Señoras y Señores,

Bienvenidos a Circus Day

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Hola,

Soy Caty y dirijo este circo

Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.

The Show

En el blog

Boloñesa de lentejas

La mamma había estado cocinando todo el día. Las lentejas estaban preparadas para despedir el año, y esta vez sabíamos que decir adiós al pasado nos haría felices. No había sido un buen año, aunque mamá solía decirnos:

—¡Podría haber sido peor!

Pero yo no me lo creía.

Mirar hacia el futuro con esperanza es lo que todos hacemos en algún momento de la vida, y en nuestra familia nos levantábamos con esa ilusión cada día. Pero pasar página este año, y hacerlo con dignidad, era la mayor recompensa. La nonna nos había dejado ese mismo año, y desde que no estaba, parecía que la familia iba a la deriva.

Mi hermano mayor había decidido dar clases de salsa.

—¿De verdad? —le preguntó mi madre.

—¡Claro, corasón! —respondió él muy serio.

Después nos enteramos de que tenía una novia caribeña y nos quedamos tranquilos. Él tenía aspecto de ejecutivo agresivo y, más de una vez, habíamos pensado que estaba metido en la Cosa Nostra, así que no pudimos evitar respirar aliviados.

Mi tía abuela iba por su cuarto matrimonio. Bueno, ya era viuda de su cuarto marido; por eso no nos sorprendió que, durante el funeral de la nonna, encontrara al quinto novio —y quizá futuro marido— en el cementerio. No, no dentro de una tumba —si es lo que estás pensando—, sino entre los enterradores. Exactamente, un señor mayor… Lo de «mayor» lo digo por ser amable; hubo un momento en que pensamos que se alojaba en algún panteón. Ella, entre la risa y el llanto, no desentonaba con él.

Mi hermana pequeña decidió quedarse embarazada. No supimos muy bien por qué. Un año quiso ser enfermera, pero al ver la sangre se desmayó. Se dio cuenta de que, si tenía que verla a menudo, no le alcanzaría la vida para curarse todos los chichones de la cabeza. Lo siguiente que quiso ser fue profesora de autoescuela, aunque no tenía carné de conducir.

—¡Pero si no conduciré yo! —nos decía, muy resuelta.

No la hicimos cambiar de idea. Ella misma se dio cuenta cuando descubrió que en su lado del coche también había pedales y que, de tanto frenar, se golpeaba la cabeza contra el salpicadero. Así que todos pensamos que tanto golpe debió de afectarle de algún modo. Mi madre solo le comentó el dolor de cabeza que producen los hijos, y no se habló más del tema.

Y el párroco… Que no, no era de la familia, pero como si lo fuera. Había oficiado todos los sacramentos de la familia, por lo que nos conocía bien. Normalmente lo hacía con resignación y humor, sobre todo cuando se trataba de mi tía abuela. Nosotros, a cambio, lo invitábamos a comer después del oficio dominical. Ese día también estaba allí, mientras mi madre servía las lentejas con las que deseaba un año próspero para todos. Le preguntamos cómo creía que nos trataría el año nuevo. Él respondió:

—Comiendo muchas lentejas, familia… comiendo muchas lentejas.


Boloñesa italiana vegetariana con lentejas

Boloñesa hecha con lentejas y tomates



«Ser supersticioso es de ignorantes, pero no serlo trae mala suerte», decía el célebre dramaturgo napolitano Eduardo De Filippo. En Italia, despedir el año comiendo lentejas en Nochevieja es un ritual sagrado. Esta costumbre se remonta a la antigua Roma, donde se regalaba una pequeña bolsa de cuero llena de legumbres (scarsella) con el anhelo de que cada grano se transformara en una moneda de oro y atrajera la prosperidad.

Yo tuve mi particular reconciliación con este plato durante el embarazo de mi hijo: pasé de mirarlas con recelo a desearlas a diario. Mi madre no paraba de decirme que comí más lentejas en aquellos nueve meses que en toda mi vida. Buena prueba de ello son las recetas que ya he compartido en el blog, desde las versiones marineras hasta combinaciones más atrevidas como el guiso con remolacha.

La boloñesa vegetal nació como una reinterpretación directa del ragù tradicional boloñés, un estofado de carne de cocción lenta documentado desde el siglo XVIII. Las lentejas —en especial variedades de grano menudo y firme como la pardina o la roja coral— se erigieron como el sustituto natural idóneo: al chofchof con el soffritto clásico de cebolla, zanahoria y apio, absorben la reducción de vino y tomate con una textura sorprendentemente carnosa.

La receta pasó de ser una alternativa marginal en comunas vegetarianas durante los años setenta y ochenta a conquistar el panorama culinario masivo en los años dos mil, impulsada por la ebullición de los blogs gastronómicos y el movimiento internacional Meatless Monday (Los lunes sin carne). Frente a los ultraprocesados a base de soja texturizada, la boloñesa de lentejas se consolidó como una opción integral, asequible y rebosante de nutrientes.

Hoy en día, este plato trasciende las etiquetas vegetarianas y triunfa en millones de hogares que buscan reducir la proteína animal sin renunciar a la reconfortante untuosidad de una buena pasta italiana.

A continuación, te traigo mi versión de la boloñesa de lentejas, un acierto seguro que convencerá hasta a los más escépticos: si en casa hay remolones con la textura de la legumbre, basta con pasar la salsa por la batidora y quedará una textura suave y parecida a la carne picada. ¡Que empiece el espectáculo!


Actualizada 2026.


Boloñesa de lentejas con pasta capellini


Ingredientes para 4:
  • 1 zanahoria grande
  • 1 cebolla grande
  • 3 dientes de ajo
  • Sal y pimienta al gusto
  • 4 cdas. de aceite de oliva virgen extra
  • 2 cdas. de orégano y albahaca
  • 200 g lentejas crudas (en remojo la noche anterior) o 1 bote de lentejas ya cocinadas
  • 100 ml de vino tinto
  • 200 g tomates triturados
  • 200 ml de caldo de verduras o agua (si hiciera falta)
  • 2 cdas. de vinagre
  • 350 g capellini
  • 6 hojas de albahaca picadas
  • Queso parmesano rallado

Elaboración:
  1. Calienta el aceite en una olla. 
  2. Añade el ajo y la cebolla picada, con un poco de sal para que se vaya pochando. 
  3. Para picar la zanahoria rápidamente: pélala, córtala a trozos y tritúrala en una picadora. 
  4. En menos de 5 segundos estará picada muy pequeña.
  5. Incorpora las especias, cocina 2 minutos a fuego fuerte y añade las lentejas junto con el tomate triturado y el vino o el líquido que vayas a utilizar.
  6. Incorpora también el vinagre y deja que se cocine. 
  7. Si has añadido lentejas ya cocidas, tendrás tu boloñesa lista en 15 minutos desde que comience a hervir. 
  8. Si tus lentejas son secas, te llevará unos 30 minutos y muy probablemente tendrás que añadir algo más de líquido hacia el final de la cocción, para que no se te peguen y se terminen de cocinar las lentejas
  9. Cuando tu boloñesa esté lista, utiliza, si tienes, una batidora de brazo para darle unos «golpes» de triturado. 
  10. De esta forma las lentejas dejarán de identificarse y la textura se parecerá muchísimo a la de la boloñesa tradicional
  11. Cocina los capellini según las indicaciones del paquete. 
  12. Cuela y sirve junto la boloñesa, la albahaca y el queso parmesano.

Boloñesa de lentejas vegetarian con capellini

Preguntas frecuentes

¿Por qué se añaden unas cucharadas de vinagre a la salsa?

El vinagre cumple una función química clave: aporta un toque de acidez viva que corta la pesadez de la legumbre, realza el dulzor natural de la cebolla y la zanahoria pochadas y despierta los matices del vino tinto. Es el truco definitivo para que una boloñesa vegetal gane profundidad y no resulte plana al paladar.

¿Por qué conviene triturar ligeramente las lentejas al final?

Darle unos pequeños toques con la batidora de brazo rompe solo una parte de las lentejas, liberando su almidón para espesar la salsa de forma natural. De este modo se consigue una textura densa y untuosa que se adhiere a la pasta, dejando un picadillo irregular que emula con gran fidelidad la consistencia del ragù clásico de carne.

¿Por qué usar capellini en lugar de una pasta clásica para boloñesa?

Por pura practicidad y ahorro de tiempo. Mientras que los formatos tradicionales de pasta seca requieren entre 9 y 12 minutos de hervor —más el tiempo que tarda la olla en romper a hervir—, los capellini están listos en apenas 2 o 3 minutos. Al ser un hilo tan fino, se cocinan casi al instante y absorben de maravilla los jugos de la salsa, lo que convierte a este plato en una comida completa lista en tiempo récord.



Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Pantxineta

Se sentaba sobre mis rodillas y me contaba cómo había sido su día. Normalmente, había jugado con tal o cual niño o niña, y había merendado su bocado favorito: hojaldre con crema pastelera. Yo le acariciaba el pelo mientras tanto y la miraba como si cada historia fuera una sorprendente aventura. Me reía con sus gestos; adoraba ese momento dulce e infantil.

Así fue pasando el tiempo, entre sentarse sobre mis rodillas y descubrir nuevos sabores de la vida. Pero sus gestos seguían siendo míos, como si viera a un pequeño director de orquesta guiando a sus músicos. De vez en cuando, cuando refrescaba, nos tumbábamos en la hamaca a ver pasar las nubes: unas eran elefantes, corazones o algún castillo, y otras, cuando no tenían forma, simplemente algodón de azúcar.

Siempre que nos acercábamos a la piscina, metía primero su piececito y lo sacaba riendo y chillando por lo fría que estaba el agua, hasta que, de pronto, se lanzaba en bomba para pasar el mal trago y dejar de tiritar. Ya después, todo eran volteretas submarinas, intentando ver si, aunque solo fuera una piscina, aparecía el hada de las sirenas. Lucía le había dicho que existía, que ella la había visto… aunque ese verano no vino a visitarla.

Y, con la vuelta a la rutina, la felicidad no decaía. Eso es lo que me gusta de los niños: echaba de menos a sus amigos y volvía con ilusión a verlos. Yo echaría de menos que se sentara sobre mis rodillas y me contara sus aventuras.


Porción del postre vasco pantxineta con almendras

Pantxineta con hojaldre y almendras y crema pastelera



La pantxineta es uno de los postres más emblemáticos del País Vasco, cuyo origen se localiza con precisión en la ciudad de San Sebastián a principios del siglo XX. Este dulce vio la luz en 1915 en el obrador de la célebre Casa Otaegui, pastelería fundada en 1886 que llegó a ser proveedora de la Real Casa durante los veraneos de la reina regente María Cristina en la costa donostiarra.

Su creación fue fruto del fértil diálogo entre la tradición repostera francesa y la maestría artesanal local. En aquella época, la influencia gala al otro lado de la frontera popularizó el dominio del hojaldre mantecoso y las cremas finas. Inspirándose en estas técnicas, en Otaegui concibieron una tarta hojaldrada rellena de suave crema pastelera, rematada con almendra tostada y un ligero velo de azúcar glas. Al hornearse y servirse tradicionalmente templada, el contraste entre el crujido exterior y la untuosidad del corazón conquistó de inmediato a los comensales.

El nombre del pastel encierra una curiosa anécdota etimológica nacida de la fonética popular donostiarra. La receta se inspiró en elaboraciones galas con crema frangipane (franchipán); al intentar pronunciar este término foráneo, los clientes vascos adaptaron el sonido a su propia lengua hasta bautizarlo espontáneamente como pantxineta. La familia Otaegui no dudó en oficializar este nombre popular para registrar su creación más célebre.

Con el paso de las décadas, la pantxineta trascendió el obrador fundacional para convertirse en un emblema indiscutible de la repostería guipuzcoana y vasca, imprescindible hoy en sidrerías y restaurantes tradicionales. Aunque la fórmula original de 1915 continúa custodiada como un secreto familiar por los descendientes de Otaegui, el trinomio de hojaldre, crema y almendra forma ya parte del patrimonio gastronómico universal.

Actualizada 2026.


Pantxineta 



Ingredientes para 8 personas:
  • 2 láminas de hojaldre
  • 150 g de almendras
  • 1 yema de huevo
  • 3 cucharadas de azúcar glas

Para la crema pastelera:
  • 1 l de leche
  • 5 claras de huevo
  • 150 g de azúcar
  • 70 g de maizena
  • 10 g de mantequilla
  • Cáscara de limón
  • Cáscara de naranja
  • 1 rama de canela
Precalentar el horno a 160º C

La crema pastelera:
  1. Calienta la leche con unos trocitos de cáscara de naranja y de limón, una rama de canela y la mantequilla. 
  2. Reserva. 
  3. Coloca un poco de la leche infusionada en un bol. 
  4. Añade el azúcar y maizena. 
  5. Remueve bien con la varilla. 
  6. Incorpora la clara de huevo y sigue removiendo. 
  7. Vuelca la leche sobre el bol, mezcla bien y pasa todo a la cazuela. 
  8. Remueve enérgicamente y cuando empiece a hervir, cocínala a fuego suave hasta que coja consistencia. Deja que se enfríe en un bol. 
  9. El resultado es una crema pastelera que parece cortada en lugar de cremosa, pero tiene que ser así por el horneado.

Montaje:
  1. Pon una lámina de hojaldre sobre una bandeja de horno cubierta con papel de hornear. 
  2. Unta los bordes con la yema de huevo mezclada con un poco de agua. 
  3. Extiende la crema pastelera sobre el hojaldre. 
  4. Cubre con la otra lámina, cierra bien los bordes y pinta de nuevo la superficie con la yema. 
  5. Esparce las almendras laminadas sobre la tarta, espolvoréala con la mitad de azúcar glas y hornéala a 160 ºC durante 40 minutos. 
  6. Espolvoréala con el resto de azúcar glas. 
  7. Sirve la pantxineta templada.

Si te gustan las recetas con hojaldre, en Circus Day tenemos unas cuantas: croffles, mini croissants aux amandes, mattentaart, agujas de pollo mallorquinas o galletas de hojaldre.


Pastel de hojaldre con crema pastelera y almendras

Preguntas frecuentes

¿Por qué esta crema pastelera lleva solo claras y parece cortada?

Al prescindir de las yemas y cuajar la Maizena con las claras, la crema adquiere una textura más densa, firme y con un aspecto granulado similar al requesón o al cuajo. No es un error: esa consistencia más seca es imprescindible para que el relleno soporte el peso del hojaldre superior y no se licúe ni desborde por los laterales durante los 40 minutos de cocción en el horno.

¿Cuál es el secreto para que el hojaldre no quede crudo por la base?

Dado que la crema aporta bastante humedad, conviene colocar la bandeja en la parte media-baja del horno. Además, hornear a una temperatura moderada (160 °C) permite que el calor penetre despacio y cocine la lámina inferior antes de que las almendras laminadas y el azúcar glas de la superficie se doren en exceso.

¿De dónde procede el nombre y el origen de la pantxineta?

Es una creación donostiarra ideada a principios del siglo XX por la pastelería Otaegui de San Sebastián. El nombre procede de la adaptación fonética vasca de la voz francesa franchipane (el clásico relleno galo a base de crema y almendras). Con el tiempo, la receta evolucionó hacia este pastel hojaldrado con crema y almendras tostadas que hoy es un icono indiscutible de la repostería vasca.


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Espagueti all'arancia

Mi vecina italiana vino a vivir a nuestro país por amor. Decía que, en cuanto vio a su hombre, el corazón le dio un vuelco y no pudo apartar los ojos de él; así que, sin pensárselo dos veces, se lo ligó y se vinieron a vivir al lado de casa. Él era técnico de telefonía y viajaba mucho por todo el país, mientras ella se dedicaba a sus cosas. Decía que no quería ser ama de casa, que eso le parecía como ser una vieja ama de llaves sin estilo; que no, que lo suyo eran «sus cosas».

Cocinar, cocinaba… ¡hum! Bueno, lo intentaba, al menos con la pizza y la pasta, porque de ahí no había quien la sacara. Así que empezó a venir a casa para que mi madre le enseñara. Mientras cocinaban, hablaba sin parar, manoteaba, soltaba tacos y le daba al vino. A mi madre no le molestaba, aunque por la cara que ponía se notaba que habría preferido algo más de silencio en la cocina, sobre todo por las carcajadas de su alumna. Cuando mi madre la «graduó», armó tal escándalo que pensamos que su marido la escucharía estuviera donde estuviese.

No nos extrañó que quisiera invitarnos a comer para agradecer las clases, con el marido incluido. Allí nos plantamos un domingo al mediodía. A su favor hay que decir que la casa olía a gloria nada más abrir la puerta. Nos anunció que había cocinado all'arancia; la palabreja no nos daba mucha confianza, así que mi madre, por si las moscas, se había guardado un plan B bajo la manga.

