabro. Requerimos tu «Arte» para restaurar el orden.

Blanquerna claudicó, mas bajo una condición innegociable: aplicaría el rigor combinatorio a la administración papal. A la segunda jornada, las dependencias pontificias asemejaban un gabinete de geometría.

—Veamos —resolvió Blanquerna, desplegando unos esquemas con letras (A, B, C...) que figuraban las dignidades divinas—. Si la Bondad excede a la Magnificencia, ¿a qué viene un banquete con doce variedades de faisán? Desde el prisma del cálculo, esto constituye un despropósito clamoroso. ¡Servidme un plato de sopas!

Los cocineros se mesaban los cabellos, los obispos se extraviaban entre ruedas y círculos concéntricos, y los nuncios quedaban atónitos porque el sumo pontífice, en lugar de impartir la bendición, los sometía a un escrutinio de dialéctica sobre la caridad divina.

—Santidad —advirtió su camarlengo—, arrecian las quejas. Convienen en que vuestro método es impecable, pero admiten no entender ni «papa», nunca mejor traído.

Blanquerna suspiró. Contempló su Ars brevis, fijó los ojos en el sitial de oro y desvió la mirada hacia el relieve azulado de las cumbres.

—Lleváis razón. El siglo resulta harto movedizo para la pureza deductiva. Prefiero que mi tránsito sea testimonio antes que un cómputo.

Y así, en un viraje propio del misticismo de frontera, Blanquerna consumó la mayor audacia de un hombre abrumado: renunció al solio. Depositó la tiara papal sobre el sitial, se enfundó el sayal de lana basta y se escabulló por el postigo en dirección a la floresta.

Al franquear la estancia, los dignatarios solo hallaron un pliego trazado con pulso sereno:

«He deducido el ángulo de mi quietud, y resulta ser directamente proporcional a la distancia que me aparta de este aposento. Atentamente, vuestro anacoreta dilecto».

Inspirado en Blanquerna de Ramón Llull


Sopas mallorquinas con cerdo y verduras de temporada




No puedo describir lo que sentí cuando Yolanda me propuso continuar con el desafío; pero empecemos por el principio. Un día, Patricia nos anunció un nuevo juego: «¿Quién viene a cenar?». Y de pronto sentó a su mesa a la mismísima Caperucita Roja (roja de envidia me quedé yo). Pasó el testigo a Carmen, quien compartió mantel con la elegante Coco Chanel (¿tal vez perfumada con Chanel N.º 5?). Por último le tocó el turno a Yolanda, que nos descubrió una faceta hasta entonces insólita de la señora Merkel (yo me quedé con la boca abierta). En esas estábamos cuando me reveló quién vendría a cenar a mi casa.

Un desafío mayúsculo y una empresa nada sencilla la que me encomendó hace hoy veinte días. Al principio me llevé las manos a la cabeza («¡que sea lo que Dios quiera!»), pero enseguida recapacité: «¿Quién dijo miedo?». Será todo un honor cocinar para uno de los grandes referentes de los fogones patrios. Con la debida modestia, por supuesto: no pienso convertir la velada en una pesadilla y acabar cerrando el «chiringuito». Así pues, me puse a investigar sobre mi invitado, que a estas alturas ya habréis adivinado que se trata de Alberto Chicote.

Y quise indagar un poco porque todos conocemos su faceta más mediática, pero a mí siempre me gusta saber qué preferencias tienen mis comensales: si padecen intolerancias, si son vegetarianos o si se decantan antes por la carne que por el pescado. Él no iba a ser una excepción. De entrada, descubrí que aborrece los huevos y que prefiere el pescado («soy más de pescado», sostiene él), además de adorar el jamón; del bueno, eso sí. Y… ¿a que no sabes qué más? Que le entusiasma la cocina mallorquina (¡menos mal!, no sé si me habría atrevido a plantarle unos callos con garbanzos).

Alberto Chicote cambió el rugbi por la cocina. Cuando lo escuché por primera vez me quedé perpleja; luego pensé que, bien mirado, guarda cierto aire con un amigo escocés y pelirrojo que también jugaba al rugbi (divagaciones mías, supongo). También practica el tiro con arco: arquero de diana, no guardameta de fútbol ni de balonmano; en fin, salta a la vista que tiene un punto singular que cautiva. Cuenta con una trayectoria impecable y un oficio contrastado (lo sabemos todos, y no es adulación); pero, ante todo, se define como alguien de gustos sencillos: elogia a sus colegas de profesión, visita con asiduidad a sus amigos de Mallorca y hace gala de una cercanía absoluta cuando cualquiera le pide una fotografía por la calle. Ojalá que, si algún día llega a leer estas líneas, se sienta honrado; yo estoy encantada de recibirlo a mi mesa. «Las cosas sencillas funcionan mejor que las complejas» (Alberto Chicote).

Llegados a este punto te preguntarás qué menú he preparado para él. Pues bien: aunando referencias de aquí y de allá, me he decantado por un guiso tradicional mallorquín que él ya ha probado en la isla y que sé positivamente que disfruta. Deseo presentarlo con el mimo y el cariño que me ha inspirado elaborarlo. Se trata de una receta familiar que he cocinado junto a mi madre —como él hace a menudo con los suyos, especialmente en Nochebuena— y en la que el secreto estriba, ante todo, en una materia prima de excepcional calidad.


Ingredientes para elaborar las sopas mallorquinas

Pan de sopas mallorquinas cortado muy muy fino


Las sopes mallorquines constituyen uno de los platos más emblemáticos de la cocina balear. Esta elaboración tradicional se sustenta en un caldo corto de verduras y finas rebanadas de pa moreno (pan payés mallorquín sin sal y de miga densa). Se preparan siempre al compás de la huerta de temporada y suelen enriquecerse con magro de cerdo —un toque opcional—, además de botifarró y la inconfundible sobrasada. Se cocinan y presentan de forma canónica en una greixonera (cazuela baja de barro cocido) y acostumbran a servirse escoltadas por olives trencades (aceitunas verdes chafadas y aliñadas con hinojo), si bien cada hogar guarda sus propias costumbres. Cabe destacar, además, la gran riqueza de variantes que conviven en la isla: desde las sopes de invierno o de verano hasta las de carboner o las de matanzas.


Actualizado 2026.


Sopes mallorquines


Ingredientes para 4 personas:
  • 3 cebolletas
  • 1 tomate grande o 2 tomates de ramallet 
  • 1/2 col 
  • 1 manojo de acelgas
  • 1/2 coliflor
  • 1 manojito de perejil
  • 3 ajos
  • 1 pimiento rojo
  • 2 botifarrons mallorquins 
  • 1 poco de sobrasada mallorquina 
  • 200 g carne magra (en este caso, escalope de jamón)
  • 250 g pan de sopes mallorquines
  • 750 ml agua
  • 100 g  aceite de oliva
  • Sal
  • Pimienta negra
  • Olives trencades (hechas por mi mamá)
Mise en place: 
  1. Corta la cebolleta en brunoise. 
  2. Pela y trocea el tomate. 
  3. Pica los ajos y el perejil, por separado. 
  4. Corta el botifarrón en rodajas, y trocea la sobrasada y la carne magra. 
  5. Trocea el resto de verduras. 
  6. A la col le quítale el tronco.

