Señoras y Señores,

Bienvenidos a Circus Day

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Hola,

Soy Caty y dirijo este circo

Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.

The Show

En el blog

Mostrando entradas con la etiqueta Pan-yasos. Mostrar todas las entradas
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Pan con chocolate

Miguel la esperaba sentado en un banco del parque. Cuando la conoció, sintió su corazón latir con fuerza y, por un instante —el primero en su corta vida—, se quedó quieto. Ahora ya son amigos, juegan todos los días juntos y se cuentan los secretos que no pueden contarles a los mayores.

Se acercaba el día de su primer aniversario. No era un aniversario cualquiera: celebraban la primera vez que se hablaron. Pero no fue solo decirse «hola», como hacían los demás; ellos se dijeron más palabras y se gustaron.

Como viven cerca, se esperan para hacer juntos el camino y reírse un poco del señor Juan, que cada día arranca una flor de su jardín y se la regala a su mujer, o de Camilo, que se ata el cordón del zapato mientras mira de reojo a la nueva dependienta de la panadería. Así, el trayecto se les hace más ameno y divertido.

—¡Ay! —suspiró—, el amor, demasiado complicado, ¿o no?

Si tuvieran que explicarlo, solo podrían hablar de sentimientos. Hay quien dice que no se define qué se siente, solo se siente. Así que, cuando le pregunté a Marta qué sentía, ella simplemente dijo:

—Tengo hambre.

Dejó de pintar, se acercó a su bolsita de merienda y sacó chocolate. Yo puse el pan y lo compartimos. ¡Así es el amor!


Pan con chocolate en espiral y con bigote y labios de chocolate

Pan con chocolate merienda de los niños de los 80


El origen del pan con chocolate como merienda está profundamente ligado a la evolución industrial y social de España durante los siglos XIX y XX, cuando pasó de ser un recurso humilde a convertirse en un auténtico icono de la infancia. En sus inicios, el cacao llegó a la península ibérica como un lujo exótico reservado a la nobleza y al clero, consumido exclusivamente en taza. Sin embargo, la mecanización de los obradores y fábricas chocolateras a lo largo del siglo XIX abarató la producción, permitiendo la difusión de las primeras tabletas sólidas entre las clases populares.

La unión con el pan nació del ingenio cotidiano en tiempos de escasez, especialmente durante la posguerra española. Ante la falta de repostería y la necesidad de ofrecer a los más pequeños un tentempié energético tras la escuela, las familias recurrían al pan del día anterior, acompañado por un par de onzas de chocolate negro. En regiones olivareras como Andalucía, Cataluña o Baleares, este bocado se enriquecía a menudo con un hilo de aceite de oliva virgen extra y unas escamas de sal, una combinación sublime que realzaba las notas tostadas del cacao y aportaba jugosidad a la miga.

Durante las décadas de 1960 y 1970, al calor del desarrollismo y la cultura del consumo, el pan con chocolate se consagró como la merienda indiscutible de toda una generación. Aunque la industria alimentaria intentó disputarle el trono lanzando cremas de cacao untables y bollería empaquetada, el ritual del mendrugo crujiente con la tableta encajada en el centro conservó su aura de autenticidad y memoria afectiva en los hogares.

Se acerca el 14 de febrero y, aunque no es una fecha que celebre especialmente, me gusta mirarla desde la perspectiva de los más pequeños: ellos no la ven igual, no la viven igual y, desde luego, está libre de todo materialismo. Así que al pan con chocolate de toda la vida lo hemos transformado en un auténtico Circus day para disfrutarlo juntos.


Actualizada 2026.

Pan casero en espiral con bigotes y labios de chocolate

La masa:
  • 300 g agua
  • 20 g de levadura fresca
  • 540 g harina
  • 2 cdtas. de sal
Montaje:
  • Brochetas de madera largas y gruesas (mejor)
  • Bigotes y labios de chocolate
  • Ojos de caramelo
  • Un poco de chocolate para que haga de pegamento

Preparar la masa:
  1. Coloca en la amasadora el agua, la levadura desmenuzada, la harina y la sal. 
  2. Amasa durante 5 minutos hasta obtener una masa homogénea y elástica. 
  3. Deja fermentar en un bol tapado hasta que doble su volumen.
Dar forma al pan:
  1. Pon las brochetas de madera en remojo para evitar que se quemen en el horno. 
  2. Divide la masa en cuatro partes iguales y, con cada una, forma un rulo largo con las manos. 
  3. Enrolla cada rulo alrededor de una brocheta formando una espiral.
Segundo levado:
  1. Precalienta el horno a 200 °C. 
  2. Coloca las brochetas sobre un molde cuadrado de paredes altas, apoyando los extremos en los bordes de manera que la masa quede suspendida y no toque la base. 
  3. Deja reposar hasta que vuelva a crecer.
Horneado:
  1. Unta la masa con un poco de aceite y hornea durante 20 minutos, hasta que el pan esté dorado y cocido. 
  2. Deja enfriar sobre una rejilla.
Decoración:
  1. Derrite un poco de chocolate y utilízalo como pegamento. 
  2. Coloca una gota detrás de los bigotes y labios de chocolate, y pégalos sobre el pan. 
  3. Haz lo mismo con los ojos de caramelo.
  4. Lleva unos minutos al frigorífico para que se solidifique bien.

Si te gusta hacer pan en casa, también te encantará el llonguet mallorquín casero, el panecillo tradicional de Palma con prefermento y corteza crujiente.

Posición del pan para hornear dentro de un molde

Preguntas frecuentes

¿Por qué hay que poner las brochetas en remojo antes de hornear?

Para evitar que la madera se queme dentro del horno. Las brochetas secas a 200°C se carbonizarían en 20 minutos, arruinando el pan y dejando sabor a madera quemada. Con 30 minutos de remojo previo la madera absorbe suficiente agua para aguantar el tiempo de horneado sin quemarse.

¿Cómo se consigue que el pan quede suspendido en el molde?

Apoyando los extremos de las brochetas en los bordes del molde para que la masa quede en el aire sin tocar la base. Así el calor rodea completamente el pan por todos lados y se hornea de forma uniforme. Un molde cuadrado de paredes altas es el más práctico para esta técnica.

¿Se puede hacer sin amasadora?

Sí, perfectamente. Amasa a mano durante unos 10 minutos — el doble del tiempo que con amasadora — hasta obtener una masa lisa, elástica y que no se pegue a las manos. El truco es no añadir harina extra aunque la masa parezca pegajosa al principio: con el amasado se vuelve cada vez más manejable.


Pan en espiral con chocolate de bigotes y ojos


Relato y fotos @catypol - Circus day.

Bikini

Sor Inés y Sor Margarita eran dos monjas modernas. "Muy modernas". Tanto, que se apuntaron a un congreso de vida contemplativa… en Barcelona. Pero un error en la app de mapas las desvió por completo de su destino espiritual.

—¿Sor Inés, segura que esto es el retiro?
—Lo pone aquí: “Sala de fiestas Celestial”. ¿Será una metáfora?

Entraron. Luces de neón, música a todo volumen y un camarero que les preguntaba si querían un bikini. Ellas, un poco nerviosas, retrocedieron dos pasos… hasta que vieron que a lo que llamaba bikini era un sándwich.

—Ah… era eso —dijo Sor Margarita, sonrojada.
—Menos mal. No sabía qué pensar —murmuró Sor Inés.

Intentaron salir discretamente, pero la app insistía: “Ha llegado a su destino”. Dieron vueltas por el barrio durante una hora, pasando tres veces por el mismo limpiabotas, que ya empezaba a mirarlas ceñudo.

—Madre mía, esto no puede ser lo que el Señor tenía en mente —suspiró Sor Margarita.
—Bueno, el Señor obra por caminos misteriosos… y a veces usa Google Maps —respondió Sor Inés, resignada.

Al final, decidieron volver al convento, doce horas después, con los hábitos arrugados y un poquito enfadadas. La madre superiora les preguntó cómo había ido el viaje.

