Señoras y Señores,

Bienvenidos a Circus Day

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Hola,

Soy Caty y dirijo este circo

Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.

The Show

En el blog

Mostrando entradas con la etiqueta Dulces Malabares. Mostrar todas las entradas
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Cupcakes de fresas

Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo. El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino. Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa. La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una Fresa, floreciendo y más fresca que nunca. El rey preguntó: -¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío? -No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresas. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresa de la mejor manera que pueda."
Jorge Bucay.


· CUPCAKES DE FRESAS Y CHOCOLATE ·

Ingredientes para la masa
  • 3 huevos M
  • 175 gr. de azúcar
  • 60 ml. leche 
  • 190 ml. aceite de girasol
  • 160 gr. harina de espelta
  • 50 gr. de cacao puro
  • 1 sobre de levadura en polvo
  • Una pizca de sal

Relleno
  • Fresas enteras, limpias y sin el tallo

Frosting
  • 3 claras de huevo
  • 2 cdas. de azúcar glasé
  • Gel colorante rojo

Para la masa.
  1. Bate con la batidora los huevos y el azúcar, hasta doblar el volumen. 
  2. Mezcla la leche con el aceite y añade a la mezcla anterior con cuidado y a velocidad lenta. 
  3. Aparte añade la levadura en polvo, el cacao y la sal a la harina. 
  4. Añade la mezcla seca a los ingredientes húmedos de la batidora. 
  5. Batie a velocidad alta durante unos minutos. 
  6. Dejareposar la mezcla en el frigorífico durante una hora o más, tapada. 
  7. Precalienta el horno a 250 ºC. 
  8. Distribuye la mezcla en cápsulas para magdalenas. 
  9. Llena 3/4 partes de las cápsulas y hornea a 210º C durante 15 minutos o hasta que la prueba del palillo salga limpia.
  10. Deja enfriar las magdalenas. 
  11. Una vez frías, haz un orificio en el centro lo suficientemente grande para colocar una fresa, entera, limpia y sin el tallo verde. 

Para el merengue.
  1. Precalienta el horno a 160º C. 
  2. En la batidora sube las claras a punto de nieve. 
  3. Agrega el azúcar glas, mezcla y reserva. 
  4. En una manga pastelera, coloca la boquilla que más te guste, o sin boquilla. 
  5. Pincela un lateral del interior de la manga con un poco de colorante rojo, unas líneas son suficientes. Introduce el merengue dentro. 
  6. Decora las cupcakes. 
  7. El colorante saldrá en forma de línea con el merengue y dejará una bonita línea en el decorado. 
  8. Pon las cupcakes en el horno, durante 7 minutos, hasta que el merengue se tueste un poco, o hazlo con un soplete.



Con esta receta participo en el reto del mes de marzo de cocineros de mundo en Google+ en el apartado dulce.

Receta y fotografías @catypol - Circus day.

Panna cotta de lima

Íbamos corriendo por el jardín como conejos buscando comida, casi saltando entre la maleza, para encontrar los huevos que, hábilmente, habían escondido los mayores, a veces en desesperación nuestra. Pero poco a poco los encontrábamos entre piedras o incluso entre las ramas más bajas de los árboles, ¡qué alegría! ¡qué buen tiempo aquel!.

Ahora, de mayor, lo recuerdo con cariño, toda la familia festejaba la Pascua entre huevos de chocolate y buen tiempo, risas y bromas, cestas y conejitos de golosinas. Ahora, de mayor, ya no es lo mismo, no, no es igual, pero mi corazón se salta un latido cuando recuerda los buenos momentos de familia, incluso con amigos, eran buenos tiempos, eran tiempos de bonanza, la magia desaparece cuando nos hacemos mayores.



Tengo que explicar que el relato es solo eso, un relato, en mi niñez y en Pascua no había huevos para nosotros, nosotros somos de empanadas, cocarrois, robiols, crespells, pero huevos no, no buscábamos nada en el jardín y aunque si, son buenos recuerdos para mi, igual me hubiera gustado comerme un huevo de chocolate, jeje.

