—¿Sor Inés, segura que esto es el retiro?
—Lo pone aquí: “Sala de fiestas Celestial”. ¿Será una metáfora?
Entraron. Luces de neón, música a todo volumen y un camarero que les preguntaba si querían un bikini. Ellas, un poco nerviosas, retrocedieron dos pasos… hasta que vieron que a lo que llamaba bikini era un sándwich.
—Ah… era eso —dijo Sor Margarita, sonrojada.
—Menos mal. No sabía qué pensar —murmuró Sor Inés.
Intentaron salir discretamente, pero la app insistía: “Ha llegado a su destino”. Dieron vueltas por el barrio durante una hora, pasando tres veces por el mismo limpiabotas, que ya empezaba a mirarlas ceñudo.
—Madre mía, esto no puede ser lo que el Señor tenía en mente —suspiró Sor Margarita.
—Bueno, el Señor obra por caminos misteriosos… y a veces usa Google Maps —respondió Sor Inés, resignada.
Al final, decidieron volver al convento, doce horas después, con los hábitos arrugados y un poquito enfadadas. La madre superiora les preguntó cómo había ido el viaje.
—Largo. Muy largo —dijeron al unísono.
Desde entonces, recordando aquel día, las dos monjas rezan una nueva oración para los viajes:
“Líbranos, Señor, de los errores de GPS, de los congresos engañosos y de los sándwiches con nombres confusos. Amén.”
La propuesta no tardó en convertirse en el gran reclamo del recinto, punto de encuentro habitual de la juventud barcelonesa. El furor fue tal que los clientes empezaron a frecuentar otros bares y cafeterías de la Ciudad Condal pidiendo «el bocadillo que hacen en el Bikini». Con el tiempo, el uso popular acortó la expresión hasta asentar la palabra bikini como un sustantivo común de pleno derecho en el léxico gastronómico catalán, emancipándose por completo del local de ocio.
Curiosamente, el nombre de la sala de fiestas sí remitía de forma directa al revolucionario traje de baño de dos piezas presentado en París en 1946. Su creador, Louis Réard, lo había bautizado así al calor de las pruebas nucleares estadounidenses en el atolón Bikini, augurando que la prenda causaría un impacto igual de explosivo. De este modo, unas detonaciones en el océano Pacífico terminaron dando nombre, por una insólita carambola hostelera y lingüística, al sándwich más emblemático de la cultura catalana.
El término «jamón de York» tiene su raíz histórica en la ciudad de York, en el condado de North Yorkshire (Inglaterra). A mediados del siglo XIX, un carnicero de la localidad llamado Robert Burrow Atkinson popularizó un método artesanal para curar los perniles de cerdo en los fríos sótanos de su establecimiento de Blossom Street. La técnica tradicional consistía en un curado en seco con sal marina —a menudo madurado durante meses— y un posterior ahumado suave, para el que se empleaba tradicionalmente serrín de madera de roble.
Aquel producto obtuvo un prestigio extraordinario por su tonalidad rosada y un perfil más delicado y menos salino que el de otros jamones curados europeos. Los viajeros y comerciantes que visitaban la ciudad extendieron su fama fuera de las islas británicas, demandando en tabernas y tiendas un bocado elaborado «al estilo de York». Con el auge comercial, la expresión se simplificó hasta fijar el topónimo inglés como denominación genérica para este tipo de carne.
El auténtico York ham británico no era un fiambre cocido al vapor como el que conocemos hoy, sino una pieza curada en seco que se hervía entera justo antes de consumirse. Al extenderse la fórmula por la Europa continental, la industria transformó el proceso para abaratar costes y acortar plazos: la carne fresca empezó a inyectarse con salmuera y a cocerse en moldes metálicos. Aunque el resultado derivó en lo que la normativa actual cataloga estrictamente como jamón cocido, la etiqueta «de York» perduró en la memoria colectiva y en el reclamo comercial hasta nuestros días.