—Largo. Muy largo —dijeron al unísono.

Desde entonces, recordando aquel día, las dos monjas rezan una nueva oración para los viajes:
“Líbranos, Señor, de los errores de GPS, de los congresos engañosos y de los sándwiches con nombres confusos. Amén.”


Bikini de jamón y queso de procedencia catalana

sandwich catalán de jamón y queso



El popular término bikini, empleado en Cataluña para denominar al sándwich mixto de jamón y queso, tiene su origen en la Sala Bikini de Barcelona, una mítica sala de baile y terrazas inaugurada en 1953 en la avenida Diagonal. Los fundadores del local se inspiraron en el célebre croque-monsieur francés para servir una versión adaptada a base de pan de molde tostado, jamón cocido y queso fundido a la plancha. Debido a las directrices de la época, que restringían el uso de extranjerismos en la rotulación y cartas comerciales, el establecimiento lo ofreció inicialmente bajo la fórmula genérica de «bocadillo de la casa».

La propuesta no tardó en convertirse en el gran reclamo del recinto, punto de encuentro habitual de la juventud barcelonesa. El furor fue tal que los clientes empezaron a frecuentar otros bares y cafeterías de la Ciudad Condal pidiendo «el bocadillo que hacen en el Bikini». Con el tiempo, el uso popular acortó la expresión hasta asentar la palabra bikini como un sustantivo común de pleno derecho en el léxico gastronómico catalán, emancipándose por completo del local de ocio.

Curiosamente, el nombre de la sala de fiestas sí remitía de forma directa al revolucionario traje de baño de dos piezas presentado en París en 1946. Su creador, Louis Réard, lo había bautizado así al calor de las pruebas nucleares estadounidenses en el atolón Bikini, augurando que la prenda causaría un impacto igual de explosivo. De este modo, unas detonaciones en el océano Pacífico terminaron dando nombre, por una insólita carambola hostelera y lingüística, al sándwich más emblemático de la cultura catalana.

El término «jamón de York» tiene su raíz histórica en la ciudad de York, en el condado de North Yorkshire (Inglaterra). A mediados del siglo XIX, un carnicero de la localidad llamado Robert Burrow Atkinson popularizó un método artesanal para curar los perniles de cerdo en los fríos sótanos de su establecimiento de Blossom Street. La técnica tradicional consistía en un curado en seco con sal marina —a menudo madurado durante meses— y un posterior ahumado suave, para el que se empleaba tradicionalmente serrín de madera de roble.

Aquel producto obtuvo un prestigio extraordinario por su tonalidad rosada y un perfil más delicado y menos salino que el de otros jamones curados europeos. Los viajeros y comerciantes que visitaban la ciudad extendieron su fama fuera de las islas británicas, demandando en tabernas y tiendas un bocado elaborado «al estilo de York». Con el auge comercial, la expresión se simplificó hasta fijar el topónimo inglés como denominación genérica para este tipo de carne.

El auténtico York ham británico no era un fiambre cocido al vapor como el que conocemos hoy, sino una pieza curada en seco que se hervía entera justo antes de consumirse. Al extenderse la fórmula por la Europa continental, la industria transformó el proceso para abaratar costes y acortar plazos: la carne fresca empezó a inyectarse con salmuera y a cocerse en moldes metálicos. Aunque el resultado derivó en lo que la normativa actual cataloga estrictamente como jamón cocido, la etiqueta «de York» perduró en la memoria colectiva y en el reclamo comercial hasta nuestros días.

La historia del queso en lonchas está íntimamente ligada a la invención del queso fundido o procesado en Estados Unidos a principios del siglo XX, fruto de la necesidad de frenar el desperdicio y prolongar la vida útil de los lácteos. Por entonces, el queso se comercializaba en grandes ruedas que los tenderos cortaban a mano, lo que provocaba mermas constantes, cortes irregulares y un rápido deterioro con los rigores del calor. James L. Kraft, un emprendedor de origen canadiense que comenzó repartiendo quesos en un carro de caballos por Chicago, se propuso dar con una solución duradera.

En 1916, Kraft patentó un método pionero para pasteurizar y emulsionar recortes de queso cheddar triturados junto con sales fundentes (como el fosfato sódico), lo que detenía la actividad bacteriana y estabilizaba las grasas. El resultado fue una masa homogénea y elástica que no requería frío inmediato y podía enlatarse para su conservación, convirtiéndose en una ración logística clave para el ejército estadounidense durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, aquel queso fundido seguía despachándose en bloques compactos, todavía engorrosos de porcionar en el día a día.

El salto al formato laminado fue obra de su hermano Norman Kraft, quien comenzó a investigar en los laboratorios de la compañía a mediados de la década de 1930. Tras innumerables ensayos fallidos intentando cortar bloques sólidos con cuchillas sin que las láminas se pegaran, Norman invirtió la lógica del proceso: en vez de rebanar, vertió el queso fundido directamente sobre rodillos de acero inoxidable refrigerados. El choque térmico cuajaba la emulsión al instante en una lámina continua y maleable, lista para ser troquelada en cuadrados uniformes.

El producto aterrizó en los lineales en 1950 bajo el nombre comercial de Kraft DeLuxe, transformando para siempre la elaboración casera de sándwiches y hamburguesas gracias a su fundido limpio y regular. En 1965, la empresa completó la revolución al diseñar la maquinaria que permitía enfundar cada lámina en un envoltorio plástico individual e higiénico. Nacían así los célebres Kraft Singles, consolidando el queso en lonchas como uno de los formatos más extendidos y reconocibles de la industria alimentaria moderna.

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Bikini


Ingredientes:
  • Jamón cocido (de York)
  • Queso en lonchas
  • Mantequilla
  • Pan de molde

Elaboración:
  1. Reparte abundante mantequilla por la parte que va en el exterior del sándwich. 
  2. Echa bien de jamón y una loncha de queso. 
  3. Mete en la plancha o sandwichera durante unos minutos, cubierto con papel de hornear.

Nota:
El queso de Mahón o el Emmental funden perfectamente. El bikini original de la Sala Bikini usaba queso suizo.

Si te gustan los sándwiches o bocadillos el mallorquín es el llonguet o el pa amb oli.

Sandwichera con sandwiches de jamón y queso


Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia entre un bikini y un sándwich mixto?

Son el mismo bocado con dos nombres según la geografía. En Cataluña se llama bikini — en honor a la Sala Bikini de Barcelona donde se popularizó en los años 50. En el resto de España se conoce como sándwich mixto o sandwich de jamón y queso. La receta es idéntica: pan de molde, jamón cocido, queso y mantequilla tostado a la plancha o sandwichera.

¿Es mejor hacerlo en sandwichera o a la plancha?

Depende del resultado que busques. La sandwichera sella los bordes y crea los surcos característicos, con el interior más compacto y el exterior más crujiente. La plancha da un resultado más libre, con los bordes sin sellar y una textura más cercana al croque-monsieur francés — más mantecoso y uniforme. El papel de hornear encima en ambos casos evita que el queso fundido se pegue.

¿Por qué se pone mantequilla por fuera y no por dentro?

Porque la mantequilla en el exterior es la que crea la corteza dorada y crujiente característica del bikini. Por dentro el calor del queso fundido y el jamón aportan suficiente jugosidad. Si pones mantequilla también por dentro, el pan se humedece demasiado y pierde la textura crujiente. La mantequilla siempre va en la cara exterior — la que toca la plancha.


sadwich con mantequilla y jamón con queso catalán


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Albóndigas de pan

Ella vivía a un par de casas de la suya. En una pequeña casa blanca con persianas verdes, un patio lleno de macetas que sobrevivían como podían a los rigores del verano y unos ventanales tan amplios que parecía que la luz hubiera decidido quedarse a vivir allí para siempre.

