Señoras y Señores,

Bienvenidos a Circus Day

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Hola,

Soy Caty y dirijo este circo

Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.

The Show

En el blog

Bizcochos bomba

Ser un superhéroe hoy en día es un trabajo harto difícil, que presupone una formación paciente y constante. Si alguien vuelve a decirme que tener superpoderes es algo guay, tendré que controlar mi mirada para no descargarle un rayo eléctrico. Uno de esos de los que mi hijo suele comentar:

—¡Ay, mamá! No me mires así, que parece que se te van a salir los ojos de un momento a otro.

¿Sabes qué es volar? Pues yo lo hago. Sin capa ni polvos mágicos. Verás:

—Cariño, ¿puedes ir a recoger a los niños? Tengo una reunión de última hora y no llegaré a tiempo.

Y eso te lo dicen justo cuando vas con esa ropa cómoda pero fea, fea; el pelo a su aire, la mascarilla verde en la cara y, en la mano, una infusión relajante para intentar terminar el día lo más digna y serena posible… antes de que lleguen las «fieras».

Tienes veinte minutitos: corres a por esos vaqueros, te los vas poniendo mientras te peinas y te recoges el pelo, te quitas la crema con la mejor toalla que tienes (porque las viejas de repente no aparecen) y dejas la infusión a medias, que hay que salir volando. Llegas al colegio casi sin aliento, y todas las mamis impecables y bien puestas, sin un pelo fuera de lugar, te miran complacidas y aliviadas de no ser ellas, sino tú, la que va de semejante guisa. ¡Ni Superman, oigan!

Aunque a mí, la verdad, me gustaría ser más villana que superheroína, sobre todo cuando el tiempo apremia, las tareas están sin hacer, la cocina tiene vida propia y mi madre ha decidido hacerme una visita sorpresa. Podría darle la bienvenida con una risa malvada y servirle una bomba de estas; así no desentonaría ni me miraría con esa condescendencia pensando: «¡Esta hija mía… qué mal se organiza!».

Pero lo mejor de ser superhéroe es cuando llegan esos abrazos y te sueltan: «Eres la mejor madre del mundo». Entonces, ni el mejor de los vuelos, ni los rayos fulminantes, ni los peores villanos superan eso. ¿No crees?


Bizcochos de chocolate con petas zetas de relleno para explotar en la boca

Bizcochos de chocolate en forma de bomba con petas zetas



La historia de los bizcochos de chocolate comenzó propiamente a finales del siglo XIX, cuando el chocolate dejó de ser únicamente una bebida reconfortante para transformarse en un ingrediente sólido de repostería.

Antes de esta transición, las civilizaciones maya y mexica consumían el cacao como un brebaje denso y amargo llamado xocolatl. Tras la llegada de los españoles a América, la receta se modificó en Europa incorporando azúcar, canela y calor para adaptarla al gusto occidental. Durante los siglos XVII y XVIII, los pasteleros europeos empezaron a experimentar añadiendo cacao a masas densas y especiadas, más próximas a un pan dulce que a la esponjosidad actual. El marqués de Sade, por ejemplo, exigía desde prisión en pleno siglo XVIII que los pasteles que le enviaban contuvieran chocolate en su interior, prueba fehaciente del temprano furor por esta combinación.

El gran punto de inflexión técnico llegó en 1828, cuando el químico e inventor holandés Coenraad Johannes van Houten (junto a su padre, Casparus) desarrolló un método mecánico para prensar la manteca de cacao y obtener cacao desgrasado en polvo. Este avance facilitó enormemente la integración homogénea del chocolate con la harina y las grasas. Poco después, en 1832, el joven aprendiz Franz Sacher ideó en Viena la célebre tarta Sacher (Sachertorte), un hito de la pastelería centroeuropea a base de bizcocho de chocolate compacto, mermelada de albaricoque y glaseado brillante.

La primera receta impresa de un pastel de chocolate vio la luz en Estados Unidos en 1847, en el recetario The Lady's Receipt-Book de Eliza Leslie. No obstante, aquella fórmula primitiva se limitaba a picar trozos de chocolate sólido en una masa de bizcocho blanco tradicional. Fue a partir de 1886 cuando la repostería norteamericana estandarizó la disolución de cacao en polvo y chocolate fundido en el batido, logrando el color oscuro uniforme y la miga tierna que hoy reconocemos al instante.

Durante el siglo XX, la creatividad doméstica y la industria pastelera convirtieron este dulce en el rey indiscutible de cumpleaños y reuniones familiares. En los años treinta surgió el célebre Devil's food cake (pastel del diablo), una variante opulenta, chocolatosa y húmeda concebida como la némesis decadente del etéreo Angel food cake. Décadas más tarde triunfaron clásicos como la tarta Selva Negra (Schwarzwälder Kirschtorte) alemana, con su combinación de bizcocho de cacao, nata, cerezas y licor de kirsch. Hoy en día, la fórmula sigue reinventándose en versiones sin gluten, veganas o sin harinas refinadas.

¡En fin! Tanto si en casa sois más de superhéroes como si os tiran los villanos, este bocado es sencillísimo de preparar: tiene truco, sabe a puro chocolate y es una auténtica bomba de sabor en el paladar. Si involucras a los más pequeños en el amasado, se lo pasarán en grande mientras repasáis juntos la lista de sus personajes favoritos; seguro que estarán encantados de explicaros las hazañas de cada uno… aunque sea a su manera.

Actualizada 2026.



Bizcochos bomba de chocolate rellenos de Peta Zetas con mecha de regaliz


Bizcochos:
  • 3 huevos
  • 75 g de azúcar
  • 1 pizca de canela
  • 1 pizca de sal
  • 30 g de cacao en polvo sin azúcar
  • 100 g de harina
  • 1/2 sobre de levadura en polvo
  • 60 g de aceite de oliva
  • 60  de leche
  • 1 cdta. de vainilla
Además necesitas:
  • Peta Zetas
  • Regaliz de tubo
  • Cordones de regaliz
  • Chocolate para fundir , es opcional, visualmente es más bonito
  • Un poco de esta glasa roja y amarilla para la decoración de las puntas de la mecha
Precalentar el horno a 180º C

Elaboración:
  1. Bate los huevos con el azúcar hasta blanquear. 
  2. Tamiza y mezcla el resto los ingredientes secos. 
  3. Añade los ingredientes líquidos. 
  4. Mezcla suavemente hasta conseguir una masa homogénea. 
  5. Vierte en las cavidades del molde y hornea 20 minutos o hasta que la prueba del palillo salga limpia. 
  6. Saca los semicírculos del molde y déjalos enfriar completamente sobre una rejilla.
  7. Si los semicírculos de bizcocho te han quedado un poco abombados, corta la base hasta que quede plana. 
  8. Con un sacabolas o cuchara haz una hendidura para llenarla de Peta Zetas. 
  9. Tapa con otra mitad. 
  10. En este punto puedes cubrir con chocolate fundido o no, si decides que sí, una vez cubiertas las bolas dejar un tiempo en el frigorífico para que endurezca y puedas seguir con la decoración. 
  11. De cualquier manera haz un pequeño agujerito sobre la bola e inserta un regaliz de tubo, dentro del tubo inserta un trozo de cordón de regaliz. 
  12. Decora con un poco de glasa roja y amarilla la punta como si hiciera el efecto de que has encendido la bomba. 
  13. Sirve.

