La casa de la pitonisa apareció al final de un sendero estrecho, entre cipreses retorcidos y rosales demasiado perfectos para ser naturales. Fue un mayordomo quien les abrió la puerta. Un hombre alto, impecablemente vestido y completamente despistado.
—¡Ah! ¡Las cuatro directoras del coro! —anunció con alegría—. Pasen, pasen, el ensayo es en el salón principal.
—No somos directoras de coro —corrigió Circe con una sonrisa amable.
—Ya, bueno... La señora del fondo —dijo señalando a Morgana—, ¿no es el «do soprano»?
Morgana lo miró.
—Curiosamente, no se equivoca del todo; cuando me pongo, me pongo.
Agnes soltó un suspiro.
—Si seguimos así, acabamos siendo responsables de una ópera que no hemos ensayado.
El mayordomo, encantado consigo mismo, las condujo por un pasillo lleno de retratos hasta una sala circular. Allí estaba la pitonisa recomendada. Las cuatro repararon en lo mismo al instante. Las gafas tenían unos cristales tan gruesos que parecían capaces de ver el futuro por adelantado, seguramente no necesitara una bola de cristal. La pitonisa las observó unos segundos.
—Soy la adivina del valle —anunció.
Hizo una pausa solemne.
—Pero no adivino. Yo solo... acierto cuando acierto.
Otra pausa.
—Es decir, no predigo. Me limito a decir lo que digo.
Las cuatro brujas se miraron. La duda fue casi simultánea: quizá habían acudido al lugar equivocado. Tituba acarició a Björk, que maulló con desgana.
—Nos han dicho que usted puede ayudarnos con un problema delicado —dijo.
La pitonisa levantó un dedo.
—Claro. Ese problema... con el cono de...
—¡No diga el nombre! —gritaron las cuatro.
En ese momento, el mayordomo volvió a aparecer.
—¿Va a venir más gente del coro? —preguntó el mayordomo con interés.
—¿Qué coro? —dijo la pitonisa, frunciendo el ceño.
El mayordomo parpadeó, desconcertado.
—¿El cono?… ¿Qué cono? ¿Hay un cono en el coro?
Silencio. Las cuatro brujas se miraron lentamente.
—No hay coro —dijo Circe con paciencia.
—Ni cono en el coro —añadió Morgana.
—Aunque, visto lo visto —murmuró Agnes—, tampoco me sorprendería.
—¡Excelente! —exclamó el mayordomo, anotando algo en una libreta invisible—. Entonces apunto tres sopranos, una contralto y un cono solista...
Levantó la vista, orgulloso.
—El público va a enloquecer.
Originalmente, el barquillo nació en los monasterios del siglo IX como una evolución de las obleas litúrgicas. Durante la Edad Media, los panaderos utilizaban pesadas planchas manuales de hierro calentadas al fuego para prensar una masa fina a base de harina y azúcar. Estas herramientas evolucionaron hasta convertirse en las tradicionales barquilleras: moldes de metal con relieves estriados usados para cocinar la masa justo antes de enrollarla en caliente.
El formato del cucurucho como galleta cónica comenzó a documentarse en Francia a principios del siglo XIX. El libro de cocina de Julien Archambault, publicado en 1825, ya mencionaba el uso de barquillos enrollados en forma de cono. Años más tarde, en 1887, la escritora culinaria británica Agnes B. Marshall incluyó en sus recetarios una galleta llamada «Cornet with Cream», la cual consistía en un cono horneado que servía como base comestible para cremas y postres.
La verdadera revolución comercial e industrial del cono moderno ocurrió en los Estados Unidos a comienzos del siglo XX. El inmigrante italiano Italo Marchioni producía obleas hechas con moldes manuales en Nueva York desde 1896, y en diciembre de 1903 patentó una máquina para fabricar recipientes comestibles para helado.
El impulso definitivo y popular del formato actual sucedió por casualidad durante la Exposición Universal de San Luis de 1904. En este evento, un vendedor de helados se quedó sin recipientes de vidrio para atender a sus clientes. El panadero sirio Ernest Hamwi, quien operaba una barquillera contigua vendiendo zalabia (un gofre crujiente muy delgado), decidió enrollar sus obleas calientes en forma de cono para ofrecérselas al heladero. La combinación se convirtió en un éxito inmediato y masivo que transformó la industria global del helado.
A partir de 1928, inventores como J. T. «Stubby» Parker desarrollaron tecnologías para congelar el cono de barquillo junto con el helado sin que la galleta perdiera su textura crujiente. Esto permitió la producción en masa de los conos industriales que consumimos en la actualidad.
Y ahora vengo yo y me invento la versión salada… ¿Te lo puedes creer?
Actualizada en 2026
Conos salados de barquillo rellenos de ensaladilla de aguacate
- 60 g de aceite o mantequilla
- 1 huevo grande
- 125 ml de agua caliente
- 100 g de harina
- 25 g de harina de arroz
- 1 pizca de sal
- 1 pizca de pimienta negra ( pueden ser otras especias en polvo)
- 1 cda. de glicerina alimentaria líquida
- Una barquillera eléctrica o una sartén
- Mezcla bien los ingredientes.
- Forma una masa.
- Pon dos cucharadas de esa masa en la barquillera eléctrica.
- Cierra y deja cocinar 3 minutos.
- Usa el cono de la barquillera para formar los cucuruchos de barquillo.
- Deja que se enfríen.
Preguntas frecuentes
¿Dónde comprar glicerina líquida alimentaria?
La glicerina líquida alimentaria se encuentra en tiendas de repostería creativa, herbolarios y en Amazon. Busca la marca Wilton o cualquier glicerina apta para uso alimentario. Es el ingrediente clave para conseguir que los conos salados sean elásticos y no se rompan al enrollarlos.
¿Se pueden hacer los conos salados sin barquillera?
Sí, con una sartén antiadherente funciona perfectamente. No tendrán los dibujos en relieve característicos del barquillo pero la textura y el sabor son idénticos. Extiende la masa muy fina, cocínala y enróllala en caliente sobre un cono de papel o un molde cónico.
¿Qué rellenos funcionan mejor en los conos salados?
Los mejores son los que no contienen aceite ni vinagre, ya que reblandecen el barquillo rápidamente. La ensaladilla rusa con mayonesa, la ensaladilla de aguacate, el queso crema con salmón o el paté son opciones perfectas. Monta los conos justo antes de servir para que mantengan el crujiente.





































