Señoras y Señores,

Bienvenidos a Circus Day

image
Hola,

Soy Caty y dirijo este circo

Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.

The Show

En el blog

Bizcocho de manzana

Entré en la habitación que, en otros tiempos, había estado tan llena de vida. El aparador de la abuela seguía junto a la puerta, la chimenea presidía la estancia y aquel viejo sofá, que tantas veces nos había acogido entre sus brazos, lucía ya descolorido y sin fuerza.

Acaricié la madera del mueble, que siempre me había fascinado. Abrí el primer cajón: dentro continuaba el reloj que le regalamos a papá unas Navidades. Se había detenido a las diez en punto, la hora en que todos debíamos estar en la cama y él se sentaba frente al fuego a leer su libro, hasta que el sueño lo vencía y se le cerraban los ojos.

Al lado del reloj descansaba la bola sorpresa de mamá, aquella que ganamos en los recreativos y que escondía como premio una sortija de plástico. Ella la había lucido con orgullo; parecía una joya de princesa, con un diamante grande y rosa. Se la ponía siempre después de hornear para todos un bizcocho casero, el broche dulce del banquete navideño. Papá y ella presidían la mesa, uno en cada extremo: él con su reloj; ella, con su anillo.

Al fondo del cajón encontré una vieja caja de hojalata repleta de fotos de cuando la casa hablaba, de cuando latían corazones entre sus cuatro paredes, de cuando la banda sonora eran las risas y el alboroto por la llegada de Papá Noel. Apreté aquel tesoro con ternura contra mi pecho. Sonreí: al fin y al cabo, a los buenos recuerdos siempre hay que recibirlos con una sonrisa.


Bizcocho de manzana con trocitos de manzana dentro

Bizcocho de manzana aromatizado con vainilla



La historia de este dulce está ligada a la necesidad de no desperdiciar los excedentes de las cosechas de otoño. A diferencia de la tarta de manzana convencional, que suele llevar una base de masa quebrada u hojaldre, el bizcocho integra la fruta directamente en una masa batida a base de huevos, harina, azúcar y materia grasa. Las recetas más primitivas surgieron en la Europa continental y en las islas británicas, donde cada comarca desarrolló su propia identidad. En Inglaterra nació el bizcocho de Dorset, caracterizado por una miga densa y especiada con canela, mientras que en el norte de Italia se popularizó la tarta de Bolzano, una fórmula humilde donde la proporción de manzanas laminadas supera con creces a la de la harina. Paralelamente, en Europa del Este evolucionó la sharlotka, un esponjoso dulce ruso y polaco elaborado casi exclusivamente con huevos montados con azúcar y un suspiro de harina, vertido sobre un molde repleto de fruta troceada.

El gran secreto del bizcocho de manzana reside en la interacción de la fruta con el calor del horno. Al cocinarse, la manzana libera sus jugos de forma gradual, creando bolsas de humedad y vapor que mantienen la miga tierna, jugosa y fresca durante muchos más días que en un bizcocho tradicional. Además, aporta un dulzor y una acidez naturales que permiten reducir la cantidad de azúcar refinado en la masa. Según cómo se integre la fruta, el resultado cambia por completo: si se mezcla picada muy fina, prácticamente se funde en la masa regalando una jugosidad increíble; si se dispone en gajos ordenados sobre la superficie, se carameliza con el calor superior y forma una cobertura vistosa y crujiente, ideal para rematar con un toque de mermelada de albaricoque caliente que le aporte brillo de pastelería. Las variedades de manzana ácidas y de carne firme, como la reineta o la Granny Smith, son las predilectas en repostería porque conservan su estructura tras el horneado y equilibran de maravilla el dulzor del conjunto.

Actualizada 2026.


Bizcocho de manzana tradicional con azúcar moreno y canela — miga húmeda


Ingredientes:
  • 1 manzana
  • 140 g de mantequilla pomada
  • 280 g de azúcar moreno
  • 1 cda. de esencia de vainilla
  • 4 huevos 
  • 125 g leche
  • 280 g de harina
  • 1 cdta. de canela en polvo
  • 1 sobre de levadura en polvo
  • Una pizca de sal
  • Molde de 20 cm de diámetro

Elaboración:
  1. Precalienta el horno a 180 ºC
  2. Pela y corta a dados pequeños la manzana. 
  3. Pon en un cuenco y añade una cucharada de harina. 
  4. Mezcla y reserva.
  5. Pon la mantequilla en una batidora de varillas a velocidad media. 
  6. Pasados unos 2 minutos incorpora poco a poco el azúcar. 
  7. Añade al final la esencia de vainilla. 
  8. Sin parar la batidora, incorpora uno a uno los huevos. 
  9. Añade la leche y bate 10 segundos. 
  10. Para la batidora y vierte la harina, la levadura, la canela y la sal. 
  11. Bate velocidad media/alta unos 30 segundos. 
  12. Vierte la manzana a dados y mezcla con la espátula. 
  13. Echa la mezcla en el molde, previamente engrasado, dando unos pequeños golpecitos. 
  14. Allana la superficie con la espátula. 
  15. Coloca el molde sobre la rejilla del horno, no la bandeja.
  16. Hornea 30 minutos a 180 ºC y 10 minutos más a 160 ºC
  17. Saca fuera del horno y espera 5 minutos dentro del molde. 
  18. Desmolda sobre una rejilla hasta que se enfríe.

Si te gusta la manzana también en ensalada ve a ver la ensalada Alicia. Si prefieres los bizcochos el de yogur es un clásico.

Bizcocho de manzana tradicional

Preguntas frecuentes

¿Por qué se enharinan los dados de manzana antes de incorporarlos a la masa?

Es el truco infalible de repostería para evitar que la fruta se hunda hasta el fondo del molde durante el horneado. La fina película de harina absorbe parte de la humedad superficial de la manzana y crea fricción con la masa densa, manteniéndola suspendida y repartida de manera homogénea en cada bocado.

¿Qué aporta el azúcar moreno frente al azúcar blanco común?

El azúcar moreno contiene restos de melaza natural, lo que confiere al bizcocho un color dorado más oscuro, un sutil aroma a caramelo y tofe, y un extra de jugosidad en la miga. Además, combina de forma extraordinaria con la canela y la vainilla, reforzando ese perfil rústico y especiado tan propio de la repostería otoñal.

¿Por qué se hornea sobre la rejilla y se baja la temperatura en los últimos minutos?

Colocar el molde sobre la rejilla en lugar de la bandeja metálica permite que el aire caliente circule de manera uniforme por la base sin concentrar un calor excesivo en el fondo. Bajar la temperatura a 160 °C (tras los primeros 30 minutos a 180 °C) garantiza que el interior denso y húmedo por la fruta termine de cocerse a la perfección sin que la corteza superior se dore demasiado ni se reseque.



Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Risotto con pak choi

Ese día estaba de los nervios. Claudia venía a estudiar a casa y yo les temía a mis hermanas más que a una vara verde.

Normalmente respetábamos nuestro espacio —cada cual el suyo, vaya—, pero todas estaban al tanto de mis sentimientos por ella, y en cuanto asomaba el tema no perdían ocasión de tomarme el pelo:

—¡Ay, mi Claudia del alma! ¿Me das la mano? ¿Vamos a pasear? ¿Quieres ser mi novia? —¡ja, ja, ja!

Me echaba a temblar con solo imaginar el momento de presentárselas. Pánico me daban. Mamá me soltó un día:

—Cariño, no te haces una idea de la suerte que tienes con tus hermanas. Si yo algún día faltara, velarían por ti como si fuera yo misma.

«Sí, claro —pensaba para mis adentros—, eso es lo que tú te crees. Esta tarde me van a hacer la pascua todo lo que puedan y más».

¡Ay, qué cansinas!

Cuando Claudia llamó a la puerta, ellas todavía no habían vuelto. Así que, casi dando brincos de puro alivio, la invité a pasar. Era tan bonita… Se me salía el corazón del pecho cada vez que me dedicaba una sonrisa. Venía con la lección impecable: había repasado el tema a fondo y se lo sabía mil veces mejor que yo. Tuvo que aclararme más de una duda, pero yo era feliz con solo escuchar su voz.

Hasta que entraron en tromba. Siempre se sabe cuándo llegan juntas: el recibidor se transforma en una verbena y el eco de sus voces sacude toda la casa.