Cocción: 
  1. Pon el agua a hervir. 
  2. Sofríe en una cacerola de barro con el aceite de oliva, la carne magra, hasta que se dore un poco. 
  3. Añade el ajo y la cebolleta. 
  4. Pasados unos minutos echa el tomate y el perejil. 
  5. Remueve. 
  6. Le vas añadiendo el resto de verdura troceada poco a poco. 
  7. Cuando todo el sofrito esté un poco hecho añade el agua hirviendo. 
  8. Remueve. 
  9. Cuando empiece a hervir otra vez, añade la sobrasada y el botifarrón. 
  10. Prueba una vez integrados, probablemente la sobrasada se deshará en la cocción pero te dejará ese color característico del pimentón, además del sabor. 
  11. Prueba antes de salpimentar. 
  12. Salpimienta al gusto si hace falta. 
  13. Y deja que termine la cocción hasta que la verdura esté blanda y la carne cocinada.
Servir:
  1. Finalizada la cocción retira todo el caldo (guárdalo en una olla) .
  2. Y la verdura de la cacerola (guárdala en un recipiente).
  3. En la cacerola pon una capa de rebanadas de "pa de sopes". 
  4. Sobre ellas vierte un cucharón de caldo. 
  5. Encima otra capa de rebanadas de pan y otra de verduras, pero sin caldo. 
  6. Ir formando capas hasta terminar toda la verdura. 
  7. Sirve enseguida y acompaña de aceitunas partidas.

Sopas mallorquinas con verdura y magro de cerdo


Preguntas frecuentes

¿Por qué es preferible emplear tomàtiga de ramellet y prescindir de la sal en el pa de sopes tradicional mallorquín?

La tomàtiga de ramellet es una variedad autóctona de secano con un bajo contenido de agua libre, piel gruesa y una concentración muy elevada de acidez, azúcares y pectinas; al sofreírse, no encharca la cazuela de barro, sino que confiere un sofrito meloso de sabor concentrado. Por su parte, el pa moreno o pa de sopes se hornea tradicionalmente sin sal precisamente para actuar como una esponja neutra: el botifarró y la sobrasada ya aportan una notable carga salina y grasa a la decocción. Si el pan contuviera sal, la concentración del caldo en las rebanadas provocaría una saturación excesiva de sodio en boca; al carecer de ella, equilibra el conjunto absorbiendo los aromas sin descompensar el plato.

¿Qué función culinaria cumple el montaje intercalado de capas y el reposo del caldo caliente sobre el pan en la greixonera?

Las sopes mallorquines no son una sopa líquida de cuchara, sino un plato seco o semihúmedo que antaño se comía con tenedor. Al montar una base de rebanadas finas de pan de hogaza endurecido y humedecerlas con cucharones de caldo hirviendo antes de disponer la verdura y los embutidos, los almidones del pan sufren un proceso de gelatinización instantánea sin llegar a deshacerse. El calor residual retenido por el barro cocido de la greixonera termina de hinchar la miga y ligar los jugos residuales de la col, la coliflor y las acelgas, logrando una textura jugosa, tierna y compacta en la que el pan queda perfectamente impregnado pero mantiene su estructura capa por capa.

¿Por qué debe añadirse la sobrasada hacia el final del hervor y rectificar de sal únicamente después de este paso?

La sobrasada mallorquina es una emulsión cárnica cruda y curada, rica en grasa porcina noble, sal y pimentón (tap de cortí). Si se añade al principio del sofrito a temperaturas superiores a los 120 °C, el pimentón se quema con facilidad, tornando el guiso amargo y separando la manteca en una balsa de aceite grasienta y desagradable. Al incorporarla cuando el caldo de verduras ya está en ebullición suave, la grasa funde lentamente emulsionándose con el agua de cocción, mientras los carotenoides del pimentón tiñen el caldo de un tono anaranjado característico. Dado que tanto la sobrasada como el botifarró ceden sal y especias (hinojo, pimienta) durante los últimos minutos, probar y salpimentar después evita estropear el fondo por exceso de condimento.


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Y esto no termina aquí: ahora me toca pasar el testigo a una nueva compañera de fogones y revelarle quién se sentará a su mesa, ¿verdad? Así pues, lanzo el desafío a:

Ahora, Juana, dispones de veinte días para deleitar con un buen festín al Jorobado de Notre Dame; confío en que no precise raptar a nadie para la ocasión y festeje el banquete al son de alegres repiques de campana. Aguardamos impacientes la llegada del día 26 para descubrir tu propuesta.

Por mi parte, me quedo con el primoroso logotipo que nos diseñó Patricia y que ya luce con orgullo en este Circo; aprovecho para darle las gracias por regalarnos una iniciativa tan entrañable y divertida, y extiendo mi gratitud a Yolanda por haberme hecho partícipe de ella.


Logotipo del concurso ¿quién viene a cenar?


Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day.

Espagueti Scarparo

No recordaba cómo había ido a parar dentro de aquel autocar repleto de turistas; solo recordaba que no quería estar sola. ¡En fin! Ya estaba allí. Al no haber sitio libre, me senté al lado de una joven con pañuelo en la cabeza que no hacía más que mirarme. Al otro lado iban dos chicos discutiendo sin tregua sobre la madre de uno de ellos. En el asiento de delante roncaba un señor solitario, profundamente dormido. Y detrás, un grupo de señoras no paraba de maravillarse con cada detalle que desfilaba tras el cristal.

Junto al conductor viajaba el guía: un abuelete con camisa floreada, devoto confeso de Enrico Caruso, pues cada vez que empuñaba el micrófono nos señalaba y arrancaba con «’O sole mio». Cuando comprobó que la ópera no era lo nuestro, cambió el tercio y pasó al «Dimmi quando tu verrai». Venir, venir… Más bien éramos nosotros los que íbamos hacia alguna parte; pero le pillé el gusto a la tonadilla, tanto que, cuando el pasaje entero le hacía los coros al son de «dimmi quando, quando, quando», el «’O sole mio» quedó sepultado en el olvido.

Hicimos un alto en el camino por ahí, entre Posillipo y Mergellina, para estirar las piernas, espabilarnos, llenar los pulmones de brisa marina, comernos un buen plato de pasta y dejarnos acariciar por el sol de Nápoles. La joven que viajaba a mi lado dejó por fin de clavar sus ojos en mí para contemplar el golfo; la pareja que antes discutia acabó sentada en la terraza de un pequeño café, besándose. Los demás contemplaban embobados cuanto los rodeaba. ¿Por qué será que esta ciudad produce siempre ese hechizo en quien la pisa?

