—¿¿De la noche?? ¿Qué sucede por la noche? —pregunta el galo.
El jefe de la aldea hasta se ha bajado de su escudo por la asombrosa pregunta que el galo acaba de hacer.
—¿¡Cómo!? ¿No lo sabes? —le pregunta.
El galo, aún más asombrado al ver que el jefe se ha bajado del escudo (y eso, señores, pasa en raras ocasiones), deduce que lo que sea que va a suceder debe ser importante.
—Noooo… —responde.
El más viejo de la aldea acude raudo y veloz (todavía le dura el efecto de la pócima), y va riendo:
—¡Ja, ja, ja! ¡Grande y tonto! —se burla.
Su mujer le riñe:
—No te rías del chico —le dice con ternura—. Él se cayó en el caldero de pequeño, y por eso no estaba en la cola cuando se comentó lo de esta noche —explica dulcemente.
Su mejor amigo entonces lo coge del brazo y se lo lleva a la plaza central de la aldea.
—Aquí empezará la fiesta esta noche —le confiesa—. ¿Y a que no sabes cuál será el plato principal? —dice, muy contento.
—Jabalí —sentencia el galo más grande.
—¡Noooo! —niega su mejor amigo—. Esta noche, querido amigo, comeremos crêpes, de mil maneras —le corrige.
—¿Crêpes? —pregunta el galo, extrañado.
La historia de las crêpes es una de las más arraigadas de la gastronomía francesa y sus antecedentes se remontan a la época del Imperio romano, cuando se cocinaban gachas líquidas de agua y cereales rústicos sobre piedras planas calentadas directamente al fuego. El término procede del latín crispus («crespo» u «ondulado»), en alusión a los bordes finos y ligeramente rizados que adquiere la masa al dorarse sobre la superficie ardiente.
El auténtico despegue de esta elaboración tuvo lugar durante el siglo XII en la Bretaña histórica, al noroeste de Francia. Tras las Cruzadas, se introdujo en Europa el cultivo del trigo sarraceno (o alforfón), un grano oscuro y rústico que arraigó con fuerza en los suelos ácidos y húmedos bretones. Con esta harina nació la galette bretona: una masa salada elaborada únicamente con alforfón, agua y sal que se extendía en capas finísimas sobre una placa circular de hierro fundido (billig) mediante un pequeño rastrillo de madera (rozell). Estas tortas se convirtieron en el sustento básico del campesinado, sustituyendo al pan de cada día.
Con la posterior generalización de la harina de trigo candeal, la fórmula evolucionó hacia la variante dulce contemporánea. El gluten del trigo blanco aportó una textura elástica, fina y suave, idónea para enriquecer el batido con leche fresca, huevos, mantequilla fundida y azúcar. Así, la crêpe propiamente dicha se independizó de la galette y conquistó los hogares de todo el país.
Esta masa está íntimamente ligada a la fiesta de la Candelaria (la Chandeleur), cada dos de febrero. En la tradición popular, la fecha marcaba el final del invierno y el renacer de la luz; las familias preparaban crêpes con la harina sobrante como símbolo de prosperidad, emulando la forma redonda y dorada del sol. De ahí surgió el célebre ritual de voltear la masa en el aire con la mano derecha mientras se sostenía una moneda de oro en la izquierda: si caía limpia y plana sobre la sartén, auguraba un año próspero y cosechas abundantes.
A finales del siglo XIX, el plato entró por la puerta grande en la alta cocina con la célebre crêpe Suzette. Cuenta la crónica que nació en 1895 por un afortunado descuido en el Café de París de Montecarlo, cuando el joven cocinero Henri Charpentier preparaba unas crêpes para el futuro Eduardo VII, por entonces príncipe de Gales. El licor de naranja se prendió de forma accidental sobre la sartén y, al probar el flambeado, descubrieron que el licor caramelizaba los jugos de manera sublime. El bocado se bautizó en honor a la joven francesa que acompañaba al heredero en la mesa.
Hoy en día, las crêpes gozan de un prestigio universal: desde las centenarias crêperies bretonas que preservan el canon artesanal hasta los puestos callejeros de cualquier rincón del mundo, continúan siendo un lienzo gastronómico perfecto tanto para rellenos clásicos como para la cocina más creativa.
Actualizada 2026.
Empanada con crêpes rellena de calabacín con huevos de codorniz
- 75 g de harina
- 200 ml de leche
- 2 huevos
- Sal al gusto
- 2 calabacines
- 2 huevos
- 150 g de queso para untar o queso fresco
- 6 huevos de codorniz cocidos
- Aceite de oliva virgen extra
- Sal y pimienta al gusto
La masa:
En un bol, bate los huevos con la leche, la harina y una pizca de sal hasta obtener una masa sin grumos. Deja reposar al menos 15 minutos.
Preparar el calabacín:
Ralla los calabacines, mézclalos con un poco de sal y deja reposar en un colador durante 15–20 minutos. Después, presiona con las manos o un paño limpio para eliminar el exceso de agua. Sofríe el calabacín escurrido en una sartén con un chorrito de aceite durante 2–3 minutos para evaporar aún más humedad. Reserva y deja enfriar.
Preparar el relleno:
En un cuenco, mezcla los huevos batidos, el queso, el calabacín salteado, sal y pimienta al gusto. Aquí puedes añadir también otras hierbas o especias si prefieres.
Hacer las crêpes:
Pon una sartén o crepera al fuego con un poco de aceite o mantequilla. Cocina las crêpes finas y flexibles. Con esta cantidad deberían salir unas 3 grandes (descartando la primera, que a menudo sale regular).
Montaje de la empanada:
Precalienta el horno a 180 ºC
Forra el molde (12 cm) con una o varias crêpes superpuestas, dejando que sobresalgan por los bordes. Coloca los huevos de codorniz cocidos en la base. Vierte encima el relleno. Dobla los bordes de las crêpes hacia el centro para cerrar la empanada.
Horneado:
Cubre con papel de aluminio (para evitar que se queme la superficie) y hornea durante unos 40 minutos. Retira el papel los últimos 5 minutos si quieres que se dore ligeramente.
Servir:
Desmolda con cuidado. Sirve caliente o templada.
Preguntas frecuentes
¿Por qué se descarta el primer crêpe?
El primer crêpe casi siempre sale irregular porque la sartén todavía no ha alcanzado la temperatura uniforme. Es el crêpe de prueba — sirve para ajustar el fuego, la cantidad de masa y el punto de mantequilla. A partir del segundo ya salen perfectos. En la aldea gala también descartaban el primero, aunque Obélix siempre se lo comía antes de que nadie se diera cuenta.
¿Se puede sustituir el calabacín por otro relleno?
Sí — y esa es la gracia de esta receta. El calabacín funciona perfectamente porque tiene poca agua una vez escurrido y rallado. Otras verduras que funcionan igual de bien: espinacas salteadas y escurridas, pisto de verduras bien seco, champiñones pochados o puerro confitado. Lo importante es que el relleno no sea líquido para que los crêpes no se reblandezcan.
¿Por qué es importante escurrir bien el calabacín?
El calabacín tiene un altísimo contenido en agua — hasta un 95%. Si no se escurre bien antes de mezclarlo con el queso y los huevos, toda esa agua se libera durante el horneado y la empanada queda aguada y blanda. El truco de salar el calabacín rallado y dejarlo reposar en un colador durante 20 minutos elimina la mayor parte del líquido. El paso de saltearlo después acaba de secar cualquier humedad residual.



