Notas:
  • Los Peta Zetas dejan de ser activos con la humedad, así que, puedes servir las bombas tal cual, sin cubrirlas de chocolate para que al morder se note toda la fuerza de la "bomba" o, puedes cubrir el exterior de las bombas con chocolate, en este caso tendrá menos fuerza de estallido pero al morder y masticar seguirán "explotando". 
  • Eso sí, no elabores las bombas con mucho tiempo de antelación o perderán fuerza. Tampoco mezcles los Peta Zetas con algún relleno que se te ocurra pues dejarán de funcionar. En la cavidad de la bola SOLO pon los Peta Zetas y nada más.


Collage del paso a paso de las bombas de chocolate

Preguntas frecuentes

¿Por qué los Peta Zetas pierden fuerza con la humedad?

Los Peta Zetas son cristales de azúcar con dióxido de carbono atrapado en su interior bajo presión. La humedad disuelve el azúcar y libera el gas de forma prematura — antes de que lleguen a la boca. Por eso la nota de la receta es fundamental: monta las bombas el mismo día que las vayas a servir, pon solo Peta Zetas en la cavidad sin ningún otro relleno húmedo y, si las cubres de chocolate, tendrán menos explosión pero seguirán sorprendiendo.

¿Qué molde se necesita para hacer las bolas de bizcocho?

Un molde de semiesferas de silicona — el mismo que se usa para hacer bombones o tartas mousse. Con dos mitades iguales se obtiene la bola perfecta. El tamaño más práctico es de 6-7 cm de diámetro — lo suficientemente grande para albergar los Peta Zetas y la mecha de regaliz sin que la bomba se deshaga al manipularla.

¿Se puede hacer sin sacabolas?

Sí. Con una cucharita de café bien afilada funciona perfectamente para hacer la hendidura en el bizcocho donde van los Peta Zetas. La clave es no profundizar demasiado — necesitas que quede suficiente bizcocho en la base para que la bola se mantenga estable cuando insertas la mecha de regaliz.



Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day

Pan con chocolate

Miguel la esperaba sentado en un banco del parque. Cuando la conoció, sintió su corazón latir con fuerza y, por un instante —el primero en su corta vida—, se quedó quieto. Ahora ya son amigos, juegan todos los días juntos y se cuentan los secretos que no pueden contarles a los mayores.

Se acercaba el día de su primer aniversario. No era un aniversario cualquiera: celebraban la primera vez que se hablaron. Pero no fue solo decirse «hola», como hacían los demás; ellos se dijeron más palabras y se gustaron.

Como viven cerca, se esperan para hacer juntos el camino y reírse un poco del señor Juan, que cada día arranca una flor de su jardín y se la regala a su mujer, o de Camilo, que se ata el cordón del zapato mientras mira de reojo a la nueva dependienta de la panadería. Así, el trayecto se les hace más ameno y divertido.

—¡Ay! —suspiró—, el amor, demasiado complicado, ¿o no?

Si tuvieran que explicarlo, solo podrían hablar de sentimientos. Hay quien dice que no se define qué se siente, solo se siente. Así que, cuando le pregunté a Marta qué sentía, ella simplemente dijo:

—Tengo hambre.

Dejó de pintar, se acercó a su bolsita de merienda y sacó chocolate. Yo puse el pan y lo compartimos. ¡Así es el amor!


Pan con chocolate en espiral y con bigote y labios de chocolate

Pan con chocolate merienda de los niños de los 80


El origen del pan con chocolate como merienda está profundamente ligado a la evolución industrial y social de España durante los siglos XIX y XX, cuando pasó de ser un recurso humilde a convertirse en un auténtico icono de la infancia. En sus inicios, el cacao llegó a la península ibérica como un lujo exótico reservado a la nobleza y al clero, consumido exclusivamente en taza. Sin embargo, la mecanización de los obradores y fábricas chocolateras a lo largo del siglo XIX abarató la producción, permitiendo la difusión de las primeras tabletas sólidas entre las clases populares.

La unión con el pan nació del ingenio cotidiano en tiempos de escasez, especialmente durante la posguerra española. Ante la falta de repostería y la necesidad de ofrecer a los más pequeños un tentempié energético tras la escuela, las familias recurrían al pan del día anterior, acompañado por un par de onzas de chocolate negro. En regiones olivareras como Andalucía, Cataluña o Baleares, este bocado se enriquecía a menudo con un hilo de aceite de oliva virgen extra y unas escamas de sal, una combinación sublime que realzaba las notas tostadas del cacao y aportaba jugosidad a la miga.

Durante las décadas de 1960 y 1970, al calor del desarrollismo y la cultura del consumo, el pan con chocolate se consagró como la merienda indiscutible de toda una generación. Aunque la industria alimentaria intentó disputarle el trono lanzando cremas de cacao untables y bollería empaquetada, el ritual del mendrugo crujiente con la tableta encajada en el centro conservó su aura de autenticidad y memoria afectiva en los hogares.

Se acerca el 14 de febrero y, aunque no es una fecha que celebre especialmente, me gusta mirarla desde la perspectiva de los más pequeños: ellos no la ven igual, no la viven igual y, desde luego, está libre de todo materialismo. Así que al pan con chocolate de toda la vida lo hemos transformado en un auténtico Circus day para disfrutarlo juntos.


Actualizada 2026.

Pan casero en espiral con bigotes y labios de chocolate

La masa:
  • 300 g agua
  • 20 g de levadura fresca
  • 540 g harina
  • 2 cdtas. de sal
Montaje:
  • Brochetas de madera largas y gruesas (mejor)
  • Bigotes y labios de chocolate
  • Ojos de caramelo
  • Un poco de chocolate para que haga de pegamento

Preparar la masa:
  1. Coloca en la amasadora el agua, la levadura desmenuzada, la harina y la sal. 
  2. Amasa durante 5 minutos hasta obtener una masa homogénea y elástica. 
  3. Deja fermentar en un bol tapado hasta que doble su volumen.
Dar forma al pan:
  1. Pon las brochetas de madera en remojo para evitar que se quemen en el horno. 
  2. Divide la masa en cuatro partes iguales y, con cada una, forma un rulo largo con las manos. 
  3. Enrolla cada rulo alrededor de una brocheta formando una espiral.
Segundo levado:
  1. Precalienta el horno a 200 °C. 
  2. Coloca las brochetas sobre un molde cuadrado de paredes altas, apoyando los extremos en los bordes de manera que la masa quede suspendida y no toque la base. 
  3. Deja reposar hasta que vuelva a crecer.
Horneado:
  1. Unta la masa con un poco de aceite y hornea durante 20 minutos, hasta que el pan esté dorado y cocido. 
  2. Deja enfriar sobre una rejilla.
Decoración:
  1. Derrite un poco de chocolate y utilízalo como pegamento. 
  2. Coloca una gota detrás de los bigotes y labios de chocolate, y pégalos sobre el pan. 
  3. Haz lo mismo con los ojos de caramelo.
  4. Lleva unos minutos al frigorífico para que se solidifique bien.