Él le decía que, por las mañanas, cuando ella preparaba el café, el aroma llegaba hasta su portal. No sabía si era cosa del viento o de su propia imaginación, pero cada vez que lo percibía sonreía: era su manera particular de saber que ya estaba despierta y dando guerra entre los fogones. Ella se reía cuando él se lo soltaba. Le decía que exageraba, que ningún café tenía semejante alcance; pero, aun así, se le encendían las mejillas y bajaba la mirada, como si no supiera muy bien qué responder.

A él le enternecía la escena. Todavía conservaba porte de galán, aunque la enfermedad hubiera decidido instalarse en su cuerpo sin pedir permiso. Seguía disfrutando de esas pequeñas cosas que tantos pasan por alto: el olor del café recién hecho, una charla cruzada desde la acera o el verla regresar a casa con la bolsa de la compra demasiado llena para alguien que aseguraba que solo bajaba a por pan.

Al mediodía, cuando intuía que la cocina de ella hervía en plena actividad, se la imaginaba con el delantal puesto, las mangas remangadas y la cuchara de madera en ristre. Se la figuraba boleando albóndigas de pan mientras canturreaba una copla antigua, desafinando en unas notas y acertando en otras por pura casualidad. También la imaginaba discutiendo con el recetario, añadiendo los puñados «a ojo» y sentenciando que las medidas exactas estaban muy bien para los libros, pero no para la vida real.

Entonces él cerraba los ojos y se veía sentado en una silla de anea, contemplando el trajín. Se imaginaba a sí mismo dándole instrucciones que nadie le había pedido, corrigiendo el tamaño de las porciones y mangando alguna antes de tiempo con la excusa de probar el punto. Ella, por descontado, fingiría molestarse y le regañaría diciendo que así no había quien terminara el guiso.

Le reconfortaba pensar en todo aquello. Le gustaba evocar el tintineo de las cacerolas, el perfume del caldo, las conversaciones triviales y las bromas repetidas mil veces. Le gustaba sentirse allí, compartiendo una mañana cualquiera; porque las mañanas corrientes son, al fin y al cabo, las que más se añoran cuando faltan.

Y aunque solo fuera en su pensamiento, suspendida en ese remanso apacible entre la memoria y el anhelo, ella seguía estando cerca. Apenas a un par de casas de la suya.


Albóndigas de pan de mi abuela

Albóndigas de pan herencia familiar
Albóndigas de pan herencia familiar


Los huevos tontos o repápalos son el máximo exponente de la cocina de subsistencia de la península ibérica, nacidos de la necesidad histórica de estirar los recursos en épocas de escasez. Su origen más remoto se vincula estrechamente a la tradición culinaria sefardí, consolidándose siglos más tarde como un recurso imprescindible de la gastronomía rural española, en especial durante la posguerra. La esencia del plato consistía en «engañar al estómago» mezclando restos de pan duro con huevo batido, ajo y perejil para moldear una suerte de albóndiga humilde sin pizca de carne.

Según la geografía, esta elaboración adoptó identidades, texturas y funciones muy diversas en la mesa familiar. En la cocina aragonesa —particularmente en la provincia de Teruel— se conocen como huevos tontos, y su masa se fríe para consumirse como aperitivo seco o incorporarse a los potajes tradicionales. Por su parte, en Extremadura reciben el nombre de repápalos y constituyen un pilar de la cocina cuaresmal y de Semana Santa: se doran en la sartén y luego se guisan en una reconfortante salsa verde con caldo y cebolla pochada.

La versatilidad de esta receta popular hizo que se extendiera por toda la geografía peninsular bajo infinidad de nombres locales: pellas, rellenos de cocido, engañamaridos, papones o peyuelas. Además, la misma base de pan y huevo dio el salto a la repostería tradicional en muchas comarcas extremeñas y manchegas. En su variante dulce —conocidos como sapillos o repápalos dulces—, estas porciones de masa se fríen y se infusionan en leche aromatizada con azúcar, canela en rama y corteza de limón, transformándose en uno de los postres más entrañables de nuestro recetario tradicional.

Hace unos días me escribió Inés. Administra un blog de cocina de mercado y, a través de un compañero de trabajo, conoció la historia de Jontxu: un niño de ocho años diagnosticado de leucodistrofia, una enfermedad poco común.

Su familia impulsó la iniciativa The Walk On Project (WOP) y ella, para aportar su granito de arena, me propuso sumarme a esta causa con una receta entrañable. Una propuesta sencilla que nos dibujara una sonrisa, nos transportara a la infancia y no necesitara ingredientes inaccesibles, con el fin de publicarla el 29 de febrero: una fecha que solo disfrutamos cada cuatro años, un día único para una receta especial dedicada a un niño excepcional.

Mi contribución es este plato humilde, fácil y profundamente familiar, de esos que preparaba mi madre cuando éramos pequeños y que tanto nos gustaba saborear en casa.

Es el único legado gastronómico que conservo de mi abuela paterna, una mujer conquense de bandera a la que no alcancé a conocer, pero de la que mis hermanos siempre hablan maravillas. Pese a ser ciega, cuidaba con dedicación absoluta de su marido y de sus dos hijos. Mi madre aprendió a preparar estas albóndigas de pan siguiendo al pie de la letra sus indicaciones, y tiempo después me transmitió la receta a mí. Aunque las hago pocas veces me gusta mucho añadirlas a los guisos, es un plus que te recomiendo probar. Ojalá disfrutéis de esta humilde aportación.


Actualizada 2026.

Albóndigas de pan de mi abuela


Ingredientes:
  • 100 g de pan de payés que tenga dos días (que esté duro)
  • 3 cdas. de agua
  • 2 huevos
  • 3 ajos picados
  • 1 cda. de perejil picado
  • Sal
  • Aceite para freír

Elaboración:

  1. Quita la corteza del pan y desmenuza la miga. 
  2. Mézclala con el agua, los huevos, el ajo picado y el perejil, y mezcla bien. 
  3. Salpimienta al gusto. 
  4. Forma bolitas con dos cucharas y fríelas en aceite caliente hasta que estén doradas. 
  5. Puedes servirlas con salsa de tomate o añadirlas a guisos.


Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day.

Focaccia

Trabajar en el campo nunca fue una opción. Quería ver mundo, trabajar en lo que encontrara y ahorrar lo suficiente para seguir viajando. Todos sus amigos tenían, pegados en las paredes de sus habitaciones, pósteres de la actriz o cantante famosa de turno. Él no. Él tenía un mapamundi en el que planeaba sus viajes.

Cuando su padre tuvo que contratar a jornaleros de otros países, no se lo podía creer. ¿Cómo era posible que vinieran allí a trabajar en su campo? Aquella tierra que él tanto detestaba, que tantas horas de sueño y diversión le había robado. Pero no encontraban mano de obra, y fue la única salida legal y rápida: había que cosechar y faltaban brazos.

La llegada de esos hombres le venía bien. Podrían hablarle de sus países, de sus vivencias, y así obtendría información de primera mano para cuando emprendiera el viaje. Al caer el sol, se acercaba a los barracones habilitados para ellos con una focaccia entre las manos y una botella de vino, y conversaban hasta bien entrada la noche.

Fue durante mucho tiempo un contraste doloroso para su padre: contemplaba las ansias de partir de su hijo frente a la añoranza de sus hombres por lo que habían dejado atrás. Uno soñaba con marcharse; los otros no habían tenido más remedio. El padre había prometido no entrometerse, pero aún guardaba la esperanza de que cambiara de opinión. Aunque bien sabía que haría falta un milagro… y de eso, en el campo, siempre andamos escasos.

Foccacia italiana casera con tomatitos y albahaca

Foccacia de la Italia con tomatitos


La focaccia genovesa, conocida en su tierra como fügassa, es un pilar de la gastronomía de Liguria —cuna de Cristóbal Colón y del pesto de albahaca—, con raíces que se hunden en las civilizaciones más antiguas del Mediterráneo. El término proviene del latín panis focacius, en alusión al pan plano cocinado sobre las brasas del focus u hogar. Culturas como la fenicia, la cartaginesa o la griega ya elaboraban masas similares con harinas de centeno, cebada o mijo, sazonadas de forma sencilla con aceite de oliva local y sal marina gruesa.