¡Ay, Señor, qué cansinas!

El cruce fue inevitable. Me dije: «Adiós, amore».

Pero Claudia encajó el golpe con una soltura pasmosa. Las saludó con la misma efusividad —debe de ser complicidad femenina— e incluso les rio las gracias, aunque a mí no me hicieran ninguna. Debieron de verme la cara de cordero a punto de entrar al matadero, porque levantaron el campamento enseguida y me dejaron respirar aliviado.

Al final, el ogro no era tan fiero como lo pintaban… Así que bajé la guardia y se me ocurrió proponer una tregua en la cocina para merendar y despejarnos un rato.

¡Ja! Craso error.

¿Tienes hermanas? ¿Una chica especial con la que estás a punto de dar el paso? Nunca las sientes en la misma mesa. ¿Sabes en qué acaba la jugada? En un frente común: parlotear sin tregua, reírse a coro, aliarse para dejarte en evidencia… y terminar cocinando juntas el mejor risotto que te puedas echar a la boca.

Risotto con pak choi y coliflor

Coliflor naranja y pak choi asiático para risotto


La historia del risotto es el relato de cómo un grano foráneo llegado de Oriente se fundió con la orografía, la política y el ingenio del norte de Italia hasta erigirse en uno de los grandes emblemas de su cocina tradicional. Aunque el cereal ya circulaba por el Mediterráneo, este plato meloso y de minuciosa técnica es el fruto de siglos de aclimatación agrícola y refinamiento en los fogones lombardos.

El punto de partida se sitúa en la Baja Edad Media, hacia el siglo XIV, cuando las rutas comerciales venecianas y los lazos con la Corona de Aragón asentaron el cultivo del arroz en la península itálica. Las llanuras inundables de la cuenca del río Po, repartidas entre Lombardía, Piamonte y el Véneto, ofrecían las condiciones hidrológicas idóneas para su implantación. A lo largo de los siglos XV y XVI, casas gobernantes como los Sforza en Milán impulsaron su siembra a gran escala, transformando un producto reservado antaño a boticas y despensas nobles en pilar de subsistencia y motor económico regional.

La génesis del risotto como método singular —añadir caldo hirviendo de manera paulatina mientras se remueve sin descanso— cristalizó en Milán. La crónica popular sitúa el origen de su receta más icónica, el risotto alla milanese, en 1574, en plenas obras del Duomo. Cuenta la leyenda que un joven aprendiz de vidriero apodado Zafferano, habituado a teñir las vidrieras de la catedral con azafrán, vertió una pizca de esta especia en el arroz del banquete nupcial de la hija de su maestro. El intenso tono dorado, semejante al oro puro, cautivó a los convidados y no tardó en ser adoptado por la nobleza de la ciudad.

Lejos del mito, el primer registro que describe el procedimiento contemporáneo data de 1809, recogido en el recetario Il cuoco moderno. Años después, en 1853, el cocinero piamontés Giovanni Vialardi sistematizó la técnica en su Trattato di cucina, documentando por vez primera el paso culminante de la mantecatura: emulsionar el arroz fuera del fuego con dados de mantequilla helada y queso Parmigiano Reggiano recién rallado para ligar el almidón y lograr ese vaivén ondulante y cremoso conocido como all'onda.

En pleno siglo XX, la selección de variedades de grano medio y alto contenido en amilosa, como el Carnaroli, el Arborio o el Vialone Nano, consagró la preparación en los altares de la alta cocina. Esta arquitectura del grano garantiza la textura perfecta: un corazón firme al diente (al dente) envuelto en una crema sedosa natural, sin trampa ni cartón y lejos de cualquier añadido de nata. En la actualidad, el risotto es una lección de paciencia y precisión química donde el tiempo, el calor y el almidón se alían para honrar la despensa italiana.


Actualizada 2026.

Risotto de coliflor y pak choi



Ingredientes para 4:
  • 2 l de caldo de verduras
  • 1 coliflor pequeña
  • Agua para hervir la coliflor
  • 2 cdas. de mantequilla
  • 140 g de cebolla
  • 300 g de arroz arborio
  • 180 ml de vino blanco seco
  • 170 g de queso parmesano y más cantidad para servir
  • 1 pak choi
  • Sal y pimienta negra molida, al gusto

Mise en place:
  1. Corta la coliflor en floretes y hierve en abundante agua durante 3 minutos. 
  2. Escurre y reserva. 
  3. Lava el pak choi y corta en tiras finas. 
  4. Reserva. 
  5. Pela y pica finamente la cebolla en brunoise. 
  6. Pon el caldo de verduras a calentar en una olla, debe estar hirviendo en el momento de añadirlo al arroz, ya que esto es clave para un risotto cremoso.

Risotto:
  1. En una cacerola grande, derrite la mantequilla a fuego bajo y rehoga la cebolla hasta que esté transparente. 
  2. Añade el arroz y remueve para que se impregne bien de la grasa.
  3. Sube el fuego, vierte el vino blanco y remueve hasta que se haya evaporado el alcohol.
  4. A partir de aquí, añade el caldo hirviendo de un cazo en un cazo, removiendo constantemente. 
  5. Espera a que el arroz absorba casi por completo el líquido antes de añadir el siguiente cazo. 
  6. Repite este proceso durante unos 20–25 minutos, hasta que el arroz esté tierno pero al dente. 
  7. Es posible que no necesites todo el caldo.
  8. Cuando el arroz esté en su punto, añade rápidamente el queso Parmesano. 
  9. Remueve bien y baja el fuego al mínimo. 
  10. Prueba y ajusta de sal y pimienta al gusto —recuerda que el queso ya aporta salinidad.
  11. Incorpora el pak choi y remueve suavemente. 
  12. Por último, añade la coliflor reservada, mezcla con cuidado para no romper los floretes, y sirve el risotto bien caliente. 
  13. Si te gusta, añade más Parmesano por encima antes de llevar a la mesa.

Notas: 
  • Usé una coliflor naranja pero igual sirve una blanca. 
  • En lugar de pak choi, también puedes emplear acelga o espinaca. 
  • El pak choi no necesita una cocción larga; bastará con añadirlo en el último momento. 
  • Si no te agrada el tallo, puedes retirarlo al cortarlo, o bien picarlo muy fino, como si fuera cebolla.

Si te gusta la coliflor en la cocina, también te encantarán las migas de colirroz y el hummus de coliflor — dos recetas rápidas con este versátil ingrediente.

Risotto con pak choi y coliflor naranja además de parmesano


Preguntas frecuentes

¿Por qué el caldo debe mantenerse hirviendo al incorporarlo al arroz?

Es la regla de oro del risotto: si viertes caldo frío o tibio, cortarás en seco el hervor de la cazuela. Ese choque térmico frena la cocción del grano y, lo más importante, interrumpe la fricción constante que libera el almidón del arroz arborio, impidiendo que se ligue esa crema untuosa tan característica de la técnica del risottare.

¿Por qué se añaden la coliflor y el pak choi en los últimos minutos?

Para preservar intactas sus texturas y colores. El pak choi apenas precisa de 1 o 2 minutos con el calor residual del arroz para quedar tierno y crujiente a la vez; si se cocinase desde el principio, sus hojas perderían el verde brillante y quedarían lacias. Por su parte, escaldar previamente los floretes de coliflor y sumarlos al final evita que se deshagan al remover el arroz durante el mantecare, garantizando bocados enteros y limpios.

¿Qué alternativas hay al pak choi y a la coliflor naranja?

Si no encuentras pak choi, la acelga tradicional (troceando la penca fina y la hoja en tiras) o un buen puñado de espinacas tiernas funcionan como sustitutos perfectos. Respecto a la coliflor naranja, su tono cobrizo aporta un contraste cromático espectacular gracias a su contenido natural en betacarotenos, pero comparte sabor y comportamiento en cocción con la coliflor blanca común, el romanesco o el brócoli morado.


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Espaguetis a la amatriciana

El verano hacía tiempo que había quedado atrás: los baños en la piscina, las siestas al mediodía, los juegos por la tarde-noche que llenaban la casa de una banda sonora especial, las cenas al aire libre y las películas proyectadas sobre una sábana blanca en el patio interior. ¡Oh! Esa parte era, sin duda, la mejor manera de terminar la noche.

