Señoras y Señores,

Bienvenidos a Circus Day

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Hola,

Soy Caty y dirijo este circo

Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.

The Show

En el blog

Espaguetis a la amatriciana

El verano hacía tiempo que había quedado atrás: los baños en la piscina, las siestas al mediodía, los juegos por la tarde-noche que llenaban la casa de una banda sonora especial, las cenas al aire libre y las películas proyectadas sobre una sábana blanca en el patio interior. ¡Oh! Esa parte era, sin duda, la mejor manera de terminar la noche.

Mamá y papá, cogidos de la mano; mis hermanas, alborotadas cuando salía un actor guapo —o eso decían ellas, porque a mí todos me parecían del montón—; mi nonna, limpiándose las lágrimas cuando la historia lo requería... Entonces se giraba hacia mí y me decía con dulzura:

—Mi niño bonito, no crezcas rápido.

Y a mí me desconcertaba. De todas formas, tenía que crecer, así que no le prestaba mucha atención cuando se ponía así de emocionada.

El día que mamá me dijo que esa noche veríamos un spaghetti western, me maravilló. A mí me gustaban mucho, mucho los espaguetis, pero no entendía lo de «occidental».

—¿Hay una película de espaguetis... occidentales?

No sabía qué pensar, así que me pasé el día persiguiendo a la nonna para que me contara el plan. Ella, muy reservada, solo me decía que la película me iba a gustar mucho.

—Hay caballos, disparos y vaqueros —me decía—. No en ese orden... pero los hay.

Y eso me dejó chof. Aunque bueno, si había todo eso, seguro que me gustaría. Sobre todo si, antes de la película, el espagueti estaba en mi plato.


espagueti amatriciana receta fácil con pecorino y guanciale

espagueti amatriciana italianos con queso y tocino


¡Yiiiijaaaa!

Cuando era pequeña, recuerdo que en La 2 emitían ciclos de cine con frecuencia. A veces eran de películas de baile con Fred Astaire y Ginger Rogers; otras, de cine negro… y otras, de westerns. Algunos eran estadounidenses, pero también los había rodados en España —los llamados chorizo westerns— o en Italia, conocidos como spaghetti westerns. Se los denominó así porque estaban dirigidos y producidos por italianos, y el apodo nació con un claro matiz burlón, al considerarse producciones de segunda fila y copias baratas del western clásico de Hollywood. La etiqueta fue acuñada por la crítica cinematográfica estadounidense e internacional durante los años sesenta.

A mí, la verdad, no es un género que me entusiasme, pero a nuestros mayores les chiflaba. Recuerdo a mi abuela o a mi padre pegados a la pantalla viendo estas películas con auténtica devoción.

Por lo visto, los míticos estudios donde se rodaban muchos de estos spaghetti westerns estaban en Roma. Curiosamente, en las cartas de los restaurantes italianos también abunda un plato clásico: los spaghetti all’amatriciana. Aunque tampoco son originarios de Roma, sino de Amatrice. Un poco como las películas, ¿no crees?

La amatriciana —o matriciana, en dialecto romano— es una salsa tradicional que toma su nombre de Amatrice, municipio de la provincia de Rieti (perteneciente a los Abruzos hasta 1927). Sus ingredientes canónicos son tres: careta de cerdo curada (guanciale), queso pecorino y tomate.

A lo largo del siglo XIX y principios del XX, la popularidad de la amatriciana en Roma creció de forma imparable gracias a los estrechos lazos entre ambas localidades. Por aquel entonces, muchos taberneros de la capital procedían de Amatrice, hasta el punto de que el término matriciano pasó a designar una «fonda con cocina». La salsa caló tan hondo que terminó consagrándose como un estandarte indiscutible de la cocina romana.

Y tú, ¿con cuál te quedas: con el espagueti… o con el western?

Actualizada 2026.


Spaguetti all'amatriciana


Ingredientes
  • 400 g de espaguetis
  • 200 g de guanciale (o tocino)
  • 120 g de Pecorino
  • 500 g de tomates pelados

    Elaboración
  1. Cocina los espaguetis según las instrucciones del paquete.
  2. Pon una sartén al fuego bajo/medio. Corta el tocino en tiras y no en dados, añádelo a la sartén y déjalo sofreír en su propia grasa, a fuego lento. El tocino debe volverse transparente en la parte grasa, luego empezando a dorarse, y cuando esté crujiente y tostado ( con cuidado de no quemarlo ) recogerlo con una espumadera y reservarlo en un plato, pero dejar su grasa dentro del sartén.
  3. Vierte los tomates pelados en la sartén y cocina durante 10/15 minutos. 
  4. Una vez cocidos, tritúralos con un tenedor reduciéndolos a pulpa y añadir 20 gramos de queso pecorino rallado. 
  5. Escurre los espaguetis y añádelos a la salsa de la sartén, salteándolos a fuego fuerte durante 2 minutos y mezclando todo bien. 
  6. Agrega el tocino y el resto de queso pecorino, mezcla rápidamente y sirve la amatriciana bien caliente.

espagueti a la amatriciana con guanciale y pecorino


Preguntas frecuentes

¿Se puede sustituir el guanciale por bacon o panceta?

Sí, aunque en Italia los puristas no lo aceptan. El guanciale es la careta de cerdo curada — más grasa y sabrosa que el bacon o la panceta. La grasa del guanciale es lo que da la base de sabor a la salsa. El bacon ahumado cambia el perfil de sabor completamente — no es una amatriciana auténtica pero sigue siendo delicioso. La panceta curada es la mejor alternativa si no encuentras guanciale.

¿Por qué la amatriciana no lleva cebolla ni ajo?

Porque la receta canónica de Amatrice no los usa — y eso es motivo de debate serio en Italia. La discusión entre los partidarios de añadir cebolla y los puristas que la rechazan es casi tan antigua como la propia receta. La versión que se ha popularizado en Roma suele incluir cebolla, pero la original de Amatrice no. En esta receta se sigue la versión más fiel al origen.

¿Cuál es la diferencia entre amatriciana y matriciana?

Son el mismo plato con dos nombres. Amatriciana es el nombre original del municipio de Amatrice donde nació el plato. Matriciana es la corrupción romana del término — en el dialecto local de Roma "a" inicial se pierde con frecuencia — y es como la llaman habitualmente en los restaurantes y tascas de la capital italiana. Ambos nombres son igualmente válidos.




mapa italiano de los espagueti westerns


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Sopa de gambas

Malee vive en Chiang Mai, que significa literalmente «la nueva ciudad». Ella es muy curiosa e imaginativa, la única chica en la familia Suwanwimolkul, una familia numerosa que se dedica a las flores, por lo que viven a las afueras de la ciudad, donde tienen los viveros. Somchai también vive en la misma ciudad. De carácter tranquilo y simpático, es el único hijo de la familia Choochaimangkhala. Ellos se dedican a la agricultura, por lo que también viven a las afueras de la ciudad. Aunque no cerca de la familia Suwanwimolkul, sí siguen el mismo camino para repartir lo que cada familia cosecha.

Malee está enamorada de Somchai. ¿Y Somchai? Él parece muy ocupado y no suele hacerle caso a Malee, pero no la pierde de vista cuando se encuentran en el festival Yi Peng. Si la ve rodeada de muchos chicos, le compra un tom yam kung y espanta a todos con solo mirarlos. Eso hace que Malee no deje de sonreír. ¡Cuántas noches imaginándose pasear con él cogidos de la mano! Pero él nunca le ha mostrado interés en cogérsela. Ella cree que no se atreve por sus hermanos; él piensa que ella es demasiado atrevida. Y entre una y otro, la historia se va tejiendo poco a poco.

Con ganas de avanzar, Malee le escribe cartas y las esconde debajo de las piedras del camino que separa a las dos familias. Después, le hace un mapa a Somchai indicándole cómo encontrarlas. Somchai le gruñe sin asustarla; ella se ríe, esperanzada. Somchai espera la última hora de la tarde para hacer el recorrido y quedarse con las cartas; ella espera al amanecer para asegurarse de que las ha recogido. Y así, entre tarde y temprano, el cortejo empieza y acaba: a él, latiéndole el corazón al compás de cada palabra leída; ella, deseando una respuesta de sus labios; él, sonriendo con la lectura; ella, suspirando por ganar la batalla.