Durante la Edad Media, este alimento consolidó su arraigo en la República de Génova. Los testimonios escritos ya registran su presencia habitual hacia el año 1300, convertida en el sustento predilecto de marineros, pescadores y estibadores por su bajo coste, su aporte calórico y su excelente conservación durante las largas travesías marítimas. El aroma de la masa recién horneada impregnaba el centro histórico, convirtiéndose en un ritual diario para todas las clases sociales.

La devoción popular por este pan dejó anécdotas curiosas: su consumo se extendió tanto en las iglesias durante bodas y funerales que, en el siglo XVI, el obispo de Génova prohibió comerla en los templos para evitar distracciones en el culto. Entretanto, los obradores de la costa ligur perfeccionaron la técnica con harinas de gran fuerza y el aceite de oliva virgen de la región, logrando esa textura tierna por dentro, crujiente en los bordes y salpicada por los emblemáticos hoyuelos donde se concentra la salmuera.

Hoy en día, la receta tradicional mantiene sus estándares y los panaderos locales la protegen con orgullo. Una de las costumbres más arraigadas en Génova es disfrutarla caliente por la mañana, cortada en tiras alargadas llamadas slerfe y mojada directamente en el café con leche o en el capuchino del desayuno.

¿Qué mejor que unir aventuras, tomate y focaccia, un buen aceite de albahaca, escamas de sal y tomillo? El resultado es justo el que ves: una explosión de sabor en cada bocado que te hará viajar.

Actualizada 2026.


Focaccia italiana


Ingredientes {para 3 panes pequeños}
  • 400 g de harina de fuerza
  • 10 g de sal
  • 8 g de levadura fresca
  • 300 g de agua tibia
  • 75 g aceite de oliva
  • 3 racimos de tomates cherry
  • Aceite de albahaca
  • Tomillo
  • Escamas de sal

Elaboración:
  1. En un recipiente pequeño, mezcla la harina con la sal. 
  2. En un cuenco grande, disuelve la levadura en el agua. 
  3. Vierte la mezcla del primer recipiente en el segundo, añade el aceite de oliva y remueve con una cuchara de madera hasta formar una masa ligeramente pegajosa. 
  4. Traslada la masa a otro cuenco engrasado. 
  5. Cubre y deja reposar durante 30 minutos.
  6. Pasado ese tiempo, y sin sacar la masa del recipiente, realiza pliegues simples, toma porciones del borde y llévalas hacia el centro. 
  7. Tapa y deja reposar otros 30 minutos. 
  8. Repite los pliegues. 
  9. Deja levar 1 hora más, o hasta que la masa doble su volumen.
  10. Divide la masa en tres partes, aplánalas ligeramente con las manos para formar los bollos y deja reposar durante 10 minutos.
  11. Decora con racimos de tomatitos.
  12. Rocía con un poco de aceite de albahaca.
  13. Espolvorea con tomillo y escamas de sal. 
  14. Deja levar 20 minutos más.
  15. Mientras tanto, precalienta el horno a 240 °C. 
  16. Hornea durante unos 35 minutos o hasta que la superficie esté dorada. 
  17. Para comprobar si el pan está cocido, golpea la base con una cuchara, si el sonido es seco, está listo.
Otro pan italiano es la schiacciata de patata, sin tiempo de levados.

Foccacia con tomatitos y albahaca

Preguntas frecuentes

¿Por qué la focaccia tiene hoyuelos?

Los hoyuelos son la marca identitaria de la focaccia genovesa y tienen una función técnica importante. Al presionar la masa con los dedos antes de hornearla se crean pequeñas cavidades donde se acumula la salmuera de aceite de oliva, agua y sal. Durante la cocción ese líquido se evapora lentamente manteniendo la miga húmeda y esponjosa mientras la superficie queda dorada y crujiente.

¿Se puede preparar la focaccia sin horno?

En sartén de hierro fundido bien caliente y tapada puede funcionar, aunque el resultado es diferente — más húmedo y sin el dorado característico de la superficie. Para un resultado auténtico el horno es imprescindible, idealmente con calor por arriba y por abajo a temperatura alta — 240°C — para conseguir la corteza crujiente característica de Liguria.

¿Qué diferencia hay entre la focaccia y el pan?

La diferencia principal está en la hidratación y el aceite. La masa de focaccia lleva mucha más agua que el pan convencional — lo que la hace más pegajosa y difícil de trabajar — y una cantidad generosa de aceite de oliva tanto en la masa como por encima. Eso es lo que le da su textura característica: tierna y casi húmeda por dentro, crujiente y dorada por fuera.


Foccacia de Genova con tomate y albahaca


Relato y fotografías @catypol -Circus day.

Schiacciata de patata

Todo empezó con una apuesta tonta durante una noche disparatada de juego de rol en el piso de Gianni, justo encima de una trattoria que olía perpetuamente a ajo y a decisiones cuestionables.

—El que pierda se presenta mañana en la Piazza della Signoria vestido con minifalda, ¿eh? —dijo Marco, agitando los dados con una sonrisa maliciosa.

—Y con una pistola. Pero de esas que disparan burbujas, nada de dramatismos —añadió Luca, con restos de pizza en la cara y el corazón libre de toda dignidad.

A la mañana siguiente, allí estaban: dos hombres adultos y barbudos —uno con minifalda de lentejuelas moradas y otro con una de tul azul celeste— armados con pistolas de pompas y una mirada derrotada pero desafiante.

—¿Y ahora qué? —preguntó Gianni, disparando una ráfaga de burbujas sobre una pareja de turistas japoneses que los filmaba con admiración contenida.

—Ahora, schiacciata —respondió Luca, señalando con su arma hacia una terraza cercana.

Se sentaron a comer como si nada: piernas peludas al aire y el orgullo intacto. Mientras tanto, las pompas seguían flotando por la plaza como si La dolce vita hubiera colisionado con un cumpleaños infantil en el jardín.

De pronto, una mujer mayor, elegantísima, con gafas oscuras y porte de directora de ópera, se les acercó.

—¿Modelos para un anuncio? —preguntó con acento francés.

—No —respondió Gianni mientras masticaba con descaro—. Jugadores de rol con mal perder.

—Y buen gusto para la comida —añadió Luca, brindando con un vaso de agua y una sonrisa salpicada de jabón.

Al final del día, los turistas los aplaudían, los carabinieri les pedían selfies y la trattoria de abajo los contrató para promocionar sus nuevas Cosplay Nights. Y así fue como dos amigos, una tirada de dados y sendas pistolas de burbujas conquistaron Florencia en minifalda. Porque en la vida, o haces el ridículo… o lo haces con estilo.

Schiacciata italiana pan típico italiano

Schiacciata de patata de la Toscana italiana


La schiacciata italiana es uno de los panes planos más antiguos y representativos de la región de Toscana, íntimamente ligado a la tradición culinaria de la ciudad de Florencia. Su origen se entrelaza de forma directa con las primeras masas fermentadas de la época del Imperio romano, cuando se cocinaba el célebre panis focacius sobre piedras calientes o bajo las cenizas de los fogones. El término actual proviene directamente del verbo italiano schiacciare, que significa literalmente 'aplastar' o 'presionar', en alusión a la técnica artesanal de extender la masa con la yema de los dedos antes de introducirla en el horno.

Durante siglos, este pan evolucionó como una receta humilde vinculada a la vida de los campesinos toscanos. Para aprovechar los restos de masa sobrante de la hornada cotidiana, los agricultores la estiraban bien para que quedara fina e irregular. Las clásicas hendiduras que se forman en su superficie al presionarla servían para retener el aceite de oliva virgen extra, la sal marina y las hierbas aromáticas añadidas encima. A diferencia de la esponjosa focaccia de la vecina Liguria, la versión toscana se consolidó como un pan notablemente más plano, crujiente por fuera y con una miga ligera en su interior.