 
Espagueti típico de Nápoles con tomatitos cherry y albahaca

Espagueti napolitano con tomates cherry y albahaca



La historia de esta salsa se sitúa originalmente en la primera mitad del siglo XIX, entre los callejones de los famosos Quartieri Spagnoli (Barrios Españoles) de Nápoles, una zona obrera con una alta concentración de artesanos y remendones. Los zapateros de la época solían trabajar en talleres diminutos o directamente en plena calle. Al tener jornadas laborales agotadoras y muy poco tiempo para comer, necesitaban un plato contundente que pudiera prepararse con rapidez o que se pudiera despachar directamente sobre el banco de trabajo.

El lunes era tradicionalmente el día de descanso del gremio. Ese día, sus esposas preparaban la comida aprovechando las sobras del emblemático ragú napolitano del copioso almuerzo dominical. Como casi toda la carne del ragú ya se había consumido la víspera, la salsa restante se estiraba y enriquecía añadiendo abundante queso rallado para hacerla más saciante.

La abundancia de queso en la despensa de un zapatero tiene una explicación histórica de lo más curiosa. En aquellos tiempos de escasez, muchos de los clientes —sobre todo campesinos llegados de los alrededores— carecían de dinero en efectivo para pagar el arreglo de sus botas o tacones. Por eso se volvió costumbre saldar las deudas mediante el trueque o pago en especie, entregando trozos de quesos curados como el pecorino romano o el parmesano (Parmigiano Reggiano). Al fundir todos estos excedentes lácteos con la salsa dominical y un puñado de albahaca fresca, nacía una emulsión increíblemente cremosa.

Con el paso del tiempo y la gradual desaparición del oficio tradicional, la receta experimentó una transición lógica: el denso y laborioso ragú dominical de los lunes fue sustituido por un sofrito rápido a base de tomates frescos, utilizando sobre todo variedades locales como el tomate del Piennolo o tomates cherry bien maduros.

Por la red encontrarás muchas versiones exprés de esta salsa, pero yo me he decantado por una fórmula un poco más mimada. Lleva una cantidad generosa de ajo, pero que eso no te eche para atrás a la hora de meterte en harina: la combinación de la mantequilla con la albahaca y el tomate convierte el plato en una auténtica delicia. Si la acompañas con pasta fresca no te vas a arrepentir; y si te animas a prepararla casera, mucho mejor, que es justo como la hice yo —aunque casi siempre me lío con los números de la máquina de pasta—.

Actualizada 2026.



Pasta fresca con salsa Scarparo


Ingredientes para 4 personas:
  • 350 g de pasta fresca (tipo espaguetis o tagliatelle)
  • 500 g de tomates maduros (tipo pera, datterini o cherry), lavados y cortados por la mitad
  • 3-4 dientes de ajo pelados y ligeramente aplastados
  • 50 g de queso Parmigiano Reggiano rallado fino
  • 50 g de queso Pecorino Romano rallado fino
  • 40 g de mantequilla (o una cucharada de manteca de cerdo, al estilo antiguo)
  • 4-5 cucharadas de aceite de oliva virgen extra
  • 1 ramillete generoso de albahaca fresca
  • 1 trocito de guindilla fresca o copos de peperoncino (opcional)
  • Sal y pimienta negra recién molida

Elaboración:
  1. En una sartén amplia y honda, vierte el aceite de oliva virgen extra y añade los dientes de ajo enteros y la guindilla si la usas. 
  2. Deja dorar a fuego medio-suave hasta que el ajo empiece a bailar y perfumar el aceite, con cuidado de que no se queme. 
  3. Si prefieres un sabor más suave, retira los ajos en este punto.
  4. Sube ligeramente el fuego y echa los tomates a la sartén. 
  5. Añade una pizca de sal y la mitad de las hojas de albahaca rotas con las manos. 
  6. Saltea durante unos 8 o 10 minutos a fuego vivo, aplastando algunos trozos con el envés de la cuchara de madera para que suelten su jugo pero sin deshacerlos del todo; deben conservar textura y frescura.
  7. Mientras la salsa coge cuerpo, pon a hervir abundante agua con sal en una olla grande. 
  8. Cuece la pasta fresca justo el tiempo necesario para dejarla bien al dente (suele bastar con 2 o 3 minutos). Importante: reserva un vaso del agua de cocción antes de colar.
  9. Con ayuda de unas pinzas, pasa la pasta directamente de la olla a la sartén con la salsa de tomate. 
  10. Añade la mantequilla y medio cucharón del agua de cocción que habías reservado. 
  11. Saltea a fuego medio durante un minuto, removiendo con energía para que el almidón empiece a emulsionar con el jugo del tomate y la grasa.
  12. Retira la sartén por completo del fuego. 
  13. Agrega la mezcla de quesos rallados (pecorino y parmesano) y el resto de la albahaca fresca. 
  14. Remueve o saltea de manera continua y enérgica: el calor residual fundirá los quesos con el agua de cocción, creando una crema sedosa, brillante y densa que envolverá cada hebra de pasta sin apelmazarse.
  15. Emplata de inmediato, rematando con un golpe de pimienta negra recién molida, unas hojas tiernas de albahaca fresca y, si te apetece, un poco más de queso rallado por encima.


Pasta fresca casera hecha con harina y huevo

Preguntas frecuentes

¿Por qué es indispensable retirar la sartén del fuego antes de añadir la mezcla de Parmigiano Reggiano y Pecorino Romano?

Los quesos curados de pasta dura contienen proteínas (caseínas) que, expuestas a un calor directo superior a 60–65 °C, se desnaturalizan y contraen de golpe: la grasa se separa en forma de aceite líquido y los sólidos lácteos se aglutinan en grumos gomosos e insolubles. Al apartar la sartén del foco térmico, se aprovecha únicamente el calor residual y el vapor de la pasta para fundir el queso con suavidad. Al batir enérgicamente junto con los lípidos de la mantequilla y el agua de cocción, las caseínas actúan como emulsionantes naturales, creando una crema homogénea, sedosa y brillante que napa la pasta sin separarse jamás.

¿Qué papel físico-químico desempeñan el agua de cocción rica en almidón y la técnica del mantecado (mantecatura) en la salsa scarparo?

Durante los minutos de hervor, la pasta fresca desprende gránulos de amilosa y amilopectina que quedan suspendidos en el agua. Al incorporar este líquido turbio a la sartén junto con el tomate, el aceite de oliva y la mantequilla, el almidón actúa como agente espesante y estabilizador coloidal. La agitación mecánica continua (mantecatura) fuerza la unión íntima entre la fase acuosa (el jugo del tomate y el caldo con almidón) y la fase grasa (el aceite y los triglicéridos de la mantequilla). El resultado es una emulsión estable que se adhiere a la superficie porosa de la pasta en lugar de escurrirse hacia el fondo del plato.

¿Por qué se combinan a partes iguales el Parmigiano Reggiano y el Pecorino Romano en lugar de emplear un único tipo de queso?