Mamá y papá, cogidos de la mano; mis hermanas, alborotadas cuando salía un actor guapo —o eso decían ellas, porque a mí todos me parecían del montón—; mi nonna, limpiándose las lágrimas cuando la historia lo requería... Entonces se giraba hacia mí y me decía con dulzura:

—Mi niño bonito, no crezcas rápido.

Y a mí me desconcertaba. De todas formas, tenía que crecer, así que no le prestaba mucha atención cuando se ponía así de emocionada.

El día que mamá me dijo que esa noche veríamos un spaghetti western, me maravilló. A mí me gustaban mucho, mucho los espaguetis, pero no entendía lo de «occidental».

—¿Hay una película de espaguetis... occidentales?

No sabía qué pensar, así que me pasé el día persiguiendo a la nonna para que me contara el plan. Ella, muy reservada, solo me decía que la película me iba a gustar mucho.

—Hay caballos, disparos y vaqueros —me decía—. No en ese orden... pero los hay.

Y eso me dejó chof. Aunque bueno, si había todo eso, seguro que me gustaría. Sobre todo si, antes de la película, el espagueti estaba en mi plato.


espagueti amatriciana receta fácil con pecorino y guanciale

espagueti amatriciana italianos con queso y tocino


¡Yiiiijaaaa!

Cuando era pequeña, recuerdo que en La 2 emitían ciclos de cine con frecuencia. A veces eran de películas de baile con Fred Astaire y Ginger Rogers; otras, de cine negro… y otras, de westerns. Algunos eran estadounidenses, pero también los había rodados en España —los llamados chorizo westerns— o en Italia, conocidos como spaghetti westerns. Se los denominó así porque estaban dirigidos y producidos por italianos, y el apodo nació con un claro matiz burlón, al considerarse producciones de segunda fila y copias baratas del western clásico de Hollywood. La etiqueta fue acuñada por la crítica cinematográfica estadounidense e internacional durante los años sesenta.

A mí, la verdad, no es un género que me entusiasme, pero a nuestros mayores les chiflaba. Recuerdo a mi abuela o a mi padre pegados a la pantalla viendo estas películas con auténtica devoción.

Por lo visto, los míticos estudios donde se rodaban muchos de estos spaghetti westerns estaban en Roma. Curiosamente, en las cartas de los restaurantes italianos también abunda un plato clásico: los spaghetti all’amatriciana. Aunque tampoco son originarios de Roma, sino de Amatrice. Un poco como las películas, ¿no crees?

La amatriciana —o matriciana, en dialecto romano— es una salsa tradicional que toma su nombre de Amatrice, municipio de la provincia de Rieti (perteneciente a los Abruzos hasta 1927). Sus ingredientes canónicos son tres: careta de cerdo curada (guanciale), queso pecorino y tomate.

A lo largo del siglo XIX y principios del XX, la popularidad de la amatriciana en Roma creció de forma imparable gracias a los estrechos lazos entre ambas localidades. Por aquel entonces, muchos taberneros de la capital procedían de Amatrice, hasta el punto de que el término matriciano pasó a designar una «fonda con cocina». La salsa caló tan hondo que terminó consagrándose como un estandarte indiscutible de la cocina romana.

Y tú, ¿con cuál te quedas: con el espagueti… o con el western?

Actualizada 2026.


Espagueti a la Amatriciana


Ingredientes para 4 personas:
  • 400 g de espagueti o rigatoni
  • 200 g de guanciale 
  • 50 ml vino blanco
  • 120 g de queso Pecorino rallado
  • 500 g de tomates pelados
  • Pimienta negra molida
  • Copos de peperoncino (opcional) 

    Elaboración:
  1. Pon una sartén al fuego bajo/medio. Corta el tocino en tiras, añádelo a la sartén y déjalo sofreír en su propia grasa, a fuego lento. El tocino debe volverse transparente en la parte grasa, luego empezando a dorarse, y cuando esté crujiente y tostado ( con cuidado de no quemarlo ) recógelo con una espumadera y reservarlo en un plato, pero deja su grasa dentro del sartén.
  2. A esa grasa de la sartén añade el vino (a fuego alto) y deja evaporar el alcohol, unos minutos.
  3. Vierte los tomates pelados en la sartén, remueve para que se integre todo, añade un poco de pimienta negra y cocina durante 20/30 minutos a fuego bajo. 
  4. Cocina los espaguetis o rigatoni según las instrucciones del fabricante. Quítalos del fuego 3 minutos antes del tiempo recomendado por el fabricante. Que la pasta quede al dente.
  5. Una vez cocidos, quedará reducido pues el agua del tomate se evaporará, tritúralos con un tenedor reduciéndolos a pulpa, fuera del fuego, y añade 60 gramos de queso pecorino rallado. Mezcla.
  6. Escurre los espaguetis y añádelos a la salsa de la sartén, salteándolos a fuego fuerte durante 2 minutos y mezclando todo bien. 
  7. Aparta del fuego.
  8. Sirve los espagueti con la salsa amatriciana y agrega el tocino y el resto de queso pecorino por encima.
Notas:
  • No añado sal ya que el guanciale y el pecorino son salados de por si, pero si crees que le falta sal, puedes añadirla a la salsa de tomate cuando le pongas la pimienta negra.
  • Los tomates pelados pueden ser de bote.

espagueti a la amatriciana con guanciale y pecorino


Preguntas frecuentes

¿Se puede sustituir el guanciale por bacon o panceta?

Sí, aunque en Italia los puristas no lo aceptan. El guanciale es la careta de cerdo curada — más grasa y sabrosa que el bacon o la panceta. La grasa del guanciale es lo que da la base de sabor a la salsa. El bacon ahumado cambia el perfil de sabor completamente — no es una amatriciana auténtica pero sigue siendo delicioso. La panceta curada es la mejor alternativa si no encuentras guanciale.

¿Por qué la amatriciana no lleva cebolla ni ajo?

Porque la receta canónica de Amatrice no los usa — y eso es motivo de debate serio en Italia. La discusión entre los partidarios de añadir cebolla y los puristas que la rechazan es casi tan antigua como la propia receta. La versión que se ha popularizado en Roma suele incluir cebolla, pero la original de Amatrice no. En esta receta se sigue la versión más fiel al origen. 

¿Cuál es la diferencia entre amatriciana y matriciana?

Son el mismo plato con dos nombres. Amatriciana es el nombre original del municipio de Amatrice donde nació el plato. Matriciana es la corrupción romana del término — en el dialecto local de Roma "a" inicial se pierde con frecuencia — y es como la llaman habitualmente en los restaurantes y tascas de la capital italiana. Ambos nombres son igualmente válidos.




mapa italiano de los espagueti westerns


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Bizcocho dentro de una lata

Por la tarde, después de hacer los deberes, subía al desván. Era un ritual que mantenía desde que conocí a Fred la primera tarde del verano. Fred vivía allí arriba. Cuando nos presentamos, parecía que estuviera desapareciéndose: era casi transparente; podía ver a través de él, con total nitidez, el caballito de madera de mi hermano. Me preguntó qué hacía en aquel lugar.

—He oído lamentos y venían de aquí arriba —le contesté.

Y era verdad: Fred se había estado lamentando. Llevaba años haciéndolo, pero nadie le había prestado atención hasta ese momento, y aquello lo dejó completamente desconcertado.

La historia de Fred no distaba mucho de la de tantos otros espectros que rondaban los caseríos de la comarca. Me contaba que, cuando se reunían los días 13 de cada mes, se quejaban todos y cada uno de ellos de sus tristes «vidas».

—¿Es como una fiesta de fantasmas? —pregunté.

—¿Fantasmas? ¡No! Nosotros somos almas en pena. Los fantasmas son entes burlones y traviesos; a ellos les divierte su condición. A nosotros, no. Nosotros nos lamentamos y lloramos por amor. Siempre es por amor.

Yo le conté que la señora Antonia, cada vez que la deja un novio, organiza una fiesta en casa con sus amigas y se atiborran a pasteles, helado y chocolate. Luego hace borrón y cuenta nueva. Dice que, algún día, encontrará el suyo.

—¿El suyo? —me preguntó Fred—. ¿El suyo qué? ¿Su pastel? —se extrañó.