Sopa típica tailandesa de gambas con curry y coco un poco picante

Sopa de gambas con curry y coco de Tailandia



Tom Yam Kung es una sopa originaria de Tailandia y uno de los platos más representativos del país. "Tom" significa hervido o sopa. "Yam" se refiere a una mezcla, a menudo utilizada para describir ensaladas picantes y ácidas. "Kung" (o goong) significa gambas o langostinos. Por tanto, Tom Yam Kung es literalmente una “sopa hervida, ácida y picante con gambas”.

Es muy popular no solo en Tailandia, sino también en Laos y en otros países del sudeste asiático. Suele servirse como entrada o plato principal, a menudo acompañada de arroz jazmín. Se considera una sopa que estimula el apetito y el metabolismo, ideal para climas cálidos y húmedos. En Tailandia es habitual encontrarla en festivales, comidas familiares e incluso en puestos callejeros. Su relevancia a nivel global es tan grande que el gobierno tailandés ha impulsado su candidatura para ser reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

¡Voy al grano! Su elaboración es muy sencilla. Lo más complicado, quizás, sea encontrar algunos ingredientes como el lemongrass o la pasta de curry rojo. Yo los encontré en el supermercado asiático, y si tienes alguno cerca, probablemente tú también los encuentres sin problema. Por lo demás, no tiene misterio.

Puedes acompañarla con arroz, o tomarla tal cual. Eso sí: tiene un punto picante —no llega a adormecer la lengua, pero se nota— y está realmente deliciosa.

Actualizada 2026.


Tom Yam Kung - sopa de gambas con curry y coco 


Ingredientes para 4:
  • 2 cdas. de aceite de oliva virgen extra
  • 1/2 cebolla, picada en brunoise
  • 3 dientes de ajo, picados
  • 1/2 cdta. de comino molido
  • 1 cda. de pasta de curry rojo
  • 1 l de caldo de verduras
  • 1 trozo de jengibre fresco, pelado
  • 1 lemongrass, a trozos
  • 1 jalapeño, troceado
  • Granos de pimienta
  • Cilantro
  • 2 cdas. de salsa de pescado
  • 1 lata de leche de coco (400 ml aprox.)
  • 350 g de gambas, sin cáscara y desvenadas
  • 2 champiñones, en rodajas
  • El zumo de 1 lima
  • Cilantro picado para decorar
Elaboración:
  1. En una olla grande, calienta el aceite a fuego medio. Añade la cebolla y sofríe hasta que esté transparente.
  2. Incorpora el ajo picado, el comino y la pasta de curry rojo. Remueve bien y cocina durante 1 minuto para que se liberen los aromas.
  3. Añade el caldo de verduras, el jengibre, el lemongrass, el jalapeño, los granos de pimienta, las ramas de cilantro y la salsa de pescado. Remueve y lleva a ebullición.
  4. Reduce el fuego y deja cocinar durante 20 minutos para que el caldo se infusione con todos los sabores.
  5. Cuela el caldo y vuelve a ponerlo en la olla, desechando los sólidos.
  6. Añade la leche de coco, las gambas, los champiñones y el zumo de lima. Cocina a fuego medio durante unos 5 minutos, hasta que las gambas estén hechas.
  7. Sirve caliente, decorado con cilantro fresco picado.
Mira cómo prepararlo paso a paso:


Preguntas frecuentes

¿Dónde encontrar lemongrass y pasta de curry rojo en España?

En supermercados asiáticos es el lugar más fiable y económico para encontrar tanto el lemongrass fresco como la pasta de curry rojo. En grandes superficies como El Corte Inglés o Carrefour también suelen tenerlos en la sección de productos internacionales. Si no encuentras lemongrass fresco, el seco en tiendas de especias funciona como alternativa aunque con menos aroma.

¿Se puede hacer sin salsa de pescado?

Sí, aunque la salsa de pescado es uno de los ingredientes que da al Tom Yam Kung su sabor característico umami. Si la omites, compensa con una pizca más de sal y unas gotas de salsa de soja. Para una versión completamente vegetariana, sustituye también las gambas por tofu firme y el caldo de verduras por caldo de setas shiitake.

¿Por qué se cuela el caldo a mitad de la elaboración?

Porque el jengibre, el lemongrass, el jalapeño y los granos de pimienta se usan solo para infusionar el caldo con sus aromas — no se comen. Son muy fibrosos o demasiado intensos para tomarse directamente. Después de 20 minutos de cocción han cedido todos sus sabores al caldo y se desechan, igual que se hace con las hierbas aromáticas en un caldo de cocción.


Sopa de gambas con leche de coco y lemongrass



Relato, fotos, ilustración y vídeo @catypol - Circus day.

Polos de chocolate y Kitkat

Vivía encima de una panadería. En invierno era casi perfecto: calentita, cómoda y con aquel olor a pan recién horneado que se colaba por todos los rincones de la casa. En verano, sin embargo, la historia era otra. El calor subía como si tuviera algo personal contra ella y las noches se convertían en una sucesión de vueltas en la cama, suspiros y pensamientos poco amables hacia el horno de abajo.

No había otra opción. Mientras el asunto no se resolviera, tenía que seguir viviendo allí, quisiera o no; y aquello la desesperaba. Cada vez que pensaba en cómo salir de aquella situación, se le hacía un nudo en el estómago.

A su familia y a sus amigos les decía que lucharía hasta el final, que no pensaba rendirse, que aguantaría lo que hiciera falta hasta quedarse sin una gota de aliento.

Lo decía con mucha convicción.

Bueno… casi siempre.

Porque algunas noches, mientras intentaba conciliar el sueño con un ventilador apuntándole directamente a la cara, pensaba que quizá había exagerado un poco con lo de «hasta el final».

Vivir tan lejos de los suyos la había hecho fuerte. También más dura, más independiente y, con el tiempo, bastante reservada. Había aprendido a guardarse ciertas cosas para sí misma y a seguir adelante sin hacer demasiado ruido.

Pero entonces llegaban las visitas.

Y con ellas, todo cambiaba.

Redescubría la ciudad, encontraba rincones que creía conocer, se reía más de lo habitual y saboreaba la comida de otra manera. Hasta el bochorno parecía menos insoportable cuando tenía a alguien con quien compartirlo.

No se quejaba: en realidad, estaba bien adaptada. Había aprendido a querer aquella vida, aunque una parte de su corazón siguiera mirando hacia casa.

Y cuando las visitas se marchaban, esa parte volvía a hacerse notar.

Entonces no regresaba directamente a casa. Necesitaba una pequeña tregua antes de enfrentarse otra vez al silencio, al calor y a sus propios pensamientos. Así que se acercaba a un puestecito de helados, pedía uno —siempre uno, porque tampoco hacía falta solucionar la vida de golpe— y buscaba un rincón desde el que observar a la gente pasar.

Allí, mordisco a mordisco, recolocaba sus recuerdos, repasaba lo vivido y se daba ánimos para volver.

El polo no solucionaba el problema. Tampoco hacía que los echara menos de menos.

Pero ayudaba.

Porque algunas cosas no tienen remedio inmediato.

Y un polo no arregla la vida, pero consigue que, durante un rato, todo resulte bastante más dulce.


Polos de chocolate rellenos con la galleta de chocolate Kitkat

Polos caseros de chocolate hechos sin heladera



La historia del famoso chocolate KitKat comenzó en el Reino Unido gracias a la sugerencia de un trabajador. En la década de 1930, un empleado de la confitera Rowntree's, ubicada en la ciudad de York, dejó una propuesta en el buzón de sugerencias de la fábrica: crear una chocolatina económica y fácil de transportar que un obrero pudiera llevar en la fiambrera para tomar durante el descanso del trabajo.

A partir de aquella idea, la empresa lanzó el producto al mercado el 29 de agosto de 1935 con el nombre de Rowntree's Chocolate Crisp. La presentación original consistía en cuatro barquillos crujientes cubiertos por una capa de chocolate con leche. Dos años más tarde, en 1937, la compañía rebautizó el dulce como KitKat Chocolate Crisp para lograr una marca más comercial y memorable. La denominación «KitKat» procedía indirectamente de un club político y literario del siglo XVIII londinense llamado Kit-Cat Club, cuyas tertulias se celebraban en la pastelería de Christopher Catling, apodado Kit Cat.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la escasez derivada del racionamiento de alimentos forzó una transformación drástica. Entre 1942 y 1947, la falta de leche obligó a Rowntree's a modificar la receta original y utilizar chocolate negro. Para advertir a los consumidores de esta alteración temporal y evitar equívocos, la marca sustituyó su característico envoltorio rojo por uno de color azul. Una vez concluido el conflicto y restablecido el suministro habitual, el dulce recuperó tanto su fórmula con chocolate con leche como su emblemático color rojo corporativo.

