La reunión, finalmente, empezó. Daba la sensación de que no estaban todos, pero María se aseguró de que sí, todos estaban sentados en la mesa del comedor. Había hecho unas cocas de patata y preparado café.
El verdadero motivo del encuentro estaba guardado en una carpeta amarilla que había encontrado en el altillo de la casa familiar. Dentro había documentos antiguos, fotografías y una nota escrita por la abuela Catalina:
«Cuando estéis todos juntos, abrid el sobre.»
El problema era que nadie sabía a qué sobre se refería. Buscaron durante horas. Revisaron cajones, armarios, cajas de zapatos y hasta dentro del horno, porque alguien recordaba vagamente que la abuela escondía cosas allí, ya que nunca lo usaba. Finalmente apareció debajo de un mantel.
El sobre contenía una fotografía familiar antigua. Todos aparecían muy serios, excepto la abuela, que sonreía como si supiera algo que los demás ignoraban. En el reverso había una frase:
«El que encuentre el dinero, que no lo diga.»
Aquello bastó para que la reunión se transformara en una auténtica revolución. María sabía que la abuela Catalina era muy fiestera. Se levantaron baldosas, se revisaron macetas y se inspeccionó el viejo aparador; rebuscaron en cada rincón, mueble y prenda de ropa que encontraron a su paso. Al no hallar nada, empezaron a pensar que la abuela les había tomado el pelo.
Con los ánimos por los suelos, María reparó en un detalle extraño de la fotografía: la abuela aparecía sentada junto a una caja de madera, la misma caja que llevaba años en el comedor. Corrieron a abrirla. Dentro no había dinero, solo otra nota:
«Si has llegado hasta aquí, ¿se lo has dicho a alguien o sigues solo?»
Nadie volvió a hablar del dinero para no generar desconfianza, pero desde aquel domingo, cada vez que la familia se reúne para comer pica-pica, desaparece misteriosamente algún objeto.
Por si acaso la abuela hubiera dejado una segunda pista.
La historia del pica-pica mallorquín está profundamente ligada a la evolución de la cocina marinera y al desarrollo social de los puertos pesqueros de la isla de Mallorca. En sus orígenes, este plato nació como una comida humilde y de subsistencia, elaborada por los propios pescadores y sus familias en los pueblos de la costa. La sepia era un producto abundante y de bajo coste comercial en comparación con los pescados de roca o de gran tamaño. Para aprovechar las piezas capturadas que no se vendían en las lonjas, los marineros idearon guisos de cocción lenta que permitieran ablandar la carne firme y fibrosa de este cefalópodo.
Con el tiempo, el plato se trasladó de las cocinas de los barcos y los hogares humildes hacia los antiguos cellers de la isla. Estos espacios, que originalmente nacieron en el siglo XVII como bodegas subterráneas para la producción y el almacenamiento de vino, se transformaron de forma gradual en casas de comidas populares a finales del siglo XIX y principios del XX. En los cellers, los trabajadores locales buscaban platos económicos, contundentes y llenos de sabor para acompañar el vino de la casa. El pica-pica se convirtió en un pilar de estos menús tabernarios gracias a su bajo coste de producción y a su capacidad para consumirse en porciones pequeñas, ideales para el picoteo informal.
El toque picante que define su nombre también tiene una raíz histórica funcional que va más allá del simple gusto culinario. Antes de la llegada de los sistemas modernos de refrigeración, las especias fuertes como la guindilla y el pimentón se utilizaban en las zonas mediterráneas para enmascarar la pérdida de frescura de los alimentos y, sobre todo, para actuar como conservantes naturales que prolongaban la vida útil de los guisos durante varios días. Además, el estímulo del picante incitaba al consumo de pan y vino, algo que beneficiaba económicamente a las tabernas de la época.
A mediados del siglo XX, el pica-pica mallorquín experimentó una nueva transformación cultural con el nacimiento del variat mallorquí, un fenómeno gastronómico único de los bares de la isla. El variat consiste en reunir en un solo plato o cazuela una amalgama de diferentes tapas locales, mezclando jugos y texturas sin ningún tipo de separación. El pica-pica se consolidó como el rey indiscutible de esta combinación, aportando la salsa densa de tomate que empapaba el resto de los componentes, como la ensaladilla, los callos o las albóndigas.
Actualizada 2026.
Pica-pica mallorquín - un guiso con sepia
Aceite de oliva virgen extra
250 g de cebolla
2 ajos
1 hoja de laurel
1 cda. pimentón dulce
- Pica la cebolla en brunoise.
- Pica los ajos.
- Corta a dados el calamar o la sepia.
- Ralla el tomate (también puedes usar de bote)
- Sofríe en una cazuela con aceite, la cebolla y el ajo, a fuego bajo.
- Cuando estén transparentes añade los calamares y rehógalos un minuto.
- Añade el tomate, la guindilla, el laurel y el pimentón, remueve y salpimienta.
- Por último añade el ron y deja cocinar, a fuego lento, unos 40 minutos o hasta que el calamar o sepia estén tiernos.
- Prueba para comprobar el punto de sal, y también de picante (si te gusta muy picante añadir un poco de guindilla más).
La Guía Repsol dedicó un reportaje completo al variat mallorquín con los lugares más emblemáticos de Mallorca, aunque algunos ya han cerrado desde entonces. Leer el reportaje completo.





