Esta combinación busca un equilibrio sensorial muy preciso de perfiles aromáticos y salinidad. El Pecorino Romano, elaborado con leche de oveja, aporta un carácter punzante, notas rústicas herbáceas y un golpe salino muy marcado que realza la acidez viva del tomate salteado brevemente. Por su parte, el Parmigiano Reggiano, de leche de vaca, introduce notas lácteas dulces, recuerdos a fruto seco tostado y una altísima concentración de ácido glutámico libre (umami) que redondea el bocado. Juntos mitigan sus extremos: el parmesano modula la fuerza bravía del pecorino, y este evita que el plato resulte plano o excesivamente dulce por los azúcares naturales del tomate maduro.



Espagueti O'Scarpariello típico de Nápoles con tomates cherry


Y con esta receta participo en el concurso del blog Con las zarpas en la masa patrocinado por Homenaje a la cocina y Blume. Gané el premio aleatorio.



Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Perrito caliente

Heredar la casa de tía Ana fue como recibir un premio que aún siento no merecer.

De niño pasaba allí las vacaciones de verano: un caserón señorial, con servicio doméstico y casi siempre abarrotado de invitados. Mi tía era una mujer sumamente carismática.

Desde luego, mis estíos en su casa resultaban de lo más divertidos. Aunque durante el día apenas la veía, jamás olvidaba darme las buenas noches y apagar la luz de mi habitación.

Su cumpleaños caía en pleno verano, de modo que, durante los días previos, iba y venía de acá para allá ultimando los preparativos de la fiesta. Yo también estaba invitado a esa velada y me permitían trasnochar hasta las tantas, algo que me fascinaba.

Al caer la tarde me colaba en la cocina para ver al servicio afanarse de un lado a otro. Los perritos calientes formaban parte del menú —detalle que me entusiasmaba—, al igual que el cava y el vino, que yo cataba a hurtadillas en las copas que abandonaban los convidados.

Experimentaba entonces un vaivén mareante, como si navegase a bordo de un pequeño barco en alta mar.

A la mañana siguiente, la jaqueca era implacable; sin embargo, mi tía me estrechaba en un abrazo… sin reproches ni sermones. Y aquello, a pesar de mis travesuras, me hacía sentir el sobrino más afortunado del mundo.

Con los años se acabaron aquellos veranos. Empecé a preferir los planes con mis amigos; luego, una cosa llevó a la otra y no regresé jamás… hasta hoy.

Sentado en la cocina del caserón, en soledad, evoco el trasiego espectral del personal de servicio, el sabor primario de aquel perrito caliente devorado con deleite y la silueta de la tarta de cumpleaños.

Aún me parece oír las risas y la música que brotaban del salón. Casi puedo vislumbrarla recorriendo las estancias, saludando a unos y a otros, recibiendo agasajos y pendiente en todo momento de que nada fallase.


Perrito caliente de pollo casero con salsa de tomate y mango

Perrito caliente de pollo con salsa ketchup y mango


Descubrir que puedo controlar lo que como en aspectos que normalmente deciden otros me llena de alegría; poder elegir los ingredientes y lograr un resultado excelente me transporta a menudo a mi niñez. El aroma que desprendía la tienda de ultramarinos cuando molían el café al instante para despacharlo lo inundaba todo con un perfume tan tentador que, aun sin haberlo probado jamás, me hacía imaginar su sabor. O el ritual de ir cada tarde con la lechera a buscar la leche para luego ver cómo la hervían en casa... Y qué delicia aquella nata, ¿verdad? Aún me acuerdo del repartidor de bebidas con sus cajas de gaseosa, naranjada, limonada y piña mallorquina, ese refresco que parece de cola pero no lo es.

No, no estoy nostálgica, al menos en este momento, pues la propuesta de hoy lo deja bien claro: perrito caliente casero. En mi infancia no guardo recuerdo alguno de que mi madre elaborara salchichas en casa; más bien las comprábamos frescas y de calidad en una de las carnicerías del pueblo. Sin embargo, el proceso me evoca aquellos tiempos en los que sabíamos con certeza qué comíamos, gracias a productos de proximidad, caseros y de procedencia conocida.

Para la receta de esta entrada descubrí varias joyas: un chutney de mango y un kétchup casero que merecen muchísimo la pena, además de unos tubos de aluminio muy originales para rellenar con las salsas y acompañar la carne. En esta ocasión quise que la salchicha se asemejara a una de tipo Frankfurt o vienesa para emular el perrito caliente clásico, pero en versión totalmente artesanal. Una comida rápida que me apetecía muchísimo preparar.

Presenté el plato con estos tubos dosificadores. El abrelatas de la fotografía inferior ya tiene sus años: cuenta con una pestaña que antaño servía para sellar o abrir conservas y que yo he rescatado para plegar el cierre del tubo. Después diseñé unas etiquetas para identificar la salsa que contiene cada uno. Basta con utilizar una manga pastelera para llenarlos; así de sencillo.

En cuanto a las salchichas, las cociné primero al vapor y después las marqué en la plancha: quedan perfectas. Añadí una pizca de pimentón de la Vera para aportarles un toque ahumado. Para rematar el conjunto, preparé un poco de cebolla caramelizada; ese contrapunto dulce redondea un bocado exquisito.

Actualizada 2026.


Perrito caliente artesanal de pollo con ketchup casero y chutney de mango 



Rinde: 4 salchichas (de 80–90 g aprox.)

Para las salchichas:
  • 2 contramuslos de pollo (sin piel ni hueso)
  • 1/2 cebolla
  • 1 diente de ajo
  • 1/2 zanahoria (pelada)
  • 1 trocito pequeño de remolacha
  • 1 huevo
  • 1 cucharadita de pimentón de la Vera (si te gusta ahumado)
  • Sal al gusto
  • Pimienta negra molida al gusto
  • Film transparente
  • Hilo de cocina

Salchichas caseras:
  1. En una picadora, tritura el huevo junto con la cebolla, el ajo, la zanahoria y la remolacha hasta obtener una mezcla homogénea. 
  2. Añade los contramuslos de pollo troceados, la sal, la pimienta y el pimentón, y vuelve a triturar hasta conseguir una masa compacta y bien integrada.
  3. Cortar trozos de film transparente, coloca porciones de la mezcla en el centro y forma cilindros del tamaño de una salchicha. 
  4. Enrolla bien el film haciendo presión y ata los extremos.
  5. Cuece las salchichas al vapor durante 7 minutos. 
  6. Deja templar unos minutos, retira el film con cuidado y dora en una plancha o sartén con un poco de aceite hasta que estén ligeramente tostadas por fuera.

Presentación:
Sirve las salchichas en pan tipo hot dog, acompaña de cebolla caramelizada y tus salsas favoritas. 

Nota: 
Si prefieres la carne picada del supermercado, 300 - 350 gramos sería el equivalente más o menos.