Con el paso del tiempo, surgieron variantes históricas vinculadas a los ciclos agrícolas de la región. Un claro ejemplo es la schiacciata con l'uva ('schiacciata con uvas'), un pan dulce típico de la vendimia otoñal que se enriquecía con uvas negras locales. Asimismo, la tradición florentina desarrolló la schiacciata alla fiorentina, un bizcocho esponjoso aromatizado y decorado con azúcar glas que se convirtió en el dulce insignia de los carnavales.

En las últimas décadas, el uso de la schiacciata salada tradicional ha experimentado una revolución global. Su estructura firme pero ligera la transformó en el soporte ideal para elaborar el auténtico panino italiano (cuyo plural es panini), rellenándose con embutidos icónicos como la mortadela, el prosciutto toscano y quesos regionales como el pecorino. Hoy en día, lo que comenzó como un alimento básico de subsistencia campesina se considera un baluarte del patrimonio gastronómico de Italia en todo el mundo.

La schiacciata di patate (o schiacciata de patata) representa otra vertiente fascinante de la cocina toscana y del norte de Italia, pero se aleja notablemente de la estructura del pan tradicional para convertirse en una tarta salada fina, dorada y sumamente crujiente que no requiere fermentación ni levadura.

Esta variante comparte el origen humilde y campesino de la gastronomía toscana. Nació en los hogares rurales como una receta de aprovechamiento absoluto: cuando no había tiempo para esperar las largas horas de levado del pan, o cuando escaseaba la levadura, se recurría a las patatas de la huerta, agua y un puñado de harina.

En los últimos años, la schiacciata di patate ha vivido una segunda época dorada, convirtiéndose en un fenómeno viral en redes sociales gracias a su corteza tostada y a su sencillez de preparación.

Dependiendo de la zona y de la tradición familiar, existen dos métodos principales para integrar la patata. En el estilo rústico se corta en rodajas finas, en láminas casi transparentes con ayuda de una mandolina, y se sumerge en agua para retirar el exceso de almidón; luego se mezcla con una pastella (papilla líquida) de harina, agua, aceite de oliva virgen extra y romero, logrando que al hornearse en bandeja amplia el agua se evapore y el queso se funda con la harina creando una costra crujiente. 

La otra opción consiste en rallarla o machacarla: la patata cruda se ralla gruesa o se aplasta ligeramente para integrarse de forma homogénea con la harina, lo que da como resultado una textura más compacta y uniforme, a medio camino entre un rösti suizo y una focaccia ultrafina.

Actualizada 2026.

Schiacciata de patata

Ingredientes:
  • 400 g de patatas sin pelar y limpias
  • 200 g de harina
  • 300 ml de agua
  • 3 cdas. de aceite de oliva virgen extra
  • 1 cdta. de sal
  • Unas hojas de romero
  • Escamas de sal y aceite de oliva virgen extra 
Elaboración:
  1. Precalienta el horno a 200 ºC con ventilador. 
  2. Cubre una bandeja con papel de horno. 

     

  3. Bate en un bol el agua a temperatura ambiente con la sal y tres cucharadas de aceite con un batidor de varillas. 
  4. La sal debe disolverse del todo, y la mezcla, emulsionar ligeramente. 

     

  5. Añade la harina tamizada pasada por un colador poco a poco, y sigue mezclando hasta que quede una pasta cremosa. 

     

  6. Lava bien las patatas y córtalas en láminas finas con una mandolina. 
  7. Añádelas a la masa y mézclalas. 

     

  8. Vierte la mezcla en la bandeja y reparte bien. 
  9. Reparte hojas de romero por encima. 
  10. Hornea entre 45 y 50 minutos o hasta que esté bien dorado. 
  11. Saca del horno, pinta con aceite de oliva y esparce unas escama de sal.
  12. Corta y sirve inmediatamente.

Si te apasiona el pan, también te gustará el llonguet mallorquín, el panecillo tradicional de Palma.


Schiacciata de patata de Italia

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia entre schiacciata y focaccia?

La diferencia principal está en el origen y la textura. La focaccia es ligur — de la región de Génova — y es más esponjosa, alta y con más aceite. La schiacciata es toscana — de Florencia — y es notablemente más plana, crujiente y con menos miga. Esta versión de patata va aún más lejos: prescinde completamente de la levadura y usa la patata como agente que da cuerpo a la masa.

¿Por qué no necesita levadura esta schiacciata?

Porque la patata sustituye la función estructural de la levadura. Las láminas de patata mezcladas con la pastella de harina, agua y aceite crean una masa que al hornearse a temperatura alta produce vapor interior que la hace crujiente sin necesitar fermentación. Es la misma lógica de los panes sin levadura de la tradición campesina — rapidez y aprovechamiento de lo que había en la despensa.

¿Se puede hacer con otras hierbas además del romero?

Sí. El tomillo, la salvia o el orégano fresco funcionan perfectamente. En la tradición toscana el romero es el más habitual por ser la hierba aromática más abundante en la región. También puedes añadir ajo laminado encima antes de hornear para una versión más intensa, incluso queso. La flor de sal y un buen aceite de oliva virgen extra al final son los únicos imprescindibles.


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Llonguet mallorquín

Abrir una pequeña panadería es, en estos tiempos, como diría María, una locura. Irme del pueblo con ese poco dinero ahorrado, que tanto me costó conseguir, para continuar mis andanzas en la capital, no fue fácil, ni aventurero, ni apreciado por parte de la familia. Lo sé: las raíces son importantes, siempre que no te detengan.

Y ahí estaba yo, fregando el suelo de lo que sería para mí una nueva etapa: muchísimo trabajo y apretarme el cinturón, segurísimo. Pero hacer pan se me daba bien. En la capital todos hablaban del llonguet, el panecillo más consumido por la mayoría. Nada de pan de pueblo, tosco y poco sabroso… Bueno, los tiempos cambian, los gustos también, y yo tendría que amoldarme a mi nueva situación.

Vivir encima de la panadería me permitía no perder tiempo entre caminos, idas y venidas. María, al final, había venido a verme. Pensé que estaba alucinando cuando se presentó de repente. Me entraron ganas de llorar, pero sabía que, si lo hacía, era como darle una pequeña victoria, y no quería concedérsela. Así que levanté el mentón, miré a mi alrededor, como enseñándole lo conseguido, y le guiñé el ojo para que viera que podía estar tranquila. Ella. Porque mi interior estaba como un flan.

María me sonrió, se acercó sigilosa hasta mí, como si supiera lo que sucedía dentro de mí, y me abrazó con fuerza. Me confesó que estaba orgullosa y que no importaba si me quedaba toda la vida: eso significaría que todo estaba bien. Pero que, si quería volver, ella nunca me preguntaría, ni dejaría de estar orgullosa, ni me juzgaría.

Después de su partida me sentí feliz. Quizá por su aprobación, quizá por su visita, quizá porque me sentía capaz… o porque sabía que, aunque estuviera lejos, ella luchaba por mí.


Llonguet de Mallorca tradicional

Llonguet mallorquín el panecillo tradicional


El llonguet es un panecillo tradicional de miga elástica, corteza fina y una hendidura longitudinal característica, cuyo origen e historia están estrechamente ligados a la cultura urbana de Cataluña y, muy especialmente, de Palma.

Aunque hoy se considera un emblema de la identidad mallorquina, los historiadores sitúan las raíces del llonguet en Francia. Este tipo de panecillo refinado se introdujo en Cataluña alrededor del año 1700 y llegó a los hornos de Palma hacia 1800. En sus inicios, debido a su compleja elaboración artesanal y al uso de harinas muy blancas, era un producto exclusivo de las clases nobles y de la burguesía urbana, diferenciándose del pan moreno tradicional o pa de pagès que consumían las clases populares y los habitantes del campo.