Si te gusta hacer pan en casa, también te encantará el llonguet mallorquín casero, el panecillo tradicional de Palma con prefermento y corteza crujiente.

Posición del pan para hornear dentro de un molde

Preguntas frecuentes

¿Por qué hay que poner las brochetas en remojo antes de hornear?

Para evitar que la madera se queme dentro del horno. Las brochetas secas a 200°C se carbonizarían en 20 minutos, arruinando el pan y dejando sabor a madera quemada. Con 30 minutos de remojo previo la madera absorbe suficiente agua para aguantar el tiempo de horneado sin quemarse.

¿Cómo se consigue que el pan quede suspendido en el molde?

Apoyando los extremos de las brochetas en los bordes del molde para que la masa quede en el aire sin tocar la base. Así el calor rodea completamente el pan por todos lados y se hornea de forma uniforme. Un molde cuadrado de paredes altas es el más práctico para esta técnica.

¿Se puede hacer sin amasadora?

Sí, perfectamente. Amasa a mano durante unos 10 minutos — el doble del tiempo que con amasadora — hasta obtener una masa lisa, elástica y que no se pegue a las manos. El truco es no añadir harina extra aunque la masa parezca pegajosa al principio: con el amasado se vuelve cada vez más manejable.


Pan en espiral con chocolate de bigotes y ojos


Relato y fotos @catypol - Circus day.

Pesto de remolacha

Jimena buscaba las ganas de acudir a la fiesta dentro de su bolso rojo Birkin. No era el accesorio más apropiado para ese evento, pero era el que le había regalado su padre antes de morir, y llevarlo consigo era como si él la acompañara. Mónica decidió dejar a su vecina al cuidado de su hijo Javier. Era la primera vez que podía permitirse salir de noche y se debatía entre ir o quedarse. Después de todo, algún día tendría que retomar la vida social tras ser mamá; volver al mundo le costaba un triunfo.

Lucía había estado a dieta estricta durante más de un año: prohibido el alcohol, la pasta o los dulces. Por lo demás, no había mayor peligro: nunca fue de buen comer y se pasaba el día corriendo de un lado a otro. Marisa acababa de aterrizar. Tenía el tiempo justo para pasar por casa, cambiarse de ropa y plantarse en la reunión. Le apetecía mucho más meterse en la cama, pero había empeñado su palabra, y ella jamás rompía una promesa, por mucho que la tentaran las sábanas de algodón egipcio que vestían su colchón.

La señora Bermúdez ultimaba los detalles de la fiesta esperando que, esta vez, acudieran las cuatro. Tras la muerte de su marido, necesitaba rodearse de energía y un poco de alegría. Sus hijas, en cambio, no lo veían igual: demasiado ocupadas, demasiado melancólicas, demasiado lejos. Pero ella se había asegurado su asistencia… al menos si querían heredar lo que les correspondía por testamento. Y sabía de sobra que, a pesar de todo, acudirían.

Una modelo, una madre soltera, una deportista y una mujer de negocios. Esa era su prole. Juntas en una misma habitación eran capaces de desatar una auténtica revolución, y ella ya no tenía paciencia para sofocar motines. Así que se limitaba a izar bandera blanca, servir una buena fuente de pasta con remolacha y plantar su mejor sonrisa de circunstancias. Siempre funcionaba. Lástima no haberlo aprendido antes; habría sido una estratega insuperable. Aunque, bien pensado, en aquella casa el único emperador con derecho a mandar había sido su difunto marido: Napoleón.


Pesto de remolacha con avellanas y eneldo fresco

Espaguetis con pesto de remolacha con avellanas y eneldo fresco


La historia de la remolacha, conocida científicamente como Beta vulgaris, comenzó en la Edad de Piedra en el norte de África, desde donde se propagó de forma silvestre por las costas del mar Mediterráneo y del océano Atlántico. Su antepasada directa es la acelga marina (Beta vulgaris subsp. maritima). En las civilizaciones clásicas de Grecia, Roma y Egipto, este vegetal no se cultivaba por su raíz carnosa como hacemos hoy, sino exclusivamente por sus hojas tiernas, que se cocinaban de manera similar a las espinacas. Sus raíces primitivas, finas y leñosas, se reservaban para la farmacopea tradicional en ungüentos y jarabes destinados a aliviar jaquecas, problemas digestivos o afecciones sanguíneas.

Durante la época romana la planta ganó arraigo en todo el imperio y se expandió con fuerza hacia el resto del continente europeo. A partir del siglo XV, la remolacha de mesa se consolidó en los fogones de países como España y Francia. Fue precisamente en este periodo bajomedieval cuando los hortelanos europeos iniciaron una rigurosa selección artificial: al sembrar sistemáticamente las semillas de las plantas con raíces más gruesas, jugosas y dulces, transformaron la fisonomía de la especie hasta fijar los bulbos redondeados y de intenso tono púrpura que disfrutamos en la actualidad.

El gran punto de inflexión histórico se produjo a mediados del siglo XVIII. El químico prusiano Andreas Marggraf descubrió en 1747 que las raíces de ciertas variedades contenían cristales de sacarosa idénticos a los de la caña de azúcar tropical. Décadas después, su discípulo Franz Karl Achard continuó las investigaciones, seleccionó ejemplares de alto rendimiento y construyó en Silesia la primera refinería industrial del mundo para extraer el endulzante. Este hito motivó el nacimiento de la remolacha azucarera moderna. Con el paso del tiempo, la remolacha afianzó su producción global por su extraordinaria resistencia a los climas fríos, aprovechándose hoy no solo como ingrediente de mesa, sino como colorante natural en la industria alimentaria y textil, y como fuente indiscutible del azúcar mundial.

Napoleón no era agraciado —o eso aseguraban quienes le trataron en persona—: bajito, corpulento y brillante por igual, fue un estratega formidable que sentía auténtico pavor por los gatos y al que la leyenda popular atribuyó, injustamente, el cañonazo que mutiló la nariz de la Gran Esfinge de Guiza (porque ya se sabe: quien ostenta el mando carga con todas las culpas).

Si hubiera entrado en los fogones con el mismo ardor que en el campo de batalla, habríamos descubierto el ratatouille un par de siglos antes; y, conociendo su obsesión logística, en tiempos de crisis nos habría untado el pan con margarina. Las célebres conservas de las que tanto se habla —y que prometían solucionar el racionamiento de su ejército— eran en sus inicios tan costosas de producir que solo los bolsillos adinerados podían costearlas. Por algo se decía entonces que el mejor recluta napoleónico debía lucir «piernas de liebre, corazón de león y estómago de hormiga». Ahora bien, cuando el bloqueo marítimo cortó el suministro de un bien tan codiciado como el azúcar de caña, el emperador ordenó encontrar una alternativa con urgencia. Y la hallaron, convirtiéndose en el gran hito azucarero de Europa: ¿a que adivináis cuál? ¡Pues claro! La remolacha.

