—¿Qué tipo de pan es? —preguntó uno, mientras el sombrero giraba aún más rápido.
El anfitrión solo dijo:
—De patata… púrpura.
—¿Y eso existe? —preguntaron mientras se llenaban los carrillos.
—A las pruebas me remito.
Se hizo el silencio: el color y el sabor eran lo que más alucinaba a los invitados. El anfitrión ya nada les decía; era uno más en la mesa cada día.
La patata violeta, conocida científicamente en sus variedades tradicionales como Vitelotte o patata azul, es un tubérculo con una historia profundamente arraigada en el altiplano andino de América del Sur, abarcando zonas de los actuales Perú y Bolivia. Se calcula que sus ancestros silvestres y las primeras variantes cultivadas por las civilizaciones precolombinas tienen una antigüedad de entre 5000 y 8000 años. A diferencia de la batata o boniato morado, esta es una patata auténtica con un alto contenido de almidón y un sabor suave que recuerda levemente a las nueces, por lo que no es dulce.
Su llegada a Europa ocurrió durante el siglo XVI tras la conquista española. Al principio, el Viejo Continente la consideró una simple curiosidad botánica y no un alimento de consumo masivo. Su popularización gastronómica despegó con fuerza en Francia durante el siglo XVIII, país donde se documentaron sus primeros cultivos comerciales europeos en la región de Haute-Loire y donde recibió el apodo de «trufa de China» debido a su apariencia oscura, cilíndrica y rugosa en el exterior.
A lo largo de los siglos XIX y XX, la patata violeta experimentó un declive comercial debido a que sus plantas son notablemente menos productivas y requieren una recolección más tardía que las variedades comunes de patata blanca. Esto la convirtió en un cultivo exclusivo y poco habitual en los mercados.
En los últimos años, la alta cocina ha rescatado este ingrediente tanto por su llamativo valor estético como por sus propiedades nutricionales. Su característico color morado intenso, presente tanto en la piel como en la pulpa, se debe a una alta concentración de antocianinas, unos potentes antioxidantes naturales que protegen a la planta y aportan grandes beneficios a la salud humana.
El goteo del grifo no te deja dormir: dicen que si dejas que tu mente se concentre en ese persistente ruido, no puedes escapar de él. Das vueltas y vueltas y al final o terminas enfadado o te rindes a su sonido, mientras, para despistar a los oídos, haces volar la imaginación; esa en la que todo lo que ocurre es mejor que la realidad, pues implica emoción, tener ilusión y ganas de verlo todo desde otra perspectiva.
A veces nos hace falta sentir un ruido molesto dentro de nosotros para hacer volar la imaginación y verlo todo desde otro ángulo. En Circus Day ya hemos visto el color violeta en su espectáculo otras veces, y también esta vez recurre a él; pero presentando una patata con un color poco habitual en nuestras cocinas: la patata violeta. No sé cómo llegó a Europa después de una larga travesía pero aquí está muchos siglos después.
Pan de patata violeta
- 250 g de puré de patata violeta
- 400 g de harina de fuerza
- 50 g de azúcar
- 1 huevo
- 1 cdta. de sal
- 15 g de levadura fresca prensada
- 160 ml de leche
- 60 g de aceite
- Semillas de sésamo
- Mezcla todos los ingredientes en el cuenco de una amasadora, y amasa durante 10 minutos.
- Deja levar, tapado con un trapo, en el mismo cuenco hasta que la masa doble su tamaño.
- Unta un molde rectangular (Pirex de 30x22) con un poco de aceite.
- Saca la masa del cuenco y golpéala un poco para desgasificarla.
- Divide la masa en 12 bolas del mismo tamaño, más o menos y colócalas en el molde, una junto a la otra. Espolvorea por encima unas semillas de sésamo y deja levar, tapado con un trapo, hasta que doblen su tamaño.
- Precalienta el horno a 180º C.
- Hornea durante 30 minutos.
- Retira el pan del horno y deja enfriar sobre una rejilla, pero si te gusta el pan caliente (que no queme) ya puedes empezar a consumirlo.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es fundamental enfriar completamente el puré de patata violeta antes de incorporarlo a la masa del pan?
Añadir el puré de patata aún caliente o tibio eleva la temperatura global de la masa por encima de los 30 °C durante el amasado, lo que degrada o mata prematuramente las levaduras vivas (Saccharomyces cerevisiae) e interrumpe la fermentación. Además, el calor altera el desarrollo de la red de gluten. Al utilizar el puré frío o a temperatura ambiente, la levadura actúa de forma progresiva y controlada, asegurando que la miga leve de manera uniforme hasta duplicar su volumen.
¿Qué función cumple la patata violeta en la textura final del pan en comparación con una masa elaborada únicamente con harina?
La patata contiene una alta proporción de almidones gelatinizados y agua retenida. Al integrarla en la masa, actúa como un acondicionador natural que aporta una jugosidad y tiernitud extraordinarias a la miga, similares a las de un pan de molde brioche. Asimismo, retarda la retrogradación del almidón tras el horneado, haciendo que los panecillos se mantengan esponjosos y frescos durante varios días sin secarse.
¿Cómo influye la temperatura del horno y el horneado con el molde en la conservación del característico color violeta de la masa?
Las antocianinas, pigmentos antioxidantes responsables del tono morado de la patata Vitelotte, son sensibles a las temperaturas muy elevadas e hidrosolubles. Hornear a una temperatura moderada de 180 °C dentro de un recipiente de cristal (tipo Pyrex) protegido por la propia estructura compacta de los 12 panecillos agrupados evita un tostado exterior excesivo. Esto protege el corazón del pan de una caramelización rápida, logrando que el interior conserve un intenso y vistoso color púrpura.





























