En lo alto de una montaña cubierta de niebla se alzaba una casita solitaria, con tejado de madera musgosa y ventanas siempre empañadas. No había caminos marcados para llegar hasta allí, salvo un sendero escondido entre pinos viejos y susurros del bosque. Los lugareños decían que en esa casa vivía un espíritu antiguo. Otros aseguraban que solo era un viejo ermitaño que servía café. Pero la verdad era otra.
Dentro de la casita había un pequeño café: tres mesas, una estufa de hierro y una repisa repleta de tazas desiguales. Detrás del mostrador, el dueño, un Gumiho de ojos grises y voz suave, preparaba café con una delicadeza que rozaba lo ritual. Aquel espíritu zorro de nueve colas había renunciado a devorar almas humanas hacía siglos. Ahora solo recolectaba historias a cambio de una taza de café.
Un día subió hasta la casita una chica de pelo oscuro. No parecía perdida ni asustada. Traía en brazos una marioneta de madera, tan gastada que apenas mantenía sus hilos unidos. Se sentó sin hablar, y el Gumiho le sirvió una taza.
—¿Qué historia traes? —preguntó él.
La chica señaló el pozo del fondo del jardín, visible desde la ventana. No era un pozo cualquiera: su brocal estaba tallado con símbolos antiguos, y un viento helado salía de su interior, incluso en verano.
—Mi madre tiró mi voz ahí —dijo la chica en lenguaje de signos.
El Gumiho la observó con cuidado. No era raro que las personas vinieran a él con dolores que no podían explicar. Pero lo de la chica era distinto.
—¿Y qué quieres que haga?
—Quiero que me enseñes a hacer café —respondió—. Dicen que el tuyo trae los recuerdos de vuelta.
Durante días, la chica aprendió. Aprendió a moler los granos con ritmo lento, a medir el agua como si fuera un conjuro y a esperar el momento exacto en que el aroma del café abría puertas invisibles. Una noche, bajo la luna llena, preparó sola su primera taza. La dejó sobre el brocal del pozo, junto a su marioneta. El vapor subió formando figuras que danzaban como recuerdos. Y entonces, desde el fondo, una voz —su voz— subió con el humo.
El Gumiho la observó sin intervenir. Solo sonrió, como lo hace quien guarda secretos y sabe que algunas heridas se curan con historias, otras con café y otras dejando ir una marioneta al fondo de un pozo.
La palabra dalgona hace referencia a un caramelo tradicional coreano, elaborado a base de azúcar derretido y bicarbonato de sodio, que se popularizó en la década de 1960. En enero de 2020, el actor surcoreano Jung Il-woo visitó un restaurante en Macao para el programa de televisión Stars' Top Recipe, en el que le sirvieron un café batido a mano. Al probarlo, el actor comentó que la textura esponjosa y el sabor dulce y amargo le recordaban directamente a ese dulce de su infancia. A partir de esa emisión, el término «café dalgona» quedó bautizado de manera oficial en la cultura popular.
El despegue definitivo de la bebida ocurrió durante los meses de confinamiento por la pandemia de 2020. La receta compartida por creadores de contenido en plataformas como YouTube y TikTok se transformó en un reto viral para millones de personas atrapadas en sus hogares. Debido a que solo requería tres ingredientes básicos accesibles en cualquier despensa (café instantáneo, azúcar y agua caliente) y demandaba un esfuerzo físico notable al batirse de forma manual, se convirtió en el pasatiempo culinario perfecto para la cuarentena. La llamativa separación visual entre la densa espuma color toffee y la leche fría inferior consolidó su éxito en redes sociales.
Aunque Corea del Sur reclamó el nombre comercial moderno, la práctica de emulsionar café instantáneo con azúcar es un método antiguo presente en diversas regiones de Asia meridional, donde se conoce comúnmente como phenti hui o café batido de la India. Asimismo, guarda una estrecha relación técnica con el clásico café frappé desarrollado en Grecia durante la década de 1950 por la compañía Nescafé, demostrando que la famosa espuma de la cuarentena era en realidad la reinvención de una fórmula global ya existente.
Un gumiho es una criatura mítica coreana: un zorro de nueve colas que ha vivido miles de años y que puede transformarse, generalmente en una hermosa mujer, para seducir y devorar el corazón o el hígado de los hombres. Aunque a veces busca convertirse en humano de forma permanente, esta dualidad lo transforma en un personaje fascinante y complejo del folclore y la cultura coreana.
No sé mucho sobre Corea del Sur ni tampoco sobre sus leyendas, pero lo que sí sé de ellos es que les gusta mucho el café y, cómo no podía ser de otra forma, este café que se hizo tan famoso en las redes sociales es cosa suya. ¿Lo has probado?
Actualizada al 2020.
Café dalgona
Ingredientes- 2 cdas. de café soluble
- 2 cdas. de azúcar
- 2 cdas. de agua caliente
- Leche o bebida vegetal
- Hielo (opcional)
- En un recipiente, vierte el café soluble con el azúcar y el agua caliente (es muy importante que el café sea soluble y el agua esté caliente o templada para conseguir el resultado deseado).
- Bate esta mezcla con unas varillas eléctricas (con las eléctricas conseguirás la espuma de café más rápido).
- En un vaso, llena 3/4 partes de leche o bebida vegetal.
- Si te gusta con hielo este es el momento de añadirlo.
- Por último, con una cuchara, coloca la espuma de café dalgona cuidadosamente sobre la leche y listo para saborearlo.
Relato y fotografías @catypol - Circus day.














































