Cuando la vio salir del templo, pensó que se había escapado un ángel de algún rincón del edificio. Sus ojos verdes rasgados, pómulos altos y boca agraciada; asomaba cabello negro por debajo del pañuelo que llevaba sobre la cabeza. Su vestido largo casi le tapaba los pies y una sonrisa —de haber dejado sus pecados rezando— lo atrajo como un imán. Y la siguió.
Ella cruzó la plaza, llegó al mercado y se paró frente al puesto de las especias. Compró semillas de mostaza y rio con gusto por algo que el mercader le había dicho. Siguió su camino por las callejuelas estrechas de la ciudad. Él la siguió con cuidado, procurando que ella no se diera cuenta. Era especialista en eso. La vio entrar en otro portal. Ese no era un templo, sino más bien la entrada de un palacio. Ahora entendía por qué lo había atraído tanto aquella mujer. Negó con la cabeza, sonrió y siguió su camino.
—No es para ti —se dijo, y suspiró, regresando sobre sus pasos.
En la tradición bíblica, la semilla de mostaza aparece en las parábolas de los evangelios de Mateo y Lucas como símbolo de fe y crecimiento. Sin embargo, su historia escrita se remonta mucho antes: ya en el siglo V a. C. figuraba en relatos budistas de la India. En el sur de Asia, este diminuto grano es un pilar culinario indiscutible: las semillas se templan en aceite caliente hasta que chisporrotean y revientan liberando todo su aroma, sus hojas tiernas se cocinan como verdura y su potente aceite no solo reina en las sartenes, sino que se emplea tradicionalmente en masajes para templar el cuerpo durante los inviernos rigurosos.
En la gastronomía de regiones como Bengala, el aceite de mostaza (shorsher tel) es el medio de cocción por excelencia y aporta un regusto pungente inconfundible. Allí, las semillas majadas son el alma de emblemáticos guisos de pescado picantes como el machher jhaal o el paturi, además de enriquecer encurtidos tradicionales a base de mango verde, chile y mostaza en polvo madurados al sol en su propio aceite.
Pickled mustard seeds, semillas de mostaza encurtidas o el llamado «caviar de mostaza»: distintos nombres para una pequeña joya crujiente que transforma cualquier receta. Son el contrapunto perfecto para coronar huevos rellenos, hamburguesas, ensaladas, ensaladillas, tablas de quesos, bocatas, sándwiches o perritos calientes; en fin, hasta donde alcance la imaginación. Y no, no tienen la textura ni la acidez punzante de la salsa de mostaza comercial: estallan suavemente en boca y su sabor delicado te conquistará al primer bocado.
Actualizada 2026.
Semillas de mostaza encurtidas
- 150 g de semillas de mostaza
- 300 ml vinagre de manzana (o de vino)
- 1/2 cdta. de sal
- 1 cdta. de Tandoori masala (o el condimento que más te guste)
- 150 ml vinagre de manzana (o de vino)
- 125 ml vinagre de manzana (o de vino)
- Pon las semillas de mostaza en remojo con el vinagre y la sal, durante 2 horas a temperatura ambiente.
- Añade el tandoori masala y remueve.
- Lleva a ebullición a fuego bajo con 15 mililitros de vinagre.
- Remueve para que no se pegue durante 20 minutos.
- Deja enfriar.
- Añade los últimos 125 mililitros de vinagre.
- Remueve.
- Transfiere a un bote y refrigera.
- Dura varios meses.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto tiempo duran las semillas de mostaza encurtidas?
Varios meses en la nevera en un bote hermético bien cerrado. El vinagre actúa como conservante natural — cuanto más tiempo pasan en el bote, más suave y redondo se vuelve su sabor. Las primeras 48 horas son las más intensas; a partir de la primera semana alcanzan su punto óptimo.
¿Se puede cambiar el tandoori masala por otra especia?
Sí — y esa es la gracia de la receta. El tandoori masala aporta un perfil cálido y aromático con cúrcuma, comino y cardamomo. Puedes sustituirlo por curry en polvo para un sabor más familiar, por pimentón ahumado para una versión más española, o por hierbas provenzales para una versión mediterránea. Cada especia cambia completamente el perfil del caviar de mostaza.
¿Por qué explotan las semillas de mostaza en boca?
Porque al encurtirlas en vinagre las semillas absorben líquido y se hinchan ligeramente, pero mantienen su membrana exterior intacta. Al morderlas esa membrana revienta liberando el interior — una combinación de aceite esencial de mostaza y el líquido de encurtido — en una explosión de sabor suave y aromático. Por eso se llaman "caviar de mostaza" — el efecto es muy similar al del caviar real pero sin el precio.

