A lo largo de los siglos XIX y XX, la popularidad del llonguet se consolidó en la capital de las islas Baleares. Mientras en los pueblos de Mallorca se seguía elaborando de forma casera el pan de hogaza tradicional, las panaderías de Palma producían este panecillo a diario. Los habitantes de la part forana, al ver la preferencia de los ciudadanos por este pan que consideraban sofisticado, comenzaron a llamar a los habitantes de la capital «llonguets» con un tono irónico y burlón. Con el paso del tiempo, el mote original se transformó en un motivo de orgullo cultural y hoy en día llonguet es el gentilicio popular e identitario de los palmesanos. El propio archiduque Luis Salvador ya documentó la alta calidad y predilección por este panecillo oblongo en su monumental obra Die Balearen a finales del siglo XIX.

Más allá de su consumo, el llonguet cumplía una función técnica crucial dentro de los antiguos hornos de leña. Al ser una pieza pequeña, los panaderos lo colocaban en las primeras tandas de horneado para generar la humedad y el vapor necesarios que requería el resto de los panes de mayor tamaño. Se lo consideraba de forma interna como un pan auxiliar que ayudaba a que las demás masas se hornearan correctamente dentro del obrador.

A mediados del siglo XX, con la llegada de la industrialización y la aparición de las barras de pan modernas de producción rápida, el llonguet inició un periodo de decadencia. Su exigente proceso de amasado, formado y greñado manual provocó que muchas panaderías comerciales dejaran de fabricarlo, situándolo al borde de la desaparición. Sin embargo, la movilización ciudadana y la resistencia de los hornos tradicionales lograron revertir la situación.

A partir de 2014, colectivos como Orgull Llonguet impulsaron la recuperación de este patrimonio gastronómico. La Consejería de Trabajo, Comercio e Industria del Gobierno balear lo protegió bajo la marca de garantía Pa d'aquí. Actualmente se celebra la Ruta del Llonguet en Palma y el panecillo forma parte indispensable de las fiestas patronales de San Sebastián, consolidado como el soporte perfecto para los bocadillos de la merienda local. También existe la Fira del llonguet, en la que, además de consumir llonguets, multiples actividades dan paso a homenajear este panecillo palmesano. 

Lo maravilloso del llonguet es que se presta a todo: relleno de sobrasada, de queso y tomate, de embutidos o incluso de preparaciones más modernas. Para mí, evoca recuerdos de infancia: era la merienda que mi madre me preparaba para el colegio, sencilla y deliciosa. Hoy cualquiera puede vivir esa experiencia, ya sea probando las propuestas más creativas en los bares de Palma o llevándose unos cuantos llonguets recién horneados para rellenarlos en casa al gusto.

Actualizada 2026.


Panecillo llonguet mallorquín casero


Prefermento 
100 g de harina de fuerza
50 g de agua
1 g de levadura fresca

Masa
500 g de harina de fuerza
285 g de agua
10 g de sal
2 g de levadura fresca
El prefermento

El prefermento (la noche anterior):
Diluye la levadura en el agua y añade la harina, remueve hasta que se forme una masa sin grumos y deja fermentar hasta doblar su tamaño, toda la noche a temperatura ambiente.

Llonguet:
  1. Mezcla el prefermento (cortado en pequeños trozos) con el resto de ingredientes. 
  2. No añadas toda el agua de golpe sino poco a poco. 
  3. Amasa hasta formar una bola lisa. 
  4. Deja fermentar unos 45 minutos tapado a temperatura ambiente. 
  5. Pasado este tiempo desgasifica la masa con un rodillo si no puedes con las manos. 
  6. Una vez desgasificado bien vas a empezar a plegar la masa, cuantos más plegados hagas mejor. 
  7. Forma un rulo y córtalo en trozos iguales, verás que en la masa interior se ve los plegados. 
  8. Usa un trapo enharinado y coloca los trozos en el trapo haciendo pliegues a los lados y tapando todos los trozos de masa para que fermente aproximadamente una hora y media a temperatura ambiente. 
  9. Verás que se hinchan bastante. 
  10. Ahora tienes que hacerle un corte por la mitad bastante profundo. 
  11. Llévalos al horno a 220 ºC unos 20 - 30 minutos. 
  12. Sácalos y deja enfriar.

Paso a paso elaboración llonguet


Preguntas frecuentes

¿Por qué los palmesanos se llaman "llonguets"?

El mote tiene origen irónico. Los habitantes de la part forana — los pueblos del interior de Mallorca — llamaban "llonguets" a los palmesanos con cierta burla, porque estos preferían el refinado panecillo urbano al pan de hogaza tradicional del campo. Con el tiempo el apodo se convirtió en motivo de orgullo y hoy llonguet es el gentilicio popular e identitario de los habitantes de Palma.

¿Qué es un prefermento y para qué sirve en el llonguet?

El prefermento es una masa madre rápida que se prepara la noche anterior con harina, agua y muy poca levadura. Al fermentar lentamente durante toda la noche desarrolla sabores complejos y mejora la estructura del gluten. En el llonguet da la miga elástica y la corteza fina características que no se consiguen con un amasado rápido y levado corto.

¿Cuál es la diferencia entre el llonguet y una barra de pan?

La diferencia principal está en el proceso y la forma. El llonguet es un panecillo individual oblongo con una hendidura longitudinal profunda que se hace manualmente — el greñado es parte de su identidad. La barra industrial se produce de forma mecanizada y rápida. La miga del llonguet es más elástica y la corteza más fina y delicada que la de una barra convencional.


Panecillo llonguet mallorquín tradicional

Fotografía de Palma de Mallorca dentro de una botella
Palma de Mallorca en miniatura dentro de una botella — ciudad del llonguet.


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Pan de calabaza

Cordelia Cabot es una bruja. Vive en una gran casa heredada de su familia, en medio de Meramar, un pequeño pueblo costero. Con ella viven su hermana pequeña, Florencia, y su gato Calcetines: negro como el carbón, con las patas blancas; viejo como los huesos de un muerto, tanto que Cordelia cree que nació cuando construyeron la casa .

El día de Halloween, Florencia cumplirá 16 años, y este año recibirá como regalo familiar los poderes que hasta ahora le habían sido guardados por ser demasiado joven para dominarlos. Y aunque Cordelia le había enseñado lo más básico —para que, al recibirlos, no tuviera que empezar de cero—, Florencia estaba aterrada. Pensaba que, si algo salía mal con los conjuros, terminaría enterrada en cualquier tumba del panteón familiar. Cordelia no sabía de dónde había sacado tal idea y, aunque se lo había desmentido mil veces, el carácter de Florencia se veía venir tozudo.

Así que, para disipar nervios, dudas y demás tonterías que pudieran vagar por la cabeza de su hermana, Cordelia decidió que era un buen día para enseñarle a hacer pan. Pero pan de verdad, sin magia. Eso desconcertó a Florencia: no era precisamente hábil en la cocina, y hacer calabazas con pan le parecía más difícil que conjurar una segunda cabeza a Calcetines. Solo pensarlo hizo que el gato la mirara con desconfianza y saliera corriendo de la casa: quizás esa loca quería usarlo como experimento, y no pensaba quedarse a averiguarlo… no fuera a terminar atado como el pan, ¡y con dos cabezas!


Pan de calabaza con forma de calabaza

Calabacitas de pan de calabaza


La historia del pan de calabaza moderno está profundamente ligada al intercambio cultural entre los pueblos indígenas de América del Norte y los colonos europeos durante los siglos XVI y XVII. Antes de la llegada de los europeos, las comunidades nativas ya dominaban el cultivo de la calabaza, un alimento autóctono del continente americano. Los indígenas utilizaban este fruto de forma integral: no solo secaban sus tiras para tejer esteras, sino que también lo molían y asaban para consumirlo de diversas formas. Al llegar los colonos ingleses y enfrentarse a la escasez de los cereales tradicionales que traían del Viejo Mundo, como el trigo y la cebada, tuvieron que aprender a utilizar los ingredientes locales para sobrevivir.