Estos huevos de panna cotta de lima parecen una complicación, pero no, lo único es paciencia por el enfriado por lo que si los haces de un día para otro no te dará la sensación que esperas. Y también tienes que tener un molde en forma de huevo, si no, no pasa nada, puedes hacerlos en vasito y agujereas igual para ponerle el círculo de mango, serán huevos al vaso, jajaja, quedarán bonitos igual, creo yo. Como me gusta la fruta ácida y el mango con la lima lo es, me ha encantado el contraste dulce/ácido, y son tan buenos de comer como los de chocolate ;)

· PANNA COTTA DE LIMA Y MANGO ·


Ingredientes
  • 200 ml de nata 35%
  • 200 ml de leche
  • 4 hojas de gelatina
  • 1 lima (zumo)
  • 60 gramos de eritritol o 100 gramos de azúcar
  • 1 mango
  • 1 lima (zumo)

Elaboración
  1. Remoja la gelatina en la leche. 
  2. Lleva a ebullición la nata. 
  3. Baja el fuego. 
  4. Cuando hierva añade el zumo de lima, el eritritol o el azúcar y la leche con la gelatina. 
  5. Remueve bien, hasta que se disuelva bien la gelatina. 
  6. Cuela ante de poner en el molde por si quedara algún grumo. 
  7. Deja enfriar a temperatura ambiente y después lleva al frigorífico toda la noche o hasta que se solidifique la panna cotta.
  8. Con un sacabocados, saca el círculo de la panna cotta. 
  9. Reservar.
  10. Pela y corta el mango en trocitos. 
  11. Bate junto con el zumo de lima hasta quedar un puré. 
  12. Vierte el puré de mango en los círculos de los huevos y lleva al frigorífico hasta la hora de servir.

Nota: si quieres puedes usar mermelada de mango en vez de hacer puré, pero pensé que sería todo demasiado dulce.



Relato y fotos @catypol - Circus day.

Trufas de chocolate

En el centro de control de la mente de Nico había un problema serio: alguien había extraviado el «botón de apagar la vergüenza ajena». Alegría llevaba media hora dando brincos entre paneles para mantener el sistema a flote.

—¡Bajo ningún concepto Nico puede recordar lo del karaoke de ayer! —gritaba mientras bajaba con el hombro una palanca etiquetada como «recuerdos peligrosos».

Tristeza, como de costumbre, permanecía acurrucada en el suelo abrazando una maraña de cables.

—Quizá… si lo recordamos todos juntos, no resulte tan espantoso —murmuró con ese tono inconfundible de «esto va a salir mal, pero con ternura».

Miedo temblaba de pies a cabeza frente a la pantalla de «interacciones sociales recientes».

—¡Está a punto de cruzar la puerta de clase! ¡Hay gente! ¡GENTE MIRANDO!

Ira aporreaba el teclado con los puños cerrados.

—¡Borrad el karaoke! ¡Borrad el dichoso karaoke YA!

Pero en ese instante emergió una esfera de recuerdo flotando en el aire: Nico en lo alto del escenario, desafinando sin pudor, pegando demasiado el micrófono a los labios y llevando el entusiasmo a kilómetros de distancia del compás. La sala entera del centro de control enmudeció.

Alegría contempló la escena una vez. Y otra. Y, de repente, soltó una carcajada limpia.

—Vale… esto no es vergüenza ajena. Esto es… coraje con muy mal oído.

Tristeza esbozó una tímida sonrisa.

—Se le ve feliz… casi tanto como cuando se da un buen homenaje de chocolate.

Miedo suspiró, aliviado:

—Nadie ha salido herido… Un auténtico milagro.

Ira se cruzó de brazos, todavía resoplando:

—Bueno, técnicamente fue… un atentado contra la música.

Entonces ocurrió algo insólito: el recuerdo no se tornó gris ni cayó rodando hacia el «vertedero del olvido». Al contrario: comenzó a irradiar un brillo dorado y cálido, como esas cosas que resultan absurdas y entrañables al mismo tiempo.

Alegría lo encajó con cuidado en el pedestal central.

—Este se queda aquí.

En ese preciso instante, Nico cruzó el umbral del aula, revivió mentalmente el karaoke… y, en lugar de desear que la tierra se lo tragara, sonrió. No porque lo hubiera bordado, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, desafinar le daba exactamente igual.


Trufa de chocolate y chile caramelizado

Trufas de chocolate y chile con licor



Por todos es de sobra conocida la tradicional mona de Pascua de chocolate. Multitud de pasteleros se afanan en tenerlas a punto para la fecha señalada; entre ellos Christian Escribà, que presenta cada primavera piezas monumentales que son un auténtico acontecimiento popular y una verdadera maravilla visual. Mi intención, sin embargo, dista mucho de levantar una mona, e incluso de moldear esos huevos de chocolate impecables que tanto nos fascinan y que hoy encontramos con tanta facilidad. No: lo mío era preparar trufas. De chocolate, por descontado, pero trufas al fin y al cabo. Eso sí: para rizar el rizo tenían que guardar un «algo» singular. Ya sabéis lo que dicen: aunque la mona se vista de seda, mona se queda, ¿verdad?