El despegue definitivo de la marca en la cultura popular llegó en 1957 con el estreno de su célebre eslogan: «Have a break… have a KitKat». Esta campaña transformó la percepción del producto, asociando la chocolatina no solo con un bocado dulce, sino con el ritual cotidiano de hacer una pausa en mitad de la jornada laboral o escolar.

La expansión internacional dio un giro en 1988, cuando la multinacional suiza Nestlé adquirió Rowntree's. A partir de entonces, Nestlé asumió la distribución global del producto en casi todo el mundo, con la excepción de Estados Unidos. En el mercado estadounidense, los derechos de producción pertenecían a The Hershey Company en virtud de un acuerdo de licencia previo firmado en 1970, el cual sigue vigente en la actualidad.

Con el cambio de milenio, la marca protagonizó un fenómeno cultural masivo e insólito en Japón. La pronunciación del nombre en japonés, Kitto Katsu, guarda un gran parecido fonético con la expresión «seguro que ganarás» o «triunfarás sin falta». Gracias a esta coincidencia, la chocolatina se convirtió en un amuleto de buena suerte que familiares y amigos regalan a los estudiantes ante los exámenes de acceso. Para capitalizar este furor, Nestlé desarrolló cientos de ediciones exclusivas para el mercado nipón: desde té verde matcha y sake hasta variantes tan singulares como el wasabi o el melón. Hoy en día, el dulce se comercializa en más de ochenta países y figura entre los aperitivos más reconocibles del planeta.

Supongo que has visto en infinidad de películas o series cómo «ahogan» las penas sus protagonistas; sí, con helado. Lo habitual suele ser abrazarse a una tarrina gigante, pero en esta ocasión me apetecía preparar polos caseros. Polos de chocolate con KitKat: nada de tarrinas, aunque el antojo se me quitó exactamente igual.


Actualizado 2026.


Polos de chocolate y Kitkat


Ingredientes para 6 polos:
  • 20 g de chocolate
  • 50 g de miel o azúcar invertido
  • 7 g de fécula de maíz
  • 8 g de cacao puro en polvo sin azúcar
  • 300 ml de leche 
  • 7 g de queso crema
  • 6 mini galletas Kitkat
Elaboración:
  1. Diluye la Maizena con la leche. 
  2. Derrite el chocolate en el microondas o a baño María. 
  3. En una cacerola al fuego. Añade la leche con la Maizena, el chocolate, la miel o el azúcar invertido, el queso y el cacao. Cocina y remueve hasta espesar, siempre a fuego bajo. 
  4. Saca del fuego, y por si queda algún grumo pasa la mezcla por un colador. 
  5. Vierte el líquido en los moldes.
  6. Añade los mini Kitkat en los moldes, si quieres usar la hendidura de la galleta para poner el palito de madera, como se ve en la foto, pero si no puedes por el tipo de molde o no te gusta, puedes colocarlo de la manera tradicional. 
  7. Llevar el molde con las galletas al congelador.
  8. Para desmoldar simplemente sumerge los moldes en agua templada y así saldrán con más facilidad.

Elaboración de los polos de chocolate con kitkat minis

Preguntas frecuentes

¿Cómo se pone el KitKat como palito del polo?

La hendidura natural del KitKat mini es perfecta para encajar el palito de madera. Simplemente inserta el palo de madera en esa ranura antes de meter el molde en el congelador. Si tu molde no permite esa disposición o prefieres la presentación tradicional, puedes colocar la galleta KitKat verticalmente en el centro del polo — queda igual de crujiente y el contraste de texturas es el mismo.

¿Se puede hacer sin molde de polos?

Sí. Puedes usar vasitos de yogur pequeños, cubiteras de silicona o cualquier recipiente que aguante el congelador. Para los vasitos de yogur, cubre la parte superior con papel de aluminio y haz un pequeño corte en el centro para insertar el palito — así se mantiene vertical mientras se congela.

¿Por qué se usa queso crema en la mezcla de chocolate?

El queso crema aporta cremosidad y evita que el polo quede demasiado duro al congelarse. La grasa del queso interfiere con la formación de cristales de hielo grandes, dando una textura más suave y agradable al morder. Es el mismo principio por el que muchas recetas de helado casero usan nata o queso — sin esa grasa el resultado es más hielo que helado.



Polos de chocolate hechos en molde con galleta kitkat dentro


Relato y fotografías de @catypol - Circus day.

Albóndigas de pan

Ella vivía a un par de casas de la suya. En una pequeña casa blanca con persianas verdes, un patio lleno de macetas que sobrevivían como podían a los rigores del verano y unos ventanales tan amplios que parecía que la luz hubiera decidido quedarse a vivir allí para siempre.

Él le decía que, por las mañanas, cuando ella preparaba el café, el aroma llegaba hasta su portal. No sabía si era cosa del viento o de su propia imaginación, pero cada vez que lo percibía sonreía: era su manera particular de saber que ya estaba despierta y dando guerra entre los fogones. Ella se reía cuando él se lo soltaba. Le decía que exageraba, que ningún café tenía semejante alcance; pero, aun así, se le encendían las mejillas y bajaba la mirada, como si no supiera muy bien qué responder.

A él le enternecía la escena. Todavía conservaba porte de galán, aunque la enfermedad hubiera decidido instalarse en su cuerpo sin pedir permiso. Seguía disfrutando de esas pequeñas cosas que tantos pasan por alto: el olor del café recién hecho, una charla cruzada desde la acera o el verla regresar a casa con la bolsa de la compra demasiado llena para alguien que aseguraba que solo bajaba a por pan.

Al mediodía, cuando intuía que la cocina de ella hervía en plena actividad, se la imaginaba con el delantal puesto, las mangas remangadas y la cuchara de madera en ristre. Se la figuraba boleando albóndigas de pan mientras canturreaba una copla antigua, desafinando en unas notas y acertando en otras por pura casualidad. También la imaginaba discutiendo con el recetario, añadiendo los puñados «a ojo» y sentenciando que las medidas exactas estaban muy bien para los libros, pero no para la vida real.

Entonces él cerraba los ojos y se veía sentado en una silla de anea, contemplando el trajín. Se imaginaba a sí mismo dándole instrucciones que nadie le había pedido, corrigiendo el tamaño de las porciones y mangando alguna antes de tiempo con la excusa de probar el punto. Ella, por descontado, fingiría molestarse y le regañaría diciendo que así no había quien terminara el guiso.

Le reconfortaba pensar en todo aquello. Le gustaba evocar el tintineo de las cacerolas, el perfume del caldo, las conversaciones triviales y las bromas repetidas mil veces. Le gustaba sentirse allí, compartiendo una mañana cualquiera; porque las mañanas corrientes son, al fin y al cabo, las que más se añoran cuando faltan.

Y aunque solo fuera en su pensamiento, suspendida en ese remanso apacible entre la memoria y el anhelo, ella seguía estando cerca. Apenas a un par de casas de la suya.


Albóndigas de pan de mi abuela

Albóndigas de pan herencia familiar
Albóndigas de pan herencia familiar


Los huevos tontos o repápalos son el máximo exponente de la cocina de subsistencia de la península ibérica, nacidos de la necesidad histórica de estirar los recursos en épocas de escasez. Su origen más remoto se vincula estrechamente a la tradición culinaria sefardí, consolidándose siglos más tarde como un recurso imprescindible de la gastronomía rural española, en especial durante la posguerra. La esencia del plato consistía en «engañar al estómago» mezclando restos de pan duro con huevo batido, ajo y perejil para moldear una suerte de albóndiga humilde sin pizca de carne.

Según la geografía, esta elaboración adoptó identidades, texturas y funciones muy diversas en la mesa familiar. En la cocina aragonesa —particularmente en la provincia de Teruel— se conocen como huevos tontos, y su masa se fríe para consumirse como aperitivo seco o incorporarse a los potajes tradicionales. Por su parte, en Extremadura reciben el nombre de repápalos y constituyen un pilar de la cocina cuaresmal y de Semana Santa: se doran en la sartén y luego se guisan en una reconfortante salsa verde con caldo y cebolla pochada.

