Le gustaba tanto leer como aprender, viniera de donde viniera el conocimiento, incluso a través de internet. Era su flamante herramienta y, desde que la descubrió, la verdad es que ya no leía tanto en papel como antes. Su padre decía que estaba enganchada, y su madre se enfadaba cuando, ante cualquier duda o problema, Catalina salía con una solución según san Google. Aquello, al no entenderse bien, desconcertaba a su madre, que acababa mandándola a su habitación… justo cuando empezaba su rato de televisión, el único que tenía permitido al día.
—¡Oh, porca misèria! —pensaba Catalina, toda enfurruñada.
Pero la verdad es que el enfado le duraba poco a su madre. Al rato, se presentaba en el cuarto con una taza de chocolate caliente y una ensaimada, la animaba a merendar y le pedía paciencia. Le explicaba que ella era de otra época y que, con tanto niño en casa, tanto llanto, tanto ladrido, gritos y carreras, había perdido la santa paciencia hacía ya mucho tiempo.
—Si san Google pudiera proporcionarme un saco lleno de calma, terminaría rezándole a él —sentenciaba su madre.
—Mamá, Google es un buscador —respondía Catalina con la boca llena.
—Bueno, pues que me busque el saco de paciencia y lo alabaré —sonreía su madre.
Catalina la miraba y la admiraba. No sabía cómo se las apañaba, pero su madre era infinitamente mejor que internet. Sobre todo cuando le enseñaba a rectificar, a hacerse perdonar y a querer. Eso, eso sí que jamás lo encontraría en la red.
La teoría árabe se sostiene sobre el propio nombre del dulce, ya que la palabra ensaimada proviene de saïm (que significa 'manteca' en catalán), un término derivado del árabe šahm ('grasa'). Aunque los musulmanes no consumen cerdo por motivos religiosos, se cree que la receta original utilizaba aceite de oliva o grasa de cordero. Según esta hipótesis, la masa tenía forma de caracol, similar a un dulce árabe llamado bulema, y los cristianos sustituyeron posteriormente la grasa original por manteca de cerdo tras la Reconquista en el siglo XIII para demostrar su conversión o fe cristiana.
Otra corriente histórica atribuye la creación de la ensaimada a los judíos sefardíes. Esta teoría se basa en la existencia de las bulemas judías, unos bollos dulces y enrollados que se preparaban para el sabbat. Al igual que en el caso árabe, el dulce original hebreo no contenía manteca de cerdo, sino aceites vegetales. Con la llegada de la Inquisición y la conversión forzosa de los judíos, la introducción del saïm o manteca de cerdo en la receta se convirtió en una prueba pública de cristianismo para evitar las sospechas de las autoridades religiosas.
Durante el siglo XVIII, el consumo de la ensaimada se popularizó entre las clases altas y burguesas de la isla, expandiéndose paulatinamente al resto de la población. El gran salto internacional del dulce ocurrió en el siglo XIX, cuando los pasteleros mallorquines abrieron los primeros hornos en el extranjero y comenzaron a exportar el producto a la península ibérica y a América Latina, especialmente a Argentina y Puerto Rico. En esta época, literatos y viajeros románticos como Santiago Rusiñol describieron la ensaimada en sus crónicas de viaje, consolidando su fama fuera de las fronteras baleares.
En el siglo XX, con el auge del turismo de masas en los años sesenta, la ensaimada se transformó en el souvenir indiscutible de Mallorca. Los turistas comenzaron a regresar a sus países cargando con las icónicas cajas octogonales de cartón que protegen la fragilidad del bollo. Hoy en día, la ensaimada tradicional cuenta con el reconocimiento de Indicación Geográfica Protegida, salvaguardando un proceso de elaboración que sigue respetando el levado lento y el refinado manual de la masa que se ha practicado durante siglos.
25 de noviembre, santa Catalina. Sí, mi santo. Aunque no soy muy devota del santoral, suelo celebrarlo porque mi madre también se llama así; sin embargo, no es un día especialmente señalado para nosotras, al menos no como en otros lugares de España donde santa Catalina es la patrona y se festeja por todo lo alto.
Supongo que, debido a la historia de esta santa —acompañada siempre por una rueda, uno de los símbolos de su martirio—, existe un dulce que no conozco llamado las «ruedas de santa Catalina». Y si de ruedas va la cosa, o mejor dicho de espirales, la que sí conozco y adoro es la ensaimada mallorquina: redonda, con un interior hojaldrado a capas, y que, lejos de ser un martirio, es una delicia que nadie debería perderse.
Actualizada 2026.
Ensaimadas mallorquinas
- 1 huevo
- 2 vasos de agua de 70 gramos cada uno
- 110 g de azúcar
- 15 g de levadura prensada
- 400 g de harina de fuerza
- Sal (un pellizco)
- Manteca de cerdo
- Aceite (para untar la mesa donde se estira)
- Azúcar glas (para espolvorear )
Romper el huevo dentro de un lebrillo (o bol grande) y bátelo bien.
Calienta 70 g de agua y disuelve el azúcar en ella. Vierte en el bol y mezcla.
Disuelve la levadura fresca en los otros 70 g de agua tibia. Añadir al bol.
Incorpora la harina y la sal poco a poco, mezclando bien hasta conseguir una masa lisa.
Unta la masa con un poco de aceite por encima, cúbrela con un paño y déjala reposar dentro del bol hasta que doble su volumen.
Cuando la masa haya levado, la desgasifica amasando ligeramente para sacar el aire.
Divídela en 6 porciones iguales.
Engrasa ligeramente la superficie de trabajo y estira cada porción con rodillo hasta que quede muy fina.
Unta con generosidad cada pieza con manteca de cerdo. Luego, estira aún más con las manos: lo más fino posible. Si se rompe un poquito, no pasa nada.
Enrolla cada pieza sobre sí misma hasta formar un rulo. Deja que reposen aproximadamente una hora, para que pierdan “nervio” y sea más fácil trabajarlos después.
Estira cada rulo hasta que queden bien largos y finos.
Forra dos bandejas de horno con papel de hornear y forma una espiral con cada rulo, dejando espacio entre las vueltas para que la masa pueda crecer al levar.
Coloca las bandejas dentro del horno apagado junto a un vaso de agua y deja levar las ensaimadas toda la noche.
Este paso es clave: la fermentación lenta es el secreto de una ensaimada ligera y aireada.
Horneado:
A la mañana siguiente, precalienta el horno a 200 °C.
Hornea las ensaimadas durante unos 10-12 minutos, hasta que estén ligeramente doradas por encima.
El toque final:
Una vez frías, espolvoreamos con azúcar glas… y listo.




































