Gregorio vivía en el sótano de un edificio de la calle Principal de una pequeña ciudad. Él, en vez de bajar a la calle, tenía que subir una escalera exterior para llegar a ella, y eso lo convertía en un ser interesante para los vecinos del edificio. Tenía un porte elegante: hombre delgado, lucía un bonito bigote fino y largo, y las cejas muy bien cuidadas. Cada mes se hacía la manicura y se depilaba sus largas y delgadas piernas, igual que hacen los ciclistas o los deportistas, solo que él odiaba el deporte.
Don Alfonso era todo lo contrario. Vivía sobre el piso de Gregorio, en la planta baja. Era un señor de cintura generosa, desaliñado y que se afeitaba más bien poco. Solía mofarse de Gregorio, pues pensaba que perdía el tiempo con tanto «arreglo».
—Eso solo lo hacen las mujeres —decía él.
Aunque Gregorio era más rápido contestando sus puyas y solía sacarlo de sus casillas.
A los vecinos nos gustaba verlos «dialogar» en plena calle cuando se encontraban, cosa que sucedía poco, pero, cuando pasaba… hummm, ¿cómo decirlo?...
—Hola, don Alfonso —saludaba Gregorio.
—Hola, Gregorio —decía don Alfonso. Él nunca lo llamaba «don».
—¿Quiere que le pida hora con mi manicura? —preguntaba Gregorio.
—¿Qué te hace pensar que la necesito? —contestaba, molesto, don Alfonso, mirándose las manos y descubriendo restos de cacao.
—Es cacao —dijo al fin, enfadado.
—No debería comer tanto cacao, don Alfonso —le replicaba Gregorio.
Y eso hacía que don Alfonso se pusiera rojo de enfado.
—¡Métase en sus asuntos! —explotaba.
—Lo intento, pero sus asuntos dan para mucho —sonreía Gregorio.
—Arrfrtottoedlculho… —contestaba don Alfonso de manera ininteligible mientras se alejaba calle abajo.
Entonces Gregorio sonreía, nos guiñaba un ojo y se metía en su casa.
Don Alfonso era todo lo contrario. Vivía sobre el piso de Gregorio, en la planta baja. Era un señor de cintura generosa, desaliñado y que se afeitaba más bien poco. Solía mofarse de Gregorio, pues pensaba que perdía el tiempo con tanto «arreglo».
—Eso solo lo hacen las mujeres —decía él.
Aunque Gregorio era más rápido contestando sus puyas y solía sacarlo de sus casillas.
A los vecinos nos gustaba verlos «dialogar» en plena calle cuando se encontraban, cosa que sucedía poco, pero, cuando pasaba… hummm, ¿cómo decirlo?...
—Hola, don Alfonso —saludaba Gregorio.
—Hola, Gregorio —decía don Alfonso. Él nunca lo llamaba «don».
—¿Quiere que le pida hora con mi manicura? —preguntaba Gregorio.
—¿Qué te hace pensar que la necesito? —contestaba, molesto, don Alfonso, mirándose las manos y descubriendo restos de cacao.
—Es cacao —dijo al fin, enfadado.
—No debería comer tanto cacao, don Alfonso —le replicaba Gregorio.
Y eso hacía que don Alfonso se pusiera rojo de enfado.
—¡Métase en sus asuntos! —explotaba.
—Lo intento, pero sus asuntos dan para mucho —sonreía Gregorio.
—Arrfrtottoedlculho… —contestaba don Alfonso de manera ininteligible mientras se alejaba calle abajo.
Entonces Gregorio sonreía, nos guiñaba un ojo y se metía en su casa.
La locura de la crema de cacao, ya se sabe, el terrible aceite de palma y/o demasiado azúcar refinado. Pero si es ocasional y hecho en casa quizás te atrevas. Una pregunta que me hacéis mucho, ¿sabe a garbanzos?, no, no se nota el sabor del garbanzo pero si se nota el sabor del tahini, si no te gusta tanto el sabor de tahini, ponle media cucharada o cambia el tahini por crema de avellanas casera.
· HUMMUS DE CACAO ·
Ingredientes
- 170 gramos de garbanzos cocidos
- 80 ml. leche de almendra
- 2 cucharadas de cacao en polvo puro sin azúcar
- 1 cucharada de tahini
- 2 cucharadas de pasta de dátiles
Elaboración
- Mezcla todos los ingredientes en una túrmix o Thermomix y tritura hasta formar el humus.
- Acompaña con pan, galletas, picos, fruta, etc.
Relato, fotografías y vídeo / short story, pics and video @catypol - Circus day.












