—Pues no lo sé —respondí—. Seguramente sea eso.


Bizcocho de vainilla horneado dentro de una lata con fruta

Bizcocho de vainilla horneado dentro de una lata con helado



Los bizcochos horneados dentro de una lata siguen un principio muy similar al del pan en lata, pero se orientan a la repostería, a la creación de regalos gastronómicos o a porciones individuales perfectas.

En el ámbito casero, esta técnica convierte las latas de aluminio u hojalata en moldes cilíndricos ideales para bizcochos de viaje o cakes. Para asegurar el éxito, el interior del recipiente debe forrarse con esmero con papel de horno que sobresalga un poco del borde, lo que facilita el desmoldado y evita que la masa se pegue o entre en contacto directo con metales no aptos. Al hornearse en un espacio tan recogido, el calor se distribuye de manera muy uniforme, logrando bizcochos extraordinariamente jugosos que retienen la humedad interior durante más tiempo que si se cocinaran en un molde abierto tradicional.

En el mercado comercial y de detalles gourmet, existen versiones listas para consumir que se venden selladas de forma hermética. Estos bizcochos en lata se pasteurizan o se hornean directamente en el envase al vacío, lo que permite conservarlos tiernos, esponjosos y con todo su aroma original durante meses o incluso años sin necesidad de conservantes artificiales. Resultan muy populares en tiendas de delicatessen por su estética nostálgica, además de como raciones de calidad para actividades al aire libre como el acampada o el senderismo.

A mí me parece una forma preciosa de hornear un minibizcocho. Incluso si lo cortas en rebanadas, queda una naked cake vistosa y muy resultona, tal como puedes ver en la foto.

Actualizada 2026.


Bizcocho de vainilla horneado dentro de una lata de conserva


Ingredientes:

Los bizcochos:
  • 250 g de mantequilla pomada
  • 250 g de azúcar avainillado
  • 3 huevos
  • 500 g de harina tamizada
  • 1 sobre levadura en polvo
  • 6 latas de conserva de 225 gramos, vacías y limpias
Decoración:
  • Fruta fresca cortada a trocitos
  • Helado 
  • Nata montada + merengue + azúcar (frosting)
  • Trozos de chocolate para decorar

Elaboración:
  1. Precalienta el horno a 180 ºC. 
  2. Unta las latas con spray desmoldante y forra tanto el fondo como los laterales con papel vegetal, para facilitar la extracción del bizcocho una vez horneado.
  3. En una batidora, coloca la mantequilla y el azúcar, y bate hasta obtener una mezcla ligera y cremosa. 
  4. Añade los huevos uno a uno, batiendo bien después de cada incorporación. 
  5. Integra la harina tamizada junto con la levadura y mezcla hasta que la masa quede homogénea.
  6. Vierte la mitad de la masa en las latas preparadas y hornea durante unos 30 minutos, o hasta que al pinchar con un palillo salga limpio. 
  7. Retira del horno, desmolda con cuidado y deja enfriar completamente sobre una rejilla.

Notas:
  1. Una vez fríos, rellénalos con fruta de temporada (preferiblemente que no tenga un alto contenido de agua, para no humedecer en exceso el bizcocho) y sirve con una bola de helado por encima.
  2. ¿Prefieres cortarlo en rebanadas? También puedes decorarlo con un poco de frosting, al estilo de los naked cakes que están tan de moda, coronarlos con fruta fresca y espolvorear un poco de azúcar glas para un acabado más vistoso.

Masa de bizcocho de vainilla vertida dentro de latas de conserva para hornear


Preguntas frecuentes

¿Se puede usar cualquier lata de conserva para el bizcocho?

Sí, las mismas que para el pan en lata: acero sin revestimientos plásticos o barnices brillantes, bien lavadas y sin restos de adhesivo. La diferencia es que para el bizcocho el forrado con papel de hornear es aún más importante — la masa dulce se pega más que la del pan y el papel garantiza que el bizcocho salga entero y con la forma perfecta.

¿Por qué se vierte solo la mitad de la masa?

Porque el bizcocho crece bastante en el horno — más que el pan — y necesita espacio para subir con libertad. Llenando hasta la mitad obtienes ese copete redondeado característico que queda tan bonito al decorarlo como naked cake. Si lo llenas más, el bizcocho desbordará y perderás la forma cilíndrica.

¿Se puede hacer como regalo?

Es uno de los regalos gastronómicos más originales — ya viene en su propio envase. Una vez frío y decorado, puedes cerrarlo con una tapa de cartón a medida, atarlo con un lazo y añadir una etiqueta. Lo mejor es regalarlo sin rellenar y con las instrucciones de montaje para que quien lo recibe tenga la experiencia de armarlo.


Bizcochos de vainilla horneados en lata rellenos de fruta


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Pan dentro de una lata

Llegué de la escuela un viernes por la tarde. Tenía clase hasta las cinco y, como vivía cerca del colegio, esperaba con ganas llegar a casa para merendar. Como cada último viernes de mes, Asunción había venido a ponerle los rulos a mi madre. «Esta maldita crisis es lo que tiene», solía decirme. Yo ponía los ojos en blanco y me iba directa a la cocina a por el bocata.

Aquel viernes nada hacía pensar que fuera a ser distinto. Llegué temprano, saludé, ella me soltó su rollo de siempre y yo me encaminé hacia la cocina pasando por la sala de estar. Nada fuera de lo normal… salvo que en la sala había un señor sentado. Al pasar por delante iba tan metida en mis cosas que ni me enteré. Cuando mi mente reaccionó, volví sobre mis pasos para comprobar si lo que acababa de ver de reojo era cierto.

Asunción salió corriendo de la habitación de mi madre.

—¡Ay, mi niña, no te asustes! Es mi amigo irlandés. Su nombre es Cathaoir, pero yo lo llamo Casimiro —me dijo, sonriéndole a su invitado.

Abrí los ojos como platos.

—¿Y él sabe que lo llamas así? —pregunté.

—¡Pues claro que sí! —me contestó riendo—. ¿No ves que es muy mono, pelirrojo y de color naranja? Además, es ideal cantando el Vamos a la cama, ¡ja, ja, ja!

Mi madre, detrás de mí, le hacía señas a Asunción con la cabeza y las manos, como pidiéndole por favor que se callara. Yo las miraba y pensaba: «¡Qué raro hablan los adultos!». Y seguí mi camino hacia la cocina a por el bocata.

El viernes siguiente, cuando le tocó volver, le pregunté por Casimiro.

Ella me respondió, con un mosqueo tremendo:

—¿Casimiro? Casi casi mejor no verlo. ¡De la galleta que le daba le hacía rezar el padrenuestro y tres avemarías!

—¿Rezar? —le dije—. ¿Pero Casimiro no cantaba una canción?

—¡Anda, niña, vete a la cocina a por el bocata! —replicó ella, resoplando.


*Casimiro fue un monstruito animado de pelo naranja muy popular entre 1981 y 1983 que nos mandaba a la cama desde su castillo a ritmo de rock and roll, amenazando con cantarnos la sintonía otra vez si no nos íbamos a dormir.



Pan horneado en una lata y rellenar para un bocadillo

Pan horneado dentro de una lata para hacer un bocata


En el ámbito casero, esta técnica consiste en reutilizar latas metálicas de alimentos —como las de conservas, limpias y sin revestimientos plásticos dañinos— a modo de moldes para hornear. Se introduce la masa hasta colmar aproximadamente un tercio del recipiente, se deja fermentar en su interior y luego se hornea. El resultado es un pan con una forma cilíndrica perfecta, muy estética y de miga sumamente tierna gracias a la retención de humedad que proporciona el metal. Para facilitar el desmoldado, es habitual forrar el fondo y las paredes de la lata con papel de horno o engrasarlas generosamente antes de colocar la masa.

En el sector comercial y de supervivencia, el pan enlatado es un producto sumamente valorado en países como Japón. Allí se perfeccionó la tecnología de pan enlatado herméticamente para abastecer botiquines de emergencia, situaciones de desastres naturales o expediciones de larga duración, ya que se mantiene tierno durante años sin perder un ápice de esponjosidad. El proceso industrial implica que la masa fermente e incluso reciba el tratamiento térmico dentro del envase sellado; de este modo, se asegura la esterilidad del producto y se garantiza que sus propiedades lleguen intactas al momento de abrir la lata.