La versatilidad de esta receta popular hizo que se extendiera por toda la geografía peninsular bajo infinidad de nombres locales: pellas, rellenos de cocido, engañamaridos, papones o peyuelas. Además, la misma base de pan y huevo dio el salto a la repostería tradicional en muchas comarcas extremeñas y manchegas. En su variante dulce —conocidos como sapillos o repápalos dulces—, estas porciones de masa se fríen y se infusionan en leche aromatizada con azúcar, canela en rama y corteza de limón, transformándose en uno de los postres más entrañables de nuestro recetario tradicional.

Hace unos días me escribió Inés. Administra un blog de cocina de mercado y, a través de un compañero de trabajo, conoció la historia de Jontxu: un niño de ocho años diagnosticado de leucodistrofia, una enfermedad poco común.

Su familia impulsó la iniciativa The Walk On Project (WOP) y ella, para aportar su granito de arena, me propuso sumarme a esta causa con una receta entrañable. Una propuesta sencilla que nos dibujara una sonrisa, nos transportara a la infancia y no necesitara ingredientes inaccesibles, con el fin de publicarla el 29 de febrero: una fecha que solo disfrutamos cada cuatro años, un día único para una receta especial dedicada a un niño excepcional.

Mi contribución es este plato humilde, fácil y profundamente familiar, de esos que preparaba mi madre cuando éramos pequeños y que tanto nos gustaba saborear en casa.

Es el único legado gastronómico que conservo de mi abuela paterna, una mujer conquense de bandera a la que no alcancé a conocer, pero de la que mis hermanos siempre hablan maravillas. Pese a ser ciega, cuidaba con dedicación absoluta de su marido y de sus dos hijos. Mi madre aprendió a preparar estas albóndigas de pan siguiendo al pie de la letra sus indicaciones, y tiempo después me transmitió la receta a mí. Aunque las hago pocas veces me gusta mucho añadirlas a los guisos, es un plus que te recomiendo probar. Ojalá disfrutéis de esta humilde aportación.


Actualizada 2026.

Albóndigas de pan de mi abuela


Ingredientes:
  • 100 g de pan de payés que tenga dos días (que esté duro)
  • 3 cdas. de agua
  • 2 huevos
  • 3 ajos picados
  • 1 cda. de perejil picado
  • Sal
  • Aceite para freír

Elaboración:

  1. Quita la corteza del pan y desmenuza la miga. 
  2. Mézclala con el agua, los huevos, el ajo picado y el perejil, y mezcla bien. 
  3. Salpimienta al gusto. 
  4. Forma bolitas con dos cucharas y fríelas en aceite caliente hasta que estén doradas. 
  5. Puedes servirlas con salsa de tomate o añadirlas a guisos.


Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day.

Tarta de chocolate

Cada día salía de casa para dar un paseo por el barrio. Me gustaba caminar sin prisa: saludar a Grace, que tenía una pequeña tienda en una de las calles tranquilas de River North; esquivar a los chicos que salían de clase; ayudar al señor Henry, demasiado sordo y casi ciego para cruzar la calle solo, y sentarme un rato en el Riverwalk a contemplar el río Chicago.

Después me dirigía a The Little Corner, un pequeño café y pastelería escondido entre edificios antiguos y modernos. Por las mañanas se llenaba de gente con prisas por un café y algo dulce antes de empezar la jornada; por la tarde, en cambio, se volvía un rincón sosegado y acogedor, perfecto para quienes buscábamos una pausa antes de volver a casa. Allí me esperaba Claire: menuda, risueña y con unos ojos que cortaban la respiración a cualquiera que se detuviera a mirarla. Siempre regalaba una sonrisa, incluso a quienes iban demasiado rápido como para devolverle el saludo.

Y allí estaba yo, sentado junto a la ventana, viendo el ajetreo ajeno y aliviado de no formar parte de esa vorágine, cuando apareció ella con su magia habitual. Llevaba algo entre las manos, cubierto por un paño delicado. Me miró con picardía.

I'll give you some if you can guess what it is… —siempre conseguía hacerme sonreír.

—¡Mmm! ¿Una calabaza? —pregunté divertido.

Nope! —negó ella.

—¿Le has quitado el sombrero al señor Henry? —bromeé.

No way! —exclamó entre risas.

—De acuerdo, me rindo —dije al fin.

Oh, come on! Chocolate cake for you! —anunció al retirar la tela.

Debajo apareció una tarta de chocolate espléndida, tan dulce como su mirada y tan perfecta como solo ella sabía prepararla. Si alguna vez visitas Chicago, búscala, déjate envolver por su magia y déjate mirar por sus ojos. Siempre sabrá cómo sorprenderte.


Tarta de chocolate de dos pisos con ganache de chocolate negro y virutas

Tarta de chocolate casera con bizcocho húmedo de dos capas



La historia de la tarta de chocolate comenzó a consolidarse en 1764, cuando el doctor James Baker y un molinero descubrieron cómo moler las habas de cacao con grandes piedras de molino mecánicas, obteniendo una pasta y un polvo de cacao más accesibles para la población. Hasta ese momento, el chocolate se consumía en Europa principalmente como bebida exclusiva de las clases altas, costumbre extendida tras la llegada del cacao americano a España. Pese a este avance, la repostería tardó décadas en integrar el cacao directamente en las masas horneadas, limitándose al principio a rellenos o coberturas líquidas.

Un hito fundamental para la repostería fina ocurrió en Viena en 1832, cuando el joven aprendiz Franz Sacher creó la célebre tarta Sacher (Sachertorte). Ideada para agasajar al príncipe Klemens von Metternich, consistía en un bizcocho denso de chocolate con mermelada de albaricoque y un glaseado firme de chocolate negro. Este postre causó sensación en las cortes europeas, aunque distaba del concepto de tarta casera y esponjosa que se popularizaría más adelante. El verdadero punto de inflexión técnico llegó en 1847 en los Estados Unidos, cuando la autora culinaria Eliza Leslie publicó la primera receta impresa de un pastel de chocolate en su libro The Lady's Receipt-Book. Aquella versión pionera consistía en un bizcocho claro que simplemente llevaba trozos de chocolate picado repartidos por la masa.

La evolución hacia el postre húmedo, tierno y oscuro que conocemos hoy culminó a finales del siglo XIX. En 1879, el chocolatero suizo Rodolphe Lindt inventó el proceso de conchado (agitar, calentar y airear continuamente la pasta de chocolate durante horas o días para lograr una textura suave y eliminar la acidez indeseada), un método de refinado que permitía obtener un chocolate mucho más sedoso y fácil de fundir para emulsionar con la harina y la mantequilla. 

A partir de 1886, los recetarios norteamericanos estandarizaron la adición de chocolate fundido y cacao en polvo directamente en la masa. El abaratamiento de los procesos industriales y la popularización de impulsores químicos, como el bicarbonato sódico o la levadura química, permitieron que los hogares adoptaran este dulce como el postre insignia de cumpleaños y celebraciones a partir de la década de 1890. Durante los años treinta del siglo XX, recetas emblemáticas e intensas como el pastel Devil's food ('comida del diablo') consolidaron definitivamente la identidad de este icono de la gastronomía mundial.
Tengo que decir que es mi preferida; bueno, una de ellas. Además, es perfecta para cumpleaños: el hecho de que sea de dos pisos, con una ganache untuosa que la envuelve y una decoración sencilla, la hace irresistible, ¿no crees?

Actualizada 2026.

Tarta de chocolate de dos pisos con ganache — receta de cumpleaños


2 moldes redondos de 20 cm de diámetro

Ingredientes de los bizcochos:
  • 200 g harina de repostería
  • 90 g azúcar blanco
  • 90 g azúcar moreno o panela
  • 60 g cacao en polvo sin azúcar
  • 6 g (1 cucharadita y media) levadura en polvo
  • 6 g (1 cucharadita y media) bicarbonato sódico
  • 2-3 g (1/2 cucharadita rasa) sal
  • 1 sobre de café instantáneo
  • 2 huevos grandes
  • 200 ml leche
  • 100 ml aceite suave
  • 1 cdta. y media de extracto de vainilla
  • 180 ml agua hirviendo

Elaboración:
  1. Tamiza en un bol amplio los ingredientes secos.
  2. Mezcla brevemente con las varillas de mano.
  3. Añade los ingredientes líquidos a los secos.
  4. Bate a mano hasta que no queden grumos secos.
  5. Reparte la masa a partes iguales en los dos moldes de 20 cm previamente engrasados y con papel en la base.
  6. Hornea a 175°C (calor arriba y abajo sin ventilador) durante 25-30 minutos. Comprueba con un palillo en el centro antes de retirar.