Pero cuando nos sentamos a la mesa de la vecina, aquello resultó ser una delicia. Por los ojos que puso mi madre supimos de inmediato que estaba encantada, tanto que le pidió que le enseñara a cocinar a la italiana, o al menos ese repertorio suyo. Un mes después, era mi madre la que hablaba sin parar, manoteaba, soltaba algún taco y bebía vino. Y cocinar, cocinaba cocina italiana… ¡hum! Bueno, lo intentaba.

Espagueti all'arancia italiano con pato y dentro de la naranja

Espagueti a la naranja con pato presentado dentro de una naranja



Los spaghetti all'arancia nacieron como una creación de la cocina italofrancesa de los años setenta y ochenta, una época dorada para la gastronomía prémium donde los chefs experimentaban combinando pasta con frutas cítricas, licores y cremas espesas. La receta original se inspiró directamente en el auge internacional del pato a la naranja, un plato de la alta cocina francesa que puso de moda los contrastes agridulces en Europa. Los cocineros italianos quisieron trasladar ese equilibrio sofisticado de acidez y dulzor al mundo de la pasta, utilizando nata líquida y Grand Marnier o Cointreau para ligar los sabores, dando lugar a un plato cremoso y festivo que se servía en los restaurantes más exclusivos de la época.

Paralelamente, el sur de Italia, y de manera muy especial la isla de Sicilia, reclamó esta combinación adaptándola a su propia tradición agrícola e histórica. Para los sicilianos, la naranja no era un ingrediente exótico de restaurante de lujo, sino la reina de sus campos gracias a la herencia árabe, clave en la introducción de los cítricos en la isla durante la Edad Media. De este modo, la versión rústica sustituyó la nata y los licores franceses por ingredientes puros del Mediterráneo: aceite de oliva virgen extra, ajo, anchoas de sus costas y pan rallado tostado. Así, lo que comenzó como un experimento culinario de vanguardia terminó transformándose también en un homenaje al paisaje y a la memoria agrícola del sur de Italia.

Esta entrada es para Carmen, una bloguera a la que tuve la suerte de conocer en la quedada de Madrid hace ya un año. Ahora celebra su segundo cumpleblog y nos ha invitado a festejarlo con recetas en las que uno de los ingredientes protagonistas sea la naranja. Parece fácil, ¿eh? Pues no te creas: he tenido que rebuscar bastante para encontrar algo que no fuese dulce —que no era lo que me apetecía—, que resultara sencillo y, por supuesto, que tuviese ese punto Circus, que es donde de verdad me divierto.

Desconocía por completo esta receta; he tenido que buscar por varios blogs italianos para empaparme bien de la fórmula y adaptarla a mi gusto. Y bien, he aquí el resultado, al que he sumado unos taquitos de jamón de pato en un guiño al clásico pato a la naranja. Es una ocurrencia mía, claro: en Italia le ponen desde anchoas hasta aceitunas.

La propuesta es servir la pasta dentro de la propia naranja bien limpia y vaciada. Es un juego de presentación, porque sin duda resulta más cómodo comerla en un plato de toda la vida; pero, tratándose de un cumpleaños, hay que vestirse de fiesta. 

Carmen, espero que disfrutes mucho de esta receta de aniversario: la preparé con enorme ilusión y ganas. El resultado sorprende por lo rico que queda; no resulta ácida en absoluto y, con el queso, la combinación es fantástica. El toque del jamón de pato le sienta de maravilla.

Actualizada 2026.

Espagueti all'arancia o a la naranja con jamón de pato


Ingredientes para 4:
  • 350 g de espaguetis
  • 2 naranjas (preferiblemente de piel fina y sin tratar)
  • 1 cebolla pequeña picada en brunoise
  • 80 g de jamón de pato cortado en tiras o dados pequeños
  • 40 g de mantequilla (o 4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra)
  • 1 copita (unos 40 ml) de brandy o licor de naranja (Grand Marnier / Cointreau)
  • 150 ml de caldo suave de ave o verduras
  • 40 g de queso parmesano (Parmigiano Reggiano) rallado fino
  • Sal y pimienta negra recién molida

Elaboración
  1. Lava bien las naranjas. Con un pelador, retira la piel de una de ellas evitando la parte blanca (el albedo, que amarga) y córtala en juliana muy fina.
  2. Exprime el zumo de las dos naranjas y resérvalo.
  3. Si quieres presentar la pasta dentro de la fruta, vacía la otra naranja con cuidado reservando su pulpa y zumo.
  4. En una sartén amplia, dora los dados de jamón de pato durante un minuto para que suelten parte de su grasa y queden crujientes. 
  5. Retíralos y resérvalos. 
  6. En esa misma sartén, añade la mitad de la mantequilla (o el aceite) y sofríe la cebolla a fuego suave hasta que quede transparente. 
  7. Incorpora las tiras de piel de naranja y rehoga un par de minutos más.
  8. Sube el fuego, vierte el brandy y deja que el alcohol se evapore por completo (un par de minutos). 
  9. Añade entonces el zumo de naranja colado y el caldo. 
  10. Deja reducir a fuego medio-bajo durante unos 6-8 minutos, hasta que el líquido concentre sus azúcares y adquiera cuerpo.
  11. Mientras reduce la salsa, cuece los espaguetis en abundante agua hirviendo con sal y retíralos un minuto antes de lo que indique el fabricante para dejarlos bien al dente. 
  12. Reserva siempre medio vaso del agua de cocción.
  13. Pasa los espaguetis directamente de la olla a la sartén con la salsa de naranja. 
  14. Añade el resto de la mantequilla fría y un par de cucharadas del agua de cocción. 
  15. Saltea a fuego medio durante un minuto para que la pasta absorba los aromas cítricos y el almidón emulsione con la grasa, creando una crema brillante y sedosa.
  16. Apaga el fuego por completo, incorpora la mitad del jamón de pato y una lluvia de queso parmesano recién rallado. 
  17. Remueve con energía para integrar. 
  18. Sirve de inmediato en los platos (o dentro de las cáscaras de naranja), coronando con el resto del jamón de pato crujiente, unas tiras de piel fresca y un golpe de pimienta negra.

Si te gustan mucho los espaguetis, aquí tienes tres tipos más: scarparo, al limón y a la amatriciana.

Espagueti all'arancia dentro de un plato como presentación

Preguntas frecuentes

¿Por qué es fundamental retirar el albedo y no pasarse con el fuego al reducir el zumo?

El albedo —la membrana blanca bajo la cáscara— contiene limonina y flavonoides que aportan un amargor desagradable al infusionarse. Asimismo, el zumo colado debe reducir a fuego medio-bajo sin hervir a borbotones; someterlo a una temperatura excesiva carameliza los azúcares en exceso y degrada las notas frescas de los cítricos, apagando su brillo aromático.

¿Qué aporta el jamón de pato frente al jamón curado tradicional o la panceta?

El jamón de pato posee una grasa sedosa con un punto de fusión bajo que se funde en la sartén aportando notas profundas y ligeramente dulzonas, el maridaje clásico de la cocina gala (como en el pato a la naranja). El jamón serrano o ibérico aportaría un exceso de salazón que opacaría la delicadeza cítrica, mientras que la panceta o el guanciale dejarían un perfil excesivamente cárnico y pesado para esta salsa.

¿Cómo se logra una salsa cremosa sin utilizar nata?

El secreto reside en la técnica italiana del mantecare: retirar la pasta un minuto antes de su punto y volcarla directamente en la sartén junto con una nuez de mantequilla muy fría y un golpe de agua de cocción. El almidón que ha soltado la pasta en el agua, al batirse enérgicamente con la grasa fuera del fuego, forma una emulsión natural densa, brillante y sedosa sin necesidad de añadir lácteos pesados.



Espagueti all'arancia servido dentro de una cáscara de naranja vaciada.


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Bizcocho de manzana

Entré en la habitación que, en otros tiempos, había estado tan llena de vida. El aparador de la abuela seguía junto a la puerta, la chimenea presidía la estancia y aquel viejo sofá, que tantas veces nos había acogido entre sus brazos, lucía ya descolorido y sin fuerza.

Acaricié la madera del mueble, que siempre me había fascinado. Abrí el primer cajón: dentro continuaba el reloj que le regalamos a papá unas Navidades. Se había detenido a las diez en punto, la hora en que todos debíamos estar en la cama y él se sentaba frente al fuego a leer su libro, hasta que el sueño lo vencía y se le cerraban los ojos.

Al lado del reloj descansaba la bola sorpresa de mamá, aquella que ganamos en los recreativos y que escondía como premio una sortija de plástico. Ella la había lucido con orgullo; parecía una joya de princesa, con un diamante grande y rosa. Se la ponía siempre después de hornear para todos un bizcocho casero, el broche dulce del banquete navideño. Papá y ella presidían la mesa, uno en cada extremo: él con su reloj; ella, con su anillo.

