Señoras y Señores,

Bienvenidos a Circus Day

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Hola,

Soy Caty y dirijo este circo

Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.

The Show

En el blog

Recetas con coliflor

Cuando todos ya dormían, corría escaleras arriba para tumbarme en el suelo del altillo, justo debajo de la claraboya redonda que el dueño original de la casa había hecho instalar para poder colocar allí su telescopio en invierno, cuando hacía tanto frío que incluso del cristal del aparato salían pequeñas nubes heladas.

No sé de constelaciones ni de otros mundos alineados con el mío. No sé quién vive en la Luna ni si en Marte hay marcianos o huertos de coliflor. Yo solo quiero un poco de paz, contar las estrellas como se cuentan las ovejas para dormir, pedir un deseo al paso de una estrella fugaz y dejarme envolver por la luz de la Luna cuando está llena.

Mis hermanos se ríen de mí cuando les cuento que visito el espacio sin cohete, o que su ruido es igual al del paso de meteoritos —aunque en el espacio no haya ruido—, y que en los anillos de Saturno suenan canciones para niños que puedes escuchar si cierras los ojos y abres la imaginación. Todos piensan que, si pudiera, sería astronauta.

Y no, yo no quiero ser astronauta. Me da miedo el silencio y el espacio infinito; temo que el cordón que me una a la nave se rompa y me deje vagando sin rumbo. A mí lo que me gusta es sacar la magia de donde sea, saber que si miro hacia arriba encontraré que el cielo sigue estando allí; que las respuestas las encuentro si las busco, y si no las busco, también. Que de la casualidad nacen grandes historias, recetas o sentimientos. Y que no le pongo fin a mi imaginación, porque la siento muy dentro, tan viva y tan clara como cuando miro el firmamento a través de la claraboya y veo todo un mundo de color.


Migas rápidas de colirroz con huevos fritos

Migas de coliflor con huevos fritos receta muy fácil



Las migas de coliflor son una propuesta culinaria moderna nacida a principios del siglo XXI al abrigo de corrientes como la dieta cetogénica o la paleodieta. El plato surge de la búsqueda de una alternativa ligera, saciante y sin gluten a las migas tradicionales, aquel contundente bocado de pastores elaborado a base de pan asentado frito. La tendencia se consolidó a nivel global en torno a 2012 con la popularización del «arroz de coliflor» en blogs gastronómicos de Estados Unidos y Europa, tras descubrirse que, al rallar o triturar los ramilletes crudos, se obtenía una textura granulada muy similar a la del cereal o la miga de pan.

A diferencia de la receta tradicional, que exige humedecer y trabajar pacientemente el pan en la sartén con manteca o aceite, la versión vegetal simplifica la técnica al máximo. Basta con saltear la coliflor rallada a fuego vivo con un hilo de aceite de oliva virgen extra para que se cocine en sus propios jugos, manteniendo una textura tierna pero con un punto crujiente (al dente). Para recrear el perfil sabroso y reconfortante de siempre, la base se acompaña de los aliños canónicos: ajos majados con su piel, buen pimentón de la Vera y, según la versión, chacinas clásicas como panceta, chorizo o taquitos de jamón.

Esta reinvención ilustra a la perfección la cocina contemporánea de sustitución, donde un ingrediente humilde de la huerta renueva un clásico sin renunciar a su arraigo. Lejos de quedar relegadas al ámbito de las dietas de adelgazamiento, las migas de coliflor se han ganado un hueco en los menús cotidianos gracias a su versatilidad, su aporte nutricional y su sencillez en los fogones.

La verdadera evolución hacia el hummus de verduras se fraguó entre finales del siglo XX y principios del XXI, impulsada por la globalización de la cocina mediterránea y el auge del veganismo en Europa y América. La industria alimentaria y la restauración occidental empezaron a reinterpretar la receta tradicional para seducir a un público que demandaba opciones más ligeras, vistosas y con perfiles nutricionales variados. Al triturar hortalizas cocidas o asadas junto con la base de garbanzo o sin él, se descubrió que no solo se enriquecía el sabor, sino que se obtenía una untuosidad sorprendente sin necesidad de incorporar grasas adicionales.

Entramos en una semana especial para los padres. Aunque la fiesta se ha vuelto muy comercial, aún recuerdo la manualidad que hacíamos en el cole para regalar: no se compraba nada. Y la verdad, tampoco hace falta gastar ahora: hijos, cocinad algo rico para celebrarlo —algo sano, para variar—, dadle un abrazo o un «te quiero» si hace tiempo que no lo hacéis. Veréis a vuestro padre feliz… y, al menos por un día, no le llevéis la contraria.

Actualizada 2026.

Aquí te dejo 2 recetas super fáciles.

Migas de colirroz


Para 2 comensales

Ingredientes:
  • Aceite de oliva 
  • 2 ajos picados
  • 75 g de panceta, cortada en trocitos pequeños
  • 1 cda. de pimentón dulce o ahumado
  • 200 g de colirroz (coliflor picada)
  • Sal
  • 2 huevos fritos (para acompañar)

Elaboración:
  1. Sofríe en aceite de oliva los ajos picados, a fuego bajo, añadir la panceta. 
  2. Añade el pimentón, remover. 
  3. Añade la colirroz, remover. 
  4. Añade la sal. 
  5. Remueve y deja cocinar 3 minutos. 
  6. Sirve.
  7. En una sartén aparte fríe 2 huevos. 
  8. Acompaña las migas con los huevos fritos.


Hummus de floretes de coliflor con tahini



Estaba en pleno atasco y mi paciencia cada vez iba a menos. Siempre me pregunté cómo lo hacía mi mujer sin explotar cada vez que se encontraba en esta situación. La compra, recoger al pequeño, llamar y recordar a los mayores que debían estar en casa después de clase, intentar cambiar de ruta para no encontrarme siempre con el mismo atasco de las cinco… ¡Uf! Debí aprender más de ella.

La adolescencia no es fácil, ni para ellos ni para mí. Recuerdo vagamente la mía y ahora quizás me vendría bien. Cada vez que le pregunto a mi padre sobre el tema, suspira y sonríe para terminar diciéndome: «Hijo mío, esa parte de tu vida mejor no recordarla», y eso me asusta, y mucho.

La rebeldía de los mayores hace que el pequeño me vea muchas veces irritado, y lo lamento. Él es todavía el que me abraza y me dice lo mucho que me quiere; el que me despierta por la mañana a besos, o el que me canta a pleno pulmón «Baby Shark» mientras conducimos al cole. Adoro esas manifestaciones de amor en estos tiempos revueltos.

«Eso no me gusta…», «estoy a dieta…», «ahora soy vegetariano…», «¡por favor!, eso ya no se lleva…», «necesito unas zapatillas nuevas…», «¡otra vez coliflor para comer!…», «me han invitado a una fiesta que terminará tarde, ¿me dejarás ir, verdad?…», «me viene a recoger mi novio…». ¿Queeeé? Es como vivir en el país de las maravillas, en el que ellos se han tomado la pócima para crecer y yo voy corriendo de un lado a otro como el Conejo Blanco: «¡No hay tiempo! ¡No hay tiempo!».


Hummus de coliflor


Ingredientes para 4 comensales:
  • 320 g de coliflor en floretes
  • 2 cdas. de aceite de oliva 
  • 2 cdas. de tahini
  • 2 cdas. de zumo de limón
  • 2 dientes de ajo
  • 2 cdtas. de comino molido
  • Sal y pimienta al gusto
Decoración:
  • Semillas de girasol, calabaza y/o sésamo negro
  • Aceite de oliva virgen extra
Elaboración:
  1. Hierve los floretes de la coliflor unos 4 minutos.
  2. En un vaso de túrmix, bate la coliflor con los demás ingredientes. 
  3. Salpimienta al gusto. 
  4. Sirve y decora con las semillas y un poco de aceite de oliva virgen extra.



Preguntas frecuentes

¿Qué es el colirroz y cómo se prepara?

El colirroz es coliflor rallada o triturada en trozos muy pequeños que imita la textura del arroz o la miga de pan. Para prepararlo en casa basta con rallar los ramilletes crudos con un rallador grueso o pulsarlos brevemente en un procesador de alimentos. También se vende ya preparado en muchos supermercados en la sección de refrigerados o congelados.

