



Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.




Catypol
29.10.12
Arnaldo era el aprendiz más joven de la panadería de Cavallari y tenía los nervios a flor de piel. Aquella mañana, el turno había sido un desastre: tres turistas franceses habían entrado pidiendo "baguette".
—¡Baguette, baguette! —refunfuñaba Arnaldo—. ¡Estamos en el Véneto, no debajo de la Torre Eiffel!
En un arrebato de orgullo, decidió preparar una masa nueva, pero se pasó de listo con el agua. La mezcla quedó tan líquida y pegajosa que, al intentar volcarla sobre la mesa, se le resbaló de las manos. Para colmo de males, la puerta del obrador se atascó por la humedad del verano, dejándolo encerrado a solas con aquel desastre elástico que se expandía por el mostrador como una mancha de aceite.
—Ma veramente? El jefe me mata —susurró.
Sin poder salir y con el tiempo en contra, Arnaldo no tuvo más remedio que meter esos "charcos" de masa en el horno, esperando que el calor hiciera algún milagro. Cuando por fin logró abrir la puerta y sacar las bandejas, se encontró con unos panes planos, deformes y de aspecto sospechosamente rústico.
Justo en ese momento, un grupo de clientes entró en la tienda. No había nada más que vender. Arnaldo, temblando, puso los panes extraños en el mostrador.
—Mamma mia! —dijo la vecina, asombrada—. Tiene una pinta... interesante. Cos'è?
Arnaldo estaba bloqueado. Sabía que si decía que era un error, su jefe lo despediría antes de que terminara la frase. En la pared del fondo, vio un par de zapatillas viejas de tela que el dueño dejaba colgadas de una cuerda para cambiarse al terminar la jornada. Estaban aplastadas, anchas y tenían exactamente la misma forma que sus panes.
—Es... es una Ciabatta (una chapata/zapatilla) —soltó Arnaldo—. Es una nueva receta secreta para competir con los franceses. Muy rústica, muy nuestra.
Para su sorpresa, la vecina le dio un mordisco y le gustó. —Incredibile! —exclamó la mujer, llevándose tres.
Cuando Cavallari llegó media hora después, se encontró la caja registradora llena y las estanterías vacías. —¿Qué has vendido, Arnaldo? —preguntó el jefe arqueando una ceja. —Zapatillas, jefe —respondió el aprendiz, recuperando el color—. Hemos vendido zapatillas y los franceses ya no tienen nada que hacer aquí.


Catypol
16.10.12



Catypol
13.10.12



Catypol
6.10.12
Catypol
1.10.12