Al fondo del cajón encontré una vieja caja de hojalata repleta de fotos de cuando la casa hablaba, de cuando latían corazones entre sus cuatro paredes, de cuando la banda sonora eran las risas y el alboroto por la llegada de Papá Noel. Apreté aquel tesoro con ternura contra mi pecho. Sonreí: al fin y al cabo, a los buenos recuerdos siempre hay que recibirlos con una sonrisa.


Bizcocho de manzana con trocitos de manzana dentro

Bizcocho de manzana aromatizado con vainilla



La historia de este dulce está ligada a la necesidad de no desperdiciar los excedentes de las cosechas de otoño. A diferencia de la tarta de manzana convencional, que suele llevar una base de masa quebrada u hojaldre, el bizcocho integra la fruta directamente en una masa batida a base de huevos, harina, azúcar y materia grasa. Las recetas más primitivas surgieron en la Europa continental y en las islas británicas, donde cada comarca desarrolló su propia identidad. En Inglaterra nació el bizcocho de Dorset, caracterizado por una miga densa y especiada con canela, mientras que en el norte de Italia se popularizó la tarta de Bolzano, una fórmula humilde donde la proporción de manzanas laminadas supera con creces a la de la harina. Paralelamente, en Europa del Este evolucionó la sharlotka, un esponjoso dulce ruso y polaco elaborado casi exclusivamente con huevos montados con azúcar y un suspiro de harina, vertido sobre un molde repleto de fruta troceada.

El gran secreto del bizcocho de manzana reside en la interacción de la fruta con el calor del horno. Al cocinarse, la manzana libera sus jugos de forma gradual, creando bolsas de humedad y vapor que mantienen la miga tierna, jugosa y fresca durante muchos más días que en un bizcocho tradicional. Además, aporta un dulzor y una acidez naturales que permiten reducir la cantidad de azúcar refinado en la masa. Según cómo se integre la fruta, el resultado cambia por completo: si se mezcla picada muy fina, prácticamente se funde en la masa regalando una jugosidad increíble; si se dispone en gajos ordenados sobre la superficie, se carameliza con el calor superior y forma una cobertura vistosa y crujiente, ideal para rematar con un toque de mermelada de albaricoque caliente que le aporte brillo de pastelería. Las variedades de manzana ácidas y de carne firme, como la reineta o la Granny Smith, son las predilectas en repostería porque conservan su estructura tras el horneado y equilibran de maravilla el dulzor del conjunto.

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Bizcocho de manzana tradicional con azúcar moreno y canela — miga húmeda


Ingredientes:
  • 1 manzana
  • 140 g de mantequilla pomada
  • 280 g de azúcar moreno
  • 1 cda. de esencia de vainilla
  • 4 huevos 
  • 125 g leche
  • 280 g de harina
  • 1 cdta. de canela en polvo
  • 1 sobre de levadura en polvo
  • Una pizca de sal
  • Molde de 20 cm de diámetro

Elaboración:
  1. Precalienta el horno a 180 ºC
  2. Pela y corta a dados pequeños la manzana. 
  3. Pon en un cuenco y añade una cucharada de harina. 
  4. Mezcla y reserva.
  5. Pon la mantequilla en una batidora de varillas a velocidad media. 
  6. Pasados unos 2 minutos incorpora poco a poco el azúcar. 
  7. Añade al final la esencia de vainilla. 
  8. Sin parar la batidora, incorpora uno a uno los huevos. 
  9. Añade la leche y bate 10 segundos. 
  10. Para la batidora y vierte la harina, la levadura, la canela y la sal. 
  11. Bate velocidad media/alta unos 30 segundos. 
  12. Vierte la manzana a dados y mezcla con la espátula. 
  13. Echa la mezcla en el molde, previamente engrasado, dando unos pequeños golpecitos. 
  14. Allana la superficie con la espátula. 
  15. Coloca el molde sobre la rejilla del horno, no la bandeja.
  16. Hornea 30 minutos a 180 ºC y 10 minutos más a 160 ºC
  17. Saca fuera del horno y espera 5 minutos dentro del molde. 
  18. Desmolda sobre una rejilla hasta que se enfríe.

Si te gusta la manzana también en ensalada ve a ver la ensalada Alicia. Si prefieres los bizcochos el de yogur es un clásico.

Bizcocho de manzana tradicional

Preguntas frecuentes

¿Por qué se enharinan los dados de manzana antes de incorporarlos a la masa?

Es el truco infalible de repostería para evitar que la fruta se hunda hasta el fondo del molde durante el horneado. La fina película de harina absorbe parte de la humedad superficial de la manzana y crea fricción con la masa densa, manteniéndola suspendida y repartida de manera homogénea en cada bocado.

¿Qué aporta el azúcar moreno frente al azúcar blanco común?

El azúcar moreno contiene restos de melaza natural, lo que confiere al bizcocho un color dorado más oscuro, un sutil aroma a caramelo y tofe, y un extra de jugosidad en la miga. Además, combina de forma extraordinaria con la canela y la vainilla, reforzando ese perfil rústico y especiado tan propio de la repostería otoñal.

¿Por qué se hornea sobre la rejilla y se baja la temperatura en los últimos minutos?

Colocar el molde sobre la rejilla en lugar de la bandeja metálica permite que el aire caliente circule de manera uniforme por la base sin concentrar un calor excesivo en el fondo. Bajar la temperatura a 160 °C (tras los primeros 30 minutos a 180 °C) garantiza que el interior denso y húmedo por la fruta termine de cocerse a la perfección sin que la corteza superior se dore demasiado ni se reseque.



Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Risotto con pak choi

Ese día estaba de los nervios. Claudia venía a estudiar a casa y yo les temía a mis hermanas más que a una vara verde.

Normalmente respetábamos nuestro espacio —cada cual el suyo, vaya—, pero todas estaban al tanto de mis sentimientos por ella, y en cuanto asomaba el tema no perdían ocasión de tomarme el pelo:

—¡Ay, mi Claudia del alma! ¿Me das la mano? ¿Vamos a pasear? ¿Quieres ser mi novia? —¡ja, ja, ja!

Me echaba a temblar con solo imaginar el momento de presentárselas. Pánico me daban. Mamá me soltó un día:

—Cariño, no te haces una idea de la suerte que tienes con tus hermanas. Si yo algún día faltara, velarían por ti como si fuera yo misma.

«Sí, claro —pensaba para mis adentros—, eso es lo que tú te crees. Esta tarde me van a hacer la pascua todo lo que puedan y más».

¡Ay, qué cansinas!

Cuando Claudia llamó a la puerta, ellas todavía no habían vuelto. Así que, casi dando brincos de puro alivio, la invité a pasar. Era tan bonita… Se me salía el corazón del pecho cada vez que me dedicaba una sonrisa. Venía con la lección impecable: había repasado el tema a fondo y se lo sabía mil veces mejor que yo. Tuvo que aclararme más de una duda, pero yo era feliz con solo escuchar su voz.

Hasta que entraron en tromba. Siempre se sabe cuándo llegan juntas: el recibidor se transforma en una verbena y el eco de sus voces sacude toda la casa.

¡Ay, Señor, qué cansinas!

El cruce fue inevitable. Me dije: «Adiós, amore».

Pero Claudia encajó el golpe con una soltura pasmosa. Las saludó con la misma efusividad —debe de ser complicidad femenina— e incluso les rio las gracias, aunque a mí no me hicieran ninguna. Debieron de verme la cara de cordero a punto de entrar al matadero, porque levantaron el campamento enseguida y me dejaron respirar aliviado.

Al final, el ogro no era tan fiero como lo pintaban… Así que bajé la guardia y se me ocurrió proponer una tregua en la cocina para merendar y despejarnos un rato.

¡Ja! Craso error.

¿Tienes hermanas? ¿Una chica especial con la que estás a punto de dar el paso? Nunca las sientes en la misma mesa. ¿Sabes en qué acaba la jugada? En un frente común: parlotear sin tregua, reírse a coro, aliarse para dejarte en evidencia… y terminar cocinando juntas el mejor risotto que te puedas echar a la boca.

Risotto con pak choi y coliflor

Coliflor naranja y pak choi asiático para risotto


La historia del risotto es el relato de cómo un grano foráneo llegado de Oriente se fundió con la orografía, la política y el ingenio del norte de Italia hasta erigirse en uno de los grandes emblemas de su cocina tradicional. Aunque el cereal ya circulaba por el Mediterráneo, este plato meloso y de minuciosa técnica es el fruto de siglos de aclimatación agrícola y refinamiento en los fogones lombardos.