¿Se puede hacer el hummus de coliflor sin tahini?

Sí, aunque el tahini aporta el sabor a sésamo característico del hummus. Si no lo tienes o no te gusta, puedes sustituirlo por una cucharada de mantequilla de cacahuete suave o simplemente omitirlo. El resultado es un poco más ligero y con más protagonismo del sabor de la coliflor.

¿Para qué sirven las semillas de decoración en el hummus?

Las semillas de girasol, calabaza y sésamo negro no son solo decorativas — aportan textura crujiente, grasas saludables y proteínas vegetales al conjunto. En el hummus de coliflor, que es más ligero que el de garbanzo, las semillas añaden cuerpo y hacen el plato más saciante. También funcionan perfectamente como toppings en ensaladas o yogures.

Hummus de coliflor con palitos de galleta y topping de frutos secos

Relato, fotos y vídeos @catypol - Circus day

Brocomole

Cuando era estudiante, vivía en un minipiso en el barrio Latino. No tenía más que una sola habitación; todo el piso era una única estancia: dormitorio, cocina, sala de estar y baño. Bueno, el baño estaba separado por un biombo con una gran ilustración de Betty Boop. No iba conmigo, pero sí con la decoración y con la bañera de patas que ocultaba.

En la misma planta vivían otros estudiantes y una señorona caribeña que, cuando cantaba, hacía temblar los finos cristales de las ventanas al son de su voz.

—Mijita, yo iba pa soprano, pero se me crusó en la vida un caballero inglés y no solo bebí los vientos por él, también todito el ron que había en el bar donde trabajaba por aquel entonse —me decía cuando la veía alicaída.

Persea Laura, que así se llamaba la doña, despachaba en la sección de frutas y verduras de la grocery más alegre del barrio. Cuando íbamos a por género, ella siempre me regalaba un aguacate y me soltaba:

Pa que te dé enelgía, mijita, que estás muy sola.

Aquello me desconcertaba, y debía de notárseme a leguas porque ella remataba a voz en grito:

—¡Que es afrodisiaco, mijita! —y me guiñaba el ojo, dejándome a cuadros.

El resto de clientes se reía por lo bajini y yo acababa saliendo casi a la carrera de la tienda.

No sé si me hacía falta esa «enelgía», pero me zampaba el aguacate como si fuera el mayor manjar de la semana. Quizás influenciada por la sensual Betty Boop o por la vecina caribeña que vivía a dos puertas de la mía; el caso es que fue la etapa más feliz de mi vida universitaria.


(Nota: Aguacatero del género Persea de la familia Lauraceae.)


Brocomole salsa guacamole con brócoli y aguacate

Brocomole con floretes de brócoli y aguacate


El guacamole tiene su origen en la época prehispánica en el centro y sur de México, donde los mexicas preparaban una salsa espesa llamada āhuacamolli, voz náhuatl que se traduce como «salsa de aguacate». La mitología mesoamericana atribuía la receta al propio dios Quetzalcóatl, quien según la leyenda la obsequió a los humanos para que disfrutasen de sus virtudes nutritivas y energéticas. En sus inicios, la fórmula original era sumamente sencilla y consistía únicamente en aguacate machacado, chiles, jitomate y sal de grano, ingredientes nativos que se majaban en un molcajete de piedra volcánica.

Con la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XVI, el plato experimentó un profundo mestizaje culinario. Los europeos quedaron fascinados con la salsa por su textura cremosa y su sabor, pero al resultarles compleja la pronunciación nativa, adaptaron el término fonéticamente hasta alumbrar la voz «guacamole». Como el aguacate no resistía la travesía transatlántica y su cultivo no cuajó de inmediato en Europa, la receta se enriqueció sobre el propio terreno novohispano incorporando ingredientes traídos del Viejo Mundo, como la cebolla, el ajo, el cilantro y la lima.

Esta evolución transformó el preparado prehispánico en la versión que hoy triunfa a escala internacional, consolidando al guacamole como un pilar indiscutible de la gastronomía mexicana.

El brocomole —o guacamole con brócoli— es una vuelta de tuerca vegetal que no te puedes perder: fresco, suave y comodísimo. El sabor del brócoli queda completamente integrado y pasa inadvertido, por lo que resulta un truco perfecto para sumar nutrientes a la mesa. Sírvelo con nachos crujientes, bastones de zanahoria o cómelo directamente a cucharadas; ya verás qué delicia.

Actualizada 2026.


Brocomole


Ingredientes para 4:
  • 400 g de floretes de brócoli
  • 2 aguacates maduros grandes
  • El jugo de un limón mediano
  • 2 dientes de ajo
  • 300 g de tomate maduro
  • 20 g de cilantro, al gusto
  • 150 g de cebolla roja o blanca
  • Sal al gusto
  • 20 ml de aceite de oliva

Elaboración:
  1. Hierve durante 3 minutos las ramitas de brócoli. 
  2. Cuela y deja enfriar.
  3. Corta el brócoli, el tomate y el cilantro en trocitos muy pequeños. 
  4. Pica el ajo y corta la cebolla en brunoise.
  5. Pela y quita el hueso al aguacate.
  6. En un bol, chafa el aguacate con un tenedor hasta hacerlo puré.
  7. Vierte el jugo del limón sobre el aguacate y remueve.
  8. Incorpora el ajo, el tomate y el cilantro, integrándolos bien.
  9. Añade los trocitos de brócoli y la cebolla, y combina el conjunto.
  10. Por último, incorpora la sal y el aceite de oliva.
  11. Remueve bien todos los ingredientes.
  12. Sirve.

Si te gustan los untables saludables para aperitivo, también te encantarán el untable de alcachofa y el resto de untables del blog.



Brocomole y nachos con cilantro para dippear

Preguntas frecuentes

¿Se nota el sabor del brócoli en el brocomole?

Prácticamente no. El aguacate, el tomate, el cilantro y el limón dominan completamente el sabor del conjunto. El brócoli aporta textura, nutrientes y volumen sin imponer su sabor característico. Es el truco perfecto para añadir verdura extra a la dieta sin que nadie — especialmente los niños — lo detecte.

¿Cuánto brócoli se puede añadir sin que cambie el sabor?

La proporción de esta receta — 400 g de brócoli por 2 aguacates — es la que mejor equilibra nutrición y sabor. Si añades más brócoli que aguacate el sabor empieza a notarse. Si quieres reducir el aguacate por precio o disponibilidad, no superes una proporción de 2:1 brócoli respecto al aguacate.

¿Cómo evitar que el brocomole se oxide y ennegrezca?

El jugo de limón de la receta ya actúa como antioxidante natural. Para conservarlo en la nevera, cubre la superficie directamente con film transparente pegado al brocomole — sin dejar aire entre el film y la salsa. También ayuda dejar el hueso del aguacate dentro del cuenco. Aguanta perfectamente 24 horas sin ennegrecerse con estos trucos.


Vasito de brocomole con palitos de zanahoria


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Mousse de atún

Todo empezó cuando la tía Clotilde, en bata, con rulos en la cabeza y katiuskas moradas, decidió que el mundo estaba a punto de acabarse porque su horóscopo advertía: «Prepárate para lo inesperado».

—¡Hay que construir un arca de Noé! —gritó mientras untaba mousse de atún en galletitas, convencida de atraer así a animales con buen gusto.

Encendió el fuego de la chimenea, desplegó sobre la mesa sus dibujos del arca y reclutó a su tripulación: tres nietos, un gato regordete y un robot aspirador llamado Carlitos.

En cuanto cayeron las primeras gotas —tres mal contadas—, Clotilde se encaramó a la bañera y clamó: «¡Al arca, todos!», cargando con los bocetos como señal de partida. Nadie osó detenerla.

Cenaron mousse, contemplaron los dibujos y terminaron durmiéndose al calor de las brasas. Fin del diluvio. O del delirio. Lo que llegara primero.


Mousse de atún en limón como recipiente

Mousse de atún dentro de un limón fresco



La historia de la mousse de atún aúna la técnica de la alta cocina francesa, el auge de la industria conservera del siglo XX y la cultura del aperitivo rápido de posguerra. Aunque el concepto culinario de la mousse —«espuma» en francés— nació en el siglo XVIII vinculado a la repostería de autores como Menon, pronto dio el salto al recetario salado para aportar ligereza y untuosidad a carnes, mariscos y pescados.