Ketchup casero para 4 perritos calientes


Ingredientes:
  • 4 cucharadas soperas rasas de tomate concentrado
  • 1 cucharada sopera de miel
  • 1 cucharada sopera de vinagre de manzana
  • 1 cucharada sopera (añade media más si lo quieres más fluido) de agua
  • Una pizca muy pequeña de sal
Elaboración:
  1. En un vaso o cuenco pequeño, echa el tomate, la miel, el vinagre y la pizca de sal.
  2. Mezcla bien con una cucharilla hasta que la miel se integre y quede una pasta brillante.
  3. Añade el agua y vuelve a remover para darle la textura perfecta de ketchup.
  4. Rellena los tubitos con la salsa (opcional).


Chutney de mango 


Ingredientes para 4 perritos:
  • 1/2 mango (cortado en daditos muy pequeños, tamaño guisante).
  • 2 cucharadas soperas de cebolla picada muy fina.
  • 1 cucharada sopera generosa.
  • 1 cucharada sopera de vinagre de manzana
  • Una pizca (la punta de una cucharadita) de curry en polvo
  • Una pizca de sal

Elaboración:
  1. En un cazo pequeño con unas gotas de aceite, cocina la cebolla a fuego medio durante 2 minutos hasta que brille.
  2. Añade el mango, el azúcar, el vinagre, el curry y la sal. Baja el fuego al mínimo.
  3. Cocina destapado durante unos 6 a 8 minutos, removiendo a menudo. Como hay poca cantidad, el vinagre y el azúcar formarán un almíbar espeso muy rápido y el mango se pondrá tierno enseguida.
  4. Aplasta un poquito los trozos con el tenedor para que quede como una mermelada con textura y se sostenga bien encima de la salchicha.
  5. Rellena los tubitos con la salsa (opcional).

Cebolla caramelizada versión rápida


Ingredientes para 4 perritos calientes:
  • 2 cebollas medianas (300 - 400 g en total)
  • 1 cda. aceite de oliva
  • 1 cdta. mantequilla
  • Una pizca de bicarbonato
  • 1 cda. azúcar moreno
  • 1 cda. de vinagre balsámico

Elaboración:
  1. Corta la cebolla. Pícala en juliana (tiras finas) para que se ablande en tiempo récord.
  2. En una sartén con una cucharada de aceite de oliva y una cucharadita de mantequilla a fuego medio-alto, añade la cebolla con una pizca de sal.
  3. Añade una pizca diminuta de bicarbonato de sodio (menos de un cuarto de cucharadita). Verás que la cebolla empieza a sudar y a ponerse amarilla casi de inmediato. Cocina moviendo constantemente durante 5 minutos.
  4. Cuando esté blanda y empiece a dorarse, baja a fuego medio, añade una cucharada de azúcar moreno (o azúcar blanco) y una cucharada de vinagre balsámico (o de Módena).
  5. Cocina 3-4 minutos más hasta que el líquido se evapore y se forme un almíbar oscuro y brillante. 


Perrito caliente dentro de film para cocinar al vapor

Tubos de aluminio rellenos de ketchup casero y chutney de mango para perrito caliente
Los tubos se pueden encontrar por Internet en empresas que vendan utensilios de cocina y catering.

Preguntas frecuentes

¿Por qué es preferible utilizar contramuslos de pollo en lugar de pechuga y qué función cumplen el huevo y el trocito de remolacha en la farsa?

La pechuga de pollo posee muy poca grasa intramuscular y tiende a secarse con rapidez tras la cocción. El contramuslo aporta mayor proporción de colágeno y lípidos naturales, lo que garantiza una salchicha jugosa y tierna al morder. A su vez, el huevo actúa como aglutinante térmico: sus proteínas coagulan durante el vaporizado, compactando la farsa para que mantenga una consistencia firme y homogénea al retirar el envoltorio. Por su parte, la carne de ave triturada adquiere un tono pálido y grisáceo poco apetecible; el trocito de remolacha cruda aporta betacianinas, un pigmento vegetal natural que tiñe la masa de un atractivo tono rosáceo —emulando el aspecto de una salchicha tradicional de carnicería— sin alterar en absoluto el sabor final.

¿Qué ventajas técnicas aporta cocer las salchichas al vapor envueltas en film antes de dorarlas en la plancha?

El enrollado hermético con film transparente ejerce una presión uniforme que expulsa las bolsas de aire internas y define la forma cilíndrica de la pieza. La cocción al vapor calienta la carne de manera suave y homogénea hasta el corazón sin someterla a la turbulencia del agua hirviendo, lo que evita que la farsa se deforme, se agriete o pierda sus jugos por lixiviación. Una vez fraguadas las proteínas y enfriada ligeramente la pieza, la salchicha se vuelve estructuralmente estable; pasarla después por una sartén muy caliente permite desencadenar las reacciones de Maillard en la superficie para obtener una corteza dorada, crujiente y aromática sin riesgo de resecar el interior.

¿Cómo equilibra la combinación de kétchup exprés y chutney de mango el perfil graso y ahumado del perrito?

La salchicha casera presenta notas grasas, cárnicas y el matiz torrefacto del pimentón de la Vera, complementado por la melosidad de la cebolla caramelizada. Para que el conjunto no resulte pesado en boca, las dos salsas aportan un contraste ácido y aromático complementario: el kétchup casero ofrece una acidez directa y limpia gracias al vinagre de manzana y la concentración del tomate umami, mientras que el chutney de mango introduce acidez málica, dulzor frutal y las notas especiadas del curry. Este juego de contrastes limpia el paladar entre bocado y bocado, realzando el sabor del pollo sin enmascararlo.


Salchicha casera de pollo tipo perrito caliente


Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day.

Atascaburras manchego

El señor Alejandro tenía un ritual sagrado para despojarse del mundo exterior. Nada más cruzar el umbral, se descalzaba y se ponía sus zapatillas con forma de perrito: una pequeña rebeldía contra el casero, que le prohibía tener animales en el edificio. Luego venía la transformación: se desabrochaba los primeros botones de la camisa, se servía una copa de vino tinto y se ataba a la cintura el delantal negro que una exnovia —de la que guardaba algunos recuerdos — le había regalado.

A Alejandro le fascinaba cocinar. Su piso era diminuto, tanto que en la cocina apenas se podía bailar un chotis bien apretado, pero él cocinaba a lo grande. Y esa noche, el aroma a bacalao y ajo comenzó a filtrarse por las rendijas de la ventilación, como un hechizo que recorría el pasillo del edificio.

Al otro lado de la pared, el sutil tintineo de los cuchillos de Alejandro activaba siempre el mismo resorte.

Doña Puri, su vecina, agudizó el oído. Una sonrisa enigmática dibujó sus labios. Dejó caer la bata de seda y se plantó frente al espejo del tocador. No era una mujer que improvisase. Se perfiló los labios con un rojo criminal, se soltó el pelo con estudiada lentitud y se aplicó unas gotas de un perfume que olía a prohibido justo donde nace el cuello.

Puri no sabía freír ni un huevo, pero sabía de la vida. Y, sobre todo, sabía leer a Alejandro a través de los tabiques.