El punto de partida se sitúa en la Baja Edad Media, hacia el siglo XIV, cuando las rutas comerciales venecianas y los lazos con la Corona de Aragón asentaron el cultivo del arroz en la península itálica. Las llanuras inundables de la cuenca del río Po, repartidas entre Lombardía, Piamonte y el Véneto, ofrecían las condiciones hidrológicas idóneas para su implantación. A lo largo de los siglos XV y XVI, casas gobernantes como los Sforza en Milán impulsaron su siembra a gran escala, transformando un producto reservado antaño a boticas y despensas nobles en pilar de subsistencia y motor económico regional.

La génesis del risotto como método singular —añadir caldo hirviendo de manera paulatina mientras se remueve sin descanso— cristalizó en Milán. La crónica popular sitúa el origen de su receta más icónica, el risotto alla milanese, en 1574, en plenas obras del Duomo. Cuenta la leyenda que un joven aprendiz de vidriero apodado Zafferano, habituado a teñir las vidrieras de la catedral con azafrán, vertió una pizca de esta especia en el arroz del banquete nupcial de la hija de su maestro. El intenso tono dorado, semejante al oro puro, cautivó a los convidados y no tardó en ser adoptado por la nobleza de la ciudad.

Lejos del mito, el primer registro que describe el procedimiento contemporáneo data de 1809, recogido en el recetario Il cuoco moderno. Años después, en 1853, el cocinero piamontés Giovanni Vialardi sistematizó la técnica en su Trattato di cucina, documentando por vez primera el paso culminante de la mantecatura: emulsionar el arroz fuera del fuego con dados de mantequilla helada y queso Parmigiano Reggiano recién rallado para ligar el almidón y lograr ese vaivén ondulante y cremoso conocido como all'onda.

En pleno siglo XX, la selección de variedades de grano medio y alto contenido en amilosa, como el Carnaroli, el Arborio o el Vialone Nano, consagró la preparación en los altares de la alta cocina. Esta arquitectura del grano garantiza la textura perfecta: un corazón firme al diente (al dente) envuelto en una crema sedosa natural, sin trampa ni cartón y lejos de cualquier añadido de nata. En la actualidad, el risotto es una lección de paciencia y precisión química donde el tiempo, el calor y el almidón se alían para honrar la despensa italiana.


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Risotto de coliflor y pak choi



Ingredientes para 4:
  • 2 l de caldo de verduras
  • 1 coliflor pequeña
  • Agua para hervir la coliflor
  • 2 cdas. de mantequilla
  • 140 g de cebolla
  • 300 g de arroz arborio
  • 180 ml de vino blanco seco
  • 170 g de queso parmesano y más cantidad para servir
  • 1 pak choi
  • Sal y pimienta negra molida, al gusto

Mise en place:
  1. Corta la coliflor en floretes y hierve en abundante agua durante 3 minutos. 
  2. Escurre y reserva. 
  3. Lava el pak choi y corta en tiras finas. 
  4. Reserva. 
  5. Pela y pica finamente la cebolla en brunoise. 
  6. Pon el caldo de verduras a calentar en una olla, debe estar hirviendo en el momento de añadirlo al arroz, ya que esto es clave para un risotto cremoso.

Risotto:
  1. En una cacerola grande, derrite la mantequilla a fuego bajo y rehoga la cebolla hasta que esté transparente. 
  2. Añade el arroz y remueve para que se impregne bien de la grasa.
  3. Sube el fuego, vierte el vino blanco y remueve hasta que se haya evaporado el alcohol.
  4. A partir de aquí, añade el caldo hirviendo de un cazo en un cazo, removiendo constantemente. 
  5. Espera a que el arroz absorba casi por completo el líquido antes de añadir el siguiente cazo. 
  6. Repite este proceso durante unos 20–25 minutos, hasta que el arroz esté tierno pero al dente. 
  7. Es posible que no necesites todo el caldo.
  8. Cuando el arroz esté en su punto, añade rápidamente el queso Parmesano. 
  9. Remueve bien y baja el fuego al mínimo. 
  10. Prueba y ajusta de sal y pimienta al gusto —recuerda que el queso ya aporta salinidad.
  11. Incorpora el pak choi y remueve suavemente. 
  12. Por último, añade la coliflor reservada, mezcla con cuidado para no romper los floretes, y sirve el risotto bien caliente. 
  13. Si te gusta, añade más Parmesano por encima antes de llevar a la mesa.

Notas: 
  • Usé una coliflor naranja pero igual sirve una blanca. 
  • En lugar de pak choi, también puedes emplear acelga o espinaca. 
  • El pak choi no necesita una cocción larga; bastará con añadirlo en el último momento. 
  • Si no te agrada el tallo, puedes retirarlo al cortarlo, o bien picarlo muy fino, como si fuera cebolla.

Si te gusta la coliflor en la cocina, también te encantarán las migas de colirroz y el hummus de coliflor — dos recetas rápidas con este versátil ingrediente.

Risotto con pak choi y coliflor naranja además de parmesano


Preguntas frecuentes

¿Por qué el caldo debe mantenerse hirviendo al incorporarlo al arroz?

Es la regla de oro del risotto: si viertes caldo frío o tibio, cortarás en seco el hervor de la cazuela. Ese choque térmico frena la cocción del grano y, lo más importante, interrumpe la fricción constante que libera el almidón del arroz arborio, impidiendo que se ligue esa crema untuosa tan característica de la técnica del risottare.

¿Por qué se añaden la coliflor y el pak choi en los últimos minutos?

Para preservar intactas sus texturas y colores. El pak choi apenas precisa de 1 o 2 minutos con el calor residual del arroz para quedar tierno y crujiente a la vez; si se cocinase desde el principio, sus hojas perderían el verde brillante y quedarían lacias. Por su parte, escaldar previamente los floretes de coliflor y sumarlos al final evita que se deshagan al remover el arroz durante el mantecare, garantizando bocados enteros y limpios.

¿Qué alternativas hay al pak choi y a la coliflor naranja?

Si no encuentras pak choi, la acelga tradicional (troceando la penca fina y la hoja en tiras) o un buen puñado de espinacas tiernas funcionan como sustitutos perfectos. Respecto a la coliflor naranja, su tono cobrizo aporta un contraste cromático espectacular gracias a su contenido natural en betacarotenos, pero comparte sabor y comportamiento en cocción con la coliflor blanca común, el romanesco o el brócoli morado.


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Espaguetis a la amatriciana

El verano hacía tiempo que había quedado atrás: los baños en la piscina, las siestas al mediodía, los juegos por la tarde-noche que llenaban la casa de una banda sonora especial, las cenas al aire libre y las películas proyectadas sobre una sábana blanca en el patio interior. ¡Oh! Esa parte era, sin duda, la mejor manera de terminar la noche.

Mamá y papá, cogidos de la mano; mis hermanas, alborotadas cuando salía un actor guapo —o eso decían ellas, porque a mí todos me parecían del montón—; mi nonna, limpiándose las lágrimas cuando la historia lo requería... Entonces se giraba hacia mí y me decía con dulzura:

—Mi niño bonito, no crezcas rápido.

Y a mí me desconcertaba. De todas formas, tenía que crecer, así que no le prestaba mucha atención cuando se ponía así de emocionada.

El día que mamá me dijo que esa noche veríamos un spaghetti western, me maravilló. A mí me gustaban mucho, mucho los espaguetis, pero no entendía lo de «occidental».

—¿Hay una película de espaguetis... occidentales?

No sabía qué pensar, así que me pasé el día persiguiendo a la nonna para que me contara el plan. Ella, muy reservada, solo me decía que la película me iba a gustar mucho.

—Hay caballos, disparos y vaqueros —me decía—. No en ese orden... pero los hay.

Y eso me dejó chof. Aunque bueno, si había todo eso, seguro que me gustaría. Sobre todo si, antes de la película, el espagueti estaba en mi plato.


espagueti amatriciana receta fácil con pecorino y guanciale

espagueti amatriciana italianos con queso y tocino


¡Yiiiijaaaa!

Cuando era pequeña, recuerdo que en La 2 emitían ciclos de cine con frecuencia. A veces eran de películas de baile con Fred Astaire y Ginger Rogers; otras, de cine negro… y otras, de westerns. Algunos eran estadounidenses, pero también los había rodados en España —los llamados chorizo westerns— o en Italia, conocidos como spaghetti westerns. Se los denominó así porque estaban dirigidos y producidos por italianos, y el apodo nació con un claro matiz burlón, al considerarse producciones de segunda fila y copias baratas del western clásico de Hollywood. La etiqueta fue acuñada por la crítica cinematográfica estadounidense e internacional durante los años sesenta.

