—Pero, señor —protestó Blanquerna ante un cardenal—, yo solo aspiro a retirarme al monte para disertar con las cabras acerca de la Causa Primera.
—Las cabras no pagan diezmos, Blanquerna —zanjó el purpurado—. Por añadidura, el orbe es un descalabro. Requerimos tu «Arte» para restaurar el orden.
Blanquerna claudicó, mas bajo una condición innegociable: aplicaría el rigor combinatorio a la administración papal. A la segunda jornada, las dependencias pontificias asemejaban un gabinete de geometría.
—Veamos —resolvió Blanquerna, desplegando unos esquemas con letras (A, B, C...) que figuraban las dignidades divinas—. Si la Bondad excede a la Magnificencia, ¿a qué viene un banquete con doce variedades de faisán? Desde el prisma del cálculo, esto constituye un despropósito clamoroso. ¡Servidme un plato de sopas!
Los cocineros se mesaban los cabellos, los obispos se extraviaban entre ruedas y círculos concéntricos, y los nuncios quedaban atónitos porque el sumo pontífice, en lugar de impartir la bendición, los sometía a un escrutinio de dialéctica sobre la caridad divina.
—Santidad —advirtió su camarlengo—, arrecian las quejas. Convienen en que vuestro método es impecable, pero admiten no entender ni «papa», nunca mejor traído.
Blanquerna suspiró. Contempló su Ars brevis, fijó los ojos en el sitial de oro y desvió la mirada hacia el relieve azulado de las cumbres.
—Lleváis razón. El siglo resulta harto movedizo para la pureza deductiva. Prefiero que mi tránsito sea testimonio antes que un cómputo.
Y así, en un viraje propio del misticismo de frontera, Blanquerna consumó la mayor audacia de un hombre abrumado: renunció al solio. Depositó la tiara papal sobre el sitial, se enfundó el sayal de lana basta y se escabulló por el postigo en dirección a la floresta.
Al franquear la estancia, los dignatarios solo hallaron un pliego trazado con pulso sereno:
«He deducido el ángulo de mi quietud, y resulta ser directamente proporcional a la distancia que me aparta de este aposento. Atentamente, vuestro anacoreta dilecto».
No puedo describir lo que sentí cuando Yolanda me propuso continuar con el desafío; pero empecemos por el principio. Un día, Patricia nos anunció un nuevo juego: «¿Quién viene a cenar?». Y de pronto sentó a su mesa a la mismísima Caperucita Roja (roja de envidia me quedé yo). Pasó el testigo a Carmen, quien compartió mantel con la elegante Coco Chanel (¿tal vez perfumada con Chanel N.º 5?). Por último le tocó el turno a Yolanda, que nos descubrió una faceta hasta entonces insólita de la señora Merkel (yo me quedé con la boca abierta). En esas estábamos cuando me reveló quién vendría a cenar a mi casa.
Un desafío mayúsculo y una empresa nada sencilla la que me encomendó hace hoy veinte días. Al principio me llevé las manos a la cabeza («¡que sea lo que Dios quiera!»), pero enseguida recapacité: «¿Quién dijo miedo?». Será todo un honor cocinar para uno de los grandes referentes de los fogones patrios. Con la debida modestia, por supuesto: no pienso convertir la velada en una pesadilla y acabar cerrando el «chiringuito». Así pues, me puse a investigar sobre mi invitado, que a estas alturas ya habréis adivinado que se trata de Alberto Chicote.
Y quise indagar un poco porque todos conocemos su faceta más mediática, pero a mí siempre me gusta saber qué preferencias tienen mis comensales: si padecen intolerancias, si son vegetarianos o si se decantan antes por la carne que por el pescado. Él no iba a ser una excepción. De entrada, descubrí que aborrece los huevos y que prefiere el pescado («soy más de pescado», sostiene él), además de adorar el jamón; del bueno, eso sí. Y… ¿a que no sabes qué más? Que le entusiasma la cocina mallorquina (¡menos mal!, no sé si me habría atrevido a plantarle unos callos con garbanzos).
Alberto Chicote cambió el rugbi por la cocina. Cuando lo escuché por primera vez me quedé perpleja; luego pensé que, bien mirado, guarda cierto aire con un amigo escocés y pelirrojo que también jugaba al rugbi (divagaciones mías, supongo). También practica el tiro con arco: arquero de diana, no guardameta de fútbol ni de balonmano; en fin, salta a la vista que tiene un punto singular que cautiva. Cuenta con una trayectoria impecable y un oficio contrastado (lo sabemos todos, y no es adulación); pero, ante todo, se define como alguien de gustos sencillos: elogia a sus colegas de profesión, visita con asiduidad a sus amigos de Mallorca y hace gala de una cercanía absoluta cuando cualquiera le pide una fotografía por la calle. Ojalá que, si algún día llega a leer estas líneas, se sienta honrado; yo estoy encantada de recibirlo a mi mesa. «Las cosas sencillas funcionan mejor que las complejas» (Alberto Chicote).
Llegados a este punto te preguntarás qué menú he preparado para él. Pues bien: aunando referencias de aquí y de allá, me he decantado por un guiso tradicional mallorquín que él ya ha probado en la isla y que sé positivamente que disfruta. Deseo presentarlo con el mimo y el cariño que me ha inspirado elaborarlo. Se trata de una receta familiar que he cocinado junto a mi madre —como él hace a menudo con los suyos, especialmente en Nochebuena— y en la que el secreto estriba, ante todo, en una materia prima de excepcional calidad.