Ganache de chocolate negro para relleno y cobertura


Ingredientes
  • 300 g chocolate para postres
  • 300 ml nata para montar (35% M.G.)
  • 50 g mantequilla sin sal a temperatura ambiente

Elaboración
  1. Trocea el chocolate y colócalo en un bol amplio.
  2. Vierte la nata hirviendo sobre el chocolate troceado, remueve hasta integrar y añade la mantequilla en dados hasta que se funda.
  3. Cubre el bol con film transparente en contacto con la superficie (a piel) y déjalo en la nevera un mínimo de 4 a 6 horas (o de un día para otro) para que la grasa cristalice bien.
  4. Bate con varillas eléctricas a velocidad media durante 1 o 2 minutos.
  5. En cuanto coja cuerpo y haga picos suaves, para inmediatamente (si te pasas de batido, la grasa se puede cortar).

Una vez que los bizcochos estén fríos y hayan reposado sobre una rejilla de repostería, corta la parte superior si ha quedado algo de copete para nivelarlos. Esparce parte de la ganache sobre una de las bases; la cantidad es orientativa, pero ten en cuenta que debe sobrarte suficiente para cubrir el exterior. Coloca el otro bizcocho encima, dejando el relleno en el medio, y extiende el resto de la ganache por toda la superficie y los laterales hasta que la tarta quede cubierta por completo. Si lo deseas, decora con virutas de chocolate o con lo que prefieras. Refrigera hasta que la tengas que servir.

Si te gusta mucho el chocolate puedes disfrutar en Circus day de bizcochos, galletas y crinkles.




Preguntas frecuentes

¿Para qué sirve el café instantáneo en la tarta de chocolate?

El café no aporta sabor a café — actúa como potenciador del sabor del cacao. El chocolate y el café comparten compuestos aromáticos que se complementan y al añadir café instantáneo a la masa el sabor a chocolate se intensifica notablemente sin que el lector detecte el café. Es el truco de los mejores pasteles de chocolate profesionales.

¿Por qué la ganache necesita reposar en nevera 4-6 horas?

Porque la grasa de la nata y el chocolate necesita tiempo para cristalizar y adquirir la consistencia correcta para montar. Si intentas batirla antes de ese reposo estará demasiado líquida y no cogerá cuerpo. Con el reposo correcto basta con 1-2 minutos de batido para conseguir una ganache firme, sedosa y perfecta para cubrir la tarta.

¿Se puede hacer la tarta de chocolate en un solo molde?

Sí, aunque el resultado visual es diferente. Con un solo molde de 20 cm obtienes un bizcocho más alto que puedes partir en dos capas con un cuchillo de sierra. La ventaja de los dos moldes es que los bizcochos quedan más uniformes y no hay que cortar. En cualquier caso, espera siempre a que estén completamente fríos antes de montar la tarta para que la ganache no se funda.



Tarta de chocolate cubierta de ganache con nata para cumpleaños


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Coca de nueces

Encontrarte en aquel aeropuerto, tan repleto de gente corriendo de un lado a otro, y verte a ti, en medio de la nada, tocando un piano que publicitaba una escuela de música cualquiera, fue como un sueño. Estabas tan erguido, sentado en la banqueta, con los ojos cerrados y absorto en el sonido que tus dedos arrancaban a las teclas.

Y yo, con los ojos bien abiertos, trataba de que mis oídos se llenaran de esa música y no del bullicio de las idas y venidas. Me fui acercando paso a paso, sintiendo cada vez más cerca el ritmo, hasta que, sin darme cuenta, el rumor del entorno se disipó y solo quedamos tú y yo.

Cuando desperté del trance, ya estabas de pie con la maleta en la mano y sonriéndome. Mi reacción fue aplaudir; resultaba extraño ser la única en hacerlo, pero te lo merecías. Descubrir que íbamos a viajar en el mismo vuelo fue pura casualidad: los billetes asomaban por el bolsillo de tu chaqueta y los míos descansaban en mi mano. Así entrelazamos nuestros caminos.

—¿Conoces algo de California? —me preguntaste.

—No, solo las nueces —respondí entre risas.

—Pues te gustará: nuestros amaneceres, las playas… y nuestras nueces, claro —aseguraste.

Y así despegó mi viaje, con el corazón en un puño y la ilusión de descubrir un nuevo mundo.


Coca con masa de nueces y relleno de berenjena y langostinos

Coca de nueces con berenjena y langostino


La historia de las nueces de California en España conecta de forma circular el pasado colonial español, la modernización de los cultivos agrícolas y el auge del consumo de frutos secos en Europa.

A finales del siglo XVIII, los sacerdotes franciscanos españoles —la mayoría de origen andaluz y extremeño— introdujeron los primeros nogales en California. Estos árboles, originarios de Europa y Asia, prosperaron de manera excepcional gracias a las similitudes climáticas y al fértil suelo del Valle Central estadounidense. A partir de 1867 se inició la producción comercial a gran escala en los Estados Unidos, dando origen a una de las industrias agrícolas más tecnificadas del mundo, regulada posteriormente por organismos sectoriales como la California Walnut Commission.

La llegada masiva de la nuez de California a España comenzó a fraguarse en el último tercio del siglo XX. Tradicionalmente, el mercado español consumía nuez local, pero el volumen de producción nacional era bajo y los métodos de secado y homogeneización no estaban lo bastante estandarizados. Con la apertura comercial y la globalización, las distribuidoras españolas encontraron en la nuez de California un producto sumamente atractivo por su calibre regular, su cáscara fina fácil de quebrar y una apariencia clara y limpia que conquistó con rapidez los lineales de los supermercados.

A partir de la década de 1980, el auge de las nueces norteamericanas fue tan notable en el país que impulsó una profunda transformación en el propio campo español. Agricultores y empresas nacionales observaron el éxito del producto importado y decidieron aclimatar esas mismas variedades en suelo peninsular. Entre 1985 y 1992 comenzaron a introducirse patrones y variedades desarrollados por la Universidad de California, como la célebre Chandler o la Vina. Grandes firmas del sector establecieron extensas plantaciones en zonas de Extremadura, Andalucía o Castilla-La Mancha utilizando técnicas de regadío inspiradas directamente en los noguerales californianos.

En la actualidad, España se mantiene como uno de los principales compradores mundiales de este fruto seco, importando miles de toneladas anuales desde los valles de California para cubrir más del 80 % de la demanda interna. Su presencia ha transformado los hábitos alimentarios españoles, pasando de ser un bocado reservado casi exclusivamente a la Navidad a consolidarse como un básico diario de la dieta mediterránea gracias a la difusión científica de sus propiedades cardiosaludables.

No sé cuándo llegaron las nueces a mi vida; era pequeña, seguro. Quizá las comíamos más en Navidad, pero sí que forman parte de mí: los frutos secos en general, y las nueces en particular, me fascinan tanto que me declaro una auténtica #NuezLover. Por eso son las protagonistas de esta tapa tan mediterránea, como yo.

Esta vez me he atrevido a triturarlas ligeramente —sin pasarme, para evitar que suelten su aceite y formen una pasta o mantequilla— y las he integrado en la masa de coca, tan típica del Mediterráneo. Hornear la masa en blanco, sin el relleno, consigue que quede crujiente y contraste a la perfección con la suavidad de la berenjena asada y el langostino. ¿Un secreto? Si la dejas reposar unas horas, sabe aún mucho mejor.

Actualizada 2026.

Coca de nueces con berenjena y langostinos



La coca de nueces:
  • 100 ml agua
  • 100 ml aceite suave
  • 50 g de nueces molidas
  • Harina (la que necesite)
El topping de berenjena y langostinos:
  • 2 berenjenas asadas
  • 1 cebolla
  • 2 ajos
  • 20 langostinos
Para decorar:
  • Nueces 
  • Aceite de oliva virgen extra
  • Sal en escamas

Para la coca:
  1. Precalienta el horno a 200 ºC 
  2. Pon en un bol el agua, el aceite y las nueces molidas, añade harina y amasa, dejará de necesitar harina cuando la masa no se pegue a las manos. 
  3. Deja reposar la masa unos minutos. 
  4. Mientras, prepara un cuchillo, una regla y papel de hornear. 
  5. Sobre el papel de hornear estira la masa, 1/2 cm más o menos de grosor, con la regla y el cuchillo mide y corta rectángulos de 5x10 cm. 
  6. Hornea 20 minutos o hasta que la masa se dore.