Es una forma sorprendente y divertida de hornear pan. Puedes aprovechar cualquier lata que tengas a mano en la despensa: de tomate triturado, de alubias cocidas… Solo hay que retirarles bien la etiqueta, higienizarlas y usarlas como cualquier molde tradicional. Si te animas a probar la receta, ya me contarás qué tal la experiencia. Con este pan hice un bocata de lo más original ¿no crees?


Actualizada 2026.



Pan horneado dentro de una lata de conserva


El pan:
  • 250 g de harina de fuerza
  • 150 g de agua
  • 5 g de levadura fresca
  • 5 g de sal
  • 4 latas de conserva de 225 gramos, vacías y limpias
Relleno:
  • Lechuga
  • Tomate
  • Zanahoria
  • Trocitos de col lombarda
  • Jamón Serrano
  • Taquitos de queso de cabra
  • Aceitunas sin hueso
  • Aceite de oliva virgen extra
  • Escamas de sal
Elaboración:
  1. Mezcla los ingredientes del pan y amasa durante unos 10 minutos en amasadora.
  2. Mientras tanto, engrasa bien las latas con spray desmoldante y fórralas con papel de hornear. Esto facilitará que el pan salga sin problemas después del horneado.
  3. Rellena las latas con la masa, aproximadamente hasta un poco menos de la mitad. Deja levar en un lugar cálido hasta que doble su volumen.
  4. Precalienta el horno a 190 °C y hornea durante unos 30 minutos, o hasta que estén dorados y bien cocidos.
  5. Saca del horno y deja enfriar dentro de las latas. Luego, desmolda con cuidado y deja que los panes se enfríen completamente sobre una rejilla.
  6. Una vez fríos, corta la parte superior y vacía el interior del pan, como si hicieras un cuenco.
  7. Prepara un aliño con aceite de oliva, semillas y sal. Vierte un poco de esta mezcla en el fondo del pan. Corta la verdura en trocitos pequeños, mézclala con el resto del aliño y rellena el pan.

Notas: 
  • Puedes adaptar el relleno a tu gusto y disfrutar de un bocata que no se derrama.
  • Si no lo vas a servir inmediatamente, espera a aliñar o, mejor aún, que cada comensal se sirva la ensalada o el relleno en el momento. Así evitarás que el pan se humedezca demasiado.

Si te gusta hacer pan en casa, también te encantará el llonguet mallorquín casero, el panecillo tradicional de Palma con prefermento y corteza crujiente.

Pasos a seguir para el pan horneado en lata


Preguntas frecuentes

¿Sirve cualquier lata de conserva?

Casi todas las de acero habituales (tomate triturado, legumbres, fruta en almíbar) funcionan de maravilla. Lo esencial es que estén bien lavadas, sin restos de adhesivo y que su interior sea metálico mate, sin revestimientos plásticos o barnices brillantes que no toleran el horno. Y un detalle clave: si la forras con papel de hornear, además de proteger la masa, te aseguras un desmoldado perfecto y sin sustos.

¿Qué pasa si la lleno más de la cuenta?

Que el pan crecerá desbocado y perderá ese cilindro tan limpio y simétrico. La masa tiene mucha fuerza y dobla su volumen fácilmente tanto en el levado como con el golpe de calor del horno. Llenando entre un tercio y la mitad consigues que suba justo hasta el borde superior, con el copete perfecto.

¿Se puede desmoldar en caliente?

Es tentador por la curiosidad, pero mejor espera unos minutos a que temple dentro de la lata. La miga termina de asentarse al enfriar; si intentas sacarlo recién salido del horno, corres el riesgo de deformarlo o romperlo.


Versión de pan en lata cortada a rodajas para tapas
Otra versión sería cortar el pan a rodajas y usarlo para tapas o canapés



Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Galletas de hojaldre

En casa de los Belmonte Villalonga tenían la extraña costumbre de tomar el té cada tarde a las cinco. Y digo «extraña» porque, para ser una familia sin ascendencia ni parientes británicos, seguían la tradición con tanto celo que se ofendían si alguien les preguntaba por el motivo.

Así que me acostumbré. Me divertía, pues era una solemne ceremonia digna de verse y de disfrutarse.

—¿Lo quieres con una nube, verdad, querida? —preguntaba el señor Belmonte.

—¡Ciertamente, querido! —contestaba la señora Villalonga.

Los demás nos servíamos en silencio, como parte del ritual. Al terminar, se rompía la magia que por unos minutos había flotado en el ambiente, y todo volvía a la normalidad de siempre: el señor Belmonte se iba con sus amigos al bar, la señora Villalonga salía a correr con una vecina, nosotros nos quedábamos a hacer los deberes y, al caer la tarde, yo me marchaba a casa.

Nada hacía presagiar que aquel día sería diferente; así que, puntual como un reloj, estábamos todos aguardando el silbido de la tetera. A las cinco en punto, sonó… y la liturgia volvió a comenzar.

—¿Lo quieres con una nube, verdad, querida? —repitió el señor Belmonte.

—Hoy no, querido —respondió la señora Villalonga—. Hoy lo quiero con hielo.

El señor Belmonte, desconcertado, balbuceó:

—Pe… pe… pero eso no es posible, querida. Así no es como lo solemos tomar…

—Lo sé, querido —replicó ella con una sonrisa serena—. Pero las costumbres cambian, se transforman, se simplifican… como nuestras galletas, querido. Igual de sencillas que nuestras galletas.


Finas galletas de hojaldre y azúcar caramelizadas

Galletas sencillas de hojaldre y azúcar caramelizadas


La historia del hojaldre hunde sus raíces en la repostería de Oriente Próximo y la cuenca mediterránea, donde civilizaciones como la griega y la árabe ya utilizaban masas delgadas superpuestas —como la masa filo— para hornear pasteles dulces y crujientes. Sin embargo, aquellas preparaciones primitivas se lograban estirando láminas individuales casi transparentes y pincelándolas con grasa una a una, método laborioso que difiere de la técnica actual. La verdadera innovación del hojaldre clásico, consistente en encerrar un bloque de materia grasa dentro de la masa base (el plastón) y someterla a pliegues sucesivos para crear cientos de finas hojas alternas, comenzó a gestarse en la Europa medieval bajo la indudable influencia de la repostería andalusí.

La consolidación y el refinamiento del método tal como hoy lo conocemos se fraguaron en Francia a lo largo del siglo XVII. La tradición popular atribuye la invención del hojaldre moderno al pintor y aprendiz de pastelero Claude Gelée hacia 1640: según el relato, al intentar elaborar un pan ligero para su padre enfermo —sujeto a una dieta estricta—, envolvió un trozo de mantequilla en el pastón y lo dobló varias veces antes de hornearlo, asombrándose ante el descomunal volumen adquirido por la pieza. No obstante, los recetarios históricos constatan que fórmulas afines ya circulaban antes por España y Francia. Fue el célebre cocinero François Pierre de La Varenne quien codificó de manera metódica el sistema de pliegues por etapas, conocido como «vueltas», en su influyente tratado Le Cuisinier françois (1651).

El impulso definitivo que coronó al hojaldre en la cima de la alta repostería llegó a principios del siglo XIX de la mano de Marie-Antoine Carême. Reconocido como el gran arquitecto de la cocina gala, Carême sistematizó el principio físico tras la masa: fijó el estándar canónico en seis vueltas para garantizar una subida regular y estratificada, impulsada por el vapor de agua retenido entre las láminas impermeables de mantequilla. Valiéndose de esta estructura etérea y crujiente, creó piezas monumentales y legó al mundo creaciones imperecederas como el milhojas (mille-feuille) y los volovanes (vol-au-vent), consagrando el hojaldre como un estandarte universal que hoy brilla tanto en bocados dulces como salados.

Conocemos todo tipo de galletas: unas elaboradísimas y otras no tanto, ¿verdad? Pues el chef británico Heston Blumenthal lo ha simplificado de forma magistral: entre las recetas que suele preparar en familia tiene una versión que, además de sencillísima, es ideal para acompañar una buena taza de té. Eso sí: mejor salir a correr después que dejarse caer por el bar, porque las calorías no nos las quita nadie, pero el momento mágico está asegurado. Puedes pedir a los más pequeños que te echen una mano: la palabra «galletas» obra auténticos milagros cuando andan revolucionados.


