El monje la miró con cautela:
—¿Así cómo?
—Poco hospitalarios.
Fray Miquel respiró hondo:
—No creo que esa sea la palabra.
—¿No? Llegamos a la isla buscando descanso, sol y tranquilidad. Y hemos encontrado lluvia, viento, frío, barro y gente que nos mira como si hubiéramos venido a robarles un cerdo o la piara entera.
—Este invierno está siendo especialmente malo.
—Eso dicen todos. Es una respuesta muy cómoda. Cuando llueve, es el invierno. Cuando hace frío, es el invierno. Cuando no quieren atenderte, también debe de ser el invierno.
El monje intentó contener una sonrisa:
—Quizá los mallorquines sean simplemente reservados.
—Reservados… —repitió Sand—. En Francia, cuando alguien llega enfermo y con frío, le ofrecen una sopa.
—Aquí también y, algún generoso, hasta una coca de patata.
—¿Dónde?
—En algún sitio.
—¡Exactamente!
Desde la celda llegó la tos de Chopin.
George Sand señaló hacia allí:
—¿Lo oye? Mi pobre Frédéric lleva días tosiendo, y este lugar tiene tanta humedad que hasta el piano parece tener reuma.
Fray Miquel miró hacia la ventana, donde la lluvia golpeaba los cristales:
—La humedad no es culpa de los monjes.
—Tampoco he dicho que lo fuera.
—Lo ha pensado.
—Eso sí.
El monje sonrió:
—Quizá Mallorca no sea como usted esperaba.
—No. Y eso es decirlo con mucha educación.
—¿Y qué esperaba?
George Sand se quedó pensando:
—Una isla cálida. Gente amable. Un poco de hospitalidad.
Fray Miquel bajó la cabeza para esconder la risa:
—Señora Sand, quizá dentro de unos días cambiará el tiempo.
—Eso espero. Porque si tarda mucho, voy a escribir un libro.
El monje levantó la mirada:
—¿Sobre Mallorca?
—Naturalmente.
—¿Y será favorable?
George Sand lo miró fijamente:
—Fray Miquel, después de este invierno, ¿usted qué haría?
El monje se quedó pensativo:
—Yo no escribiría sobre el tiempo.
—¿Por qué?
—Porque el tiempo puede cambiar.
George Sand sonrió por primera vez:
—Tiene usted razón. Entonces escribiré sobre los mallorquines.
El monje suspiró:
—Eso sí que no cambiará con el sol.
Tras la llegada de la patata a la isla a finales del siglo XVII, este tubérculo se destinaba casi exclusivamente a guisos campesinos. Sin embargo, el gran hito transformador tuvo lugar en 1799, cuando el repostero Jaume Martí presentó ante la Real Sociedad de Amigos del País de Mallorca* un novedoso pan dulce con patata, horneado bajo las pautas de un ciudadano francés refugiado que huía de la Revolución francesa.
Esta idea fue rápidamente adoptada por los agricultores de la zona, quienes descubrieron que incorporar patata hervida a las masas permitía ahorrar harina costosa y conseguir un bollo excepcionalmente tierno, esponjoso y jugoso. El municipio montañoso de Valldemossa se erigió en el epicentro de esta tradición, transmitiendo y perfeccionando la receta artesanal de generación en generación.
A partir de 1920, con la apertura de la emblemática pastelería Can Molinas en Valldemossa, el producto dio el salto a la comercialización a gran escala, consolidando su cuidada elaboración de fermentación lenta de hasta 24 horas. Hoy en día, la coca de patata es un símbolo gastronómico de Mallorca, servida tradicionalmente espolvoreada con azúcar glas y acompañada de chocolate caliente en invierno o de granizado de almendra durante el verano.
Formada por nobles, intelectuales, clérigos y comerciantes de la isla, la sociedad funcionó como un motor de innovación práctica. Entre sus principales logros destacan el fomento de nuevos cultivos, como la patata o la alfalfa; la mejora de los métodos ganaderos e industriales; el impulso de la enseñanza técnica, y la creación de proyectos de reforestación.
Aunque cesó su actividad a lo largo del siglo XIX a medida que el Estado y otras instituciones públicas asumieron sus competencias, dejó un valioso legado histórico y documental que hoy se conserva en el Arxiu del Regne de Mallorca.
Cocas de patata mallorquinas
Ingredientes
- 75 g de patata cocida y machacada
- 70 g de manteca de cerdo a temperatura ambiente
- 75 g de azúcar blanco
- 2 huevos grandes
- 20 g de levadura fresca
- 40 ml de agua
- 375 g de harina de fuerza
- Azúcar glas para espolvorear las cocas por encima
Elaboración
- Poner en un bol la patata cocida, manteca, azúcar, huevos, levadura, agua y harina.
- Amasar hasta obtener una masa lisa y elástica.
- Hacer una bola con la masa y dejar en un bol ligeramente engrasado tapado para que doble su volumen.
- Una vez doblado el volumen, desgasificar y formar las bolas de unos 75 g más o menos.
- Bolear cada una que quede redonda y poner sobre la bandeja del horno.
- Cubrir y dejar levar hasta que doblen el tamaño.
- Precalentar el horno a 170º C calor arriba y abajo.
- Cuando estén levadas hornearlos durante 20 minutos.
- Sacar y dejar enfriar sobre una rejilla.
- Al enfriar espolvorear con azúcar glas.
Si te apasiona la repostería mallorquina tradicional, también te encantará la coca de cuarto mallorquina y el menjar blanc medieval.
Preguntas frecuentes
¿Dónde comprar cocas de patata auténticas en Mallorca?
Las cocas de patata se encuentran en hornos tradicionales y pastelerías de toda la isla — es un producto presente en cualquier forn de pa mallorquín. Valldemossa tiene fama histórica por ellas desde el siglo XIX, pero en realidad forman parte del día a día de la repostería mallorquina de norte a sur de la isla. Fuera de Mallorca son difíciles de encontrar, lo que hace que esta receta casera sea la única manera de disfrutarlas.
¿Se puede sustituir la manteca de cerdo por mantequilla?
Sí, se puede sustituir por mantequilla e incluso existen versiones veganas con aceite. Sin embargo, la manteca de cerdo — el saïm — es el ingrediente que aporta el sabor auténtico de la coca de patata tradicional. No tiene el estatus glamuroso de la mantequilla, pero marca la diferencia entre una coca buena y la coca de patata mallorquina de verdad.
¿Cuánto tiempo se conservan las cocas de patata?
En un recipiente hermético a temperatura ambiente aguantan perfectamente 2-3 días sin perder su esponjosidad. También se pueden congelar una vez horneadas y frías — se descongelan a temperatura ambiente en unas horas y quedan como recién hechas.

