Collage de elaboración de la masa de la coca de nueces

Collage del relleno para la coca de nueces


Para la berenjena y langostinos:
  1. Pela y corta en cuadraditos la berenjena asada.
  2. Corta en brunoise la cebolla y pica el ajo. 
  3. En una sartén con 2 cucharadas de aceite de oliva virgen extra, a fuego lento, confita la cebolla y el ajo, con cuidado no quemarlo. 
  4. Añade la berenjena y cocina hasta que se confite con la cebolla y el ajo pero a fuego un poco más fuerte. Saca de la sartén. 
  5. Usa esa misma sartén con un poco más de aceite para cocinar a fuego suave los langostinos. 
  6. Reservar.

Montaje:
  1. Sobre una bandeja coloca las cocas de nueces y sobre cada coca unas cucharadas de berenjena. 
  2. Para finalizar con dos langostinos sobre cada una. 
  3. Pon una nuez a mitad de la coca y riega sobre ella un poco de aceite y unas escamas de sal.

Coca de nueces individual con berenjenas asadas


Preguntas frecuentes

¿Por qué se hornea la coca sin el relleno?

Hornear la masa en blanco — sin el relleno — es el secreto para conseguir una coca completamente crujiente. Si pones el relleno desde el principio, la humedad de la berenjena y los langostinos impediría que la masa se seque y quedara blanda. Con el horneado en blanco primero obtienes esa textura crujiente que contrasta perfectamente con la suavidad del relleno.

¿Se puede cambiar el relleno por otro?

Sí — la masa de nueces es tan versátil que admite cualquier relleno mediterráneo. Una lectora en los comentarios la usó de base para una coca de sardinas con excelentes resultados. Cualquier combinación de verduras asadas, embutidos, queso o pescado funciona bien. La clave es que el relleno no sea demasiado líquido para no reblandecer la base crujiente.

¿Se puede preparar la coca de nueces con antelación?

La masa horneada en blanco se puede preparar con horas de antelación y guardar a temperatura ambiente. El relleno también se puede tener preparado por separado en la nevera. El montaje final — relleno sobre la coca — conviene hacerlo justo antes de servir para que la base no absorba la humedad del relleno y mantenga el crujiente.


Coca de anous amb albergínies


Relato, fotografías y receta @catypol - Circus day.

Embutido de higo

Buscaba dentro del cajón mis ganas de juventud y no encontraba nada que me llevara a ella. En la biblioteca de casa, llena de libros del pasado, hallaba el saber de otros y viajaba a través de su imaginación, pero tampoco la encontré. Lo sé, te preguntarás por qué buscaba algo que se supone que se lleva dentro. La juventud no es una etapa que empieza y termina en unas fechas concretas: es un estado sin cifra ni caducidad. «¡Hasta que el cuerpo aguante!», exclaman unos; otros, resignados, ya no creen en esas milongas.

María me relataba cómo se había hecho fuerte y cómo hay que seguir mirando siempre hacia adelante. Pero la juventud… a ratos se le asomaba a los ojos, a los gestos, a las palabras. Y esos instantes eran justo lo que yo perseguía.

—¿Cuál es tu comida preferida? —le pregunté.

—¡Mmm! Un poco de pan, aceite de oliva del bueno y tres higos secos —me respondió.

—¿De verdad? —inquirí asombrada.

Ella se rio.

—¡Pues claro! Puede que creas que debería decir otro manjar, pero ese es mi secreto. Es lo que me sienta bien, lo que me hace feliz cuando lo como. No es el elixir de la eterna juventud ni espero que me lleve a vivir cien años… pero, cada vez que lo tomo, me siento en paz. Y eso, al fin y al cabo, también forma parte de mantenerse joven, ¿no crees? —remató, dejándome con la boca abierta.


Embutido de higos secos mallorquín

Embutido de higos secos receta mediterránea


El pan de higo y el embutido de higos secos tienen su origen en la necesidad milenaria de conservar los excedentes de las cosechas otoñales en la cuenca del Mediterráneo. Las civilizaciones de la Antigüedad —como la egipcia, la griega y la romana— ya consumían higos secos de forma habitual gracias a su alto valor energético, su resistencia al paso del tiempo y su facilidad de transporte para soldados y campesinos. Durante la Hispania romana, estos frutos se prensaban y se mezclaban con especias o hierbas aromáticas para crear masas compactas que servían de sustento básico durante los duros inviernos.

La receta tradicional del pan de higo se consolidó en la península ibérica gracias a la influencia de la gastronomía andalusí durante la Edad Media. En al-Ándalus se perfeccionaron las técnicas de secado al sol y se introdujeron ingredientes clave como almendras, nueces, ajonjolí, clavo, canela y anís. Esta mezcla no solo enriquecía el sabor, sino que actuaba como un conservante natural que evitaba la proliferación de microorganismos. Las comunidades rurales de regiones como Andalucía, Extremadura, Murcia y la Comunidad Valenciana adoptaron esta preparación como un recurso indispensable frente a la escasez.

La variante conocida como embutido de higos secos surgió de la imitación visual de las chacinas tradicionales de la matanza. Los campesinos con menos recursos idearon este dulce picando los higos secos con frutos secos, especias y un toque de licor (generalmente aguardiente o anís). Posteriormente, introducían esta masa compacta en tripas vegetales o lienzos de tela, atándolos fuertemente con hilo para prensar el contenido y darle la forma cilíndrica de un salchichón o un chorizo. Esto permitía cortar el dulce en rodajas finas, recreando el consumo de un embutido curado.

A lo largo de los siglos, este alimento pasó de ser un recurso de subsistencia a convertirse en un dulce tradicional muy ligado a la Navidad y a las tareas agrícolas. Su elaboración se realizaba de manera colectiva en los hogares al término de la recolección de la higuera: se empleaban moldes de madera o paños de tela para prensar enérgicamente la masa, expulsando el aire para asegurar una conservación óptima que se prolongaba durante meses.

En la actualidad, tanto el pan de higo como el embutido de higos secos han dejado atrás su perfil de mera supervivencia para revalorizarse en la gastronomía contemporánea. La combinación clásica de higo y almendra se considera hoy una auténtica exquisitez artesanal, apreciada por su origen natural y la ausencia de azúcares añadidos. Además, su consumo ha saltado del ámbito estrictamente dulce al maridaje salado, convirtiéndose en el acompañamiento predilecto de tablas de quesos curados, patés y chacinas ibéricas.

Decía María Zannia sobre los higos en Grecia: «Desde la Antigüedad, los higos caseros se esparcían sobre las tejas de las casas y se secaban al sol para poder disfrutar de su sabor y sus propiedades durante todo el año».

Yo crecí entre cañizos repletos de higos a finales de verano, puestos a secar para conservarlos y disfrutarlos —como María en Grecia— durante el resto del año. Es una delicia que los mediterráneos gozamos tanto al preparar como al degustar. Aquí los higos secos acompañan infinidad de platos o son el ingrediente principal. Son los favoritos de mi madre y, en su momento, también lo fueron míos.

Esta receta es muy similar a la del pan de higo, solo que, en lugar de presentarse con la forma alargada de un embutido, se moldea redonda como una hogaza de pan.

Actualizada 2026.