A mí, la verdad, no es un género que me entusiasme, pero a nuestros mayores les chiflaba. Recuerdo a mi abuela o a mi padre pegados a la pantalla viendo estas películas con auténtica devoción.

Por lo visto, los míticos estudios donde se rodaban muchos de estos spaghetti westerns estaban en Roma. Curiosamente, en las cartas de los restaurantes italianos también abunda un plato clásico: los spaghetti all’amatriciana. Aunque tampoco son originarios de Roma, sino de Amatrice. Un poco como las películas, ¿no crees?

La amatriciana —o matriciana, en dialecto romano— es una salsa tradicional que toma su nombre de Amatrice, municipio de la provincia de Rieti (perteneciente a los Abruzos hasta 1927). Sus ingredientes canónicos son tres: careta de cerdo curada (guanciale), queso pecorino y tomate.

A lo largo del siglo XIX y principios del XX, la popularidad de la amatriciana en Roma creció de forma imparable gracias a los estrechos lazos entre ambas localidades. Por aquel entonces, muchos taberneros de la capital procedían de Amatrice, hasta el punto de que el término matriciano pasó a designar una «fonda con cocina». La salsa caló tan hondo que terminó consagrándose como un estandarte indiscutible de la cocina romana.

Y tú, ¿con cuál te quedas: con el espagueti… o con el western?

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Espagueti a la Amatriciana


Ingredientes para 4 personas:
  • 400 g de espagueti o rigatoni
  • 200 g de guanciale 
  • 50 ml vino blanco
  • 120 g de queso Pecorino rallado
  • 500 g de tomates pelados
  • Pimienta negra molida
  • Copos de peperoncino (opcional) 

    Elaboración:
  1. Pon una sartén al fuego bajo/medio. Corta el tocino en tiras, añádelo a la sartén y déjalo sofreír en su propia grasa, a fuego lento. El tocino debe volverse transparente en la parte grasa, luego empezando a dorarse, y cuando esté crujiente y tostado ( con cuidado de no quemarlo ) recógelo con una espumadera y reservarlo en un plato, pero deja su grasa dentro del sartén.
  2. A esa grasa de la sartén añade el vino (a fuego alto) y deja evaporar el alcohol, unos minutos.
  3. Vierte los tomates pelados en la sartén, remueve para que se integre todo, añade un poco de pimienta negra y cocina durante 20/30 minutos a fuego bajo. 
  4. Cocina los espaguetis o rigatoni según las instrucciones del fabricante. Quítalos del fuego 3 minutos antes del tiempo recomendado por el fabricante. Que la pasta quede al dente.
  5. Una vez cocidos, quedará reducido pues el agua del tomate se evaporará, tritúralos con un tenedor reduciéndolos a pulpa, fuera del fuego, y añade 60 gramos de queso pecorino rallado. Mezcla.
  6. Escurre los espaguetis y añádelos a la salsa de la sartén, salteándolos a fuego fuerte durante 2 minutos y mezclando todo bien. 
  7. Aparta del fuego.
  8. Sirve los espagueti con la salsa amatriciana y agrega el tocino y el resto de queso pecorino por encima.
Notas:
  • No añado sal ya que el guanciale y el pecorino son salados de por si, pero si crees que le falta sal, puedes añadirla a la salsa de tomate cuando le pongas la pimienta negra.
  • Los tomates pelados pueden ser de bote.

espagueti a la amatriciana con guanciale y pecorino


Preguntas frecuentes

¿Se puede sustituir el guanciale por bacon o panceta?

Sí, aunque en Italia los puristas no lo aceptan. El guanciale es la careta de cerdo curada — más grasa y sabrosa que el bacon o la panceta. La grasa del guanciale es lo que da la base de sabor a la salsa. El bacon ahumado cambia el perfil de sabor completamente — no es una amatriciana auténtica pero sigue siendo delicioso. La panceta curada es la mejor alternativa si no encuentras guanciale.

¿Por qué la amatriciana no lleva cebolla ni ajo?

Porque la receta canónica de Amatrice no los usa — y eso es motivo de debate serio en Italia. La discusión entre los partidarios de añadir cebolla y los puristas que la rechazan es casi tan antigua como la propia receta. La versión que se ha popularizado en Roma suele incluir cebolla, pero la original de Amatrice no. En esta receta se sigue la versión más fiel al origen. 

¿Cuál es la diferencia entre amatriciana y matriciana?

Son el mismo plato con dos nombres. Amatriciana es el nombre original del municipio de Amatrice donde nació el plato. Matriciana es la corrupción romana del término — en el dialecto local de Roma "a" inicial se pierde con frecuencia — y es como la llaman habitualmente en los restaurantes y tascas de la capital italiana. Ambos nombres son igualmente válidos.




mapa italiano de los espagueti westerns


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Bizcocho dentro de una lata

Por la tarde, después de hacer los deberes, subía al desván. Era un ritual que mantenía desde que conocí a Fred la primera tarde del verano. Fred vivía allí arriba. Cuando nos presentamos, parecía que estuviera desapareciéndose: era casi transparente; podía ver a través de él, con total nitidez, el caballito de madera de mi hermano. Me preguntó qué hacía en aquel lugar.

—He oído lamentos y venían de aquí arriba —le contesté.

Y era verdad: Fred se había estado lamentando. Llevaba años haciéndolo, pero nadie le había prestado atención hasta ese momento, y aquello lo dejó completamente desconcertado.

La historia de Fred no distaba mucho de la de tantos otros espectros que rondaban los caseríos de la comarca. Me contaba que, cuando se reunían los días 13 de cada mes, se quejaban todos y cada uno de ellos de sus tristes «vidas».

—¿Es como una fiesta de fantasmas? —pregunté.

—¿Fantasmas? ¡No! Nosotros somos almas en pena. Los fantasmas son entes burlones y traviesos; a ellos les divierte su condición. A nosotros, no. Nosotros nos lamentamos y lloramos por amor. Siempre es por amor.

Yo le conté que la señora Antonia, cada vez que la deja un novio, organiza una fiesta en casa con sus amigas y se atiborran a pasteles, helado y chocolate. Luego hace borrón y cuenta nueva. Dice que, algún día, encontrará el suyo.

—¿El suyo? —me preguntó Fred—. ¿El suyo qué? ¿Su pastel? —se extrañó.

—Pues no lo sé —respondí—. Seguramente sea eso.


Bizcocho de vainilla horneado dentro de una lata con fruta

Bizcocho de vainilla horneado dentro de una lata con helado



Los bizcochos horneados dentro de una lata siguen un principio muy similar al del pan en lata, pero se orientan a la repostería, a la creación de regalos gastronómicos o a porciones individuales perfectas.

En el ámbito casero, esta técnica convierte las latas de aluminio u hojalata en moldes cilíndricos ideales para bizcochos de viaje o cakes. Para asegurar el éxito, el interior del recipiente debe forrarse con esmero con papel de horno que sobresalga un poco del borde, lo que facilita el desmoldado y evita que la masa se pegue o entre en contacto directo con metales no aptos. Al hornearse en un espacio tan recogido, el calor se distribuye de manera muy uniforme, logrando bizcochos extraordinariamente jugosos que retienen la humedad interior durante más tiempo que si se cocinaran en un molde abierto tradicional.

En el mercado comercial y de detalles gourmet, existen versiones listas para consumir que se venden selladas de forma hermética. Estos bizcochos en lata se pasteurizan o se hornean directamente en el envase al vacío, lo que permite conservarlos tiernos, esponjosos y con todo su aroma original durante meses o incluso años sin necesidad de conservantes artificiales. Resultan muy populares en tiendas de delicatessen por su estética nostálgica, además de como raciones de calidad para actividades al aire libre como el acampada o el senderismo.

A mí me parece una forma preciosa de hornear un minibizcocho. Incluso si lo cortas en rebanadas, queda una naked cake vistosa y muy resultona, tal como puedes ver en la foto.