Que nadie se alarme: no he cocinado un pesto dulce. Aunque haya evocado el azúcar, te traigo una salsa salada, vibrante y con ese fondo terroso tan característico de este tubérculo que, tras dudar si me convencería al paladar, terminó por enamorarme desde la primera cucharada. ¿Creéis que le habría hecho gracia al mismísimo Bonaparte?

Se emplea exactamente igual que el pesto tradicional genovés, con el aliciente de que tiñe los platos de pasta con un rubí espectacular que entra directo por los ojos. En lugar de albahaca le he añadido eneldo, porque combina a la perfección con la remolacha y con las avellanas (que he puesto en vez de piñones). Ya me dirás si te animas a prepararlo: sabes que me hace inmensamente feliz leerte y conocer tus impresiones.

Actualizada 2026.

 

Pesto de remolacha con avellanas — pasta rosa con sabor  


Ingredientes para pasta para 4:
  • 400 g de remolacha pelada y cocida
  • 1 diente de ajo
  • 75 g de avellanas tostadas (o almendras o piñones)
  • 100 g de Parmesano rallado
  • Sal, al gusto
  • 60 ml de aceite de oliva 
  • 10 g de eneldo fresco (solo las hojas, sin los tallos gruesos)
  • 350 g de pasta (espagueti, macarrones, fusilli, linguine...)
Secreto: 1 cucharada de zumo de limón y 1 chorrito del agua de cocción de la pasta.

Elaboración:
Aplasta 1/3 de las avellanas de un golpe con la base de un vaso o un cuchillo y resérvalas para decorar.
En el vaso de la túrmix o en la Thermomix pon la remolacha, el ajo, el resto de las avellanas, el parmesano, el eneldo, la sal, el limón y todo el aceite. Tritura a máxima potencia hasta lograr una crema lisa y brillante.
Cuece la pasta al dente. Cuando esté lista, pásala a un bol grande o a la olla (ya fuera del fuego), añade el pesto y un chorrito del agua de cocción caliente. 
Remueve vigorosamente para que la salsa cubra bien la pasta y termina con las avellanas crujientes por encima.

Notas:
El almidón del agua es clave para ligar la salsa a la pasta, y la acidez del limón corta la pesadez terrosa y dulce natural de la remolacha.

Si te gusta la remolacha como base de salsas y untables, también te encantará el hummus de remolacha.


Mosaico de los pasos para hacer el pesto de remolacha

Preguntas frecuentes

¿Se puede sustituir el eneldo por otra hierba aromática?

Sí, pero para esta combinación exacta de avellanas tostadas y queso Parmesano, la mejor hierba aromática es el eneldo fresco, seguido muy de cerca por la albahaca. La avellana aporta un perfil graso, dulce y tostado que requiere de una hierba que aporte un contraste limpio o que potencie los lácteos del queso. También le va bien el tomillo limón si buscas un toque sofisticado. Su nota cítrica ayuda a "aligerar" el aceite de oliva y el diente de ajo. También puedes quitarle la hierba aromática y hacerlo sin ellas.

¿Se puede sustituir las avellanas por otros frutos secos?

Sí. Varios lectores lo han probado con piñones, nueces y almendras con excelentes resultados. Los piñones dan el resultado más similar al pesto genovés clásico. Las nueces aportan un amargor suave que contrasta bien con el dulzor de la remolacha. Las almendras dan una textura más granulada y un sabor más neutro.

¿Para qué más se puede usar el pesto de remolacha además de la pasta?

Es extraordinariamente versátil. En tostadas con queso de cabra o roquefort, como base de pizza en lugar del tomate, en risotto para un color espectacular, como dip con crudités, mezclado con yogur griego para una salsa rápida o untado en sándwiches con pollo y rúcula. El color rubí que aporta a cualquier plato lo convierte en el ingrediente más fotogénico de la despensa.


Pesto de remolacha para pasta o ensaladas o tostadas


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Palomitas de maíz

A doña Julia le habían puesto una dentadura nueva. Decía que a su edad no era lo que más necesitaba, pero su sobrina le aseguraba que con aquella sonrisa encontraría por fin a su enamorado. Doña Julia no estaba para pretendientes, pero tampoco le llevó la contraria: al fin y al cabo, la muchacha era joven y entendía mejor lo que se cocía en el mundo en esos momentos.

Don Carlos, sabedor de la influencia de la sobrina y con el recuerdo latente de lo mucho que siempre le había gustado doña Julia, le regaló la mejor de sus sonrisas en cuanto la vio llegar. Muy galante, le hizo una leve reverencia y la invitó al cine.

—¿Al cine? —desconfió doña Julia.

—¿No te gustaría ver una película comiendo palomitas? —le propuso don Carlos con una sonrisa.

Y aunque ella no las tenía todas consigo con su nueva dentadura, su sobrina la animó a aceptar.

En la penumbra de la sala, doña Julia se sintió a salvo: cada vez que se llevaba una palomita a la boca, la pieza bailaba de un lado a otro obligándola a hacer muecas de lo más cómicas, y no quería por nada del mundo que don Carlos se percatara del trance. Sin embargo, don Carlos no le quitaba ojo, al menos a los mohínes de sus labios, y aquel baile de gestos lo animaba a soñar con que algún día la besaría: solo ella guardaba la pócima para devolverle la juventud.


Palomitas de maíz fáciles de hacer en el microondas con bolsa de papel

Palomitas de maíz hechas en bolsa de papel en el microondas

Durante el siglo XIX, las palomitas ya eran un aperitivo sumamente popular en Estados Unidos gracias a la invención de las máquinas de vapor móviles para hacer estallar el grano. Se vendían en ferias, circos y parques de atracciones porque resultaban baratas de producir, fáciles de consumir sobre la marcha y desprendían un aroma irresistible. Sin embargo, los primeros exhibidores, que abrieron sus salas a principios del siglo XX, rechazaban de plano este alimento: en aquella época, los cines imitaban la sofisticación de los teatros tradicionales con alfombras suntuosas y tapicerías caras que no estaban dispuestos a malograr con los restos y la grasa de la comida. Además, al tratarse de cine mudo, el público debía leer los intertítulos, lo que atraía a una audiencia letrada y acomodada que renegaba del bullicio feriante de las palomitas.

El panorama dio un vuelco en 1927 con la llegada del cine sonoro. Al incorporar voz y banda sonora, las películas se abrieron al gran público al derribar la barrera del alfabetismo. El crujido de los bocados ya no estorbaba en la sala, pues el propio audio tapaba el ruido de la masticación. Aun así, los exhibidores continuaban mostrándose reticentes a despachar tentempiés en sus recintos.

El punto de inflexión definitivo llegó con el crac del 29 y la Gran Depresión. Con millones de desempleados, el cine se convirtió en uno de los pocos entretenimientos accesibles, y las palomitas —que apenas costaban unos centavos por bolsa— eran un lujo al alcance de casi cualquier bolsillo. Al principio, los vendedores ambulantes se apostaban frente a las fachadas de los cines para ofrecérselas a los espectadores antes de entrar. Al comprobar que el público colaba la comida de la calle y que aquellos comerciantes prosperaban a sus puertas, los dueños de las salas reaccionaron: primero les cobraron un canon por permitirles operar en la entrada y, poco después, instalaron sus propias máquinas en el vestíbulo.