Embutido de higos secos



Ingredientes:
  • 500 g de higos secos (sin harinas)
  • 80 g de almendras peladas, tostadas y picadas en trozos.
  • 1 cdta. de sésamo
  • 1/2 cdta. de canela
  • 1/2 cdta. de nuez moscada
  • 1/2 cdta. de pimentón ahumado
  • 1/2 cdta. de pimentón picante
  • 1 pizca de clavo molido
  • 2 cdas. Moscatel
  • Harina tamizada
En Thermomix:
  1. Primero corta a trocitos los higos secos a cuchillo (yo lo probé sin cortar y la Thermomix no los trituró, así que los corté en trocitos pequeños y no hubo problema). 
  2. Pon los trocitos en la Thermomix junto con las especias y el moscatel. 
  3. Tritura velocidad 10. 
  4. Saca y pon la masa en un cuenco.
  5. Añade las almendras picadas y el sésamo, y amasa.
  6. Echa la harina suficiente en una superficie limpia. 
  7. Coge una bola de masa para enrollarla sobre la fécula.
  8. Quita el exceso de fécula y ponla sobre film transparente.
  9. Haz un cilindro con la masa y envuelve con el film dándole forma de embutido.
  10. Retuerce los extremos del film, para cerrarlo, termina con un hilo en cada extremo para asegurar que no se abra. 
  11. Deja en el frigorífico mínimo toda la noche o hasta el momento de servir. 

Elaboración tradicional:
  1. Corta los higos en trozos medianos retirando el pezón duro. 
  2. Colócalos en el vaso de una picadora o procesador de alimentos junto con las especias y el Moscatel. 
  3. Procesa a pulsos cortos hasta obtener una pasta densa y maleable.
  4. Pasa la pasta de higos a un cuenco grande. 
  5. Añade las almendras picadas y el sésamo. 
  6. Amasa con las manos ligeramente húmedas durante 1-2 minutos para que los frutos secos se distribuyan de forma homogénea.
  7. Espolvorea un poco de harina o fécula sobre la mesa de trabajo. 
  8. Divide la masa en una o dos porciones, haz rodar cada porción sobre la superficie para formar un cilindro compacto (tipo salchichón) y sacude el exceso de polvo blanco superficial.
  9. Coloca el cilindro sobre film transparente, enrolla apretando bien para eliminar bolsas de aire y gira los extremos como un caramelo. 
  10. Ata las puntas con hilo de cocina para mantener la presión y refrigera durante al menos 12 horas antes de cortar en rodajas finas.

Notas: 
Es una delicia si se acompaña de queso curado de oveja o cabra o queso azul.


Embutido de higos secos con almendras


Preguntas frecuentes

¿Cuánto tiempo se conserva el embutido de higos?

En la nevera perfectamente 3-4 semanas bien envuelto en film transparente. Si hace frío también aguanta a temperatura ambiente durante días, como cualquier fruta seca. Es un dulce de conservación natural gracias al azúcar propio del higo y a las especias que actúan como conservantes — exactamente como lo hacían las civilizaciones mediterráneas de la Antigüedad.

¿Se puede hacer sin Thermomix?

Sí — la receta incluye la elaboración tradicional completa. Un procesador de alimentos o una picadora potente funcionan perfectamente. La clave es cortar los higos en trozos pequeños antes de triturarlos para que la máquina no se fuerce. Si no tienes ningún aparato, puedes picarlos finamente a cuchillo y amasar a mano — el resultado es algo más rústico pero igualmente delicioso.

¿Con qué se sirve mejor el embutido de higos?

Cortado en rodajas finas como un embutido y acompañado de queso curado de oveja o cabra, queso azul o queso de Mahón. También marida perfectamente con foie gras, paté o una tabla de embutidos ibéricos. En Navidad es una alternativa artesanal y sin azúcar añadido al turrón convencional que sorprende siempre a los invitados.


Embutido de higos secos con quesos

Relato y fotografía @catypol - Circus day

Tarta de limón sin horno

Ir a casa de la abuela siempre me gustó. Ese era mi lugar favorito en el mundo. Claro que a la abuela solo la veíamos cuando mamá tenía vacaciones. Eso solía ser justo antes de que empezara la escuela, cuando los limones estaban en su mejor momento.

La abuela los llamaba primofiore y a mí me daba la risa, porque siempre lo decía con aire de condesa italiana, aunque tenía acento de Cuenca.

—Los primofiore son los primeros limones, los buenos —me explicaba, señalando su árbol como quien muestra una reliquia sagrada.

Yo no sabía nada de limones, pero sí sabía que con esos hacía la tarta de limón «más mejor» del mundo. Así lo decía yo. Con dos «más» y la boca ya salivando. Nunca sobraba. Y por mucho que le suplicara a mamá que se llevara limones y me hiciera una igual en casa, no había manera.

—No es la misma cocina —decía ella.

—No es la misma cocinera —decía yo.

Y entonces sonreía y zanjaba la conversación con su arma favorita:

—Pues aprende tú, que la abuela seguro te deja el secreto.

El problema es que, cuando por fin crecí, ya no había limonero. El campo se había convertido en una urbanización con nombres exóticos: Residencial Costa de Oro, Jardines de Capri... La casa de la abuela se había ido con ella.

Ahora, cada vez que veo limones, la recuerdo. Dicen que eso es nostalgia. Yo también lo digo, pero de la buena. De la que no aprieta el pecho, sino que te hace sonreír con los ojos. Y, sin pensarlo, sonrío. Y en mi lengua, lo juro, vuelve a aparecer ese sabor ácido y dulce: el de los primofiore de la abuela. El de la tarta «más mejor» del mundo.

Lemon pie sin horno con merengue

Tarta de limón con merengue y sin horno



La tarta de limón actual nació en el siglo XIX en la repostería de Estados Unidos, aunque sus raíces directas provienen de las técnicas culinarias europeas.

El ingrediente central de este postre es la crema de limón o lemon curd, creada originalmente en Inglaterra por comunidades protestantes y cuáqueras durante el siglo XVIII. En esa época, los colonos británicos llevaron la receta a América del Norte. Las primeras versiones consistían simplemente en una base de masa quebrada rellena con esta natilla horneada, simulando la consistencia de un flan o pudín, pero carecían por completo de la cubierta esponjosa debido a la escasez y al alto coste del azúcar y de los huevos.

La evolución definitiva hacia el clásico pastel de limón con merengue ocurrió en Filadelfia en 1806 gracias a Elizabeth Goodfellow, una cocinera estadounidense que dirigió la primera escuela de pastelería de ese país. La receta estrella de Goodfellow requería una gran cantidad de yemas de huevo para lograr la consistencia cremosa del relleno. Para evitar el desperdicio de ingredientes, decidió batir las claras sobrantes con azúcar y colocarlas sobre el pastel, horneándolo ligeramente. Su alumna Eliza Leslie documentó y publicó estas instrucciones culinarias en las décadas posteriores, expandiendo la popularidad del plato por todo el territorio norteamericano.

A mediados del siglo XIX, el término lemon cream pie ya se había consolidado, y para el año 1869 se registró formalmente por primera vez el nombre moderno de lemon meringue pie. Paralelamente, en Europa se desarrollaron variantes regionales sofisticadas como la tarte au citron en Francia. Más adelante, en los años treinta del siglo XX, surgieron adaptaciones comerciales en Florida que dieron origen al Key lime pie, utilizando leche condensada y limas locales. Hoy en día, esta tarta está considerada uno de los postres más internacionales y versionados de la gastronomía mundial.

Esta es, de todas las tartas, mi preferida, la clásica y esta versión que no necesita horno. Cada etapa de mi vida era diferente pero durante muuuucho tiempo siempre era de chocolate, siempre iba y venía y volvía al chocolate pero desde hace un tiempo el chocolate me empalaga y el limón me enamora, y el pie o tarta de limón está ya en mi corazón, ayer fue mi cumple y la tarta fue de limón. 

Actualizada 2026.


Tarta de limón sin horno


Ingredientes
  • 300 g de galleta tipo 'Digestive'
  • 130 g de mantequilla fundida
  • La ralladura de 1 limón
  • 150 g de queso de untar
  • 100 ml de nata para montar (35% MG)
  • El zumo de 2 limones
  • La ralladura de 1 limón
  • 150 g de azúcar
  • 1 sobre de gelatina neutra
  • 150 ml de agua
  • Molde de pie de 20 cm.

La base de la tarta:
  1. Tritura las galletas y cuando tengan un aspecto arenoso, añade la mantequilla fundida y la ralladura de 1 limón.
  2. Cuando todos los ingredientes estén bien mezclados, forma la base en un molde, (preferiblemente desmontable). 
  3. Aprieta bien la mezcla de galletas trituradas para que quede muy compacta y sea firme. 
  4. Reserva en la nevera.

La gelatina:
  1. En un cazo, pon a cocer el agua y cuando hierva retira del fuego y echa la gelatina. 
  2. Remueve bien hasta que se disuelva y reserva.