La verdadera consolidación del pan de calabaza como un «pan rápido» (que no requiere levadura de cerveza ni tiempos prolongados de fermentación) ocurrió a finales del siglo XVIII. Un hito fundamental en la literatura gastronómica fue la publicación de American Cookery en 1796, escrito por Amelia Simmons y considerado el primer libro de cocina puramente estadounidense. En esta obra se incluyeron las primeras recetas impresas que utilizaban la calabaza horneada en masas sazonadas con especias como la canela, la nuez moscada y el jengibre. Estos ingredientes, que originalmente llegaban a través de las rutas comerciales de Asia y Europa, se fusionaron de manera definitiva con la calabaza americana.

Durante el siglo XIX y principios del siglo XX, la receta se perfeccionó drásticamente gracias a la popularización de agentes leudantes químicos como el bicarbonato de sodio y el polvo de hornear. Estos avances permitieron a los hogares elaborar panes esponjosos de forma rápida y sencilla, sin depender de la levadura biológica. Este desarrollo técnico transformó el pan de calabaza en un elemento básico y reconfortante de la cocina casera de otoño, consolidándolo como un icono imprescindible de celebraciones tradicionales como Halloween y el Día de Acción de Gracias.

Si bien no tengo referencias de cuando la calabaza fue integrada en el amasado del pan, si que puedes hacerte una idea de los inicios de la calabaza en la cocina.

Y si haces calabacitas tipo panecillo individual para la cena de Halloween, seguro que a los comensales les gustará, ¿no crees?. Además hoy se celebra el #DíaMundialdelPan ;)

Pan de calabaza


Ingredientes para 2 panes o 4 panecillos
  • 500 g de harina de fuerza
  • 10 g de levadura fresca
  • 100 g de calabaza asada y en puré
  • 5 g de sal
  • 1 cda. de aceite de oliva 
  • 160 g de agua
  • 20 g pipas de calabaza
  • Hilo de cocina
Elaboración
  1. Mezcla el agua con la levadura y deja reposar unos minutos hasta que se active. 
  2. Mientras tanto, mezcla la harina con la sal.
  3. Coloca la harina en el bol de la amasadora, añade la mezcla de levadura, el puré de calabaza y el aceite. Amasa hasta que se forme una masa homogénea. Incorpora las pipas de calabaza y continúa amasando durante 10 minutos, hasta obtener una textura suave y elástica.
  4. Espolvorea ligeramente la mesa de trabajo con harina y forma una bola con la masa. 
  5. Divide en dos partes, o en cuatro si prefieres hacer panecillos individuales.
  6. Corta un metro de hilo de cocina por cada pieza de masa. 
  7. Coloca el hilo en el centro de la bola y cruza en forma de cruz, girando en dirección opuesta para formar ocho secciones. 
  8. No es necesario apretar demasiado: cuando la masa leve, se formarán de manera natural los surcos que darán forma de calabaza.
  9. Coloca las masas en una bandeja de horno con papel vegetal, cúbrelas con un paño limpio y deja levar hasta que doblen su tamaño.
  10. Precalienta el horno a 200 °C. 
  11. Hornea durante 20 minutos si has hecho panecillos, o 30 minutos si son panes más grandes.
  12. Retira del horno, corta con cuidado el hilo y deja enfriar completamente sobre una rejilla.

Pasos para que quede un pan en forma de calabaza


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Sandwich de colores

—¡Subo una Guinea y dos Coronas! —chilló John, ajustándose el paño del cuello.

La señora, emperifollada de la cabeza a los pies, entornó los ojos. —Te veo la apuesta, conde, y subo una Guinea y tres Coronas.

El caballero irlandés pasó la ronda y tiró las cartas asqueado, pensaba que sería fácil desplumar a los contrincantes pero ya no lo veía tan claro.

El americano y su eterna sonrisa, que no dejaba ni cuando perdía, los tenía desconcertados, y no, no pasó.


El americano mostró un Full. La señora mostró Escalera, y antes de que nadie dijera nada John mostró cuatro ases.

—¡Imposible! —chilló el americano—. ¡Yo tenía un as! —¡Y yo otro! —exclamó la Señora.

La risa del Conde se escuchaba desde todas las estancias de la casa.



Los untables forman parte de la vida, cuando era pequeña eran de cacao y avellanas, cuando veía series americanas por la televisión eran de cacahuete, recuerdo la primera vez que una profesora de inglés americana trajo el famoso dip que se come con verduras, o eso salía en las pelis porque ella trajo chips para acompañarlo. Recuerdo la primera vez que comí hummus, y ahora, no sé si por la facilidad que tenemos en la red de conocer más recetas existen mil y una versión de untables con verduras.

Cuando la asociación española de fabricantes de vegetales congelados se puso en contacto conmigo para colaborar en la II edición de (MiVerduraCongelada) haciéndome hincapié en la importancia de hacer recetas elaboradas para niños me encantó.

¡La II edición de mi verdura congelada ya está en marcha!. Para la Asociación Española de Fabricantes de Vegetales Congelados (ASEVEC), el objetivo es concienciar a la población de la importancia de introducir verduras en la dieta diaria, y este año, con especial atención a los más pequeños. 

Creemos que es fundamental sensibilizar a las familias sobre la importancia de enseñar, desde la infancia, a adquirir hábitos saludables. Así, entre todos, aportamos nuestro granito de arena para reducir los alarmantes índices de sobrepeso y obesidad infantil existentes hoy en día.

Estos sandwiches de colores harán que los pequeños y no tan pequeños se olviden de otras cremas de untar y quieran esta maravilla, sabe deliciosamente bien. Un consejo, no te pases con el Tahini o sólo sabrá a eso, pon un poco y deja que se mezclen los sabores con la verdura.


· SANDWICHES DE COLORES ·


Ingredientes crema verde
  • 50 gramos guisantes congelados
  • 50 gramos espinacas congeladas
  • 20 gramos queso Mascarpone
  • 1 cucharadita de Tahini

Ingredientes crema naranja
  • 100 gramos de zanahorias baby congeladas
  • 20 gramos queso Mascarpone
  • 1 cucharadita de Tahini

Sal y pimienta
Nueces picadas
Pan de molde

Elaboración
  1. Haz al vapor las verduras hasta que estén cocinadas. 
  2. En un vaso de túrmix mezcla los guisantes, las espinacas (bien escurridas de agua), el queso, el tahini y salpimienta un poco. 
  3. Pica hasta que que una pasta. 
  4. Haz lo mismo con la zanahoria.
  5. Unta una rebanada de pan de molde con la crema verde, sobre ella le coloca otra rebanada de pan de molde y unta la crema naranja. 
  6. Tapa con otra rebanada de pan de molde. 
  7. En un lado unta un poco de queso Mascarpone y reboza con las nueces picadas.



¿Por qué verduras congeladas y cuáles son sus ventajas?
- Llegan a la mesa prácticamente en las mismas condiciones y con la misma calidad con las que son recogidas en la huerta.
- El proceso de ultracongelación minimiza las posibilidades de contaminación de los alimentos; evitando comprometer la salud de las personas.
- Se pueden consumir todo el año.


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Purple potato bread

Cuatro invitados llegaron puntuales al desayuno, cada uno más desconcertado que el anterior, porque el anfitrión llevaba un sombrero loco con plumas, luces LED y una mini hélice giratoria. Sobre la mesa, un pan de color extraño, púrpura. Nadie sabía si era arte culinario o un experimento. Cuando probaron un bocado, quedaron maravillados. 

¿Qué tipo de pan es? —preguntó uno, mientras el sombrero giraba aún más rápido.

El anfitrión solo dijo:

de patata… púrpura.

¿Y eso existe? —preguntaron mientras se llenaban los carrillos.

a las pruebas me remito.

Se hizo el silencio, el color y el sabor era lo que más alucinaba a los invitados. El anfitrión ya nada le decía, era un más en la mesa cada día.