Actualizada 2026.

 

Galletas de hojaldre caramelizadas con azúcar glas de Heston Blumenthal


Ingredientes: 
  • 1 plancha de hojaldre
  • Azúcar glas
Elaboración:
  1. Estira la plancha de hojaldre con un rodillo, hasta que quede lo más delgada posible. 
  2. Espolvorea por encima azúcar glas en lugar de harina. 
  3. Enrolla la masa hasta formar un cilindro que cortarás en discos delgados. 
  4. Estira los discos con un rodillo hasta que queden finos, también espolvorea por encima azúcar glas. 
  5. Pon los discos sobre bandejas y congélalos durante media hora o refrigéralos durante una hora. 
  6. Calienta el horno a 220º C. 
  7. Pon la masa fría sobre las bandejas de hornear, si solo tienes una bandeja, sácalos del frío a medida que lo necesites. 
  8. Hornea hasta que estén doradas. 
  9. Mientras se hornean necesitas un cazo pequeño de fondo pesado dentro del congelador. 
  10. Cuando las galletas estén horneadas, sácalas del horno y usa el cazo frío apretando con fuerza sobre cada una de ellas, así quedaran muy finas. 
  11. Frías se endurecen un poco y estarán listas para comer.

Nota: 

El cazo frío no rompe las galletas porque la masa sigue caliente y flexible al salir del horno. El frío del cazo baja su temperatura rápidamente mientras las aplana, fijando así la forma ultrafina antes de que se enfríen del todo.



Galletas de hojaldre caramelizadas de Heston Blumenthal

Preguntas frecuentes

¿Por qué se congela o refrigera la masa antes de hornear?

Porque el frío endurece la grasa del hojaldre — la mantequilla — y permite que los discos mantengan su forma perfectamente al entrar en el horno muy caliente. Si los horneas sin refrigerar previamente, la grasa se funde antes de que la masa haya empezado a estructurarse y las galletas pierden la forma redonda y se encogen de manera irregular.

¿Se puede usar azúcar normal en lugar de azúcar glas?

El azúcar glas se disuelve y carameliza mucho más uniformemente que el azúcar granulado, que tiende a quedarse en granos sin fundir y puede quemar en puntos concretos. Para esta receta el azúcar glas es el correcto — aporta esa capa dorada y uniforme que hace tan atractivas estas galletas. El azúcar normal no da el mismo resultado.

¿Con qué se sirven mejor estas galletas?

Con té o café, como en la receta original de Heston. Varios lectores las sirven con helado de vainilla — la temperatura contrasta muy bien con el caramelo crujiente. También quedan perfectas como base de un milhojas rápido: apila tres galletas con nata montada y fresas entre capa y capa. La caja de lata de la foto es la presentación perfecta para regalarlas.


Caja de galletas de hojaldre caramelizadas


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Tofu General Tso

Xinyi está preparada para la lucha. Sus sueños son premonitorios desde la infancia y, aunque a su familia no le hace gracia que tenga ese don, a ella le parece maravilloso. Hasta que encontró un maestro que la instruyera en ese «arte», iba como un barco sin timón. No tiene muchos amigos; su don la hace parecer rara a ojos de los demás y no gusta que vaya anunciando la buena o la mala suerte. Como había sido víctima de muchos enfados, ha aprendido a callar lo que ve.

Wenbin siempre anda entre la biblioteca y la cocina. Amigo cercano de Xinyi, cree que entre los libros y la alimentación todo se puede solucionar. Con sabiduría, diplomacia y una buena comida, confía en poder ayudar a su amiga cuando esté en aprietos. Por eso Xinyi confía tanto en él. Un buen amigo vale oro, sobre todo si no despega los ojos de las páginas, come como un auténtico gourmet y es capaz de cocinar el tofu como si fuera el manjar más exquisito del mundo.

Mentecato es un qilin. En el pueblo todo el mundo lo adora por ser un animal fantástico. Se pasea por Xiaoping como si fuera un perro faldero, saludando y pidiendo mimos a todo el mundo… Bueno, a todos no: solo a quienes tienen un corazón limpio, porque son los únicos capaces de verlo. En realidad hace las veces de perro guardián, aunque su nombre sugiera justo lo contrario. Es divertidísimo ver cómo alguien que sí puede verlo lo llama por su nombre y la persona de al lado, que no ve nada, se enfada pensando que la están insultando a ella. Los malentendidos están a la orden del día… y Mentecato se lo pasa en grande viéndolos discutir.

Los dos amigos viven en Londres, y cada vez que van a Xiaoping a ver a la familia, todo se llena de magia, color y alegría. Por eso su sueño era quedarse a vivir allí en cuanto tengan la oportunidad. Mientras tanto, disfrutan del pueblo, miman a Mentecato, aprenden trucos de magia, pasan horas en la biblioteca más antigua del mundo y comen tofu General Tso como si no hubiera un mañana. La felicidad tiene nombre antiguo.

Tofu General Tso rebozado con salsa de soja y cacahuetes sobre arroz jazmín

Tofu General Tso con salsa agridulce y arroz presentado en yin-yang


[RETO COOKING THE CHEF]

Ching, como es conocida, nació en Taiwán el 8 de noviembre de 1978. Hija de padres taiwaneses, la familia se trasladó a Sudáfrica cuando ella tenía cinco años y, posteriormente, a los once se mudaron a Londres. Estudió en el Queen Mary and Westfield College de la Universidad de Londres y en la Escuela Bocconi de Negocios de Milán. Se graduó con sobresaliente en Económicas y fundó, nada más dejar la facultad, una empresa de catering: Fuge Ltd.

Desde pequeña mostró interés por la cocina china, al ser el único vínculo entre ella y su cultura de nacimiento. Dio el salto a la televisión en 2005 y fue definida como la anfitriona inglesa de la nueva cocina china; aunque, en realidad, es embajadora de la gastronomía de su país en todo el mundo, tanto por su presencia mediática como por la publicación de varios libros. Su propuesta culinaria se basa en el uso de productos frescos, étnicos y de proximidad, representando la armonía entre tradición e innovación. Ching ha logrado que la gastronomía china sea cercana, accesible y saludable en todos los sentidos.

Fue nominada a los premios Emmy al mejor programa culinario por su espacio televisivo Easy Chinese: New York and LA. En 2015 enseñó al príncipe de Gales y a su esposa el arte de elaborar dumplings durante la visita oficial de la pareja a Chinatown, en Londres. También es conocida su implicación en causas sociales. Está casada con el actor Jamie Cho, reside en Londres y defiende activamente la medicina tradicional china, de la que es fiel seguidora.

La raíz de esta elaboración proviene del famoso pollo General Tso, creado originalmente en la década de 1950 por el chef Peng Chang-kuei. Tras huir de la revolución china, Peng se estableció en Taiwán y diseñó el plato para un banquete oficial. Le dio ese nombre en honor a Zuo Zongtang (conocido en Occidente como el general Tso), un célebre líder militar de la provincia de Hunan durante la dinastía Qing. En su concepción original, la receta reflejaba el perfil típico de la cocina de Hunan: muy salada, ácida, contundente y marcadamente picante.

Lo has adivinado: hoy toca reto en Cooking the chef, y este mes está dedicado a una figura todavía poco conocida en España, Ching-He Huang —aunque seguro que después de este reto la cosa cambiará—. Mujer joven, emprendedora y brillante, ha convertido la gastronomía asiática en su vocación. 

Llegué a una de sus recetas a través de Food Network y me cautivó de inmediato: los ingredientes son sencillos de encontrar (salvo un par de excepciones), la preparación no encierra ninguna complicación y, además, es una opción vegetariana fantástica. Te aseguro que no te arrepentirás de probarla; y si eres de los que piensan que el tofu no va contigo, también queda deliciosa preparada con pollo.

Actualizada 2026.