A comienzos de la pasada centuria, los cocineros galos empezaron a servir la mousse de thon en los banquetes más selectos. Elaboraban la farsa batiendo el pescado con mantequilla en pomada, nata, mayonesa y un toque de gelatina para darle estructura antes de encajarla en moldes decorativos. Al mismo tiempo, la irrupción masiva de la conserva de atún en las décadas de 1910 y 1920 democratizó el producto: lo que antes era un ingrediente exclusivo pasó a ser un básico asequible en cualquier despensa doméstica.

El gran auge popular de la mousse de atún estalló entre los años sesenta y setenta. Durante esas décadas, la receta cruzó el Atlántico y se coronó reina de las fiestas y cócteles en Estados Unidos y Europa. La moda de la época rendía culto a los entremeses vistosos y fáciles de compartir, lo que disparó el uso de los icónicos moldes metálicos con silueta de pez. Aquellas versiones caseras se preparaban en minutos mezclando atún en lata, queso crema, mayonesa, salsa Worcestershire y gelatina neutra, decorando el lomo con finas rodajas de pepino a modo de escamas y aceitunas en los ojos.

En el Mediterráneo, especialmente en Italia bajo el nombre de spuma di tonno, la receta se consolidó como un clásico atemporal para untar sobre crostini o rellenar hortalizas de verano. Hoy, la mousse de atún ha desterrado las formas escultóricas de los setenta, pero conserva intacto su trono en el aperitivo gracias a su textura sedosa, su frescura y su insuperable practicidad.

«La naturaleza es sabia», «tiempo al tiempo», «al mal tiempo, buena cara», «año nuevo, vida nueva», «mañana será otro día»… Decimos, escuchamos y sentenciamos con estas u otras fórmulas parecidas para zanjar una charla, retratar un estado de ánimo o darnos ánimos, casi siempre sin darles mayor trascendencia: las hemos convertido en un comodín automático, casi despojado de significado por pura costumbre.

Son frases populares y corrientes que lo mismo suelta un político que un publicista o Clotilde, la vecina, cuando te cuenta que fulanito es como el perro del hortelano —que ni come ni deja comer—, pero que «tiempo al tiempo, que a cada cerdo le llega su san Martín».

Llevémoslo ahora al terreno gastronómico, porque ya te estarás preguntando qué pinta todo esto entre fogones. Pues bien: hoy el protagonismo es para el limón. Es una delicia en repostería, el toque maestro para infinidad de platos, el comodín perfecto para sustituir el vinagre en las ensaladas y el eterno remedio mañanero con agua templada para «depurar» el… ¿estómago?, ¿hígado?, ¿nada? Pero «en ayunas y templadita sienta de maravilla», insiste Clotilde. En fin: un cítrico humilde y cotidiano que nunca falta en la despensa y que siempre está listo para aliñar, realzar o redondear una receta.

Y como una servidora también recurre a los clásicos cuando toca, hoy le doy una vuelta al limón y lo convierto en un vistoso cuenco natural para servir una mousse de atún. Un aperitivo fresco, resultón y perfecto tanto para vestir una mesa de fiesta como para darse un homenaje cualquier día.

Actualizada 2026.


Mousse de atún

Ingredientes:
  • 2 limones grandes
  • 160 g de atún 
  • 1 cda. de limón
  • 1 cda. de alcaparras
  • 1 cda. de aceite de oliva
  • 1 cda. de mayonesa
  • 1 ramitas de perejil
  • 100 g de mozzarella
  • 100 ml de caldo de pescado
  • 2 sobres Agar Agar (4 gr.)
  • Sal al gusto


Elaboración:
  1. Limpia los limones, corta la punta y con un cuchillo afilado vacíalos, guarda un poco de pulpa para sacar la cucharada de limón que después usarás. 
  2. Limpia y seca bien los limones, por fuera y por dentro, reserva.
  3. Añade el Agar Agar al caldo, en frío, y ponlo en un cazo a fuego moderado. 
  4. Lleva a ebullición, baja el fuego y deja cocer 2 minutos. 
  5. Pon todos los ingredientes en una túrmix, incluido el caldo. 
  6. Pica todo hasta que te quede una pasta homogénea. 
  7. Rectifica de sal. 
  8. Rellena los limones con la pasta obtenida y  lleva al frigorífico hasta que solidifiquen. 
  9. Al estar sólido pues cortarlo a rodajas o servirlo tal cual para untar directamente del limón.

Si te gustan las mousses de pescado para aperitivo, también te encantará la tapa de mousse de bonito — otra presentación original para sorprender a tus invitados.




Preguntas frecuentes

¿Cómo se vacía el limón sin romperlo?

El truco está en cortar primero una pequeña tapa en la punta del limón — solo la punta, no más — y después trabajar con un cuchillo afilado de punta fina pegado a la piel interior, girando el limón sobre sí mismo. Una cucharilla de postre ayuda a extraer la pulpa restante. Lo importante es no presionar la piel desde fuera para que mantenga la forma cilíndrica que necesita para sostenerse en el plato.

¿Se puede hacer la mousse sin agar-agar?

Sí, con gelatina neutra en la misma proporción. La diferencia es que el agar-agar cuaja a temperatura ambiente y es apto para veganos, mientras que la gelatina necesita frío para solidificar y es de origen animal. En ambos casos el resultado es una mousse compacta que mantiene la forma al cortarla en rodajas.

¿Por qué lleva mozzarella en lugar de queso crema?

La mozzarella aporta una cremosidad más suave y ligera que el queso crema, con menos grasa y sabor más neutro que no compite con el atún. Al triturarla junto con el caldo caliente y el agar-agar se integra perfectamente en la masa. El queso crema también funciona si no tienes mozzarella, aunque el resultado es algo más denso y salado.



Mousse de atún con mozzarella dentro de un limón


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Ensalada Tetris

Una noche cualquiera, las chicas decidieron organizar una fiesta de pijamas en el piso de Bella, que vivía encima de una librería-cafetería con wifi rápido y sofá cómodo.

—¿Quién trae las palomitas? —gritó Bella desde la cocina, con un libro bajo el brazo y las gafas torcidas.

—¡Yo traigo ensalada! —dijo Ariel, que llegó en bici eléctrica, aún con gorro de nadadora y olor a cloro.

—¿De verdad? —preguntó asombrada Moana—. ¡Era mejor un poke bowl! —sonrió con inocencia.

—¿Quién ha dejado otro zapato en el ascensor? —preguntó Jasmín levantando una sandalia rosa con brillantes.

—Ups, creo que es mío —dijo Cenicienta, entrando en calcetines, con una pantufla colgando de su mochila.

Rapunzel fue la última en llegar, atascada en la puerta porque su melena se había enrollado en su pie.

—¿De verdad no quieres cortarte ni las puntas? —le susurró Aurora mientras intentaba ayudarla medio dormida, dejando a Rapunzel horrorizada.

Jasmín, por su parte, no paraba de frotar lámparas. Cada vez que veía una, le brillaban los ojos y decía: «¿Y si sale un genio?». Todas las chicas ponían los ojos en blanco. A las dos de la mañana, ya nadie veía la película. Ariel hacía estiramientos tipo sirena, Bella organizaba libros por orden y Cenicienta jugaba a emparejar zapatos como si fuera Tinder. De pronto, Aurora roncó tan fuerte que el altavoz inteligente de la sala pensó que era un comando de voz.

—¿Deseas pedir una pizza? —preguntó Siri.

—¡Sí! —gritaron todas.

Al final no hubo peli. Ni orden. Ni zapatos emparejados. Pero hubo risas, hojas verdes en sitios inesperados y un momento en que todas gritaron al ver que la lámpara de Jasmín se encendía, aunque solo porque estaba enchufada.
 
Ensalada con verduras y queso además de aceitunas

Ensalada con las verduras y el queso cortados en cubos


La Greek Tetris Salad (ensalada griega Tetris) no es un plato de origen antiguo ni una receta tradicional de la antigua Grecia, sino una innovación culinaria moderna impulsada por las redes sociales y la estética visual de plataformas como Instagram, Pinterest  y TikTok. Su historia surge de la fusión entre los ingredientes de la clásica ensalada campesina griega y el diseño geométrico del famoso videojuego soviético de los años ochenta, Tetris.