Minutos después, cruzó el pasillo. El eco de sus tacones rompió el silencio del edificio. Llamó a la puerta con tres golpes rítmicos, lentos: casi una provocación.

Cuando Alejandro abrió, se quedó sin aliento. Ella estaba apoyada en el marco de la puerta, mirándolo fijamente a los ojos con una intensidad que hacía olvidar cualquier conversación casual.

—Ay, Alejandro... —susurró Puri con una voz arrastrada que erizó la piel del cocinero—. Se me ha quedado la cocina completamente vacía. ¿Tendrás por ahí un poco de sal... o prefieres invitarme a esa cena que huele tan peligrosamente bien?

Alejandro sonrió, un tanto nervioso, dejando la puerta abierta de par en par.

—Para ti, Puri, siempre tengo sitio. Aunque la cocina sea pequeña.

—Mejor —respondió ella dando un paso hacia el interior, reduciendo la distancia entre los dos hasta que el aroma de su perfume eclipsó el de la cena—. En los espacios pequeños es donde ocurren las mejores cosas.

Mientras Alejandro se daba la vuelta para servir una segunda copa, Puri lanzó una mirada cómplice a la ventana de la cocina. Sabía perfectamente que Alejandro ocultaba algo en sus largas noches de cocina a solas, y él sabía que Puri no venía precisamente por sal. La tensión entre los dos se podía cortar con uno de los afilados cuchillos de Alejandro, pero ninguno de los dos tenía prisa por resolver el misterio... mientras la cena siguiera al fuego.




[RETO COOKING THE CHEF]

«En los ochenta yo tenía una estrella y me la quitaron cuando tuve éxito en la televisión», dice Karlos Arguiñano. Los platos que le hacen feliz —o, mejor dicho, sus platos predilectos— son la ensaladilla rusa, las croquetas y los chipirones, ya sea en su tinta o frescos salteados; ha reiterado en muchas ocasiones que a él lo que de verdad le gusta es comer. Amigo de sus amigos y, por encima de todo, entregado a su familia y a sus trabajadores, quienes, como él mismo afirma, ya forman parte de ella. De él afirmó Ferran Adrià: «Nunca vamos a poder agradecerle el apoyo que ha dado a la cocina; fue el primero que se dio cuenta de que la cocina de vanguardia era importante para este país».

De todos los cocineros españoles, creo que es el único que no necesita presentación: el que ha entrado en casa de la mayoría a la hora del almuerzo, el que cuenta chistes que nos hacen reír (por no llorar) y el que no ha dudado en soltar alguna «lindeza» a los políticos y a la Iglesia. Sus recetas son ricas, ricas y «con fundamento». Este mes cocinamos las propuestas de un chef mediático y entrañable: Karlos Arguiñano. Con esta elaboración participo en el reto Cooking the Chef.

Karlos atesora tantas recetas que da vértigo contarlas, por lo que elegir una responde inevitablemente a la cercanía o al corazón. En mi caso, a la memoria familiar: mi padre, manchego de Cuenca, llegó muy joven a Mallorca. De él no conservo un recetario manchego escrito; por eso, en cuanto descubro alguna fórmula que me emociona, me la traigo a Circus Day. 

Tradicionalmente se sirve en cazuela de barro, pero, como con las cantidades de Karlos sale bastante volumen —él emplea un kilo de patatas—, opté por repartirla en tarros de cristal individuales. No obstante, la receta está pensada como aperitivo para cuatro comensales, así que lo ideal sigue siendo presentarla en cazuela de barro.

Atascaburras o ajoarriero manchego. Cuentan que sus creadores fueron dos pastores que quedaron aislados tras una gran nevada y que, sin más recursos que unas patatas y unas espinas de bacalao seco, vertieron un buen chorro de aceite de oliva al comprobar que el guiso carecía de consistencia y lo majaron con fuerza en el mortero para deshacer la dureza de las raspas. Al probarlo, comentaron que era una comida capaz de «hartar hasta a las burras», anécdota popular a la que la tradición atribuye su denominación. Aunque existen referencias escritas sobre este plato desde el siglo XVII, circula también otra explicación etimológica: cuando un burro queda atrapado en el denso barro arcilloso de La Mancha, el chasquido sordo que produce al meter y sacar las pezuñas recuerda de inmediato al sonido rítmico del mazo al ligar las patatas, el ajo y el bacalao en el mortero.

Actualizada 2026.



Atascaburras o ajoarriero manchego con huevo duro y nueces


Ingredientes para 1 tapa para 4 personas:
  • 350 g (1 patata grande o 2 medianas)
  • 140 g bacalao desalado
  • 1 diente de ajo
  • 1 huevo
  • 4 nueces
  • Aceite de oliva virgen extra
  • Sal
  • Perejil

Elaboración:
  1. Lava las patatas y cuécelas en una cazuela con agua durante 25-30 minutos. Sazona.
  2. Coloca el huevo en otro cazo con agua con sal y deja cocer durante 10 minutos.
  3. Pon agua a calentar en otra cazuela, añade el bacalao y cuece durante 5 minutos.
  4. Reserva el agua del bacalao.
  5. Pela y pica el ajo.
  6. Pela la patata y trocéala.
  7. Pela el huevo y córtalo en cuartos.
  8. Casca las nueces y reserva.
  9. Maja el ajo en un mortero.
  10. Colócalo en un bol.
  11. Añade las patatas y sigue majando.
  12. Incorpora el bacalao desmigado y mezcla bien.
  13. Vierte un poco de aceite sin dejar de remover. Si queda muy espeso, echa un poco del caldo de cocer el bacalao (tiene que quedar como un puré).
  14. Sirve la mezcla repartida en 1 cazuela de barro.
  15. Adorna cada ración con las nueces y el huevo.
  16. Coloca una hoja de perejil.



Preguntas frecuentes

¿Por qué es fundamental cocer las patatas enteras y con piel en lugar de peladas y troceadas?

Cocer las patatas con su piel intacta evita que absorban un exceso de agua libre durante la ebullición. El atascaburras es una emulsión mecánica entre el almidón de la patata, el colágeno del bacalao y el aceite de oliva; si el tubérculo retiene demasiada agua de cocción, la masa resultante queda aguada, gomosa y carente de cohesión, impidiendo que el aceite ligue correctamente y arruinando la textura densa de puré rústico.

¿Por qué se debe reservar y utilizar el agua de cocción del bacalao para ajustar la textura?

Durante los cinco minutos de escalfado del bacalao, parte de su gelatina natural y sus jugos salinos se transfieren al agua. Si la masa majada en el mortero queda excesivamente densa, aligerarla con unas cucharadas de este caldo templado no solo hidrata la fécula sin enfriar el majado, sino que aporta colágeno disuelto —un emulsionante natural idéntico al del pilpil— que ayuda a trabar el aceite de oliva virgen extra y refuerza el sabor marino tradicional.