El goteo del grifo no te deja dormir, dicen que si dejas que tu mente se concentre en ese persistente ruido no puedes escapar de él, das vueltas y vueltas y al final o terminas enfadado o te rindes a su sonido. Mientras para despistar a los oídos haces volar la imaginación, esa en la que todo lo que ocurre en ella es mejor que la realidad pues implica la emoción, tener ilusión y ganas de verlo desde otra perspectiva.

Es evidente que si ahora tuviéramos que comer los alimentos que en su momento los barcos llevaban en sus bodegas, sin refrigeración ni protección, con el "peligro" de que si la travesía era muy larga podían "convivir" con seres pequeñitos que se pasean a sus anchas y se alimentan gustosamente de la comida que se deteriora, creo que no lo haríamos. No quiero ni pensar cómo hicieron para la travesía de la que tanto se ha hablado en esta parte del océano durante siglos, sí, el descubrimiento de América. Y tampoco quiero pensar en que estado llegaron los productos que en esta parte del océano desconocíamos, entre ellos la patata. Quizás fuera eso que hizo que en un principio no se usara para la cocina, y dicen las malas lenguas que otra vez fueron los italianos los primeros osados que la consumieron.

A veces nos hace falta sentir un ruido molesto dentro de nosotros para hacer volar la imaginación y verlo todo desde otra perspectiva, y en Circus day otras veces ya hemos visto el color violeta en su espectáculo también esta vez recurre a él. Pero presentando la patata con un color poco habitual en nuestras cocinas; la patata violeta.

 · PURPLE POTATO BREAD ·

Ingredientes:
  • 250 gramos de puré de patata violeta
  • 400 gramos de harina de fuerza
  • 50 gramos de azúcar
  • 1 huevo 
  • 1 cucharadita de sal
  • 15 gramos de levadura fresca prensada
  • 160 mililitros de leche
  • 60 gramos de aceite
  • Semillas de sésamo

Elaboración
  1. Mezcla todos los ingredientes en el cuenco de una amasadora, y amasa durante 10 minutos. 
  2. Deja levar, tapado con un trapo, en el mismo cuenco hasta que la masa doble su tamaño. 
  3. Unta un molde rectangular (Pirex de 30x22) con un poco de aceite. 
  4. Saca la masa del cuenco y golpéala un poco para desgasificarla. 
  5. Divide la masa en 12 bolas del mismo tamaño, más o menos y colócalas en el molde, una junto a la otra. Espolvorea por encima unas semillas de sésamo y deja levar, tapado con un trapo, hasta que doblen su tamaño.
  6. Precalienta el horno a 180º C. 
  7. Hornea durante 30 minutos. 
  8. Retira el pan del horno y deja enfriar sobre una rejilla, pero si te gusta el pan caliente (que no queme) ya puedes empezar a consumirlo.

Notas: En este caso NO es patata violeta dulce. A mi me sabe a patata, no encontré ningún cambio en cuanto al sabor, y el resultado final del pan sabe a pan de patata, y aunque lleve unos gramos de azúcar no es dulce, por lo que puede acompañar perfectamente a un plato salado, o tomarlo como bocado con un té.


Pizza Balls

Wilha estaba en la parada del bus, esperando una solución milagrosa a su problema. “Es un pequeño problema”, había dicho Jona cuando se lo explicó. “No lo subas de categoría, no lo merece”, había remarcado. Ella no lo veía así, pero por una vez hizo caso. Se permitió relajarse un poquito y dejar de sentir el estómago revuelto, limitando las vueltas solo a la cabeza. Tenía que parar a comer con su padre antes de ir a la biblioteca, y no quería que notara nada. Si lo hacía, la acribillaría a preguntas que ahora no podría responder.

Sentada en el bus, no pudo evitar fijarse en el chico rubio que tenía delante. Su cabello, un poco largo, le tapaba la nuca. Llevaba unos cascos encima de la cabeza —no auriculares, como casi todos—; él era de esos atrevidos, y eso la hizo sonreír. ¿De verdad estaba sonriendo?, pensó. Si él la había hecho sonreír y se daba la vuelta a mirarla, le daría una oportunidad. Y esa ocurrencia la hizo sonreír aún más.

Así bajó del autobús, sonriendo. Así la encontró su padre. Y la sonrisa se contagió: fue como un reflejo. Su padre sonrió, el chico rubio —que también se bajó en la misma parada— sonrió, y hasta la gente que hacía cola para subir al autobús del que ella acababa de bajar... también sonreía. Y de esta manera, el problema se esfumó. Se perdió en su mente, y el poder de la sonrisa pudo más. Al final, Jona tenía razón. Aquella nube oscura desapareció con la resplandeciente y poderosa sonrisa, que se amplió aún más cuando su padre la invitó a comer pizza… y el chico rubio le guiñó un ojo. Ese día prometía, aunque no hubiera empezado bien.





Cocinar me relaja y me gusta, y me hace sonreír, pero lo que más me gusta es preparar las recetas para Circus day, como bien dice el nombre es parecido a la sensación de un día de circo si el resultado sale bien, porque a veces no sale pero me da la pauta para probar otras cosas. Hoy en día creo que no hay nada nuevo, sabores, formas y técnicas forman parte de muchos recetarios y yo, la verdad, no pretendo tampoco ni saberlo todo, ni aprenderlo todo, pero dar un "meneo" a la receta tradicional siempre me ha gustado, sin buscar nada más. 

Cuando hablamos de pizza yo imagino una pizza casera, fina, con un poco de queso y tomate y algún ingrediente vegetal, poco más pues no me gusta muy cargada de ingredientes. Pero la verdad es que no somos muy "pizzeros" en casa, no tenemos día de la pizza semanal, ni tan siquiera ocasional así que cuando la comemos ha transcurrido tanto tiempo entre y entre que lo hacemos con ganas.

Pero esta vez yo quería algo diferente, quería todo el sabor de una pizza Margarita o napolitana pero con forma diferente, divertida y para todas las edades, que si digo para niños me vas a decir que para mayores también, y tendrás razón, para mayores también, lo hice con masa de pizza comprada, sin problema y así de fácil, aunque sé que la masa de Jamie Oliver es fácil de hacer y también puede servir si te animas hacerla tú.

· PIZZA BALLS ·

La masa
  • Masa de pizza, casera o comprada
El relleno
  • Mozzarella de búfala
  • Sazonador especias para spaghetti (orégano, albahaca, cebolla, ajo, sal, tomate y pimienta negra)
  • Salsa de tomate 
  • Máquina de cake pops
Elaboración
  1. Utiliza pequeñas porciones de masa muy fina —ayúdate con un rodillo para estirarla bien—. 
  2. Coloca en el centro de cada porción 1/2 cucharadita de sazonador de especias para espagueti y un trocito de mozzarella. 
  3. Cierra con cuidado, asegurándote de sellar bien los bordes, y da forma de bola pequeña, ligeramente menor que la cavidad de la máquina, ya que la masa crecerá un poco durante la cocción.
  4. Coloca las bolas en las cavidades de la máquina previamente engrasadas con una gota de aceite, para evitar que se peguen. 
  5. Cocina durante unos 10 minutos, comprobando que estén bien hechas por dentro.
  6. Sirve acompañadas de salsa de tomate para mojar.
Nota: también puedes hacer las bolita sin máquina, solo tienes que hornearlas a 200 ºC hasta que se doren.




¿Has visto las servilletas Circus de la foto?, ¡me encantan! es un regalo de La cocina de Vero, gracias guapa, estaba esperando la receta apropiada para estrenarlas y creo que esta lo es ya que no sólo es famosa la pizza en Italia, sé que en EE.UU también tiene mucha historia y estás pizza balls serían ideales para ver un partido de la Super Bowl, ¿no crees?

AQUÍ EL VÍDEO CÓMO SE HACE:



Relato, receta, fotografía y vídeo @catypol - Circus day.

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