A nivel culinario, la base histórica de este plato se apoya en la ensalada griega tradicional, conocida en su país de origen como horiatiki. Aunque hoy se considera un emblema de su gastronomía, la horiatiki se consolidó recientemente en la década de 1960 en el barrio de Plaka, en Atenas. En aquella época, los dueños de las tabernas locales idearon agregar un bloque de queso feta sobre los vegetales básicos (tomate, pepino y cebolla) para evadir los precios máximos regulados por el Gobierno, creando así un plato exclusivo que podían cobrar más caro a los turistas. Paralelamente, en la cultura rural ya existía la costumbre de consumir melón o sandía junto con el queso feta para contrastar sabores dulces y salados durante los calurosos veranos mediterráneos.

La verdadera transformación hacia el concepto «Tetris» ocurrió en la última década gracias a blogueros gastronómicos y creadores de contenido digital que buscaban reinventar la presentación de la comida veraniega. El origen de esta tendencia geométrica se popularizó a través de recetas virales como la Melon and Feta Tetris Salad de portales culinarios. Los creadores comenzaron a cortar de forma meticulosa ingredientes firmes como el queso feta, la sandía, el melón, el pepino y los rabanitos en cubos idénticos y perfectos de aproximadamente dos centímetros. Al encajarlos de manera compacta y multicolor sobre el plato, emulaban los bloques o tetrominós cayendo de forma ordenada en una partida del videojuego, decorando el resultado final con aceitunas Kalamata, menta fresca y un aderezo ligero. Aunque visualmente recuerda también a la estructura de un cubo de Rubik, el nombre «Tetris» se asentó en las redes debido a la disposición plana e interactiva de los ingredientes, convirtiendo un almuerzo rústico en una obra de arte comestible de alta simetría.

Esta es la versión española de la Greek Tetris Salad: queda chulísima encima de la mesa y puedes prepararla del tamaño que quieras, individual o para compartir. También puedes cortarla así pero con otros ingredientes (que sean firmes), otros embutidos u otro aderezo, como en la versión de abajo; la imaginación es tuya.

Actualizada 2026.

Ensalada Tetris



Ingredientes (para 2 – 4 personas):
  • 1 tomate de ensalada, cortado en cubos
  • 1/2 pimiento rojo y 1/2 pimiento verde, cortados en cubos
  • 1 pepino pequeño, cortado en cubos
  • 150 g de queso curado o semi, en cubos
  • 12 aceitunas negras de Aragón o arbequinas, sin hueso
  • 1/2 cebolla morada, en rodajas finas
  • 1 cucharada de alcaparras 
  • Sal en escamas
  • Pimentón dulce o ahumado 
  • Aceite de oliva virgen extra 
  • Vinagre de manzana 

Elaboración:
  1. Corta todos los ingredientes en cubos de tamaño similar para mantener la estética tipo mosaico. 
  2. Coloca cuidadosamente en un plato cuadrado formando un patrón ordenado, alternar el rojo del tomate y pimiento, el verde del pepino, el blanco del queso, las aceitunas y las alcaparras. 
  3. Añade por encima las rodajas finas de cebolla morada para dar contraste. 
  4. Espolvorea con sal en escamas y un poco de pimentón dulce o ahumado. 
  5. Rocía por encima aceite de oliva virgen extra y unas gotas de vinagre de manzana.


Notas:
Puedes hacerla con las verduras o frutas que más te gusten. Además, si la pieza es pequeña, déjala entera.

Ensalada hecha con cuadrados de verduras y frutas


Preguntas frecuentes

¿Cuál es el tamaño ideal de los cubos para la ensalada Tetris?

Aproximadamente 2 centímetros por lado — lo suficientemente grandes para que sean visibles y manipulables con el tenedor, y lo suficientemente uniformes para mantener la estética geométrica del plato. Un corte consistente es la clave visual de la ensalada. Para ello es útil cortar primero en láminas del grosor deseado y luego en tiras y cubos.

¿Se puede hacer con otros ingredientes además de los griegos?

Sí — y esa es la gracia de la versión española de esta ensalada. Cualquier ingrediente firme que se pueda cortar en cubos perfectos funciona: sandía y feta (la versión original viral), mango y aguacate, remolacha y queso de cabra, o embutido y queso curado como en esta receta. Lo que no funciona son ingredientes blandos o con mucho líquido que no mantienen la forma.

¿Cuánto tiempo aguanta la ensalada Tetris sin deshacerse?

Recién montada es cuando está en su mejor momento visual y de textura. Si la preparas con antelación, guarda los ingredientes cortados por separado en la nevera y móntalos justo antes de servir. El tomate y el pepino sueltan líquido con el tiempo y ablandan los demás ingredientes, perdiendo la forma geométrica característica.


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Espaguetis a la amatriciana

El verano hacía tiempo que había quedado atrás: los baños en la piscina, las siestas al mediodía, los juegos por la tarde-noche que llenaban la casa de una banda sonora especial, las cenas al aire libre y las películas proyectadas sobre una sábana blanca en el patio interior. ¡Oh! Esa parte era, sin duda, la mejor manera de terminar la noche.

Mamá y papá, cogidos de la mano; mis hermanas, alborotadas cuando salía un actor guapo —o eso decían ellas, porque a mí todos me parecían del montón—; mi nonna, limpiándose las lágrimas cuando la historia lo requería... Entonces se giraba hacia mí y me decía con dulzura:

—Mi niño bonito, no crezcas rápido.

Y a mí me desconcertaba. De todas formas, tenía que crecer, así que no le prestaba mucha atención cuando se ponía así de emocionada.

El día que mamá me dijo que esa noche veríamos un spaghetti western, me maravilló. A mí me gustaban mucho, mucho los espaguetis, pero no entendía lo de «occidental».

—¿Hay una película de espaguetis... occidentales?

No sabía qué pensar, así que me pasé el día persiguiendo a la nonna para que me contara el plan. Ella, muy reservada, solo me decía que la película me iba a gustar mucho.

—Hay caballos, disparos y vaqueros —me decía—. No en ese orden... pero los hay.

Y eso me dejó chof. Aunque bueno, si había todo eso, seguro que me gustaría. Sobre todo si, antes de la película, el espagueti estaba en mi plato.


espagueti amatriciana receta fácil con pecorino y guanciale

espagueti amatriciana italianos con queso y tocino


¡Yiiiijaaaa!

Cuando era pequeña, recuerdo que en La 2 emitían ciclos de cine con frecuencia. A veces eran de películas de baile con Fred Astaire y Ginger Rogers; otras, de cine negro… y otras, de westerns. Algunos eran estadounidenses, pero también los había rodados en España —los llamados chorizo westerns— o en Italia, conocidos como spaghetti westerns. Se los denominó así porque estaban dirigidos y producidos por italianos, y el apodo nació con un claro matiz burlón, al considerarse producciones de segunda fila y copias baratas del western clásico de Hollywood. La etiqueta fue acuñada por la crítica cinematográfica estadounidense e internacional durante los años sesenta.

A mí, la verdad, no es un género que me entusiasme, pero a nuestros mayores les chiflaba. Recuerdo a mi abuela o a mi padre pegados a la pantalla viendo estas películas con auténtica devoción.

Por lo visto, los míticos estudios donde se rodaban muchos de estos spaghetti westerns estaban en Roma. Curiosamente, en las cartas de los restaurantes italianos también abunda un plato clásico: los spaghetti all’amatriciana. Aunque tampoco son originarios de Roma, sino de Amatrice. Un poco como las películas, ¿no crees?

La amatriciana —o matriciana, en dialecto romano— es una salsa tradicional que toma su nombre de Amatrice, municipio de la provincia de Rieti (perteneciente a los Abruzos hasta 1927). Sus ingredientes canónicos son tres: careta de cerdo curada (guanciale), queso pecorino y tomate.

A lo largo del siglo XIX y principios del XX, la popularidad de la amatriciana en Roma creció de forma imparable gracias a los estrechos lazos entre ambas localidades. Por aquel entonces, muchos taberneros de la capital procedían de Amatrice, hasta el punto de que el término matriciano pasó a designar una «fonda con cocina». La salsa caló tan hondo que terminó consagrándose como un estandarte indiscutible de la cocina romana.