Tofu General Tso vegetariano con salsa agridulce y cacahuetes



Ingredientes par 4:

El tofu:
  • 600 g de de tofu firme
  • 1 huevo grande o 2 pequeños
  • 90 g de fécula de patata o maíz
  • Más aceite para freír, sal y pimienta al gusto

La salsa:
  • 5 cdas. de salsa de soja
  • 1½ cdas. de pasta de tomate
  • 1½ cdas. de vinagre de arroz
  • 1½ cdas. de salsa de chile picante
  • 1½ cdas. de azúcar moreno o miel
Nota: ella añade pasta amarilla de soja, yo no la encontré.

El salteado:
  • 3 cdas. de aceite de cacahuete
  • 1 diente grande de ajo o 2 pequeños
  • 1 cebolla grande
  • 1½ pimientos rojos
  • 2 cdas. de vino de arroz
  • 6 cebolletas
  • 100 g de cacahuetes tostados
  • Arroz jazmín para 4 personas (unos 240–300 g en crudo)
  • Sésamo al gusto

Nota: ella añade al salteado 4 chiles secos enteros de Sichuan, yo no los puse.

El tofu:
  1. En un cuenco mezcla la harina y el huevo, añade un poco de sal y pimienta, hasta que quede una pasta espesa. 
  2. Reboza los dados de tofu con la mezcla. 
  3. Calienta un wok a fuego alto, añadir un 1/4 de aceite. 
  4. Calienta hasta que llegue a 180 ºC y fríe el tofu rebozado hasta que quede dorado. 
  5. Retira sobre un recipiente con papel de cocina para que escurra el exceso de aceite y reserva. 
  6. Vacía el aceite del wok y guarda 2 cucharadas para el salteado.

La salsa:
Mezcla todos los ingredientes y reserva.

El salteado:
  1. Calienta el wok a fuego alto. 
  2. Añade el aceite de cacahuete, la cebolla y el ajo. 
  3. Remueve.
  4. Seguidamente añade el pimiento rojo y el vino, remueve y saltea. 
  5. Después añade la salsa y deja reducir hasta ver que queda un poco espesa. 
  6. Mezcla el tofu y la cebolleta. 
  7. Saltea un poco y apaga el fuego.
  8. Sirve con los cacahuetes, el sésamo y acompaña de arroz.

pasos para preparar el tofu General Tso



Preguntas frecuentes

¿Se puede hacer con pollo en lugar de tofu?

Sí — y varios lectores lo han hecho con excelente resultado. El proceso es idéntico: trocea el pollo en dados, rebózalo con la mezcla de fécula y huevo y fríelo hasta que esté dorado. El tiempo de fritura es similar al del tofu. La salsa funciona igual de bien con pollo que con tofu — lo que cambia es el perfil de la receta: de vegana a proteína animal.

¿Dónde encontrar fécula de patata o maíz y vinagre de arroz?

La fécula de maíz — Maizena — se encuentra en cualquier supermercado. La fécula de patata y el vinagre de arroz están en supermercados asiáticos, en la sección de productos internacionales de grandes superficies o en tiendas online. El vinagre de arroz puede sustituirse por vinagre de manzana en menor cantidad — es más suave y menos ácido.

¿Por qué se usa aceite de cacahuete para el salteado?

El aceite de cacahuete tiene un punto de humo muy alto — aguanta temperaturas de hasta 230°C sin quemarse — lo que lo hace ideal para el wok a fuego alto. También aporta un sabor neutro que no compite con los aromas de la salsa. Si no tienes aceite de cacahuete, el aceite de girasol o de pepita de uva son las mejores alternativas por su punto de humo similar.


Con esta receta participo en el reto:
Logo del reto Cooking the Chef

Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Ensalada Alicia

Es como si toda la vida hubiera estado jugando al juego de las sillas. Odio este juego. Siempre me sentía perdedora, incluso antes de empezar a dar vueltas a su alrededor. Siempre creí que habría alguien más rápido, más astuto, con más empuje o con más mala baba; y así, antes del primer acorde, la angustia y el desánimo ya me tenían ganada. Así me he sentido la mayor parte de mi vida.

Y así me ocurrió cuando mi padre, tras la muerte de mi madre, decidió casarse con aquella mujer. En aquella partida solo quedaban dos sillas: mi padre se quedó sin la suya y con mi madre se reunió. Entonces, la cruel mujer retiró una. Yo no anduve lista y ella pretendía enviarme con mis padres, pero a Totón le dio lástima de mí y me abandonó en mitad de un bosque.

Otro juego de sillas se cruzó en mi camino. Esta vez eran siete: siete pequeñas y a veces impertinentes criaturas que habitaban y faenaban por aquellos lares. Gruñón no me quería ver ni en pintura y se enzarzaba con Bonachón por mi culpa. A Dormilón le daba exactamente igual mientras no le arrebatara la cama. Mocoso moqueaba cada vez que me tenía delante y Tímido se escabullía. Otro eligió quedarse Mudo, y Sabiondo, que era quien llevaba la voz cantante, acabó por aceptarme.

Así transcurría mi vida: tenía un asiento para mí sola y, por primera vez, no sentía el pánico de que la música volviera a sonar obligándome a pelear por él. Me distraía cogiendo grosellas silvestres por la arboleda y cuidando de los enanos. Y en esas estaba cuando, de repente, la melodía volvió a sonar: se presentó una anciana y una manzana me ofreció. Al morderla caí fulminada, despojada de mi silla una vez más. Vueltas y más vueltas al compás; solo que en este cuento ningún príncipe vino a romper el compás.


Ensalada Alicia dentro de una manzana con Crème fraîche

Ensalada Alicia con manzana y almendras


En clase de Productos Culinarios —una asignatura del grado de FP de Cocina— nos tocó preparar esta ensalada bautizada como «Alicia»; aunque, sinceramente, a mí me parece que tiene bastante poco del País de las Maravillas y mucho más de Blancanieves. Sea como fuere, os aseguro que vais a dejar boquiabiertos a vuestros comensales con una presentación tan vistosa y delicada. Desconozco su origen exacto, ya que el profesor no entró en detalles históricos, pero el flechazo fue tan instantáneo que no dudé en replicarla en casa y compartirla en el blog.

NOTA ACLARATORIA: 

Esta receta la aprendí en mis estudios de FP de Cocina y fui la primera bloguera en publicarla. Posteriormente la subí a la plataforma de Canal Cocina, que con el tiempo eliminó el perfil de todos los blogueros colaboradores manteniendo las recetas y fotografías. Las fotos que ilustran hoy su versión son mías.

Por aquel entonces solía subir elaboraciones a la plataforma de usuarios de Canal Cocina —quienes, con el tiempo, se quedaron con las recetas y quitaron a los autores de ellas —, así que compartí también esta propuesta. Poco después, la cadena decidió recrearla en televisión sin citar la autoría original y, por lo visto, causó bastante furor. Hoy en día, si tecleas el nombre de la ensalada en Google, la primera referencia que aparece es la suya; sin embargo, si entras en su web a ver la receta, comprobarás que las fotos que la ilustran siguen siendo las mías.


Actualizada 2026.


Ensalada Alicia


Ingredientes:
  • 1 manzana roja por comensal
  • El zumo de un limón
  • Granos de grosella
  • Crème fraîche
  • Almendras fileteadas
Elaboración:
  1. Pon en un cuenco grande agua con el zumo de un limón. 
  2. Corta a la manzana una tapa. 
  3. Vacía la tapa por dentro sin romperla. 
  4. Déjala en el cuenco grande dentro del agua con limón para que no se oxide. 
  5. Vacía las manzanas con un sacabolas de cocina dejando algo de pulpa alrededor de la piel. 
  6. Deja las bolas de manzana y la manzana en el cuenco grande de agua y limón.
  7. Saca las bolitas del cuenco, sécalas un poquito y mezcla en otro cuenco con los granos de grosella y la crème fraîche
  8. Saca las manzanas y sécalas un poquito por dentro y fuera. 
  9. Rellénalas con la mezcla de bolitas y esparce por encima almendras fileteadas. 
  10. Saca la tapa, sécala y colócala encima de la manzana. 
  11. Sirve.

Vaciado de la manzana para hacer la ensalada


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Quiche Lorraine

El vecino de enfrente había decidido montar una fiesta. O eso, o una clase de zumba clandestina: el tabique retumbaba y por el rellano se colaba una música bailonga insufrible. No sé qué habría hecho yo en su lugar, pero invitar a los vecinos para amortiguar el golpe, seguro. Don Ernesto llevaba unos días de un humor de perros porque doña Remedios lo había dejado solo para irse a visitar a la parentela del pueblo; y él, hombre poco amigo de los fogones, no sabía ni freír un huevo.

