La mañana en la Playa de Katsurahama había empezado tranquila, el sol calentaba sin exagerar, las gaviotas peleaban por migas y el viejo barco pesquero Ryoma dormitaba amarrado junto al espigón, como un gato perezoso.
A pocos metros, bajo una sombrilla color crema, una mujer joven —pelo perfecto, gafas de sol y sandalias de diseñador— daba vueltas nerviosa a una hamburguesa de gambas en un plato de cartón.
—¿Va a comérsela o a interrogarla? —preguntó Miyako, la guardia jurado encargada de vigilar la zona.
—Perdón —dijo la mujer—. Es que estoy distraída. Me llamo Rina Fukushi. Estoy esperando una llamada importante… y, bueno, se me han perdido unas joyas. De mucho valor.
—¿Aquí?
—No estoy segura. Las llevaba conmigo, en una bolsita dentro del bolso. Me bajé del barco privado hace una hora y vine directamente a la playa a comer algo. Solo me distraje un momento…
Miyako echó un vistazo alrededor. El único movimiento era el de un grupo de pescadores limpiando redes junto al Rocamar y un niño persiguiendo un cangrejo con un palo.
—¿Lo denunció ya? —preguntó la guardia, sin dramatismo.
—No. Preferí preguntar primero por aquí. Es algo... embarazoso. Mi familia cree que tengo todo bajo control. Pero esas joyas… no es la corona de Inglaterra, pero sí importantes para mi familia.
—Entiendo —dijo Miyako—. Lo que no entiendo es por qué vino sola a una playa con joyas.
Rina suspiró.
—Supongo que quería un momento de libertad. Comer algo sencillo. Ver el mar. Escapar un poco de lo que esperan de mí.
Miyako la miró un segundo y luego sonrió un poco. Media hora después, tras revisar la zona, un pescador se acercó con una bolsita de terciopelo en la mano.
—Esto lo encontramos en la parte trasera del barco. Justo al lado del motor. Supusimos que era de alguien importante, porque huele a perfume caro.
Rina se ruborizó. Recuperó sus joyas con alivio y, por primera vez, le dio un mordisco a la hamburguesa de gambas.
—Está deliciosa —dijo, casi riendo—. Mucho mejor que las cenas con diez cubiertos.
—Se lo dije —respondió Miyako—. Aquí no tenemos corona, pero las gambas son las reinas.


Quizás su preparación te parezca un poco laboriosa, pero vale la pena probarlas. ¿Por qué? Porque están deliciosas y crujen en cada bocado.
Estas están hechas al horno y, sorprendentemente, al sacarlas siguen enteras. No se desmoronan, aunque puedas pensarlo mientras las empanas.
150 gramos de panko
2 cucharadas de aceite de oliva
16 gambones
Sal y pimienta negra
100 gramos de harina {para rebozar}
4 panecillos de hamburguesa
Salsa tártara
1 chalota picada en brunoise
8 pepinillos
125 gramos de mayonesa
Sal y pimienta
Canónigos para acompañar
- Pon en una sartén el aceite junto con el panko.
- Remueve constantemente hasta que se vuelva dorado (al ser irregular puede que veas que los trocitos más pequeños se tuestan más fácilmente, sigue removiendo y no se quemarán).
- Cuando esté dorado sácalo y ponlo en un plato plano para que se enfríe.
- Una vez frío lo puedes guardar en un tarro hermético.

- Precalienta el horno a 180 ºC.
- Pon un papel de hornear sobre la bandeja del horno y reserva.
- Pela, desvena y limpia las gambas.
- Sécalas bien para que con la harina no forme un pasta.
- Formar las hamburguesas (abajo foto), como son 16 gambas, las hamburguesas serán de 4 cada una.
- Salpimienta.
- Pasa por harina primero, después por huevo batido y por último el panko.
- Pon sobre la bandeja de horno y hornear durante 15 minutos.


- Pon la chalota picada en remojo durante 10 minutos para eliminar el amargor.
- Pica los pepinillos y mézclalos con la chalota.
- Agrega la mayonesa y el vino.
- Salpimienta y tritura hasta conseguir una salsa fina.
- Coloca la hamburguesa dentro del pan.
- Pon encima los canónigos.
- Encima la salsa.















