La historia del queso en lonchas está íntimamente ligada a la invención del queso fundido o procesado en Estados Unidos a principios del siglo XX, fruto de la necesidad de frenar el desperdicio y prolongar la vida útil de los lácteos. Por entonces, el queso se comercializaba en grandes ruedas que los tenderos cortaban a mano, lo que provocaba mermas constantes, cortes irregulares y un rápido deterioro con los rigores del calor. James L. Kraft, un emprendedor de origen canadiense que comenzó repartiendo quesos en un carro de caballos por Chicago, se propuso dar con una solución duradera.
En 1916, Kraft patentó un método pionero para pasteurizar y emulsionar recortes de queso cheddar triturados junto con sales fundentes (como el fosfato sódico), lo que detenía la actividad bacteriana y estabilizaba las grasas. El resultado fue una masa homogénea y elástica que no requería frío inmediato y podía enlatarse para su conservación, convirtiéndose en una ración logística clave para el ejército estadounidense durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, aquel queso fundido seguía despachándose en bloques compactos, todavía engorrosos de porcionar en el día a día.
El salto al formato laminado fue obra de su hermano Norman Kraft, quien comenzó a investigar en los laboratorios de la compañía a mediados de la década de 1930. Tras innumerables ensayos fallidos intentando cortar bloques sólidos con cuchillas sin que las láminas se pegaran, Norman invirtió la lógica del proceso: en vez de rebanar, vertió el queso fundido directamente sobre rodillos de acero inoxidable refrigerados. El choque térmico cuajaba la emulsión al instante en una lámina continua y maleable, lista para ser troquelada en cuadrados uniformes.
El producto aterrizó en los lineales en 1950 bajo el nombre comercial de Kraft DeLuxe, transformando para siempre la elaboración casera de sándwiches y hamburguesas gracias a su fundido limpio y regular. En 1965, la empresa completó la revolución al diseñar la maquinaria que permitía enfundar cada lámina en un envoltorio plástico individual e higiénico. Nacían así los célebres Kraft Singles, consolidando el queso en lonchas como uno de los formatos más extendidos y reconocibles de la industria alimentaria moderna.
Actualizada 2026.
Bikini
- Jamón cocido (de York)
- Queso en lonchas
- Mantequilla
- Pan de molde
- Reparte abundante mantequilla por la parte que va en el exterior del sándwich.
- Echa bien de jamón y una loncha de queso.
- Mete en la plancha o sandwichera durante unos minutos, cubierto con papel de hornear.
El queso de Mahón o el Emmental funden perfectamente. El bikini original de la Sala Bikini usaba queso suizo.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es la diferencia entre un bikini y un sándwich mixto?
Son el mismo bocado con dos nombres según la geografía. En Cataluña se llama bikini — en honor a la Sala Bikini de Barcelona donde se popularizó en los años 50. En el resto de España se conoce como sándwich mixto o sandwich de jamón y queso. La receta es idéntica: pan de molde, jamón cocido, queso y mantequilla tostado a la plancha o sandwichera.
¿Es mejor hacerlo en sandwichera o a la plancha?
Depende del resultado que busques. La sandwichera sella los bordes y crea los surcos característicos, con el interior más compacto y el exterior más crujiente. La plancha da un resultado más libre, con los bordes sin sellar y una textura más cercana al croque-monsieur francés — más mantecoso y uniforme. El papel de hornear encima en ambos casos evita que el queso fundido se pegue.
¿Por qué se pone mantequilla por fuera y no por dentro?
Porque la mantequilla en el exterior es la que crea la corteza dorada y crujiente característica del bikini. Por dentro el calor del queso fundido y el jamón aportan suficiente jugosidad. Si pones mantequilla también por dentro, el pan se humedece demasiado y pierde la textura crujiente. La mantequilla siempre va en la cara exterior — la que toca la plancha.




