Aquella decisión rescató a la industria de la quiebra. Los cines que apostaron por las palomitas dispararon su rentabilidad y sortearon la crisis, mientras que las salas que se resistieron terminaron cerrando. La Segunda Guerra Mundial selló esta unión comercial a causa del racionamiento de azúcar, que mermó drásticamente la producción de caramelos y refrescos y dejó a las palomitas saladas sin rival. Con el paso de las décadas, el margen de beneficio de este aperitivo creció hasta tal punto que hoy sustenta la viabilidad del propio negocio de la exhibición, consolidando lo que empezó como un puesto callejero en el pilar financiero indiscutible del cine moderno.

«Popcorn is the potion» (las palomitas son la pócima o el remedio) es una expresión idiomática informal que alude al hecho de disfrutar como espectador de una situación conflictiva, entretenida o dramática, del mismo modo que se comen palomitas mientras se mira una película. Denota predisposición a presenciar un «espectáculo» o una discusión ajena. Se emplea con frecuencia en redes sociales y conversaciones cotidianas para indicar que alguien se dispone a seguir un drama o un chisme con deleite. Sugiere que las palomitas son la «pócima» mágica que adereza la experiencia de contemplar cómo se desata el caos. Está directamente ligada a la locución «grab the popcorn» (coger las palomitas) para presenciar algo tenso o divertido, quizás a doña Julia y a don Carlos.

Así es esta pócima: la que tomamos en el cine o en casa viendo una peli; la que cosemos en guirnaldas para Navidad, para decorar el árbol, cuando queremos entretener a los más pequeños; o la que añadimos a la ensalada cuando estamos a dieta para darle un toque crujiente sin sentir que nos estamos privando de nada, ¿no crees?

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Palomitas caseras al microondas


Ingredientes
  • 50 g de granos de maíz para palomitas
  • 2 g de sal
  • 1 cda. de aceite 
  • 1 bolsa de papel con base cuadrada como la de la foto de abajo (puede ser antiadherente o no).
Elaboración
  1. Pon los granos, la sal y el aceite dentro de la bolsa de papel. Si la bolsa no es antiadherente, es mejor mezclar todo previamente en un bol y, una vez integrado, verterlo dentro para evitar que el papel se empape de aceite.
  2. Dobla la parte superior haciendo un pliegue (como la foto de abajo). 
  3. Si la bolsa es antiadherente, agítala bien para que los granos se impregnen. Si ya los has mezclado antes en el bol, puedes saltarte este paso, porque el exceso de grasa calaría el papel común.
  4. Introduce la bolsa en el microondas durante unos 3 minutos (en el mío, a 800 W de potencia, tardaron exactamente ese tiempo en hacerse).

Nota:
Es importante que la bolsa de papel sea de base cuadrada; así te aseguras de que las palomitas se hagan correctamente.


Mira cómo hacerlas paso a paso:



Cómo cerrar la bolsa de papel para hacer palomitas de maíz

Preguntas frecuentes

¿Dónde comprar granos de maíz para palomitas?

En cualquier supermercado en la sección de frutos secos o aperitivos — suele estar junto a los frutos secos a granel o en bolsas pequeñas. También en herbolarios y tiendas de productos naturales. Son granos de maíz especiales para palomitas, distintos del maíz para cocer — asegúrate de que el paquete especifique que son para "palomitas" o "popcorn".

¿Se puede usar cualquier bolsa?

La clave no es el material sino la forma: la bolsa debe tener base cuadrada para que el maíz tenga espacio suficiente para reventar correctamente en 3 minutos. Las bolsas sin base cuadrada — aunque sean de papel — quedan demasiado pegadas al maíz y dificultan la explosión. Esto incluye las bolsas de celofán para hornear pollos, que aunque aguantan el calor, tampoco funcionan por la misma razón. Base cuadrada es el único requisito imprescindible.

¿Se pueden hacer dulces con esta misma técnica?

El método de la bolsa es para las palomitas saladas básicas. Para las dulces — caramelizadas o con mantequilla — el proceso es diferente: primero se hacen las palomitas saladas con esta técnica y después se añade el caramelo o la mantequilla fundida por encima y se mezcla. No se puede poner el azúcar directamente en la bolsa del microondas porque se quema.


Bolsa de papel para hacer palomitas de maíz


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Bikini

Sor Inés y Sor Margarita eran dos monjas modernas. "Muy modernas". Tanto, que se apuntaron a un congreso de vida contemplativa… en Barcelona. Pero un error en la app de mapas las desvió por completo de su destino espiritual.

—¿Sor Inés, segura que esto es el retiro?
—Lo pone aquí: “Sala de fiestas Celestial”. ¿Será una metáfora?

Entraron. Luces de neón, música a todo volumen y un camarero que les preguntaba si querían un bikini. Ellas, un poco nerviosas, retrocedieron dos pasos… hasta que vieron que a lo que llamaba bikini era un sándwich.

—Ah… era eso —dijo Sor Margarita, sonrojada.
—Menos mal. No sabía qué pensar —murmuró Sor Inés.

Intentaron salir discretamente, pero la app insistía: “Ha llegado a su destino”. Dieron vueltas por el barrio durante una hora, pasando tres veces por el mismo limpiabotas, que ya empezaba a mirarlas ceñudo.

—Madre mía, esto no puede ser lo que el Señor tenía en mente —suspiró Sor Margarita.
—Bueno, el Señor obra por caminos misteriosos… y a veces usa Google Maps —respondió Sor Inés, resignada.

Al final, decidieron volver al convento, doce horas después, con los hábitos arrugados y un poquito enfadadas. La madre superiora les preguntó cómo había ido el viaje.

—Largo. Muy largo —dijeron al unísono.

Desde entonces, recordando aquel día, las dos monjas rezan una nueva oración para los viajes:
“Líbranos, Señor, de los errores de GPS, de los congresos engañosos y de los sándwiches con nombres confusos. Amén.”


Bikini de jamón y queso de procedencia catalana

sandwich catalán de jamón y queso



El popular término bikini, empleado en Cataluña para denominar al sándwich mixto de jamón y queso, tiene su origen en la Sala Bikini de Barcelona, una mítica sala de baile y terrazas inaugurada en 1953 en la avenida Diagonal. Los fundadores del local se inspiraron en el célebre croque-monsieur francés para servir una versión adaptada a base de pan de molde tostado, jamón cocido y queso fundido a la plancha. Debido a las directrices de la época, que restringían el uso de extranjerismos en la rotulación y cartas comerciales, el establecimiento lo ofreció inicialmente bajo la fórmula genérica de «bocadillo de la casa».

La propuesta no tardó en convertirse en el gran reclamo del recinto, punto de encuentro habitual de la juventud barcelonesa. El furor fue tal que los clientes empezaron a frecuentar otros bares y cafeterías de la Ciudad Condal pidiendo «el bocadillo que hacen en el Bikini». Con el tiempo, el uso popular acortó la expresión hasta asentar la palabra bikini como un sustantivo común de pleno derecho en el léxico gastronómico catalán, emancipándose por completo del local de ocio.