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Bizcocho de vainilla horneado dentro de una lata de conserva


Ingredientes:

Los bizcochos:
  • 250 g de mantequilla pomada
  • 250 g de azúcar avainillado
  • 3 huevos
  • 500 g de harina tamizada
  • 1 sobre levadura en polvo
  • 6 latas de conserva de 225 gramos, vacías y limpias
Decoración:
  • Fruta fresca cortada a trocitos
  • Helado 
  • Nata montada + merengue + azúcar (frosting)
  • Trozos de chocolate para decorar

Elaboración:
  1. Precalienta el horno a 180 ºC. 
  2. Unta las latas con spray desmoldante y forra tanto el fondo como los laterales con papel vegetal, para facilitar la extracción del bizcocho una vez horneado.
  3. En una batidora, coloca la mantequilla y el azúcar, y bate hasta obtener una mezcla ligera y cremosa. 
  4. Añade los huevos uno a uno, batiendo bien después de cada incorporación. 
  5. Integra la harina tamizada junto con la levadura y mezcla hasta que la masa quede homogénea.
  6. Vierte la mitad de la masa en las latas preparadas y hornea durante unos 30 minutos, o hasta que al pinchar con un palillo salga limpio. 
  7. Retira del horno, desmolda con cuidado y deja enfriar completamente sobre una rejilla.

Notas:
  1. Una vez fríos, rellénalos con fruta de temporada (preferiblemente que no tenga un alto contenido de agua, para no humedecer en exceso el bizcocho) y sirve con una bola de helado por encima.
  2. ¿Prefieres cortarlo en rebanadas? También puedes decorarlo con un poco de frosting, al estilo de los naked cakes que están tan de moda, coronarlos con fruta fresca y espolvorear un poco de azúcar glas para un acabado más vistoso.

Masa de bizcocho de vainilla vertida dentro de latas de conserva para hornear


Preguntas frecuentes

¿Se puede usar cualquier lata de conserva para el bizcocho?

Sí, las mismas que para el pan en lata: acero sin revestimientos plásticos o barnices brillantes, bien lavadas y sin restos de adhesivo. La diferencia es que para el bizcocho el forrado con papel de hornear es aún más importante — la masa dulce se pega más que la del pan y el papel garantiza que el bizcocho salga entero y con la forma perfecta.

¿Por qué se vierte solo la mitad de la masa?

Porque el bizcocho crece bastante en el horno — más que el pan — y necesita espacio para subir con libertad. Llenando hasta la mitad obtienes ese copete redondeado característico que queda tan bonito al decorarlo como naked cake. Si lo llenas más, el bizcocho desbordará y perderás la forma cilíndrica.

¿Se puede hacer como regalo?

Es uno de los regalos gastronómicos más originales — ya viene en su propio envase. Una vez frío y decorado, puedes cerrarlo con una tapa de cartón a medida, atarlo con un lazo y añadir una etiqueta. Lo mejor es regalarlo sin rellenar y con las instrucciones de montaje para que quien lo recibe tenga la experiencia de armarlo.


Bizcochos de vainilla horneados en lata rellenos de fruta


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Pan dentro de una lata

Llegué de la escuela un viernes por la tarde. Tenía clase hasta las cinco y, como vivía cerca del colegio, esperaba con ganas llegar a casa para merendar. Como cada último viernes de mes, Asunción había venido a ponerle los rulos a mi madre. «Esta maldita crisis es lo que tiene», solía decirme. Yo ponía los ojos en blanco y me iba directa a la cocina a por el bocata.

Aquel viernes nada hacía pensar que fuera a ser distinto. Llegué temprano, saludé, ella me soltó su rollo de siempre y yo me encaminé hacia la cocina pasando por la sala de estar. Nada fuera de lo normal… salvo que en la sala había un señor sentado. Al pasar por delante iba tan metida en mis cosas que ni me enteré. Cuando mi mente reaccionó, volví sobre mis pasos para comprobar si lo que acababa de ver de reojo era cierto.

Asunción salió corriendo de la habitación de mi madre.

—¡Ay, mi niña, no te asustes! Es mi amigo irlandés. Su nombre es Cathaoir, pero yo lo llamo Casimiro —me dijo, sonriéndole a su invitado.

Abrí los ojos como platos.

—¿Y él sabe que lo llamas así? —pregunté.

—¡Pues claro que sí! —me contestó riendo—. ¿No ves que es muy mono, pelirrojo y de color naranja? Además, es ideal cantando el Vamos a la cama, ¡ja, ja, ja!

Mi madre, detrás de mí, le hacía señas a Asunción con la cabeza y las manos, como pidiéndole por favor que se callara. Yo las miraba y pensaba: «¡Qué raro hablan los adultos!». Y seguí mi camino hacia la cocina a por el bocata.

El viernes siguiente, cuando le tocó volver, le pregunté por Casimiro.

Ella me respondió, con un mosqueo tremendo:

—¿Casimiro? Casi casi mejor no verlo. ¡De la galleta que le daba le hacía rezar el padrenuestro y tres avemarías!

—¿Rezar? —le dije—. ¿Pero Casimiro no cantaba una canción?

—¡Anda, niña, vete a la cocina a por el bocata! —replicó ella, resoplando.


*Casimiro fue un monstruito animado de pelo naranja muy popular entre 1981 y 1983 que nos mandaba a la cama desde su castillo a ritmo de rock and roll, amenazando con cantarnos la sintonía otra vez si no nos íbamos a dormir.



Pan horneado en una lata y rellenar para un bocadillo

Pan horneado dentro de una lata para hacer un bocata


En el ámbito casero, esta técnica consiste en reutilizar latas metálicas de alimentos —como las de conservas, limpias y sin revestimientos plásticos dañinos— a modo de moldes para hornear. Se introduce la masa hasta colmar aproximadamente un tercio del recipiente, se deja fermentar en su interior y luego se hornea. El resultado es un pan con una forma cilíndrica perfecta, muy estética y de miga sumamente tierna gracias a la retención de humedad que proporciona el metal. Para facilitar el desmoldado, es habitual forrar el fondo y las paredes de la lata con papel de horno o engrasarlas generosamente antes de colocar la masa.

En el sector comercial y de supervivencia, el pan enlatado es un producto sumamente valorado en países como Japón. Allí se perfeccionó la tecnología de pan enlatado herméticamente para abastecer botiquines de emergencia, situaciones de desastres naturales o expediciones de larga duración, ya que se mantiene tierno durante años sin perder un ápice de esponjosidad. El proceso industrial implica que la masa fermente e incluso reciba el tratamiento térmico dentro del envase sellado; de este modo, se asegura la esterilidad del producto y se garantiza que sus propiedades lleguen intactas al momento de abrir la lata.

Es una forma sorprendente y divertida de hornear pan. Puedes aprovechar cualquier lata que tengas a mano en la despensa: de tomate triturado, de alubias cocidas… Solo hay que retirarles bien la etiqueta, higienizarlas y usarlas como cualquier molde tradicional. Si te animas a probar la receta, ya me contarás qué tal la experiencia. Con este pan hice un bocata de lo más original ¿no crees?


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Pan horneado dentro de una lata de conserva


El pan:
  • 250 g de harina de fuerza
  • 150 g de agua
  • 5 g de levadura fresca
  • 5 g de sal
  • 4 latas de conserva de 225 gramos, vacías y limpias
Relleno:
  • Lechuga
  • Tomate
  • Zanahoria
  • Trocitos de col lombarda
  • Jamón Serrano
  • Taquitos de queso de cabra
  • Aceitunas sin hueso
  • Aceite de oliva virgen extra
  • Escamas de sal
Elaboración:
  1. Mezcla los ingredientes del pan y amasa durante unos 10 minutos en amasadora.
  2. Mientras tanto, engrasa bien las latas con spray desmoldante y fórralas con papel de hornear. Esto facilitará que el pan salga sin problemas después del horneado.
  3. Rellena las latas con la masa, aproximadamente hasta un poco menos de la mitad. Deja levar en un lugar cálido hasta que doble su volumen.
  4. Precalienta el horno a 190 °C y hornea durante unos 30 minutos, o hasta que estén dorados y bien cocidos.
  5. Saca del horno y deja enfriar dentro de las latas. Luego, desmolda con cuidado y deja que los panes se enfríen completamente sobre una rejilla.
  6. Una vez fríos, corta la parte superior y vacía el interior del pan, como si hicieras un cuenco.
  7. Prepara un aliño con aceite de oliva, semillas y sal. Vierte un poco de esta mezcla en el fondo del pan. Corta la verdura en trocitos pequeños, mézclala con el resto del aliño y rellena el pan.

Notas: 
  • Puedes adaptar el relleno a tu gusto y disfrutar de un bocata que no se derrama.
  • Si no lo vas a servir inmediatamente, espera a aliñar o, mejor aún, que cada comensal se sirva la ensalada o el relleno en el momento. Así evitarás que el pan se humedezca demasiado.

Si te gusta hacer pan en casa, también te encantará el llonguet mallorquín casero, el panecillo tradicional de Palma con prefermento y corteza crujiente.

