Se acercaba el día de su primer aniversario. No era un aniversario cualquiera: celebraban la primera vez que se hablaron. Pero no fue solo decirse «hola», como hacían los demás; ellos se dijeron más palabras y se gustaron.
Como viven cerca, se esperan para hacer juntos el camino y reírse un poco del señor Juan, que cada día arranca una flor de su jardín y se la regala a su mujer, o de Camilo, que se ata el cordón del zapato mientras mira de reojo a la nueva dependienta de la panadería. Así, el trayecto se les hace más ameno y divertido.
—¡Ay! —suspiró—, el amor, demasiado complicado, ¿o no?
Si tuvieran que explicarlo, solo podrían hablar de sentimientos. Hay quien dice que no se define qué se siente, solo se siente. Así que, cuando le pregunté a Marta qué sentía, ella simplemente dijo:
—Tengo hambre.
Dejó de pintar, se acercó a su bolsita de merienda y sacó chocolate. Yo puse el pan y lo compartimos. ¡Así es el amor!
El origen del pan con chocolate como merienda está profundamente ligado a la evolución industrial y social de España durante los siglos XIX y XX, cuando pasó de ser un recurso humilde a convertirse en un auténtico icono de la infancia. En sus inicios, el cacao llegó a la península ibérica como un lujo exótico reservado a la nobleza y al clero, consumido exclusivamente en taza. Sin embargo, la mecanización de los obradores y fábricas chocolateras a lo largo del siglo XIX abarató la producción, permitiendo la difusión de las primeras tabletas sólidas entre las clases populares.
La unión con el pan nació del ingenio cotidiano en tiempos de escasez, especialmente durante la posguerra española. Ante la falta de repostería y la necesidad de ofrecer a los más pequeños un tentempié energético tras la escuela, las familias recurrían al pan del día anterior, acompañado por un par de onzas de chocolate negro. En regiones olivareras como Andalucía, Cataluña o Baleares, este bocado se enriquecía a menudo con un hilo de aceite de oliva virgen extra y unas escamas de sal, una combinación sublime que realzaba las notas tostadas del cacao y aportaba jugosidad a la miga.
Durante las décadas de 1960 y 1970, al calor del desarrollismo y la cultura del consumo, el pan con chocolate se consagró como la merienda indiscutible de toda una generación. Aunque la industria alimentaria intentó disputarle el trono lanzando cremas de cacao untables y bollería empaquetada, el ritual del mendrugo crujiente con la tableta encajada en el centro conservó su aura de autenticidad y memoria afectiva en los hogares.
Actualizada 2026.
Pan casero en espiral con bigotes y labios de chocolate
La masa:- 300 g agua
- 20 g de levadura fresca
- 540 g harina
- 2 cdtas. de sal
- Brochetas de madera largas y gruesas (mejor)
- Bigotes y labios de chocolate
- Ojos de caramelo
- Un poco de chocolate para que haga de pegamento
- Coloca en la amasadora el agua, la levadura desmenuzada, la harina y la sal.
- Amasa durante 5 minutos hasta obtener una masa homogénea y elástica.
- Deja fermentar en un bol tapado hasta que doble su volumen.
- Pon las brochetas de madera en remojo para evitar que se quemen en el horno.
- Divide la masa en cuatro partes iguales y, con cada una, forma un rulo largo con las manos.
- Enrolla cada rulo alrededor de una brocheta formando una espiral.
- Precalienta el horno a 200 °C.
- Coloca las brochetas sobre un molde cuadrado de paredes altas, apoyando los extremos en los bordes de manera que la masa quede suspendida y no toque la base.
- Deja reposar hasta que vuelva a crecer.
- Unta la masa con un poco de aceite y hornea durante 20 minutos, hasta que el pan esté dorado y cocido.
- Deja enfriar sobre una rejilla.
- Derrite un poco de chocolate y utilízalo como pegamento.
- Coloca una gota detrás de los bigotes y labios de chocolate, y pégalos sobre el pan.
- Haz lo mismo con los ojos de caramelo.
- Lleva unos minutos al frigorífico para que se solidifique bien.
Preguntas frecuentes
¿Por qué hay que poner las brochetas en remojo antes de hornear?
Para evitar que la madera se queme dentro del horno. Las brochetas secas a 200°C se carbonizarían en 20 minutos, arruinando el pan y dejando sabor a madera quemada. Con 30 minutos de remojo previo la madera absorbe suficiente agua para aguantar el tiempo de horneado sin quemarse.
¿Cómo se consigue que el pan quede suspendido en el molde?
Apoyando los extremos de las brochetas en los bordes del molde para que la masa quede en el aire sin tocar la base. Así el calor rodea completamente el pan por todos lados y se hornea de forma uniforme. Un molde cuadrado de paredes altas es el más práctico para esta técnica.
¿Se puede hacer sin amasadora?
Sí, perfectamente. Amasa a mano durante unos 10 minutos — el doble del tiempo que con amasadora — hasta obtener una masa lisa, elástica y que no se pegue a las manos. El truco es no añadir harina extra aunque la masa parezca pegajosa al principio: con el amasado se vuelve cada vez más manejable.







