Curiosamente, el nombre de la sala de fiestas sí remitía de forma directa al revolucionario traje de baño de dos piezas presentado en París en 1946. Su creador, Louis Réard, lo había bautizado así al calor de las pruebas nucleares estadounidenses en el atolón Bikini, augurando que la prenda causaría un impacto igual de explosivo. De este modo, unas detonaciones en el océano Pacífico terminaron dando nombre, por una insólita carambola hostelera y lingüística, al sándwich más emblemático de la cultura catalana.

El término «jamón de York» tiene su raíz histórica en la ciudad de York, en el condado de North Yorkshire (Inglaterra). A mediados del siglo XIX, un carnicero de la localidad llamado Robert Burrow Atkinson popularizó un método artesanal para curar los perniles de cerdo en los fríos sótanos de su establecimiento de Blossom Street. La técnica tradicional consistía en un curado en seco con sal marina —a menudo madurado durante meses— y un posterior ahumado suave, para el que se empleaba tradicionalmente serrín de madera de roble.

Aquel producto obtuvo un prestigio extraordinario por su tonalidad rosada y un perfil más delicado y menos salino que el de otros jamones curados europeos. Los viajeros y comerciantes que visitaban la ciudad extendieron su fama fuera de las islas británicas, demandando en tabernas y tiendas un bocado elaborado «al estilo de York». Con el auge comercial, la expresión se simplificó hasta fijar el topónimo inglés como denominación genérica para este tipo de carne.

El auténtico York ham británico no era un fiambre cocido al vapor como el que conocemos hoy, sino una pieza curada en seco que se hervía entera justo antes de consumirse. Al extenderse la fórmula por la Europa continental, la industria transformó el proceso para abaratar costes y acortar plazos: la carne fresca empezó a inyectarse con salmuera y a cocerse en moldes metálicos. Aunque el resultado derivó en lo que la normativa actual cataloga estrictamente como jamón cocido, la etiqueta «de York» perduró en la memoria colectiva y en el reclamo comercial hasta nuestros días.

La historia del queso en lonchas está íntimamente ligada a la invención del queso fundido o procesado en Estados Unidos a principios del siglo XX, fruto de la necesidad de frenar el desperdicio y prolongar la vida útil de los lácteos. Por entonces, el queso se comercializaba en grandes ruedas que los tenderos cortaban a mano, lo que provocaba mermas constantes, cortes irregulares y un rápido deterioro con los rigores del calor. James L. Kraft, un emprendedor de origen canadiense que comenzó repartiendo quesos en un carro de caballos por Chicago, se propuso dar con una solución duradera.

En 1916, Kraft patentó un método pionero para pasteurizar y emulsionar recortes de queso cheddar triturados junto con sales fundentes (como el fosfato sódico), lo que detenía la actividad bacteriana y estabilizaba las grasas. El resultado fue una masa homogénea y elástica que no requería frío inmediato y podía enlatarse para su conservación, convirtiéndose en una ración logística clave para el ejército estadounidense durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, aquel queso fundido seguía despachándose en bloques compactos, todavía engorrosos de porcionar en el día a día.

El salto al formato laminado fue obra de su hermano Norman Kraft, quien comenzó a investigar en los laboratorios de la compañía a mediados de la década de 1930. Tras innumerables ensayos fallidos intentando cortar bloques sólidos con cuchillas sin que las láminas se pegaran, Norman invirtió la lógica del proceso: en vez de rebanar, vertió el queso fundido directamente sobre rodillos de acero inoxidable refrigerados. El choque térmico cuajaba la emulsión al instante en una lámina continua y maleable, lista para ser troquelada en cuadrados uniformes.

El producto aterrizó en los lineales en 1950 bajo el nombre comercial de Kraft DeLuxe, transformando para siempre la elaboración casera de sándwiches y hamburguesas gracias a su fundido limpio y regular. En 1965, la empresa completó la revolución al diseñar la maquinaria que permitía enfundar cada lámina en un envoltorio plástico individual e higiénico. Nacían así los célebres Kraft Singles, consolidando el queso en lonchas como uno de los formatos más extendidos y reconocibles de la industria alimentaria moderna.

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Bikini


Ingredientes:
  • Jamón cocido (de York)
  • Queso en lonchas
  • Mantequilla
  • Pan de molde

Elaboración:
  1. Reparte abundante mantequilla por la parte que va en el exterior del sándwich. 
  2. Echa bien de jamón y una loncha de queso. 
  3. Mete en la plancha o sandwichera durante unos minutos, cubierto con papel de hornear.

Nota:
El queso de Mahón o el Emmental funden perfectamente. El bikini original de la Sala Bikini usaba queso suizo.

Si te gustan los sándwiches o bocadillos el mallorquín es el llonguet o el pa amb oli.

Sandwichera con sandwiches de jamón y queso


Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia entre un bikini y un sándwich mixto?

Son el mismo bocado con dos nombres según la geografía. En Cataluña se llama bikini — en honor a la Sala Bikini de Barcelona donde se popularizó en los años 50. En el resto de España se conoce como sándwich mixto o sandwich de jamón y queso. La receta es idéntica: pan de molde, jamón cocido, queso y mantequilla tostado a la plancha o sandwichera.

¿Es mejor hacerlo en sandwichera o a la plancha?

Depende del resultado que busques. La sandwichera sella los bordes y crea los surcos característicos, con el interior más compacto y el exterior más crujiente. La plancha da un resultado más libre, con los bordes sin sellar y una textura más cercana al croque-monsieur francés — más mantecoso y uniforme. El papel de hornear encima en ambos casos evita que el queso fundido se pegue.

¿Por qué se pone mantequilla por fuera y no por dentro?

Porque la mantequilla en el exterior es la que crea la corteza dorada y crujiente característica del bikini. Por dentro el calor del queso fundido y el jamón aportan suficiente jugosidad. Si pones mantequilla también por dentro, el pan se humedece demasiado y pierde la textura crujiente. La mantequilla siempre va en la cara exterior — la que toca la plancha.


sadwich con mantequilla y jamón con queso catalán


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Tarta salada

Antonia es enfermera en el centro de salud de Lorena. Tiene mucho carácter, algo muy notable cuando se enfada, aunque es más conocida como Santa Paciencia, porque la tiene. Es paciente cuando don Felipe la señala con el dedo tras haberse equivocado de día y acudir a la cita médica un día antes de lo que le tocaba:

—¡Ah, Santa Paciencia!

O cuando Luis se resfría por haber estado esperando bajo la lluvia a que su novia le perdonara por llegar tarde a la cita del sábado. Entonces, Luis le llora las penas a Antonia mientras espera que el médico lo atienda:

—¡Ah, Santa Paciencia!

Ella deja escapar una risita tonta, cosa que desconcierta a Luis.

Antonia es bajita, rubia, con ojos azules, mejillas sonrosadas y siempre lleva los labios pintados de rojo pasión. Suspira a menudo. Cuando la sala de espera está vacía, es lo único que se oye. Suponemos que esos suspiros son su manera de gestionar las palabras que no dice, pero que sí piensa. El doctor Manuel la anima a que no se reprima, y ella deja escapar una risita tonta cuando él se lo propone, cosa que desconcierta al doctor.

