El señor Alejandro tenía un ritual sagrado para despojarse del mundo exterior. Nada más cruzar el umbral, se descalzaba y se ponía sus zapatillas en forma de perrito; una pequeña rebeldía contra el casero, que le prohibía tener animales en el edificio. Luego venía la transformación: se desabrochaba los primeros botones de la camisa, se servía una copa de un vino tinto y se ataba a la cintura el delantal negro que una exnovia —de la que guardaba recuerdos demasiado intensos— le había regalado.
A Alejandro le fascinaba cocinar. Su piso era diminuto, tanto que en la cocina apenas se podía bailar un chotis bien apretado, pero él cocinaba a lo grande. Y esa noche, el aroma a bacalao y ajo comenzó a filtrarse por las rendijas de la ventilación, como un hechizo que recorría el pasillo del edificio.
Al otro lado de la pared, el sutil tintineo de los cuchillos de Alejandro activaba siempre el mismo resorte.
Doña Puri, su vecina, agudizó el oído. Una sonrisa enigmática dibujó sus labios. Dejó caer la bata de seda y se plantó frente al espejo del tocador. No era una mujer que improvisara. Se perfiló los labios con un rojo criminal, se soltó el pelo con estudiada lentitud y se aplicó unas gotas de un perfume que olía a prohibido justo donde nace el cuello.
Puri no sabía freír ni un huevo, pero sabía de la vida. Y, sobre todo, sabía leer a Alejandro a través de los tabiques.
Minutos después, cruzó el pasillo. El eco de sus tacones rompió el silencio del edificio. Llamó a la puerta con tres golpes rítmicos, lentos, casi una provocación.
Cuando Alejandro abrió, se quedó sin aliento. Ella estaba apoyada en el marco de la puerta, mirándolo fijamente a los ojos, con una intensidad que hacía olvidar cualquier conversación casual.
—Ay, Alejandro... —susurró Puri, con una voz arrastrada que erizó la piel del cocinero—. Se me ha quedado la cocina completamente vacía. ¿Tendrás por ahí un poco de sal... o prefieres invitarme a esa cena que huele tan peligrosamente bien?
Alejandro sonrió, un tanto nervioso, dejando la puerta abierta de par en par.
—Para ti, Puri, siempre tengo sitio. Aunque la cocina sea pequeña.
—Mejor —respondió ella dando un paso hacia el interior, reduciendo la distancia entre los dos hasta que el aroma de su perfume eclipsó el de la cena—. En los espacios pequeños es donde ocurren las mejores cosas.
Mientras Alejandro se daba la vuelta para servir una segunda copa, Puri lanzó una mirada cómplice a la ventana de la cocina. Sabía perfectamente que Alejandro ocultaba algo en sus largas noches de cocina a solas, y él sabía que Puri no venía precisamente a por sal. La tensión entre los dos se podía cortar con uno de los afilados cuchillos de Alejandro, pero ninguno de los dos tenía prisa por resolver el misterio... mientras la cena siguiera al fuego.


[RETO COOKING THE CHEF]
«En los ochenta yo tenía una estrella y me la quitaron cuando tuve éxito en la televisión», dice Karlos Arguiñano. Los platos que le hacen feliz —mejor dicho, platos— son la ensaladilla rusa, las croquetas, los chipirones en su tinta o frescos salteados; ya ha dicho en muchas ocasiones que a él lo que le gusta es comer. Amigo de sus amigos y, por encima de todo, de su familia, también de sus trabajadores, que, como él dice, ya forman parte de ella. Dijo de él Ferran Adrià: «Nunca vamos a poder agradecerle el apoyo que ha dado a la cocina; fue el primero que se dio cuenta de que la cocina de vanguardia era importante para este país».
De todos los cocineros españoles, creo que es el único que no necesita presentación: el único que ha entrado en casa de la mayoría a la hora de comer, el que nos cuenta chistes que nos hacen reír (por no llorar) y el que ha soltado alguna «lindeza» a los políticos y a la iglesia españoles. Sus recetas son ricas, ricas y con fundamento. Este mes cocinamos las recetas de un chef muy mediático y querido en el mundo de la cocina: Karlos Arguiñano. Con esta receta participo en el reto
Cooking The Chef.
Arguiñano tiene tantas recetas, tantas, que da miedo contarlas, así que elegir una tiene que ser por cercanía o corazón. En mi caso por familia: mi padre, manchego conquense de nacimiento, vino muy jovencito a Mallorca. De él no tengo recetas manchegas, así que, cuando veo alguna que me gusta, me la traigo a
Circus day.
Ajoarriero o «atascaburras»
Cuentan que sus creadores fueron dos pastores que se quedaron aislados tras una nevada y que, sin otra posibilidad que añadir a un cocido nada más que unas patatas y unas espinas de bacalao, al ver que no era consistente, vertieron el aceite de oliva y lo machacaron fuertemente para evitar las durezas de las espinas. Tras comerlo, dijeron a la comunidad que es una comida que «harta hasta a las burras», y se dice que de ahí le viene el nombre. Se conocen referencias escritas del plato desde el siglo XVII. Cuando un burro se queda atascado en el barro manchego (muy arcilloso), al meter y sacar las patas se produce un sonido muy parecido al que se genera al mezclar en el mortero las patatas, el ajo y el bacalao. De ahí el nombre.
· AJOARRIERO MANCHEGO ·
Ingredientes para 4 comensales-
1 kg de patatas
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400 g bacalao desalado
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2 huevos
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12 nueces
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2 dientes de ajo
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Aceite de oliva virgen extra
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Sal
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Perejil
Elaboración
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Lava las patatas y cuécelas en una cazuela con agua durante 30 minutos. Sazona.
- Coloca los huevos en otro cazo con agua con sal y deja cocer durante 10 minutos.
- Pon agua a calentar en otra cazuela, añade el bacalao y cuece durante 5 minutos. Reserva el agua del bacalao.
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Pela y pica los ajos. Pela las patatas y trocéalas. Pela los huevos y córtalos en cuartos. Casca las nueces y reserva.
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Maja los ajos en un mortero. Colócalos en un bol. Añade las patatas y sigue majando.
- Incorpora el bacalao desmigado y mezcla bien. Vierte un poco de aceite sin dejar de remover. Si queda muy espeso, echa un poco del caldo de cocer el bacalao (tiene que quedar como un puré).
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Sirve la mezcla en 4 cazuelas de barro. Adorna con las medias nueces y los trozos de huevo. Coloca una hoja de perejil.
Relato y fotografías @catypol - Circus day.