Este 2020 no está resultando el buen año que pensaba que sería cuando despedí el 2019. Este año nos ha sacudido fuerte y para muchos ha sido una bendición poder recuperar valores perdidos; para otros, en cambio, ha sido una mala experiencia estar recluidos en casa.
Muchos hemos experimentado haciendo
pan —yo experimenté con las
ensaïmades—; la levadura fue un producto tan vendido en los supermercados que llegó a agotarse en algunos de ellos. Incomprensiblemente, el papel higiénico también (todavía no le encuentro el significado a aquello).
Algo que preparé también, llegado el verano, fue
helado; estaba en mi lista. ¿Y en la tuya?
La creación de este concepto se atribuye al joven empresario de origen murciano Evaristo Burgueño Martín, quien en 1973, con solo veintitrés años, fundó la empresa Burmar en Badajoz. Allí lanzó al mercado el mítico Burmar Flax, un producto pionero que consistía en un envase plástico alargado y rectangular relleno de agua aromatizada con azúcar y colorantes. Paralelamente, otra empresa pionera de infusiones dirigida por José Nortes puso a la venta la Flaggolosina, un producto de características muy similares que también compitió por el liderazgo en los quioscos de la época.
Aunque la marca extremeña se escribía con «x» (
Flax) y la competencia usaba «Flag», el término popular terminó mutando de forma unánime a
flash. Esto se debió a un fenómeno de confusión popular: los primeros envases comercializados en muchas regiones tenían un color naranja muy llamativo y venían decorados con la imagen del superhéroe Flash, de DC Comics. Los niños empezaron a pedir de forma masiva el «polo de Flash» en los quioscos tradicionales, consolidando ese nombre para siempre, independientemente de la marca real que lo fabricase. Dependiendo de la zona geográfica de España, el producto también adoptó variantes locales como
poloflán,
poloflash o flan.
El producto se convirtió en un fenómeno de masas porque costaba apenas unas pesetas, lo que permitía a los niños comprarlo con su propia paga como sustituto económico de los helados de bola o de marca. El ritual consistía en comprar el líquido a temperatura ambiente en el quiosco de confianza o adquirir paquetes grandes en el supermercado para congelarlos directamente en el hogar. Una vez sólido, bastaba con cortar el extremo superior de plástico con unas tijeras o con los dientes y presionar desde abajo hacia arriba para disfrutar de sabores clásicos como fresa, limón, naranja, cola, lima y el cotizado color azul misterioso con sabor a frambuesa.
A día de hoy, multinacionales de las golosinas mantienen vivo el formato bajo distintas denominaciones comerciales, permaneciendo intacto en el imaginario colectivo como el gran símbolo refrescante de la infancia de varias generaciones.
nos gusta de chocolate. ¿Y a ti? ¿Cuál es tu sabor?