Inés andaba en plena época de exámenes, hincando los codos día y noche sin tregua. Solo levantaba la cabeza cuando la llamaba su novio Antoine, un manchego de pura cepa que había estado un mes recogiendo fruta en Francia y al que la estancia le había cambiado hasta el nombre de pila. El portero, el señor Miguel —un manitas para todo—, estaba medio sordo, así que probablemente ni se enteraba de la misa la media; pero su señora, doña Candelaria… ¡ay, doña Candelaria! Esa mujer se sabía hasta la cara B del próximo vinilo que pincharían en el guateque. A ella no se le escapaba ni el vuelo de una mosca, y puso el grito en el cielo en cuanto olió el jolgorio del descansillo.

La estampa era un cuadro: don Ernesto en batín y pantuflas, plantado en jarras ante la puerta del susodicho; Inés, con los pelos de punta y el móvil pegado a la oreja, aspaventando mientras le retransmitía a su Antoine la verbena del piso de al lado; y doña Candelaria aporreando la madera con saña, mientras el bueno del señor Miguel jaleaba:

—¡Qué bien canta el jodío, leñe!

Estaban para sacarles una foto.

La verdad es que, cuando el vecino abrió la puerta, la comitiva entró casi en tromba al salón. Cualquiera diría que aquello fue un allanamiento en toda regla. Y no, la intención no era esa, pero doña Candelaria empuñaba el palo de la escoba, el señor Miguel un destornillador de estrella, don Ernesto el bastón y la pobre Inés una estilográfica en alto. Los invitados se quedaron de piedra, la música se cortó de golpe y se hizo un silencio sepulcral… justo en el preciso instante en que yo asomaba por el umbral. Tropecé con la zapatilla de cuadros de don Ernesto y la quiche que traía en las manos voló describiendo una parábola perfecta para estamparse de lleno en el pecho del anfitrión.

A lo que el señor Miguel, eufórico, remató:

—¡Vaya leche le ha dao la vecina, leñe, pa matarlo!


Quiche Lorraine francesa con panceta y nata

Porción de quiche Lorraine con panceta ahumada



¿A quién no le gustaría verse envuelto en una "guerra de tartas"?, ¿eh? ¿a quién? bueno, ya sabemos que las más populares son dulces, pero, puestos a ello ¡qué más da! 

La historia de la quiche lorraine hunde sus raíces en la Europa medieval, concretamente en el antiguo reino de Lotaringia —territorio que hoy corresponde a Lorena, al noreste de Francia—, una encrucijada marcada a lo largo de los siglos por la influencia compartida entre las culturas francesa y alemana. La propia palabra quiche procede de la voz dialectal lorenesa kuchen, derivada del alemán clásico con el significado de pastel o tarta.

El primer registro documentado de este bocado data de principios del siglo XVII, hacia 1605, en la corte del ducado de Lorena en Nancy. En sus orígenes era una preparación campesina y humilde que los panaderos horneaban aprovechando los recortes de masa de pan sobrante. Esa base rústica se forraba en un molde y se cubría con un batido de huevos y nata fresca, una emulsión que en la cocina francesa tradicional recibe el nombre de migaine.

Curiosamente, la versión primitiva no llevaba carne: fue la evolución en los fogones populares la que incorporó la panceta ahumada cortada en tiras gruesas o dados (lardons), aportando el contrapunto salino y ahumado definitivo. Aquellas primeras tartas se cocían en hornos comunales de leña, lo que impregnaba a la masa y al relleno de un aroma rústico inconfundible.

Con el tiempo, la receta experimentó dos saltos determinantes. Por una parte, la densa masa de pan dio paso a la masa quebrada (pâte brisée) o al hojaldre, ganando una textura crujiente y mantecosa que elevó el conjunto. Por otra, tras la guerra franco-prusiana de 1870, el éxodo de familias lorenesas hacia París popularizó el plato en los cafés y bistrós de la capital. Fue allí donde surgieron variantes que añadían queso gruyer o emmental rallado, fórmula que dio origen a la quiche vosgienne (o a la versión parisina) pese a que el canon lorenés más purista prescinde de cualquier queso.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en la década de 1950, la quiche lorraine conquistó el Reino Unido y los Estados Unidos como símbolo de refinamiento y practicidad para almuerzos y recepciones. Hoy en día, la receta clásica francesa sigue fiel a su regla de oro: masa quebrada, huevos, nata, panceta ahumada, nuez moscada y pimienta negra.

¡Me encanta porque cumple con todos los requisitos! Es fácil de hacer , a todos les encanta y está hecho con ingredientes fáciles de encontrar. Además, se recalienta de maravilla. Y, entre tú y yo, ¡la combinación masa/relleno es perfecta! La textura es suave y se derrite, y el sabor ahumado de la panceta bien asada... ¡mmm!


Actualizada 2026.

Quiche Lorraine


Ingredientes: 

  • 1 masa quebrada casera o comprada
  • 200 g de panceta ahumada 
  • 4 huevos
  • 400 ml de nata fresca
  • 1 pizca de pimienta
  • 1 pizca de nuez moscada
  • Molde para tarta de 20 cm de diámetro
Precalentar el horno a 180° C 

La masa:
  1. Forra el molde con la masa quebrada, recortando el sobrante del borde con un rodillo. 
  2. Pincha la base de la masa con un tenedor.
  3. Coloca papel de horno sobre la masa y, encima, algún peso (como garbanzos secos o bolitas de cerámica especiales) para evitar que suba. 
  4. Hornea la base durante 15 minutos.

El relleno:
  1. Corta la panceta en dados pequeños. 
  2. Fríelo en una sartén muy caliente, sin añadir grasa, hasta que esté bien dorado. 
  3. Escurre sobre papel de cocina para eliminar el exceso de grasa. 
  4. En un bol, bate los huevos con la nata. 
  5. Añade la nuez moscada y la pimienta, e incorpora el tocino. 
  6. Vierte la mezcla sobre la base de masa precocida.
  7. Hornea durante 35 minutos. 
La quiche debe quedar dorada, inflada y ligeramente blanda en el centro. 
Deja enfriar un poco antes de cortar.

Nota: 
Si usas panceta ahumada, los franceses consideran que ya aporta suficiente sal, por lo que no añaden sal a la mezcla. 
Si usas otro tipo de tocino o bacon, considera añadir una pizca de sal.


Si te gustan las tartas saladas, también te encantará la tarta salada de patatas al horno con acelgas y gorgonzola sin masa quebrada y con un paso a paso fotográfico único.


Preparación de la base de la quiche Lorraine

Horneado de base de la quiche Lorraine

Preguntas frecuentes

¿La quiche Lorraine auténtica lleva queso?

No. La receta original del ducado de Lorena del siglo XVII no lleva queso — solo huevos, nata fresca y panceta ahumada. La versión con queso gruyer o emmental es una variante parisina que surgió tras la guerra franco-prusiana de 1870, cuando los lorenos emigraron a la capital y adaptaron la receta. Hoy la versión con queso es la más extendida en España, pero técnicamente no es una quiche Lorraine sino una quiche parisina.

¿Por qué se hornea la masa en blanco antes de añadir el relleno?

Para evitar que la base quede cruda y húmeda al contacto con el relleno líquido. El horneado en blanco — con papel de horno y garbanzos encima para que no suba — sella la masa y la hace ligeramente crujiente antes de recibir la mezcla de huevos y nata. Sin este paso la base queda blanda y empapada. Es el secreto de una quiche con la base crujiente que contrasta con el relleno cremoso.

¿Cómo sé si la quiche está lista para sacar del horno?

Debe estar dorada por encima, inflada y ligeramente temblorosa en el centro — como un flan que aún no ha cuajado del todo. Ese temblor residual es correcto: el calor del molde terminará la cocción fuera del horno. Si esperas a que el centro esté completamente firme dentro del horno, la quiche quedará demasiado seca. Con 35 minutos a 180°C suele estar lista, aunque cada horno es diferente.


Tarta francesa quiche Lorraine con nata y panceta ahumada


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

¿Estás buscando algo en especial?

Contacta conmigo