¿Por qué este plato se debe majar a mano en mortero y no con batidora eléctrica?

La acción mecánica de las cuchillas a alta velocidad rompe de forma violenta las células de la patata, liberando amilopectina y amilosa en masa, lo que transforma el puré en un engrudo elástico, pegajoso y desagradable. El majado paciente con la maza de madera aplasta las células sin reventarlas en exceso, permitiendo que la fibra del bacalao se deshile de forma natural y logrando esa textura untuosa pero con mordida, tan representativa de la cocina de pastores.




Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Granada con queso y chocolate

Lo último que recuerdo fue que me apeé del coche justo en el momento en que pasaba otro vehículo. De la autopista al cielo fue un rápido ascenso… y aquí estoy yo, esperando en la puerta, sin maletas y… ¿desnudo? No sé si llamarlo así: no me veo el cuerpo cuando miro hacia abajo.

Delante de mí había un señor muy atareado con un gran libro. Escribía de derecha a izquierda y apenas levantó la cabeza cuando me acerqué.

—Hola… ¿señor? —dije alzando la voz.

—¡Hum! —exclamó, mirándome de reojo.

—¿Habla mi idioma? —ya puestos, pregunté.

—Aquí hablamos todos los idiomas, ¡zoquete! —soltó, levantando por fin la vista del libro.

—Ah… pues no sé muy bien qué hago aquí. Señor, ¿es esto el cielo?

—¡Hum! Bueno, si quieres llamarlo así. Cada uno lo llama a su manera. Aquí se acepta de todo —contestó él.

No parecía un hombre muy hablador, y yo ya me estaba cansando de sonsacarle. ¡Que me devuelvan al coche y santas pascuas!

—Esto… ¿y ahora qué hago? —volví a preguntar.

—¡Pues mira! —me dijo él, de pronto muy resuelto—. Hoy te encargarás del huerto. ¡Chist! Ni rechistes —me cortó tapándome la boca con un gesto—. Tienes un saco justo en la entrada. Vas a ir a recoger granadas, todas las de los granados que hay al fondo del huerto. Después las abrirás, sacarás los arilos y los guardarás en bolsas —concluyó.

—Pero… ¿y eso cuánto durará? —me atreví a preguntar.

—Toda la eternidad, hijo mío. Toda la eternidad —contestó sonriendo.

 
Bola dulce de chocolate y queso con granada fresca

Bola de queso y chocolate recubierta de granada fresca


El nombre de la granada procede del latín medieval granatum, que significa «manzana con muchas semillas». Ha sido citada en numerosos textos antiguos, desde el Libro del Éxodo en la Torá hasta el Corán, pasando por los himnos homéricos y las tablillas mesopotámicas, por citar solo unos pocos.

Los antiguos egipcios elaboraban con su zumo un vino ligero con notas de frambuesa y solían incluir granadas en sus ajuares funerarios. En Grecia, Hipócrates recomendaba su zumo para aplacar la fiebre, mientras que los babilonios masticaban sus granos antes del combate convencidos de que los volvía invencibles.

Los romanos descubrieron el fruto a través de los fenicios, que lo llevaron hasta Roma desde las costas de Oriente Próximo. La Biblia, por su parte, alude en incontables pasajes a esta fruta, siempre como símbolo de prosperidad y bendición.

Más que una fuente de nutrientes, la granada formaba parte indisoluble de muchas civilizaciones. Pocas frutas condensan a la vez tanta carga de esperanza y de tragedia mítica. Lo que a simple vista parece un mero deleite para el paladar es, en realidad, un puente histórico entre culturas de la Antigüedad.

Y aquí entro yo: como la granada y el cacao hacen una pareja fantástica, he decidido unirlos. Para esta ocasión preparé una crema de chocolate casera (estilo Nutella o Nocilla) que coge cuerpo al enfriarse; así, combinada con queso crema y reposada en la nevera, queda con una textura firme y perfecta.

No le he añadido azúcar extra —a mi juicio no la necesita en absoluto— ni frutos secos picados, ya que la propia crema de chocolate lleva avellanas. Después solo hace falta un poco de paciencia para incrustar los arilos alrededor de la bola; y tranquilo/a, que no tardarás una eternidad. Una vez lista ya puedes hincarle el diente: los granos le aportan un contraste crujiente, fresco y delicioso.

Actualizado 2026.


 

Bola de granada con queso y chocolate


Ingredientes:
  • 100 g de queso para untar
  • 100 g crema de chocolate para untar 
  • 1 granada
Para servir: palitos de hojaldre, galletitas, pan...

Elaboración:
  1. Mezcla el queso con la crema de chocolate. 
  2. En un film transparente forma una bola y deja en el frigorífico hasta que se solidifique un poco. 
  3. Mientras, abre la granada y extrae los arilos o semillas. 
  4. Cuando haya pasado 1 hora, saca la bola de frigorífico y quita el film.
  5. Pon en un plato y cubre toda ella con los arilos de la granada. 
  6. Es laborioso pero fácil.
  7. Sirve con palitos de hojaldre, o con galletitas, pan...

Paso a paso de cómo formar una bola de queso y chocolate


Preguntas frecuentes

¿Por qué es indispensable enfriar la mezcla de queso y crema de chocolate en film antes de adherir la granada?

Al combinar el queso de untar con la crema de chocolate a temperatura ambiente, las grasas lácteas y los aceites vegetales se ablandan, dando como resultado una masa tierna y pegajosa. Si se intentasen incrustar los granos de granada en ese momento, la presión deformaría la esfera y el jugo de la fruta resbalaría sobre la superficie grasa. La refrigeración dentro del film transparente permite que las grasas cristalicen y adquieran la firmeza necesaria para manipular la pieza como un bloque estable, ofreciendo la resistencia justa para que los arilos queden anclados sin hundirse ni aplastar la forma redondeada.

¿Qué función gastronómica cumplen los arilos de granada frente a la combinación de queso y chocolate?

La crema de queso y chocolate aporta un perfil denso, graso y marcadamente dulce. En boca, esta textura puede saturar con rapidez el paladar si no cuenta con un elemento de contraste. Los arilos de granada aportan dos recursos esenciales: una acidez tánica fresca que limpia la untuosidad de las grasas lácteas y un estallido crujiente y jugoso (crunch) que rompe la monotonía cremosa del relleno, logrando un bocado equilibrado que funciona tanto de postre como de aperitivo dulce.

¿Cómo conviene preparar los granos de la granada para evitar que la humedad arruine la cobertura?

Al desgranar la fruta es habitual que algunos arilos se rompan y liberen jugo, o que queden adheridos fragmentos de las membranas blanquecinas internas (el albedo). Es fundamental retirar con cuidado todas esas pieles amargas y colocar las semillas limpias sobre papel absorbente unos minutos antes de rebozar la esfera. Si los granos estuviesen mojados en su propio zumo, crearían una película acuosa resbaladiza que impediría que se adhieran con firmeza al queso, además de teñir la crema de cacao con un exceso de líquido que aflojaría la estructura en el plato de presentación.


Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day.

Gofres belgas

Cuando esos seres azules aparecieron por casa, yo acababa de llegar de fiesta. Un fiestón. Así que pensé que eran fruto de mi imaginación. ¡Qué malo es el ron!

Después de dormir doce horas, sin saber ni qué día era, me desperté… y allí seguían esos seres azules. Pensé: «Alguien me ha echado algo en la copa y el efecto todavía dura». Llegué a duras penas a la cocina a por café y, como seguían ahí, juré muy en serio que no volvería a beber. Palabrita.

Así que, cuando llamaron al timbre, también creí que era producto de mi imaginación… hasta que la llamada se volvió tan insistente que tuve que admitir que no, que aquello era real.

Al abrir la puerta, me encontré con el vecino: un señor con bigote y gafas cuadradas, sonriente y que hablaba a voces. Para mi desgracia.

—Estaba dibujando en casa a unos seres azules cuando, de pronto, salieron de mi bloc de dibujo y saltaron por la ventana —me soltó sin más.

—¡Hombre, vecino! Tú también estuviste en el fiestón —le dije riendo.

Entró en casa y, como por arte de magia, sacó una flauta que hizo sonar de forma estridente. De inmediato, todos y cada uno de los seres azules salieron de sus rincones y desfilaron ante mis ojos como platos.

¡Uf! Creo que la próxima vez que monten una fiesta, mejor me quedo en el sofá viendo la tele.


Los Pitufos fueron creados por el historietista belga Pierre Culliford, más conocido por su nombre artístico Peyo. El término "pitufo" (schtroumpf en francés) surgió cuando Peyo olvidó la palabra "salero" durante una cena con su colega André Franquin y le pidió que le pasara "el schtroumpf".



Gofre de Lieja pequeño y redondeado

Gofres belgas de Lieja



El gofre es tan antiguo como la propia historia de la humanidad, con su ancestro más remoto en las tortas de cereales que ya se cocinaban en el Neolítico sobre piedras calientes. En la antigua Grecia hallamos asimismo un molde compuesto por dos placas de hierro que servía para preparar pequeños pasteles. Más adelante, en la Edad Media, se elaboraban una suerte de obleas que se ofrecían en el culto religioso y que después consumían los fieles; solían ser redondeadas y lucían grabados con motivos heráldicos o religiosos marcados por las planchas metálicas. No fue hasta el siglo XIII cuando surgió el antecedente directo del gofre moderno, de la mano de un herrero que forjó moldes en forma de cuadrícula inspirándose en los panales de las abejas.

Su origen histórico está rodeado de leyendas locales, siendo la más popular aquella que atribuye su creación al cocinero del príncipe-obispo de Lieja en el siglo XVIII, quien supuestamente ideó este pastel añadiendo vainilla y azúcar grueso a una masa de brioche.

La variedad más extendida e internacional de Bélgica es el gofre de Lieja, el que suele despacharse en la mayoría de puestos callejeros y cafeterías. Junto a él destaca la otra gran variante tradicional: el gofre de Bruselas. ¿Cómo distinguirlos? A simple vista, por su silueta: el de Lieja es más denso, pequeño y de bordes redondeados e irregulares; el de Bruselas, en cambio, es más grande, ligero y con un corte rectangular bien definido.

Actualizada 2026.

Gofres belgas 


Ingredientes:
  • 250 g de harina de trigo de fuerza 
  • 90 ml leche 
  • 25 g de levadura fresca de panadería 
  • 2 huevos M
  • Una pizca de sal
  • 1/2 cdita. esencia de vainilla
  • 125 g de mantequilla a temperatura ambiente
  • 150 g de azúcar perlado 
Presentación:
Nata y fresas

Elaboración:
  1. Calienta ligeramente la leche y disuelve en ella la levadura fresca y la esencia de vainilla. Es importante que no la calientes demasiado o la levadura no actuará.
  2. En un bol grande, incorpora la harina y la sal.
  3. Mezcla y haz un hueco en el centro; añade ahí la leche con la levadura y los huevos.
  4. Con un tenedor, integra los ingredientes hasta obtener una masa homogénea.
  5. Deja fermentar la masa en un lugar cálido durante unos 45 minutos, tapada con un paño limpio o con papel film.
  6. Pasado este tiempo, añade la mantequilla en trocitos y amasa hasta que quede totalmente integrada.
  7. Agrega el azúcar perlado.
  8. Amasa un par de minutos más para que el azúcar se distribuya de manera uniforme.
  9. Pincela la gofrera con mantequilla y ponla a calentar.
  10. Cuando esté bien caliente, añade una porción de masa y cierra la tapa.
  11. Cocina durante unos 5 o 6 minutos, o hasta que el exterior quede dorado y crujiente.



Gofres de Bélgica

Preguntas frecuentes

¿Por qué es imprescindible utilizar azúcar perlado en lugar de azúcar blanquilla tradicional en esta masa?

El azúcar perlado está compuesto por granos compactos y prensados que poseen un punto de fusión más elevado que el azúcar común. Al someterse al calor directo de las placas de la gofrera, las perlas exteriores se funden lentamente, creando una costra de caramelo dorado, brillante y crujiente que envuelve la masa sin quemarse. Al mismo tiempo, los granos situados en el interior de la pieza no llegan a licuarse del todo, lo que aporta ese mordisco crujiente característico del gofre tradicional de Lieja, a diferencia del azúcar blanquilla, que se disolvería por completo durante el amasado y apelmazaría la miga.

¿Por qué la mantequilla debe añadirse después de la primera fermentación y no al principio junto con los demás ingredientes?

La masa contiene una proporción elevada de grasa (la mitad del peso de la harina). La grasa lubrica las cadenas proteicas de glutenina y gliadina, lo que dificulta que se entrelacen para formar una red elástica si se incorpora desde el comienzo; además, un exceso de grasa temprana ralentiza la reproducción de las levaduras. Al permitir que la masa fermente primero solo con harina, leche y huevos, se consolida una estructura de gluten fuerte capaz de retener el gas. Integrar la mantequilla blanda al final nutre y suaviza esa malla ya formada, logrando un gofre tierno y briochado por dentro sin perder volumen ni consistencia.

¿Qué precauciones deben tomarse con la temperatura de la gofrera durante la cocción para evitar que el caramelo se amargue?

La presencia del azúcar perlado exige un control térmico cuidadoso: el azúcar se carameliza entre los 160 °C y 180 °C, pero si la gofrera supera ese rango se carboniza con rapidez, arruinando el postre con un regusto acre y ahumado. La plancha debe estar caliente para sellar la masa y crear la corteza, pero a una potencia media-alta constante, nunca al máximo. Además, los restos de caramelo fundido que quedan entre los surcos de la máquina tras cada tanda continúan cocinándose; por ello, conviene limpiar con un papel absorbente doblado o una espátula de silicona el azúcar residual entre gofre y gofre para no transferir quemados a las siguientes porciones.



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