Y tú, ¿con cuál te quedas: con el espagueti… o con el western?

Actualizada 2026.


Spaguetti all'amatriciana


Ingredientes
  • 400 g de espaguetis
  • 200 g de guanciale (o tocino)
  • 120 g de Pecorino
  • 500 g de tomates pelados

    Elaboración
  1. Cocina los espaguetis según las instrucciones del paquete.
  2. Pon una sartén al fuego bajo/medio. Corta el tocino en tiras y no en dados, añádelo a la sartén y déjalo sofreír en su propia grasa, a fuego lento. El tocino debe volverse transparente en la parte grasa, luego empezando a dorarse, y cuando esté crujiente y tostado ( con cuidado de no quemarlo ) recogerlo con una espumadera y reservarlo en un plato, pero dejar su grasa dentro del sartén.
  3. Vierte los tomates pelados en la sartén y cocina durante 10/15 minutos. 
  4. Una vez cocidos, tritúralos con un tenedor reduciéndolos a pulpa y añadir 20 gramos de queso pecorino rallado. 
  5. Escurre los espaguetis y añádelos a la salsa de la sartén, salteándolos a fuego fuerte durante 2 minutos y mezclando todo bien. 
  6. Agrega el tocino y el resto de queso pecorino, mezcla rápidamente y sirve la amatriciana bien caliente.

espagueti a la amatriciana con guanciale y pecorino


Preguntas frecuentes

¿Se puede sustituir el guanciale por bacon o panceta?

Sí, aunque en Italia los puristas no lo aceptan. El guanciale es la careta de cerdo curada — más grasa y sabrosa que el bacon o la panceta. La grasa del guanciale es lo que da la base de sabor a la salsa. El bacon ahumado cambia el perfil de sabor completamente — no es una amatriciana auténtica pero sigue siendo delicioso. La panceta curada es la mejor alternativa si no encuentras guanciale.

¿Por qué la amatriciana no lleva cebolla ni ajo?

Porque la receta canónica de Amatrice no los usa — y eso es motivo de debate serio en Italia. La discusión entre los partidarios de añadir cebolla y los puristas que la rechazan es casi tan antigua como la propia receta. La versión que se ha popularizado en Roma suele incluir cebolla, pero la original de Amatrice no. En esta receta se sigue la versión más fiel al origen.

¿Cuál es la diferencia entre amatriciana y matriciana?

Son el mismo plato con dos nombres. Amatriciana es el nombre original del municipio de Amatrice donde nació el plato. Matriciana es la corrupción romana del término — en el dialecto local de Roma "a" inicial se pierde con frecuencia — y es como la llaman habitualmente en los restaurantes y tascas de la capital italiana. Ambos nombres son igualmente válidos.




mapa italiano de los espagueti westerns


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Sopa de gambas

Malee vive en Chiang Mai, que significa literalmente «la nueva ciudad». Ella es muy curiosa e imaginativa, la única chica en la familia Suwanwimolkul, una familia numerosa que se dedica a las flores, por lo que viven a las afueras de la ciudad, donde tienen los viveros. Somchai también vive en la misma ciudad. De carácter tranquilo y simpático, es el único hijo de la familia Choochaimangkhala. Ellos se dedican a la agricultura, por lo que también viven a las afueras de la ciudad. Aunque no cerca de la familia Suwanwimolkul, sí siguen el mismo camino para repartir lo que cada familia cosecha.

Malee está enamorada de Somchai. ¿Y Somchai? Él parece muy ocupado y no suele hacerle caso a Malee, pero no la pierde de vista cuando se encuentran en el festival Yi Peng. Si la ve rodeada de muchos chicos, le compra un tom yam kung y espanta a todos con solo mirarlos. Eso hace que Malee no deje de sonreír. ¡Cuántas noches imaginándose pasear con él cogidos de la mano! Pero él nunca le ha mostrado interés en cogérsela. Ella cree que no se atreve por sus hermanos; él piensa que ella es demasiado atrevida. Y entre una y otro, la historia se va tejiendo poco a poco.

Con ganas de avanzar, Malee le escribe cartas y las esconde debajo de las piedras del camino que separa a las dos familias. Después, le hace un mapa a Somchai indicándole cómo encontrarlas. Somchai le gruñe sin asustarla; ella se ríe, esperanzada. Somchai espera la última hora de la tarde para hacer el recorrido y quedarse con las cartas; ella espera al amanecer para asegurarse de que las ha recogido. Y así, entre tarde y temprano, el cortejo empieza y acaba: a él, latiéndole el corazón al compás de cada palabra leída; ella, deseando una respuesta de sus labios; él, sonriendo con la lectura; ella, suspirando por ganar la batalla.


Sopa típica tailandesa de gambas con curry y coco un poco picante

Sopa de gambas con curry y coco de Tailandia



Tom Yam Kung es una sopa originaria de Tailandia y uno de los platos más representativos del país. "Tom" significa hervido o sopa. "Yam" se refiere a una mezcla, a menudo utilizada para describir ensaladas picantes y ácidas. "Kung" (o goong) significa gambas o langostinos. Por tanto, Tom Yam Kung es literalmente una “sopa hervida, ácida y picante con gambas”.

Es muy popular no solo en Tailandia, sino también en Laos y en otros países del sudeste asiático. Suele servirse como entrada o plato principal, a menudo acompañada de arroz jazmín. Se considera una sopa que estimula el apetito y el metabolismo, ideal para climas cálidos y húmedos. En Tailandia es habitual encontrarla en festivales, comidas familiares e incluso en puestos callejeros. Su relevancia a nivel global es tan grande que el gobierno tailandés ha impulsado su candidatura para ser reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

¡Voy al grano! Su elaboración es muy sencilla. Lo más complicado, quizás, sea encontrar algunos ingredientes como el lemongrass o la pasta de curry rojo. Yo los encontré en el supermercado asiático, y si tienes alguno cerca, probablemente tú también los encuentres sin problema. Por lo demás, no tiene misterio.

Puedes acompañarla con arroz, o tomarla tal cual. Eso sí: tiene un punto picante —no llega a adormecer la lengua, pero se nota— y está realmente deliciosa.

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Tom Yam Kung - sopa de gambas con curry y coco 


Ingredientes para 4:
  • 2 cdas. de aceite de oliva virgen extra
  • 1/2 cebolla, picada en brunoise
  • 3 dientes de ajo, picados
  • 1/2 cdta. de comino molido
  • 1 cda. de pasta de curry rojo
  • 1 l de caldo de verduras
  • 1 trozo de jengibre fresco, pelado
  • 1 lemongrass, a trozos
  • 1 jalapeño, troceado
  • Granos de pimienta
  • Cilantro
  • 2 cdas. de salsa de pescado
  • 1 lata de leche de coco (400 ml aprox.)
  • 350 g de gambas, sin cáscara y desvenadas
  • 2 champiñones, en rodajas
  • El zumo de 1 lima
  • Cilantro picado para decorar
Elaboración:
  1. En una olla grande, calienta el aceite a fuego medio. Añade la cebolla y sofríe hasta que esté transparente.
  2. Incorpora el ajo picado, el comino y la pasta de curry rojo. Remueve bien y cocina durante 1 minuto para que se liberen los aromas.
  3. Añade el caldo de verduras, el jengibre, el lemongrass, el jalapeño, los granos de pimienta, las ramas de cilantro y la salsa de pescado. Remueve y lleva a ebullición.
  4. Reduce el fuego y deja cocinar durante 20 minutos para que el caldo se infusione con todos los sabores.
  5. Cuela el caldo y vuelve a ponerlo en la olla, desechando los sólidos.
  6. Añade la leche de coco, las gambas, los champiñones y el zumo de lima. Cocina a fuego medio durante unos 5 minutos, hasta que las gambas estén hechas.
  7. Sirve caliente, decorado con cilantro fresco picado.
Mira cómo prepararlo paso a paso:


Preguntas frecuentes

¿Dónde encontrar lemongrass y pasta de curry rojo en España?

En supermercados asiáticos es el lugar más fiable y económico para encontrar tanto el lemongrass fresco como la pasta de curry rojo. En grandes superficies como El Corte Inglés o Carrefour también suelen tenerlos en la sección de productos internacionales. Si no encuentras lemongrass fresco, el seco en tiendas de especias funciona como alternativa aunque con menos aroma.