Cada domingo, después de misa, acude al bar del pueblo a comer un trocito de tarta salada y una copa de vino. Allí se encuentra con muchos de los pacientes que, en algún momento de sus vidas, han ido —y siguen yendo— a verla. Saben que no deben molestarla en su día libre. Creen que deja la Santa Paciencia en el centro de salud y que no le temblará el pulso para gritar a quien la interrumpa mientras come. Eso desconcierta a los lugareños… y ella deja escapar una risita tonta.

Tarta salada de patatas y acelgas

Tarta ligera con patatas y acelgas de tamaño pequeño


El origen de este bocado se remonta al antiguo Egipto, donde se horneaban masas rústicas de cereal rellenas de carne o pescado. En Mesopotamia, los sumerios ya habían dejado constancia de elaboraciones semejantes: una tablilla de arcilla datada en torno al 2000 a. C. recoge lo que se considera la receta precursora del pastel de pollo.

Los griegos adoptaron y perfeccionaron aquellas fórmulas otorgando más consistencia a la masa de harina y agua, creando pasteles de carne picada con una base de costra inferior. Más tarde, Roma expandió y enriqueció la técnica por todo el continente incorporando mariscos, pescados y quesos, como en el célebre libum, un pastel ritual a base de queso fresco, harina y huevo que se ofrecía a los dioses.

Durante la Edad Media, las tartas saladas vivieron su época dorada por motivos estrictamente prácticos. La masa —conocida en el inglés de la época como coffyn— se preparaba tosca, gruesa y endurecida. Aquella corteza exterior no estaba pensada para comerse: funcionaba como un recipiente hermético para cocer los jugos a fuego abierto y resguardar el relleno del aire, lo que permitía conservar los alimentos durante semanas y transportarlos en viajes largos. En los banquetes nobiliarios, estas piezas se convirtieron en un alarde de estatus y se rellenaban de caza mayor y aves aromatizadas con especias de lujo.

A partir del Renacimiento, el abaratamiento del azúcar refinado en el siglo XVI deslindó la pastelería salada de la dulce. Al independizarse los postres, los cocineros refinaron las masas saladas, sustituyendo los recipientes duros medievales por masas quebradas mantecosas, finas y crujientes.

En la Francia de la época despuntó la quiche en la región de Lorena, aunando masa quebrada con un delicado batido de huevos, nata y panceta. En paralelo, Italia consolidó joyas de huerta como la emblemática torta pasqualina de Liguria —con finísimas capas de masa, acelgas, ricotta y huevos enteros en su interior—, mientras que en el Reino Unido los meat pies se convirtieron en el almuerzo de bolsillo de la clase obrera durante la Revolución Industrial.

Hoy en día, la tarta salada ha pasado de ser un simple contenedor protector a una de las preparaciones más versátiles de la cocina contemporánea.

Por mi parte, te diré que es una receta facilísima y muy agradecida para adaptar a cualquier pauta: basta con ajustar el peso de los ingredientes y el molde. Evidentemente, Tomás y yo no nos zampamos de una sentada una tarta de 18 cm, pero sí nos repartimos de maravilla una individual de 12 cm. Queda tan rica que pienso seguir experimentando con mil rellenos más; ya me entenderás en cuanto la pruebes.

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Tarta salada con patatas


Ingredientes 
  • 500 g patatas
  • 200 g acelgas (o espinacas)
  • 1 manojo cebolletas
  • 4 huevos 
  • 250 g queso fresco batido desnatado
  • 100 g queso Gorgonzola
  • Ralladura de 1 limón
  • 1 cda. AOVE Señorios de Relleu (usar para saltear la verdura)
  • Sal y Pimienta negra
  • Mantequilla para el molde
  • Molde desmontable de 18 centímetros de diámetro

Elaboración:
  1. Pela las patatas, córtalas con mandolina o sin ella a unos 3-4 mm de grosor. 
  2. Ponlas en una bandeja de horno y hornea 10 minutos a 180º C. 
  3. Mientras, limpia la verdura y quita las pencas de las acelgas y córtalas en tiras. 
  4. Trocea en brunoise las cebolletas. 
  5. Rehoga en una sartén con aceite de oliva las cebolletas primero y después añade las espinacas. Salpimienta. 
  6. En un cuenco, bate los huevos, el queso y la ralladura del limón.
  7. Salpimienta.
  8. Unta de mantequilla el molde y coloca las patatas como base. 
  9. Añade las verduras pochadas a cuenco de crema de huevo y queso. 
  10. Mezcla y vierte en el molde encima de las patatas. 
  11. Hornea 40 minutos a 180º C.

Elaboración de tarta salada con patatas y acelgas

Preguntas frecuentes

¿Se puede sustituir el gorgonzola por otro queso?

Sí — y varios lectores ya lo han hecho con excelentes resultados. El gorgonzola aporta un punto intenso y salado que contrasta con la suavidad de las acelgas y la ralladura de limón. Si prefieres un sabor más suave, el queso feta, el queso de cabra o un queso semi curado funcionan perfectamente. Para una versión más neutra, el queso crema o la ricotta son las alternativas más ligeras.

¿Se puede sustituir las acelgas por espinacas?

Sí, perfectamente. Las espinacas tienen un sabor más suave y menos amargor que las acelgas, lo que las hace más fáciles de aceptar para quienes no son muy aficionados a las verduras de hoja. El proceso es idéntico — saltéalas bien para eliminar el exceso de agua antes de mezclarlas con la crema de queso y huevos.

¿Se puede hacer en un molde más grande para más personas?

Sí — simplemente multiplica los ingredientes en proporción al molde. Para un molde de 18 cm (4-6 personas) duplica todas las cantidades. El tiempo de horneado aumenta unos 10-15 minutos adicionales. Comprueba el punto con un palillo — cuando salga limpio y la superficie esté dorada, está lista.



Tarta con acelgas y patatas en un molde pequeño

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Empanada con crêpes

En un pequeño pueblo de la Galia hay un poco de revuelo. El druida del lugar prepara una poción que hace que los más débiles se vuelvan fuertes, y los que ya son fuertes no pueden tomarla. Por eso, por ahí anda uno gruñendo porque no le dieron a él. El bardo del pueblo anda acicalándose y preparando su lira para la gran actuación de la noche.

—¿¿De la noche?? ¿Qué sucede por la noche? —pregunta el galo.

El jefe de la aldea hasta se ha bajado de su escudo por la asombrosa pregunta que el galo acaba de hacer.

—¿¡Cómo!? ¿No lo sabes? —le pregunta.

El galo, aún más asombrado al ver que el jefe se ha bajado del escudo (y eso, señores, pasa en raras ocasiones), deduce que lo que sea que va a suceder debe ser importante.

—Noooo… —responde.

El más viejo de la aldea acude raudo y veloz (todavía le dura el efecto de la pócima), y va riendo:

—¡Ja, ja, ja! ¡Grande y tonto! —se burla.