El relleno:
  1. En otro bol o recipiente para batir, echa la ralladura y el zumo de los limones, la nata, el queso de untar, el azúcar y la gelatina ya preparada. 
  2. Bátelo todo bien hasta obtener una mezcla homogénea.

Monta la tarta:
  1. Echa la mezcla sobre la base de galletas y déjalo cuajar todo en la nevera durante al menos 4 horas. 
  2. Si puedes dejarla reposar toda la noche o incluso un día entero, quedará perfecta.
  3. Decora con nata montada o merengue o con frutilla.

Tarta de limón sin horno y fría


Preguntas frecuentes

¿Se puede decorar con merengue sin soplete?

Sí. Si no tienes soplete puedes introducir la tarta decorada con merengue en el horno con el grill encendido al máximo durante 2-3 minutos vigilando constantemente. El merengue se dorará rápidamente — en cuanto veas los picos ligeramente tostados, sácala inmediatamente. También puedes servirla sin dorar — el merengue blanco queda igualmente elegante y el sabor es el mismo.

¿Se puede sustituir la gelatina por agar-agar?

Sí, aunque las proporciones cambian — el agar-agar cuaja más fuerte que la gelatina neutra. Usa la mitad de la cantidad indicada para gelatina y disuélvelo hirviendo en el agua antes de añadirlo al relleno. El agar-agar además cuaja a temperatura ambiente, a diferencia de la gelatina que necesita frío.

¿Cuánto tiempo aguanta la tarta de limón en la nevera?

Perfectamente 3-4 días bien tapada con film transparente. El merengue puede perder algo de textura a partir del segundo día — si quieres que esté perfecta, decórala con el merengue justo antes de servir y guarda la tarta sin él en la nevera. La base y el relleno aguantan sin problema.


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Focaccia

Trabajar en el campo nunca fue una opción. Quería ver mundo, trabajar en lo que encontrara y ahorrar lo suficiente para seguir viajando. Todos sus amigos tenían, pegados en las paredes de sus habitaciones, pósteres de la actriz o cantante famosa de turno. Él no. Él tenía un mapamundi en el que planeaba sus viajes.

Cuando su padre tuvo que contratar a jornaleros de otros países, no se lo podía creer. ¿Cómo era posible que vinieran allí a trabajar en su campo? Aquella tierra que él tanto detestaba, que tantas horas de sueño y diversión le había robado. Pero no encontraban mano de obra, y fue la única salida legal y rápida: había que cosechar y faltaban brazos.

La llegada de esos hombres le venía bien. Podrían hablarle de sus países, de sus vivencias, y así obtendría información de primera mano para cuando emprendiera el viaje. Al caer el sol, se acercaba a los barracones habilitados para ellos con una focaccia entre las manos y una botella de vino, y conversaban hasta bien entrada la noche.

Fue durante mucho tiempo un contraste doloroso para su padre: contemplaba las ansias de partir de su hijo frente a la añoranza de sus hombres por lo que habían dejado atrás. Uno soñaba con marcharse; los otros no habían tenido más remedio. El padre había prometido no entrometerse, pero aún guardaba la esperanza de que cambiara de opinión. Aunque bien sabía que haría falta un milagro… y de eso, en el campo, siempre andamos escasos.

Foccacia italiana casera con tomatitos y albahaca

Foccacia de la Italia con tomatitos


La focaccia genovesa, conocida en su tierra como fügassa, es un pilar de la gastronomía de Liguria —cuna de Cristóbal Colón y del pesto de albahaca—, con raíces que se hunden en las civilizaciones más antiguas del Mediterráneo. El término proviene del latín panis focacius, en alusión al pan plano cocinado sobre las brasas del focus u hogar. Culturas como la fenicia, la cartaginesa o la griega ya elaboraban masas similares con harinas de centeno, cebada o mijo, sazonadas de forma sencilla con aceite de oliva local y sal marina gruesa.

Durante la Edad Media, este alimento consolidó su arraigo en la República de Génova. Los testimonios escritos ya registran su presencia habitual hacia el año 1300, convertida en el sustento predilecto de marineros, pescadores y estibadores por su bajo coste, su aporte calórico y su excelente conservación durante las largas travesías marítimas. El aroma de la masa recién horneada impregnaba el centro histórico, convirtiéndose en un ritual diario para todas las clases sociales.

La devoción popular por este pan dejó anécdotas curiosas: su consumo se extendió tanto en las iglesias durante bodas y funerales que, en el siglo XVI, el obispo de Génova prohibió comerla en los templos para evitar distracciones en el culto. Entretanto, los obradores de la costa ligur perfeccionaron la técnica con harinas de gran fuerza y el aceite de oliva virgen de la región, logrando esa textura tierna por dentro, crujiente en los bordes y salpicada por los emblemáticos hoyuelos donde se concentra la salmuera.

Hoy en día, la receta tradicional mantiene sus estándares y los panaderos locales la protegen con orgullo. Una de las costumbres más arraigadas en Génova es disfrutarla caliente por la mañana, cortada en tiras alargadas llamadas slerfe y mojada directamente en el café con leche o en el capuchino del desayuno.

¿Qué mejor que unir aventuras, tomate y focaccia, un buen aceite de albahaca, escamas de sal y tomillo? El resultado es justo el que ves: una explosión de sabor en cada bocado que te hará viajar.

Actualizada 2016.


Focaccia italiana


Ingredientes {para 3 panes pequeños}
  • 400 g de harina de fuerza
  • 10 g de sal
  • 8 g de levadura fresca
  • 300 g de agua tibia
  • 75 g aceite de oliva
  • 3 racimos de tomates cherry
  • Aceite de albahaca
  • Tomillo
  • Escamas de sal

Elaboración:
  1. En un recipiente pequeño, mezcla la harina con la sal. 
  2. En un cuenco grande, disuelve la levadura en el agua. 
  3. Vierte la mezcla del primer recipiente en el segundo, añade el aceite de oliva y remueve con una cuchara de madera hasta formar una masa ligeramente pegajosa. 
  4. Traslada la masa a otro cuenco engrasado. 
  5. Cubre y deja reposar durante 30 minutos.
  6. Pasado ese tiempo, y sin sacar la masa del recipiente, realiza pliegues simples, toma porciones del borde y llévalas hacia el centro. 
  7. Tapa y deja reposar otros 30 minutos. 
  8. Repite los pliegues. 
  9. Deja levar 1 hora más, o hasta que la masa doble su volumen.
  10. Divide la masa en tres partes, aplánalas ligeramente con las manos para formar los bollos y deja reposar durante 10 minutos.
  11. Decora con racimos de tomatitos.
  12. Rocía con un poco de aceite de albahaca.
  13. Espolvorea con tomillo y escamas de sal. 
  14. Deja levar 20 minutos más.
  15. Mientras tanto, precalienta el horno a 240 °C. 
  16. Hornea durante unos 35 minutos o hasta que la superficie esté dorada. 
  17. Para comprobar si el pan está cocido, golpea la base con una cuchara, si el sonido es seco, está listo.
Otro pan italiano es la schiacciata de patata, sin tiempo de levados.

Foccacia con tomatitos y albahaca

Preguntas frecuentes

¿Por qué la focaccia tiene hoyuelos?

Los hoyuelos son la marca identitaria de la focaccia genovesa y tienen una función técnica importante. Al presionar la masa con los dedos antes de hornearla se crean pequeñas cavidades donde se acumula la salmuera de aceite de oliva, agua y sal. Durante la cocción ese líquido se evapora lentamente manteniendo la miga húmeda y esponjosa mientras la superficie queda dorada y crujiente.

¿Se puede preparar la focaccia sin horno?

En sartén de hierro fundido bien caliente y tapada puede funcionar, aunque el resultado es diferente — más húmedo y sin el dorado característico de la superficie. Para un resultado auténtico el horno es imprescindible, idealmente con calor por arriba y por abajo a temperatura alta — 240°C — para conseguir la corteza crujiente característica de Liguria.

¿Qué diferencia hay entre la focaccia y el pan?

La diferencia principal está en la hidratación y el aceite. La masa de focaccia lleva mucha más agua que el pan convencional — lo que la hace más pegajosa y difícil de trabajar — y una cantidad generosa de aceite de oliva tanto en la masa como por encima. Eso es lo que le da su textura característica: tierna y casi húmeda por dentro, crujiente y dorada por fuera.


Foccacia de Genova con tomate y albahaca


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