Actualizado 2026.
Sopes mallorquines
- 3 cebolletas
- 1 tomate grande o 2 tomates de ramallet
- 1/2 col
- 1 manojo de acelgas
- 1/2 coliflor
- 1 manojito de perejil
- 3 ajos
- 1 pimiento rojo
- 2 botifarrons mallorquins
- 1 poco de sobrasada mallorquina
- 200 g carne magra (en este caso, escalope de jamón)
- 250 g pan de sopes mallorquines
- 750 ml agua
- 100 g aceite de oliva
- Sal
- Pimienta negra
- Olives trencades (hechas por mi mamá)
- Corta la cebolleta en brunoise.
- Pela y trocea el tomate.
- Pica los ajos y el perejil, por separado.
- Corta el botifarrón en rodajas, y trocea la sobrasada y la carne magra.
- Trocea el resto de verduras.
- A la col le quítale el tronco.
- Pon el agua a hervir.
- Sofríe en una cacerola de barro con el aceite de oliva, la carne magra, hasta que se dore un poco.
- Añade el ajo y la cebolleta.
- Pasados unos minutos echa el tomate y el perejil.
- Remueve.
- Le vas añadiendo el resto de verdura troceada poco a poco.
- Cuando todo el sofrito esté un poco hecho añade el agua hirviendo.
- Remueve.
- Cuando empiece a hervir otra vez, añade la sobrasada y el botifarrón.
- Prueba una vez integrados, probablemente la sobrasada se deshará en la cocción pero te dejará ese color característico del pimentón, además del sabor.
- Prueba antes de salpimentar.
- Salpimienta al gusto si hace falta.
- Y deja que termine la cocción hasta que la verdura esté blanda y la carne cocinada.
- Finalizada la cocción retira todo el caldo (guárdalo en una olla) .
- Y la verdura de la cacerola (guárdala en un recipiente).
- En la cacerola pon una capa de rebanadas de "pa de sopes".
- Sobre ellas vierte un cucharón de caldo.
- Encima otra capa de rebanadas de pan y otra de verduras, pero sin caldo.
- Ir formando capas hasta terminar toda la verdura.
- Sirve enseguida y acompaña de aceitunas partidas.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es preferible emplear tomàtiga de ramellet y prescindir de la sal en el pa de sopes tradicional mallorquín?
La tomàtiga de ramellet es una variedad autóctona de secano con un bajo contenido de agua libre, piel gruesa y una concentración muy elevada de acidez, azúcares y pectinas; al sofreírse, no encharca la cazuela de barro, sino que confiere un sofrito meloso de sabor concentrado. Por su parte, el pa moreno o pa de sopes se hornea tradicionalmente sin sal precisamente para actuar como una esponja neutra: el botifarró y la sobrasada ya aportan una notable carga salina y grasa a la decocción. Si el pan contuviera sal, la concentración del caldo en las rebanadas provocaría una saturación excesiva de sodio en boca; al carecer de ella, equilibra el conjunto absorbiendo los aromas sin descompensar el plato.
¿Qué función culinaria cumple el montaje intercalado de capas y el reposo del caldo caliente sobre el pan en la greixonera?
Las sopes mallorquines no son una sopa líquida de cuchara, sino un plato seco o semihúmedo que antaño se comía con tenedor. Al montar una base de rebanadas finas de pan de hogaza endurecido y humedecerlas con cucharones de caldo hirviendo antes de disponer la verdura y los embutidos, los almidones del pan sufren un proceso de gelatinización instantánea sin llegar a deshacerse. El calor residual retenido por el barro cocido de la greixonera termina de hinchar la miga y ligar los jugos residuales de la col, la coliflor y las acelgas, logrando una textura jugosa, tierna y compacta en la que el pan queda perfectamente impregnado pero mantiene su estructura capa por capa.
¿Por qué debe añadirse la sobrasada hacia el final del hervor y rectificar de sal únicamente después de este paso?
La sobrasada mallorquina es una emulsión cárnica cruda y curada, rica en grasa porcina noble, sal y pimentón (tap de cortí). Si se añade al principio del sofrito a temperaturas superiores a los 120 °C, el pimentón se quema con facilidad, tornando el guiso amargo y separando la manteca en una balsa de aceite grasienta y desagradable. Al incorporarla cuando el caldo de verduras ya está en ebullición suave, la grasa funde lentamente emulsionándose con el agua de cocción, mientras los carotenoides del pimentón tiñen el caldo de un tono anaranjado característico. Dado que tanto la sobrasada como el botifarró ceden sal y especias (hinojo, pimienta) durante los últimos minutos, probar y salpimentar después evita estropear el fondo por exceso de condimento.
Ahora, Juana, dispones de veinte días para deleitar con un buen festín al Jorobado de Notre Dame; confío en que no precise raptar a nadie para la ocasión y festeje el banquete al son de alegres repiques de campana. Aguardamos impacientes la llegada del día 26 para descubrir tu propuesta.
Por mi parte, me quedo con el primoroso logotipo que nos diseñó Patricia y que ya luce con orgullo en este Circo; aprovecho para darle las gracias por regalarnos una iniciativa tan entrañable y divertida, y extiendo mi gratitud a Yolanda por haberme hecho partícipe de ella.
