¿Se puede hacer sin salsa de pescado?

Sí, aunque la salsa de pescado es uno de los ingredientes que da al Tom Yam Kung su sabor característico umami. Si la omites, compensa con una pizca más de sal y unas gotas de salsa de soja. Para una versión completamente vegetariana, sustituye también las gambas por tofu firme y el caldo de verduras por caldo de setas shiitake.

¿Por qué se cuela el caldo a mitad de la elaboración?

Porque el jengibre, el lemongrass, el jalapeño y los granos de pimienta se usan solo para infusionar el caldo con sus aromas — no se comen. Son muy fibrosos o demasiado intensos para tomarse directamente. Después de 20 minutos de cocción han cedido todos sus sabores al caldo y se desechan, igual que se hace con las hierbas aromáticas en un caldo de cocción.


Sopa de gambas con leche de coco y lemongrass



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Polos de chocolate y Kitkat

Vivía encima de una panadería. En invierno era casi perfecto: calentita, cómoda y con aquel olor a pan recién horneado que se colaba por todos los rincones de la casa. En verano, sin embargo, la historia era otra. El calor subía como si tuviera algo personal contra ella y las noches se convertían en una sucesión de vueltas en la cama, suspiros y pensamientos poco amables hacia el horno de abajo.

No había otra opción. Mientras el asunto no se resolviera, tenía que seguir viviendo allí, quisiera o no; y aquello la desesperaba. Cada vez que pensaba en cómo salir de aquella situación, se le hacía un nudo en el estómago.

A su familia y a sus amigos les decía que lucharía hasta el final, que no pensaba rendirse, que aguantaría lo que hiciera falta hasta quedarse sin una gota de aliento.

Lo decía con mucha convicción.

Bueno… casi siempre.

Porque algunas noches, mientras intentaba conciliar el sueño con un ventilador apuntándole directamente a la cara, pensaba que quizá había exagerado un poco con lo de «hasta el final».

Vivir tan lejos de los suyos la había hecho fuerte. También más dura, más independiente y, con el tiempo, bastante reservada. Había aprendido a guardarse ciertas cosas para sí misma y a seguir adelante sin hacer demasiado ruido.

Pero entonces llegaban las visitas.

Y con ellas, todo cambiaba.

Redescubría la ciudad, encontraba rincones que creía conocer, se reía más de lo habitual y saboreaba la comida de otra manera. Hasta el bochorno parecía menos insoportable cuando tenía a alguien con quien compartirlo.

No se quejaba: en realidad, estaba bien adaptada. Había aprendido a querer aquella vida, aunque una parte de su corazón siguiera mirando hacia casa.

Y cuando las visitas se marchaban, esa parte volvía a hacerse notar.

Entonces no regresaba directamente a casa. Necesitaba una pequeña tregua antes de enfrentarse otra vez al silencio, al calor y a sus propios pensamientos. Así que se acercaba a un puestecito de helados, pedía uno —siempre uno, porque tampoco hacía falta solucionar la vida de golpe— y buscaba un rincón desde el que observar a la gente pasar.

Allí, mordisco a mordisco, recolocaba sus recuerdos, repasaba lo vivido y se daba ánimos para volver.

El polo no solucionaba el problema. Tampoco hacía que los echara menos de menos.

Pero ayudaba.

Porque algunas cosas no tienen remedio inmediato.

Y un polo no arregla la vida, pero consigue que, durante un rato, todo resulte bastante más dulce.


Polos de chocolate rellenos con la galleta de chocolate Kitkat

Polos caseros de chocolate hechos sin heladera



La historia del famoso chocolate KitKat comenzó en el Reino Unido gracias a la sugerencia de un trabajador. En la década de 1930, un empleado de la confitera Rowntree's, ubicada en la ciudad de York, dejó una propuesta en el buzón de sugerencias de la fábrica: crear una chocolatina económica y fácil de transportar que un obrero pudiera llevar en la fiambrera para tomar durante el descanso del trabajo.

A partir de aquella idea, la empresa lanzó el producto al mercado el 29 de agosto de 1935 con el nombre de Rowntree's Chocolate Crisp. La presentación original consistía en cuatro barquillos crujientes cubiertos por una capa de chocolate con leche. Dos años más tarde, en 1937, la compañía rebautizó el dulce como KitKat Chocolate Crisp para lograr una marca más comercial y memorable. La denominación «KitKat» procedía indirectamente de un club político y literario del siglo XVIII londinense llamado Kit-Cat Club, cuyas tertulias se celebraban en la pastelería de Christopher Catling, apodado Kit Cat.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la escasez derivada del racionamiento de alimentos forzó una transformación drástica. Entre 1942 y 1947, la falta de leche obligó a Rowntree's a modificar la receta original y utilizar chocolate negro. Para advertir a los consumidores de esta alteración temporal y evitar equívocos, la marca sustituyó su característico envoltorio rojo por uno de color azul. Una vez concluido el conflicto y restablecido el suministro habitual, el dulce recuperó tanto su fórmula con chocolate con leche como su emblemático color rojo corporativo.

El despegue definitivo de la marca en la cultura popular llegó en 1957 con el estreno de su célebre eslogan: «Have a break… have a KitKat». Esta campaña transformó la percepción del producto, asociando la chocolatina no solo con un bocado dulce, sino con el ritual cotidiano de hacer una pausa en mitad de la jornada laboral o escolar.

La expansión internacional dio un giro en 1988, cuando la multinacional suiza Nestlé adquirió Rowntree's. A partir de entonces, Nestlé asumió la distribución global del producto en casi todo el mundo, con la excepción de Estados Unidos. En el mercado estadounidense, los derechos de producción pertenecían a The Hershey Company en virtud de un acuerdo de licencia previo firmado en 1970, el cual sigue vigente en la actualidad.

Con el cambio de milenio, la marca protagonizó un fenómeno cultural masivo e insólito en Japón. La pronunciación del nombre en japonés, Kitto Katsu, guarda un gran parecido fonético con la expresión «seguro que ganarás» o «triunfarás sin falta». Gracias a esta coincidencia, la chocolatina se convirtió en un amuleto de buena suerte que familiares y amigos regalan a los estudiantes ante los exámenes de acceso. Para capitalizar este furor, Nestlé desarrolló cientos de ediciones exclusivas para el mercado nipón: desde té verde matcha y sake hasta variantes tan singulares como el wasabi o el melón. Hoy en día, el dulce se comercializa en más de ochenta países y figura entre los aperitivos más reconocibles del planeta.

Supongo que has visto en infinidad de películas o series cómo «ahogan» las penas sus protagonistas; sí, con helado. Lo habitual suele ser abrazarse a una tarrina gigante, pero en esta ocasión me apetecía preparar polos caseros. Polos de chocolate con KitKat: nada de tarrinas, aunque el antojo se me quitó exactamente igual.


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Polos de chocolate y Kitkat


Ingredientes para 6 polos:
  • 20 g de chocolate
  • 50 g de miel o azúcar invertido
  • 7 g de fécula de maíz
  • 8 g de cacao puro en polvo sin azúcar
  • 300 ml de leche 
  • 7 g de queso crema
  • 6 mini galletas Kitkat
Elaboración:
  1. Diluye la Maizena con la leche. 
  2. Derrite el chocolate en el microondas o a baño María. 
  3. En una cacerola al fuego. Añade la leche con la Maizena, el chocolate, la miel o el azúcar invertido, el queso y el cacao. Cocina y remueve hasta espesar, siempre a fuego bajo. 
  4. Saca del fuego, y por si queda algún grumo pasa la mezcla por un colador. 
  5. Vierte el líquido en los moldes.
  6. Añade los mini Kitkat en los moldes, si quieres usar la hendidura de la galleta para poner el palito de madera, como se ve en la foto, pero si no puedes por el tipo de molde o no te gusta, puedes colocarlo de la manera tradicional. 
  7. Llevar el molde con las galletas al congelador.
  8. Para desmoldar simplemente sumerge los moldes en agua templada y así saldrán con más facilidad.

Elaboración de los polos de chocolate con kitkat minis

Preguntas frecuentes

¿Cómo se pone el KitKat como palito del polo?