Pasos a seguir para el pan horneado en lata


Preguntas frecuentes

¿Sirve cualquier lata de conserva?

Casi todas las de acero habituales (tomate triturado, legumbres, fruta en almíbar) funcionan de maravilla. Lo esencial es que estén bien lavadas, sin restos de adhesivo y que su interior sea metálico mate, sin revestimientos plásticos o barnices brillantes que no toleran el horno. Y un detalle clave: si la forras con papel de hornear, además de proteger la masa, te aseguras un desmoldado perfecto y sin sustos.

¿Qué pasa si la lleno más de la cuenta?

Que el pan crecerá desbocado y perderá ese cilindro tan limpio y simétrico. La masa tiene mucha fuerza y dobla su volumen fácilmente tanto en el levado como con el golpe de calor del horno. Llenando entre un tercio y la mitad consigues que suba justo hasta el borde superior, con el copete perfecto.

¿Se puede desmoldar en caliente?

Es tentador por la curiosidad, pero mejor espera unos minutos a que temple dentro de la lata. La miga termina de asentarse al enfriar; si intentas sacarlo recién salido del horno, corres el riesgo de deformarlo o romperlo.


Versión de pan en lata cortada a rodajas para tapas
Otra versión sería cortar el pan a rodajas y usarlo para tapas o canapés



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Galletas de hojaldre

En casa de los Belmonte Villalonga tenían la extraña costumbre de tomar el té cada tarde a las cinco. Y digo «extraña» porque, para ser una familia sin ascendencia ni parientes británicos, seguían la tradición con tanto celo que se ofendían si alguien les preguntaba por el motivo.

Así que me acostumbré. Me divertía, pues era una solemne ceremonia digna de verse y de disfrutarse.

—¿Lo quieres con una nube, verdad, querida? —preguntaba el señor Belmonte.

—¡Ciertamente, querido! —contestaba la señora Villalonga.

Los demás nos servíamos en silencio, como parte del ritual. Al terminar, se rompía la magia que por unos minutos había flotado en el ambiente, y todo volvía a la normalidad de siempre: el señor Belmonte se iba con sus amigos al bar, la señora Villalonga salía a correr con una vecina, nosotros nos quedábamos a hacer los deberes y, al caer la tarde, yo me marchaba a casa.

Nada hacía presagiar que aquel día sería diferente; así que, puntual como un reloj, estábamos todos aguardando el silbido de la tetera. A las cinco en punto, sonó… y la liturgia volvió a comenzar.

—¿Lo quieres con una nube, verdad, querida? —repitió el señor Belmonte.

—Hoy no, querido —respondió la señora Villalonga—. Hoy lo quiero con hielo.

El señor Belmonte, desconcertado, balbuceó:

—Pe… pe… pero eso no es posible, querida. Así no es como lo solemos tomar…

—Lo sé, querido —replicó ella con una sonrisa serena—. Pero las costumbres cambian, se transforman, se simplifican… como nuestras galletas, querido. Igual de sencillas que nuestras galletas.


Finas galletas de hojaldre y azúcar caramelizadas

Galletas sencillas de hojaldre y azúcar caramelizadas


La historia del hojaldre hunde sus raíces en la repostería de Oriente Próximo y la cuenca mediterránea, donde civilizaciones como la griega y la árabe ya utilizaban masas delgadas superpuestas —como la masa filo— para hornear pasteles dulces y crujientes. Sin embargo, aquellas preparaciones primitivas se lograban estirando láminas individuales casi transparentes y pincelándolas con grasa una a una, método laborioso que difiere de la técnica actual. La verdadera innovación del hojaldre clásico, consistente en encerrar un bloque de materia grasa dentro de la masa base (el plastón) y someterla a pliegues sucesivos para crear cientos de finas hojas alternas, comenzó a gestarse en la Europa medieval bajo la indudable influencia de la repostería andalusí.

La consolidación y el refinamiento del método tal como hoy lo conocemos se fraguaron en Francia a lo largo del siglo XVII. La tradición popular atribuye la invención del hojaldre moderno al pintor y aprendiz de pastelero Claude Gelée hacia 1640: según el relato, al intentar elaborar un pan ligero para su padre enfermo —sujeto a una dieta estricta—, envolvió un trozo de mantequilla en el pastón y lo dobló varias veces antes de hornearlo, asombrándose ante el descomunal volumen adquirido por la pieza. No obstante, los recetarios históricos constatan que fórmulas afines ya circulaban antes por España y Francia. Fue el célebre cocinero François Pierre de La Varenne quien codificó de manera metódica el sistema de pliegues por etapas, conocido como «vueltas», en su influyente tratado Le Cuisinier françois (1651).

El impulso definitivo que coronó al hojaldre en la cima de la alta repostería llegó a principios del siglo XIX de la mano de Marie-Antoine Carême. Reconocido como el gran arquitecto de la cocina gala, Carême sistematizó el principio físico tras la masa: fijó el estándar canónico en seis vueltas para garantizar una subida regular y estratificada, impulsada por el vapor de agua retenido entre las láminas impermeables de mantequilla. Valiéndose de esta estructura etérea y crujiente, creó piezas monumentales y legó al mundo creaciones imperecederas como el milhojas (mille-feuille) y los volovanes (vol-au-vent), consagrando el hojaldre como un estandarte universal que hoy brilla tanto en bocados dulces como salados.

Conocemos todo tipo de galletas: unas elaboradísimas y otras no tanto, ¿verdad? Pues el chef británico Heston Blumenthal lo ha simplificado de forma magistral: entre las recetas que suele preparar en familia tiene una versión que, además de sencillísima, es ideal para acompañar una buena taza de té. Eso sí: mejor salir a correr después que dejarse caer por el bar, porque las calorías no nos las quita nadie, pero el momento mágico está asegurado. Puedes pedir a los más pequeños que te echen una mano: la palabra «galletas» obra auténticos milagros cuando andan revolucionados.


Actualizada 2026.

 

Galletas de hojaldre caramelizadas con azúcar glas de Heston Blumenthal


Ingredientes: 
  • 1 plancha de hojaldre
  • Azúcar glas
Elaboración:
  1. Estira la plancha de hojaldre con un rodillo, hasta que quede lo más delgada posible. 
  2. Espolvorea por encima azúcar glas en lugar de harina. 
  3. Enrolla la masa hasta formar un cilindro que cortarás en discos delgados. 
  4. Estira los discos con un rodillo hasta que queden finos, también espolvorea por encima azúcar glas. 
  5. Pon los discos sobre bandejas y congélalos durante media hora o refrigéralos durante una hora. 
  6. Calienta el horno a 220º C. 
  7. Pon la masa fría sobre las bandejas de hornear, si solo tienes una bandeja, sácalos del frío a medida que lo necesites. 
  8. Hornea hasta que estén doradas. 
  9. Mientras se hornean necesitas un cazo pequeño de fondo pesado dentro del congelador. 
  10. Cuando las galletas estén horneadas, sácalas del horno y usa el cazo frío apretando con fuerza sobre cada una de ellas, así quedaran muy finas. 
  11. Frías se endurecen un poco y estarán listas para comer.

Nota: 

El cazo frío no rompe las galletas porque la masa sigue caliente y flexible al salir del horno. El frío del cazo baja su temperatura rápidamente mientras las aplana, fijando así la forma ultrafina antes de que se enfríen del todo.



Galletas de hojaldre caramelizadas de Heston Blumenthal

Preguntas frecuentes

¿Por qué se congela o refrigera la masa antes de hornear?

Porque el frío endurece la grasa del hojaldre — la mantequilla — y permite que los discos mantengan su forma perfectamente al entrar en el horno muy caliente. Si los horneas sin refrigerar previamente, la grasa se funde antes de que la masa haya empezado a estructurarse y las galletas pierden la forma redonda y se encogen de manera irregular.

¿Se puede usar azúcar normal en lugar de azúcar glas?

El azúcar glas se disuelve y carameliza mucho más uniformemente que el azúcar granulado, que tiende a quedarse en granos sin fundir y puede quemar en puntos concretos. Para esta receta el azúcar glas es el correcto — aporta esa capa dorada y uniforme que hace tan atractivas estas galletas. El azúcar normal no da el mismo resultado.

¿Con qué se sirven mejor estas galletas?

Con té o café, como en la receta original de Heston. Varios lectores las sirven con helado de vainilla — la temperatura contrasta muy bien con el caramelo crujiente. También quedan perfectas como base de un milhojas rápido: apila tres galletas con nata montada y fresas entre capa y capa. La caja de lata de la foto es la presentación perfecta para regalarlas.


Caja de galletas de hojaldre caramelizadas


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

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