Él le decía que, por las mañanas, cuando ella preparaba el café, el aroma llegaba hasta su portal. No sabía si era cosa del viento o de su propia imaginación, pero cada vez que lo percibía sonreía: era su manera particular de saber que ya estaba despierta y dando guerra entre los fogones. Ella se reía cuando él se lo soltaba. Le decía que exageraba, que ningún café tenía semejante alcance; pero, aun así, se le encendían las mejillas y bajaba la mirada, como si no supiera muy bien qué responder.
A él le enternecía la escena. Todavía conservaba porte de galán, aunque la enfermedad hubiera decidido instalarse en su cuerpo sin pedir permiso. Seguía disfrutando de esas pequeñas cosas que tantos pasan por alto: el olor del café recién hecho, una charla cruzada desde la acera o el verla regresar a casa con la bolsa de la compra demasiado llena para alguien que aseguraba que solo bajaba a por pan.
Al mediodía, cuando intuía que la cocina de ella hervía en plena actividad, se la imaginaba con el delantal puesto, las mangas remangadas y la cuchara de madera en ristre. Se la figuraba boleando albóndigas de pan mientras canturreaba una copla antigua, desafinando en unas notas y acertando en otras por pura casualidad. También la imaginaba discutiendo con el recetario, añadiendo los puñados «a ojo» y sentenciando que las medidas exactas estaban muy bien para los libros, pero no para la vida real.
Entonces él cerraba los ojos y se veía sentado en una silla de anea, contemplando el trajín. Se imaginaba a sí mismo dándole instrucciones que nadie le había pedido, corrigiendo el tamaño de las porciones y mangando alguna antes de tiempo con la excusa de probar el punto. Ella, por descontado, fingiría molestarse y le regañaría diciendo que así no había quien terminara el guiso.
Le reconfortaba pensar en todo aquello. Le gustaba evocar el tintineo de las cacerolas, el perfume del caldo, las conversaciones triviales y las bromas repetidas mil veces. Le gustaba sentirse allí, compartiendo una mañana cualquiera; porque las mañanas corrientes son, al fin y al cabo, las que más se añoran cuando faltan.
Y aunque solo fuera en su pensamiento, suspendida en ese remanso apacible entre la memoria y el anhelo, ella seguía estando cerca. Apenas a un par de casas de la suya.
Según la geografía, esta elaboración adoptó identidades, texturas y funciones muy diversas en la mesa familiar. En la cocina aragonesa —particularmente en la provincia de Teruel— se conocen como huevos tontos, y su masa se fríe para consumirse como aperitivo seco o incorporarse a los potajes tradicionales. Por su parte, en Extremadura reciben el nombre de repápalos y constituyen un pilar de la cocina cuaresmal y de Semana Santa: se doran en la sartén y luego se guisan en una reconfortante salsa verde con caldo y cebolla pochada.
La versatilidad de esta receta popular hizo que se extendiera por toda la geografía peninsular bajo infinidad de nombres locales: pellas, rellenos de cocido, engañamaridos, papones o peyuelas. Además, la misma base de pan y huevo dio el salto a la repostería tradicional en muchas comarcas extremeñas y manchegas. En su variante dulce —conocidos como sapillos o repápalos dulces—, estas porciones de masa se fríen y se infusionan en leche aromatizada con azúcar, canela en rama y corteza de limón, transformándose en uno de los postres más entrañables de nuestro recetario tradicional.
Hace unos días me escribió Inés. Administra un blog de cocina de mercado y, a través de un compañero de trabajo, conoció la historia de Jontxu: un niño de ocho años diagnosticado de leucodistrofia, una enfermedad poco común.
Su familia impulsó la iniciativa The Walk On Project (WOP) y ella, para aportar su granito de arena, me propuso sumarme a esta causa con una receta entrañable. Una propuesta sencilla que nos dibujara una sonrisa, nos transportara a la infancia y no necesitara ingredientes inaccesibles, con el fin de publicarla el 29 de febrero: una fecha que solo disfrutamos cada cuatro años, un día único para una receta especial dedicada a un niño excepcional.
Mi contribución es este plato humilde, fácil y profundamente familiar, de esos que preparaba mi madre cuando éramos pequeños y que tanto nos gustaba saborear en casa.
Es el único legado gastronómico que conservo de mi abuela paterna, una mujer conquense de bandera a la que no alcancé a conocer, pero de la que mis hermanos siempre hablan maravillas. Pese a ser ciega, cuidaba con dedicación absoluta de su marido y de sus dos hijos. Mi madre aprendió a preparar estas albóndigas de pan siguiendo al pie de la letra sus indicaciones, y tiempo después me transmitió la receta a mí. Aunque las hago pocas veces me gusta mucho añadirlas a los guisos, es un plus que te recomiendo probar. Ojalá disfrutéis de esta humilde aportación.
Actualizada 2026.
Albóndigas de pan de mi abuela
- 100 g de pan de payés que tenga dos días (que esté duro)
- 3 cdas. de agua
- 2 huevos
- 3 ajos picados
- 1 cda. de perejil picado
- Sal
- Aceite para freír
- Quita la corteza del pan y desmenuza la miga.
- Mézclala con el agua, los huevos, el ajo picado y el perejil, y mezcla bien.
- Salpimienta al gusto.
- Forma bolitas con dos cucharas y fríelas en aceite caliente hasta que estén doradas.
- Puedes servirlas con salsa de tomate o añadirlas a guisos.
































