Gofres belgas
Después de dormir doce horas, sin saber ni qué día era, me desperté… y allí seguían esos seres azules. Pensé: «Alguien me ha echado algo en la copa y el efecto todavía dura». Llegué a duras penas a la cocina a por café y, como seguían ahí, juré muy en serio que no volvería a beber. Palabrita.
Así que, cuando llamaron al timbre, también creí que era producto de mi imaginación… hasta que la llamada se volvió tan insistente que tuve que admitir que no, que aquello era real.
Al abrir la puerta, me encontré con el vecino: un señor con bigote y gafas cuadradas, sonriente y que hablaba a voces. Para mi desgracia.
—Estaba dibujando en casa a unos seres azules cuando, de pronto, salieron de mi bloc de dibujo y saltaron por la ventana —me soltó sin más.
—¡Hombre, vecino! Tú también estuviste en el fiestón —le dije riendo.
Entró en casa y, como por arte de magia, sacó una flauta que hizo sonar de forma estridente. De inmediato, todos y cada uno de los seres azules salieron de sus rincones y desfilaron ante mis ojos como platos.
¡Uf! Creo que la próxima vez que monten una fiesta, mejor me quedo en el sofá viendo la tele.
El gofre es tan antiguo como la propia historia de la humanidad, con su ancestro más remoto en las tortas de cereales que ya se cocinaban en el Neolítico sobre piedras calientes. En la antigua Grecia hallamos asimismo un molde compuesto por dos placas de hierro que servía para preparar pequeños pasteles. Más adelante, en la Edad Media, se elaboraban una suerte de obleas que se ofrecían en el culto religioso y que después consumían los fieles; solían ser redondeadas y lucían grabados con motivos heráldicos o religiosos marcados por las planchas metálicas. No fue hasta el siglo XIII cuando surgió el antecedente directo del gofre moderno, de la mano de un herrero que forjó moldes en forma de cuadrícula inspirándose en los panales de las abejas.
La variedad más extendida e internacional de Bélgica es el gofre de Lieja, el que suele despacharse en la mayoría de puestos callejeros y cafeterías. Junto a él destaca la otra gran variante tradicional: el gofre de Bruselas. ¿Cómo distinguirlos? A simple vista, por su silueta: el de Lieja es más denso, pequeño y de bordes redondeados e irregulares; el de Bruselas, en cambio, es más grande, ligero y con un corte rectangular bien definido.
Gofres belgas
- 250 g de harina de trigo de fuerza
- 90 ml leche
- 25 g de levadura fresca de panadería
- 2 huevos M
- Una pizca de sal
- 1/2 cdita. esencia de vainilla
- 125 g de mantequilla a temperatura ambiente
- 150 g de azúcar perlado
- Calienta ligeramente la leche y disuelve en ella la levadura fresca y la esencia de vainilla. Es importante que no la calientes demasiado o la levadura no actuará.
- En un bol grande, incorpora la harina y la sal.
- Mezcla y haz un hueco en el centro; añade ahí la leche con la levadura y los huevos.
- Con un tenedor, integra los ingredientes hasta obtener una masa homogénea.
- Deja fermentar la masa en un lugar cálido durante unos 45 minutos, tapada con un paño limpio o con papel film.
- Pasado este tiempo, añade la mantequilla en trocitos y amasa hasta que quede totalmente integrada.
- Agrega el azúcar perlado.
- Amasa un par de minutos más para que el azúcar se distribuya de manera uniforme.
- Pincela la gofrera con mantequilla y ponla a calentar.
- Cuando esté bien caliente, añade una porción de masa y cierra la tapa.
- Cocina durante unos 5 o 6 minutos, o hasta que el exterior quede dorado y crujiente.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es imprescindible utilizar azúcar perlado en lugar de azúcar blanquilla tradicional en esta masa?
El azúcar perlado está compuesto por granos compactos y prensados que poseen un punto de fusión más elevado que el azúcar común. Al someterse al calor directo de las placas de la gofrera, las perlas exteriores se funden lentamente, creando una costra de caramelo dorado, brillante y crujiente que envuelve la masa sin quemarse. Al mismo tiempo, los granos situados en el interior de la pieza no llegan a licuarse del todo, lo que aporta ese mordisco crujiente característico del gofre tradicional de Lieja, a diferencia del azúcar blanquilla, que se disolvería por completo durante el amasado y apelmazaría la miga.
¿Por qué la mantequilla debe añadirse después de la primera fermentación y no al principio junto con los demás ingredientes?
La masa contiene una proporción elevada de grasa (la mitad del peso de la harina). La grasa lubrica las cadenas proteicas de glutenina y gliadina, lo que dificulta que se entrelacen para formar una red elástica si se incorpora desde el comienzo; además, un exceso de grasa temprana ralentiza la reproducción de las levaduras. Al permitir que la masa fermente primero solo con harina, leche y huevos, se consolida una estructura de gluten fuerte capaz de retener el gas. Integrar la mantequilla blanda al final nutre y suaviza esa malla ya formada, logrando un gofre tierno y briochado por dentro sin perder volumen ni consistencia.
¿Qué precauciones deben tomarse con la temperatura de la gofrera durante la cocción para evitar que el caramelo se amargue?
La presencia del azúcar perlado exige un control térmico cuidadoso: el azúcar se carameliza entre los 160 °C y 180 °C, pero si la gofrera supera ese rango se carboniza con rapidez, arruinando el postre con un regusto acre y ahumado. La plancha debe estar caliente para sellar la masa y crear la corteza, pero a una potencia media-alta constante, nunca al máximo. Además, los restos de caramelo fundido que quedan entre los surcos de la máquina tras cada tanda continúan cocinándose; por ello, conviene limpiar con un papel absorbente doblado o una espátula de silicona el azúcar residual entre gofre y gofre para no transferir quemados a las siguientes porciones.














Ummmmm!!! Dos para llevar, por favor <3 <3
ResponderEliminarAllá van, jeje. Besos
EliminarA mi me encantan los dos tipos!! y por supuesto nada que ver los artesanos con los industriales.
ResponderEliminarYo también quiero de los dos tipos ;)
EliminarBesos
Me encantan¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
ResponderEliminarY a mi!!!!!
EliminarCaty se ven perfectos.
ResponderEliminarCon tus historias el alimento toma otra dimensión ;-))
Un saludito
Gracias, un saludo
EliminarLos gofres son mi placer culpable, ojalá con mucho chantilly encima como los tuyos, me encantan unos gofres bien hechos. Qué bonito lo que pones de la historia de los moldes. Yo tengo una receta de mi madre que lleva leche ideal, pero igual, te confieso que regalé la gofrera en un arranque de locura, así que por ahora no los hago, pero ya tendré yo una gofrera nueva
ResponderEliminarSon un placer culpable para todos, jeje. Besitos
EliminarBuenos días, amiga pitufa jeje, no bebas que la lías.
ResponderEliminarLo cierto es que nunca he sido mucho de gofres, los probé un día en un puesto callejero y no me llamaron la atención hasta, que un día una amiga me invito a su casa y preparó unos cuantos, me gustaron y mucho jeje.
En estos momentos puedo decir que me comería un gofre de estos tuyos y me pondría azul de lo ricos que están.
Creo que eso es lo que pasó.
Un besazo preciosa
Jajajajaja, los caseros son diferentes yo tampoco como gofres callejeros, no sé, esa masa no me atrae. Besos guapa
EliminarAyyy Caty, me llega el olorcín hasta aquí, las fotos son preciosas, bss
ResponderEliminarGracias guapa
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