Su mujer le riñe:

—No te rías del chico —le dice con ternura—. Él se cayó en el caldero de pequeño, y por eso no estaba en la cola cuando se comentó lo de esta noche —explica dulcemente.

Su mejor amigo entonces lo coge del brazo y se lo lleva a la plaza central de la aldea.

—Aquí empezará la fiesta esta noche —le confiesa—. ¿Y a que no sabes cuál será el plato principal? —dice, muy contento.

—Jabalí —sentencia el galo más grande.

—¡Noooo! —niega su mejor amigo—. Esta noche, querido amigo, comeremos crêpes, de mil maneras —le corrige.

—¿Crêpes? —pregunta el galo, extrañado.

Empanada de crêpes rellena de calabacín

Empanada de crêpes francesas con huevos de codorniz



La historia de las crêpes es una de las más arraigadas de la gastronomía francesa y sus antecedentes se remontan a la época del Imperio romano, cuando se cocinaban gachas líquidas de agua y cereales rústicos sobre piedras planas calentadas directamente al fuego. El término procede del latín crispus («crespo» u «ondulado»), en alusión a los bordes finos y ligeramente rizados que adquiere la masa al dorarse sobre la superficie ardiente.

El auténtico despegue de esta elaboración tuvo lugar durante el siglo XII en la Bretaña histórica, al noroeste de Francia. Tras las Cruzadas, se introdujo en Europa el cultivo del trigo sarraceno (o alforfón), un grano oscuro y rústico que arraigó con fuerza en los suelos ácidos y húmedos bretones. Con esta harina nació la galette bretona: una masa salada elaborada únicamente con alforfón, agua y sal que se extendía en capas finísimas sobre una placa circular de hierro fundido (billig) mediante un pequeño rastrillo de madera (rozell). Estas tortas se convirtieron en el sustento básico del campesinado, sustituyendo al pan de cada día.

Con la posterior generalización de la harina de trigo candeal, la fórmula evolucionó hacia la variante dulce contemporánea. El gluten del trigo blanco aportó una textura elástica, fina y suave, idónea para enriquecer el batido con leche fresca, huevos, mantequilla fundida y azúcar. Así, la crêpe propiamente dicha se independizó de la galette y conquistó los hogares de todo el país.

Esta masa está íntimamente ligada a la fiesta de la Candelaria (la Chandeleur), cada dos de febrero. En la tradición popular, la fecha marcaba el final del invierno y el renacer de la luz; las familias preparaban crêpes con la harina sobrante como símbolo de prosperidad, emulando la forma redonda y dorada del sol. De ahí surgió el célebre ritual de voltear la masa en el aire con la mano derecha mientras se sostenía una moneda de oro en la izquierda: si caía limpia y plana sobre la sartén, auguraba un año próspero y cosechas abundantes.

A finales del siglo XIX, el plato entró por la puerta grande en la alta cocina con la célebre crêpe Suzette. Cuenta la crónica que nació en 1895 por un afortunado descuido en el Café de París de Montecarlo, cuando el joven cocinero Henri Charpentier preparaba unas crêpes para el futuro Eduardo VII, por entonces príncipe de Gales. El licor de naranja se prendió de forma accidental sobre la sartén y, al probar el flambeado, descubrieron que el licor caramelizaba los jugos de manera sublime. El bocado se bautizó en honor a la joven francesa que acompañaba al heredero en la mesa.

Hoy en día, las crêpes gozan de un prestigio universal: desde las centenarias crêperies bretonas que preservan el canon artesanal hasta los puestos callejeros de cualquier rincón del mundo, continúan siendo un lienzo gastronómico perfecto tanto para rellenos clásicos como para la cocina más creativa.

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Empanada con crêpes rellena de calabacín con huevos de codorniz



Ingredientes para 2 personas (para molde 12 cm.)
Para las crêpes:
  • 75 g de harina
  • 200 ml de leche
  • 2 huevos 
  • Sal al gusto
Para el relleno:
  • 2 calabacines
  • 2 huevos 
  • 150 g de queso para untar o queso fresco
  • 6 huevos de codorniz cocidos
  • Aceite de oliva virgen extra
  • Sal y pimienta al gusto

La masa:
En un bol, bate los huevos con la leche, la harina y una pizca de sal hasta obtener una masa sin grumos. Deja reposar al menos 15 minutos.

Preparar el calabacín:

Ralla los calabacines, mézclalos con un poco de sal y deja reposar en un colador durante 15–20 minutos. Después, presiona con las manos o un paño limpio para eliminar el exceso de agua. Sofríe el calabacín escurrido en una sartén con un chorrito de aceite durante 2–3 minutos para evaporar aún más humedad. Reserva y deja enfriar.

Preparar el relleno:
En un cuenco, mezcla los huevos batidos, el queso, el calabacín salteado, sal y pimienta al gusto. Aquí puedes añadir también otras hierbas o especias si prefieres.

Hacer las crêpes:

Pon una sartén o crepera al fuego con un poco de aceite o mantequilla. Cocina las crêpes finas y flexibles. Con esta cantidad deberían salir unas 3 grandes (descartando la primera, que a menudo sale regular).

Montaje de la empanada:
Precalienta el horno a 180 ºC
Forra el molde (12 cm) con una o varias crêpes superpuestas, dejando que sobresalgan por los bordes. Coloca los huevos de codorniz cocidos en la base. Vierte encima el relleno. Dobla los bordes de las crêpes hacia el centro para cerrar la empanada.

Horneado:
Cubre con papel de aluminio (para evitar que se queme la superficie) y hornea durante unos 40 minutos. Retira el papel los últimos 5 minutos si quieres que se dore ligeramente.

Servir:

Desmolda con cuidado. Sirve caliente o templada.

Mosaico de la crêpes para rellenarlas como empanada


Preguntas frecuentes

¿Por qué se descarta el primer crêpe?

El primer crêpe casi siempre sale irregular porque la sartén todavía no ha alcanzado la temperatura uniforme. Es el crêpe de prueba — sirve para ajustar el fuego, la cantidad de masa y el punto de mantequilla. A partir del segundo ya salen perfectos. En la aldea gala también descartaban el primero, aunque Obélix siempre se lo comía antes de que nadie se diera cuenta.

¿Se puede sustituir el calabacín por otro relleno?

Sí — y esa es la gracia de esta receta. El calabacín funciona perfectamente porque tiene poca agua una vez escurrido y rallado. Otras verduras que funcionan igual de bien: espinacas salteadas y escurridas, pisto de verduras bien seco, champiñones pochados o puerro confitado. Lo importante es que el relleno no sea líquido para que los crêpes no se reblandezcan.

¿Por qué es importante escurrir bien el calabacín?

El calabacín tiene un altísimo contenido en agua — hasta un 95%. Si no se escurre bien antes de mezclarlo con el queso y los huevos, toda esa agua se libera durante el horneado y la empanada queda aguada y blanda. El truco de salar el calabacín rallado y dejarlo reposar en un colador durante 20 minutos elimina la mayor parte del líquido. El paso de saltearlo después acaba de secar cualquier humedad residual.


porción de crêpe empanada con huevo de codorniz y calabacín


Relato y fotografías @catypol - Circus day

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