La hendidura natural del KitKat mini es perfecta para encajar el palito de madera. Simplemente inserta el palo de madera en esa ranura antes de meter el molde en el congelador. Si tu molde no permite esa disposición o prefieres la presentación tradicional, puedes colocar la galleta KitKat verticalmente en el centro del polo — queda igual de crujiente y el contraste de texturas es el mismo.

¿Se puede hacer sin molde de polos?

Sí. Puedes usar vasitos de yogur pequeños, cubiteras de silicona o cualquier recipiente que aguante el congelador. Para los vasitos de yogur, cubre la parte superior con papel de aluminio y haz un pequeño corte en el centro para insertar el palito — así se mantiene vertical mientras se congela.

¿Por qué se usa queso crema en la mezcla de chocolate?

El queso crema aporta cremosidad y evita que el polo quede demasiado duro al congelarse. La grasa del queso interfiere con la formación de cristales de hielo grandes, dando una textura más suave y agradable al morder. Es el mismo principio por el que muchas recetas de helado casero usan nata o queso — sin esa grasa el resultado es más hielo que helado.



Polos de chocolate hechos en molde con galleta kitkat dentro


Relato y fotografías de @catypol - Circus day.

Albóndigas de pan

Ella vivía a un par de casas de la suya. En una pequeña casa blanca con persianas verdes, un patio lleno de macetas que sobrevivían como podían a los rigores del verano y unos ventanales tan amplios que parecía que la luz hubiera decidido quedarse a vivir allí para siempre.

Él le decía que, por las mañanas, cuando ella preparaba el café, el aroma llegaba hasta su portal. No sabía si era cosa del viento o de su propia imaginación, pero cada vez que lo percibía sonreía: era su manera particular de saber que ya estaba despierta y dando guerra entre los fogones. Ella se reía cuando él se lo soltaba. Le decía que exageraba, que ningún café tenía semejante alcance; pero, aun así, se le encendían las mejillas y bajaba la mirada, como si no supiera muy bien qué responder.

A él le enternecía la escena. Todavía conservaba porte de galán, aunque la enfermedad hubiera decidido instalarse en su cuerpo sin pedir permiso. Seguía disfrutando de esas pequeñas cosas que tantos pasan por alto: el olor del café recién hecho, una charla cruzada desde la acera o el verla regresar a casa con la bolsa de la compra demasiado llena para alguien que aseguraba que solo bajaba a por pan.

Al mediodía, cuando intuía que la cocina de ella hervía en plena actividad, se la imaginaba con el delantal puesto, las mangas remangadas y la cuchara de madera en ristre. Se la figuraba boleando albóndigas de pan mientras canturreaba una copla antigua, desafinando en unas notas y acertando en otras por pura casualidad. También la imaginaba discutiendo con el recetario, añadiendo los puñados «a ojo» y sentenciando que las medidas exactas estaban muy bien para los libros, pero no para la vida real.

Entonces él cerraba los ojos y se veía sentado en una silla de anea, contemplando el trajín. Se imaginaba a sí mismo dándole instrucciones que nadie le había pedido, corrigiendo el tamaño de las porciones y mangando alguna antes de tiempo con la excusa de probar el punto. Ella, por descontado, fingiría molestarse y le regañaría diciendo que así no había quien terminara el guiso.

Le reconfortaba pensar en todo aquello. Le gustaba evocar el tintineo de las cacerolas, el perfume del caldo, las conversaciones triviales y las bromas repetidas mil veces. Le gustaba sentirse allí, compartiendo una mañana cualquiera; porque las mañanas corrientes son, al fin y al cabo, las que más se añoran cuando faltan.

Y aunque solo fuera en su pensamiento, suspendida en ese remanso apacible entre la memoria y el anhelo, ella seguía estando cerca. Apenas a un par de casas de la suya.


Albóndigas de pan de mi abuela

Albóndigas de pan herencia familiar
Albóndigas de pan herencia familiar


Los huevos tontos o repápalos son el máximo exponente de la cocina de subsistencia de la península ibérica, nacidos de la necesidad histórica de estirar los recursos en épocas de escasez. Su origen más remoto se vincula estrechamente a la tradición culinaria sefardí, consolidándose siglos más tarde como un recurso imprescindible de la gastronomía rural española, en especial durante la posguerra. La esencia del plato consistía en «engañar al estómago» mezclando restos de pan duro con huevo batido, ajo y perejil para moldear una suerte de albóndiga humilde sin pizca de carne.

Según la geografía, esta elaboración adoptó identidades, texturas y funciones muy diversas en la mesa familiar. En la cocina aragonesa —particularmente en la provincia de Teruel— se conocen como huevos tontos, y su masa se fríe para consumirse como aperitivo seco o incorporarse a los potajes tradicionales. Por su parte, en Extremadura reciben el nombre de repápalos y constituyen un pilar de la cocina cuaresmal y de Semana Santa: se doran en la sartén y luego se guisan en una reconfortante salsa verde con caldo y cebolla pochada.

La versatilidad de esta receta popular hizo que se extendiera por toda la geografía peninsular bajo infinidad de nombres locales: pellas, rellenos de cocido, engañamaridos, papones o peyuelas. Además, la misma base de pan y huevo dio el salto a la repostería tradicional en muchas comarcas extremeñas y manchegas. En su variante dulce —conocidos como sapillos o repápalos dulces—, estas porciones de masa se fríen y se infusionan en leche aromatizada con azúcar, canela en rama y corteza de limón, transformándose en uno de los postres más entrañables de nuestro recetario tradicional.

Hace unos días me escribió Inés. Administra un blog de cocina de mercado y, a través de un compañero de trabajo, conoció la historia de Jontxu: un niño de ocho años diagnosticado de leucodistrofia, una enfermedad poco común.

Su familia impulsó la iniciativa The Walk On Project (WOP) y ella, para aportar su granito de arena, me propuso sumarme a esta causa con una receta entrañable. Una propuesta sencilla que nos dibujara una sonrisa, nos transportara a la infancia y no necesitara ingredientes inaccesibles, con el fin de publicarla el 29 de febrero: una fecha que solo disfrutamos cada cuatro años, un día único para una receta especial dedicada a un niño excepcional.

Mi contribución es este plato humilde, fácil y profundamente familiar, de esos que preparaba mi madre cuando éramos pequeños y que tanto nos gustaba saborear en casa.

Es el único legado gastronómico que conservo de mi abuela paterna, una mujer conquense de bandera a la que no alcancé a conocer, pero de la que mis hermanos siempre hablan maravillas. Pese a ser ciega, cuidaba con dedicación absoluta de su marido y de sus dos hijos. Mi madre aprendió a preparar estas albóndigas de pan siguiendo al pie de la letra sus indicaciones, y tiempo después me transmitió la receta a mí. Aunque las hago pocas veces me gusta mucho añadirlas a los guisos, es un plus que te recomiendo probar. Ojalá disfrutéis de esta humilde aportación.


Actualizada 2026.

Albóndigas de pan de mi abuela


Ingredientes:
  • 100 g de pan de payés que tenga dos días (que esté duro)
  • 3 cdas. de agua
  • 2 huevos
  • 3 ajos picados
  • 1 cda. de perejil picado
  • Sal
  • Aceite para freír

Elaboración:

  1. Quita la corteza del pan y desmenuza la miga. 
  2. Mézclala con el agua, los huevos, el ajo picado y el perejil, y mezcla bien. 
  3. Salpimienta al gusto. 
  4. Forma bolitas con dos cucharas y fríelas en aceite caliente hasta que estén doradas. 
  5. Puedes servirlas con salsa de tomate o añadirlas a guisos.


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Tarta de chocolate

Cada día salía de casa para dar un paseo por el barrio. Me gustaba caminar sin prisa: saludar a Grace, que tenía una pequeña tienda en una de las calles tranquilas de River North; esquivar a los chicos que salían de clase; ayudar al señor Henry, demasiado sordo y casi ciego para cruzar la calle solo, y sentarme un rato en el Riverwalk a contemplar el río Chicago.

Después me dirigía a The Little Corner, un pequeño café y pastelería escondido entre edificios antiguos y modernos. Por las mañanas se llenaba de gente con prisas por un café y algo dulce antes de empezar la jornada; por la tarde, en cambio, se volvía un rincón sosegado y acogedor, perfecto para quienes buscábamos una pausa antes de volver a casa. Allí me esperaba Claire: menuda, risueña y con unos ojos que cortaban la respiración a cualquiera que se detuviera a mirarla. Siempre regalaba una sonrisa, incluso a quienes iban demasiado rápido como para devolverle el saludo.

Y allí estaba yo, sentado junto a la ventana, viendo el ajetreo ajeno y aliviado de no formar parte de esa vorágine, cuando apareció ella con su magia habitual. Llevaba algo entre las manos, cubierto por un paño delicado. Me miró con picardía.

I'll give you some if you can guess what it is… —siempre conseguía hacerme sonreír.

—¡Mmm! ¿Una calabaza? —pregunté divertido.

Nope! —negó ella.

—¿Le has quitado el sombrero al señor Henry? —bromeé.

No way! —exclamó entre risas.

—De acuerdo, me rindo —dije al fin.

Oh, come on! Chocolate cake for you! —anunció al retirar la tela.

Debajo apareció una tarta de chocolate espléndida, tan dulce como su mirada y tan perfecta como solo ella sabía prepararla. Si alguna vez visitas Chicago, búscala, déjate envolver por su magia y déjate mirar por sus ojos. Siempre sabrá cómo sorprenderte.


Tarta de chocolate de dos pisos con ganache de chocolate negro y virutas

Tarta de chocolate casera con bizcocho húmedo de dos capas



La historia de la tarta de chocolate comenzó a consolidarse en 1764, cuando el doctor James Baker y un molinero descubrieron cómo moler las habas de cacao con grandes piedras de molino mecánicas, obteniendo una pasta y un polvo de cacao más accesibles para la población. Hasta ese momento, el chocolate se consumía en Europa principalmente como bebida exclusiva de las clases altas, costumbre extendida tras la llegada del cacao americano a España. Pese a este avance, la repostería tardó décadas en integrar el cacao directamente en las masas horneadas, limitándose al principio a rellenos o coberturas líquidas.

Un hito fundamental para la repostería fina ocurrió en Viena en 1832, cuando el joven aprendiz Franz Sacher creó la célebre tarta Sacher (Sachertorte). Ideada para agasajar al príncipe Klemens von Metternich, consistía en un bizcocho denso de chocolate con mermelada de albaricoque y un glaseado firme de chocolate negro. Este postre causó sensación en las cortes europeas, aunque distaba del concepto de tarta casera y esponjosa que se popularizaría más adelante. El verdadero punto de inflexión técnico llegó en 1847 en los Estados Unidos, cuando la autora culinaria Eliza Leslie publicó la primera receta impresa de un pastel de chocolate en su libro The Lady's Receipt-Book. Aquella versión pionera consistía en un bizcocho claro que simplemente llevaba trozos de chocolate picado repartidos por la masa.

La evolución hacia el postre húmedo, tierno y oscuro que conocemos hoy culminó a finales del siglo XIX. En 1879, el chocolatero suizo Rodolphe Lindt inventó el proceso de conchado (agitar, calentar y airear continuamente la pasta de chocolate durante horas o días para lograr una textura suave y eliminar la acidez indeseada), un método de refinado que permitía obtener un chocolate mucho más sedoso y fácil de fundir para emulsionar con la harina y la mantequilla. 

A partir de 1886, los recetarios norteamericanos estandarizaron la adición de chocolate fundido y cacao en polvo directamente en la masa. El abaratamiento de los procesos industriales y la popularización de impulsores químicos, como el bicarbonato sódico o la levadura química, permitieron que los hogares adoptaran este dulce como el postre insignia de cumpleaños y celebraciones a partir de la década de 1890. Durante los años treinta del siglo XX, recetas emblemáticas e intensas como el pastel Devil's food ('comida del diablo') consolidaron definitivamente la identidad de este icono de la gastronomía mundial.
Tengo que decir que es mi preferida; bueno, una de ellas. Además, es perfecta para cumpleaños: el hecho de que sea de dos pisos, con una ganache untuosa que la envuelve y una decoración sencilla, la hace irresistible, ¿no crees?

Actualizada 2026.

Tarta de chocolate de dos pisos con ganache — receta de cumpleaños


2 moldes redondos de 20 cm de diámetro

Ingredientes de los bizcochos:
  • 200 g harina de repostería
  • 90 g azúcar blanco
  • 90 g azúcar moreno o panela
  • 60 g cacao en polvo sin azúcar
  • 6 g (1 cucharadita y media) levadura en polvo
  • 6 g (1 cucharadita y media) bicarbonato sódico
  • 2-3 g (1/2 cucharadita rasa) sal
  • 1 sobre de café instantáneo
  • 2 huevos grandes
  • 200 ml leche
  • 100 ml aceite suave
  • 1 cdta. y media de extracto de vainilla
  • 180 ml agua hirviendo

Elaboración:
  1. Tamiza en un bol amplio los ingredientes secos.
  2. Mezcla brevemente con las varillas de mano.
  3. Añade los ingredientes líquidos a los secos.
  4. Bate a mano hasta que no queden grumos secos.
  5. Reparte la masa a partes iguales en los dos moldes de 20 cm previamente engrasados y con papel en la base.
  6. Hornea a 175°C (calor arriba y abajo sin ventilador) durante 25-30 minutos. Comprueba con un palillo en el centro antes de retirar.

Ganache de chocolate negro para relleno y cobertura


Ingredientes
  • 300 g chocolate para postres
  • 300 ml nata para montar (35% M.G.)
  • 50 g mantequilla sin sal a temperatura ambiente

Elaboración
  1. Trocea el chocolate y colócalo en un bol amplio.
  2. Vierte la nata hirviendo sobre el chocolate troceado, remueve hasta integrar y añade la mantequilla en dados hasta que se funda.
  3. Cubre el bol con film transparente en contacto con la superficie (a piel) y déjalo en la nevera un mínimo de 4 a 6 horas (o de un día para otro) para que la grasa cristalice bien.
  4. Bate con varillas eléctricas a velocidad media durante 1 o 2 minutos.
  5. En cuanto coja cuerpo y haga picos suaves, para inmediatamente (si te pasas de batido, la grasa se puede cortar).

Una vez que los bizcochos estén fríos y hayan reposado sobre una rejilla de repostería, corta la parte superior si ha quedado algo de copete para nivelarlos. Esparce parte de la ganache sobre una de las bases; la cantidad es orientativa, pero ten en cuenta que debe sobrarte suficiente para cubrir el exterior. Coloca el otro bizcocho encima, dejando el relleno en el medio, y extiende el resto de la ganache por toda la superficie y los laterales hasta que la tarta quede cubierta por completo. Si lo deseas, decora con virutas de chocolate o con lo que prefieras. Refrigera hasta que la tengas que servir.

Si te gusta mucho el chocolate puedes disfrutar en Circus day de bizcochos, galletas y crinkles.




Preguntas frecuentes

¿Para qué sirve el café instantáneo en la tarta de chocolate?

El café no aporta sabor a café — actúa como potenciador del sabor del cacao. El chocolate y el café comparten compuestos aromáticos que se complementan y al añadir café instantáneo a la masa el sabor a chocolate se intensifica notablemente sin que el lector detecte el café. Es el truco de los mejores pasteles de chocolate profesionales.

¿Por qué la ganache necesita reposar en nevera 4-6 horas?

Porque la grasa de la nata y el chocolate necesita tiempo para cristalizar y adquirir la consistencia correcta para montar. Si intentas batirla antes de ese reposo estará demasiado líquida y no cogerá cuerpo. Con el reposo correcto basta con 1-2 minutos de batido para conseguir una ganache firme, sedosa y perfecta para cubrir la tarta.

¿Se puede hacer la tarta de chocolate en un solo molde?

Sí, aunque el resultado visual es diferente. Con un solo molde de 20 cm obtienes un bizcocho más alto que puedes partir en dos capas con un cuchillo de sierra. La ventaja de los dos moldes es que los bizcochos quedan más uniformes y no hay que cortar. En cualquier caso, espera siempre a que estén completamente fríos antes de montar la tarta para que la ganache no se funda.



Tarta de chocolate cubierta de ganache con nata para cumpleaños


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

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