Etimológicamente, la teoría más extendida sostiene que la voz procede del árabe andalusí máwna o mūna, cuyo significado alude a la «provisión de boca» o «tributo de mantenimiento». Durante la Edad Media, los campesinos y mudéjares tenían por costumbre agasajar a sus señores con panes y viandas de este tipo al compás del cambio estacional. Otras hipótesis emparentan el término con la raíz latina munda, que designaba las canastillas colmadas de dulces y huevos policromados que los romanos ofrendaban a la diosa Ceres en las fiestas de abril, invocando la fertilidad de la tierra y la ventura de las cosechas.

El primer testimonio escrito de este dulce bajo la denominación de «mona» data del siglo XV. En sus orígenes no guardaba relación con las tartas actuales, sino que consistía en una hogaza o rosca de pan dulce leudado —afín a la masa de brioche—, amasada con harina, azúcar, aceite o manteca y perfumada con cítricos. El elemento indispensable y protagonista indiscutible eran los huevos duros incrustados con su cáscara en la superficie, sujetos a menudo por tiras de la propia masa en forma de cruz. Símbolo primordial de fecundidad y renacimiento, el huevo enlazaba a la perfección el despertar primaveral pagano con la liturgia pascual del Domingo de Resurrección.

La gran metamorfosis del postre despuntó en el siglo XIX con el refinamiento de la confitería urbana. En Cataluña, la base panadera cedió terreno ante bizcochos esponjosos embebidos en almíbar, rellenos de crema, trufa o mermelada y guarnecidos con crocanti o almendra laminada. Pocas décadas más tarde, ya en los albores del siglo XX, los maestros chocolateros de Barcelona comenzaron a sustituir los huevos duros por réplicas de cacao. Lo que arrancó como un ingenioso reemplazo derivó en una auténtica pugna de virtuosismo de obrador, alumbrando las monumentales esculturas, animales de fantasía y personajes infantiles que hoy transforman los escaparates en verdaderas galerías de arte efímero.

Los chicos de Anar de tapes me preguntaron si me apetecía sumarme al concurso gastronómico que convocan cada mes en torno a un ingrediente protagonista, y en esta ocasión el rey indiscutible era el chocolate. Así que, con la inspiración de un recetario de Maxine Clark bajo el brazo, me puse manos a la obra. El resultado es una propuesta pensada para devotos del cacao y de los toques picantes que, rematada con un vistoso packaging, se convierte en una nueva creación con sello Circus day. ¿El nivel de picante? Ese lo decides tú.


Trufas de chocolate y chile


Ingredientes para la trufa:
  • 170 g de chocolate negro troceado
  • 25 g de mantequilla
  • 200 ml nata para montar
  • 1 cdta. de chile en polvo (cayena, jalapeño, pasilla, etc.)
  • 1 cda. de whisky (o ron, o coñac, o vodka, etc.)
Ingrediente para rebozar la trufa:
  • Cacao en polvo sin azúcar
Ingredientes para el chile caramelizado:
  • 200 g de azúcar
  • 250 ml agua
  • 2 chiles rojos, sin semillas
Los chiles caramelizados:
  1. Corta los chiles en tiras finas. 
  2. Pon a hervir el azúcar y el agua en un cazo. 
  3. Cuando hayan hervido durante 1 minuto añade las tiras de chile, baja la temperatura y deja cocinar durante 25 minutos. 
  4. Si lo haces por la noche, deja los chiles dentro del cazo con el almíbar durante toda la noche. 
  5. A la mañana siguiente, calienta un poco el preparado y saca las tiras de chile, ponlas una a una sobre un papel para horno, y deja secar.
Las trufas:
Necesitas prepararlas con bastante tiempo, por lo que mi consejo es preparar los chiles caramelizados la noche anterior, y las trufas también, pues así ambos preparados estarán toda la noche reposando.

  1. Funde el chocolate, la mantequilla, la nata y el chile en polvo en una olla, con cuidado a no quemarlo. Cuando se haya fundido el chocolate añade el whisky, remueve bien y saca del fuego. 
  2. Deja enfriar y ponlo un rato en el frigorífico hasta que enfríe. 
  3. Cuando esté frío, sácalo del frigorífico y bátelo con una batidora eléctrica, no subirá cómo cuando subimos la nata para montarla, pero un poco si lo hará. 
  4. Pásalo a un recipiente con tapa o tápalo con film a piel, que no quede aire dentro. 
  5. Déjalo toda la noche en el frigorífico.
Montaje:
  1. Con una cucharilla o con las manos forma las trufas, en este caso en forma de huevos del tamaño de los huevos de codorniz, para colocarlos dentro de la huevera. 
  2. Rebózalas con el cacao, y ponlas sobre una bandeja. 
  3. Vuelve a dejarlas en el frigorífico hasta que endurezcan. 
  4. Después guárdalas en un recipiente o como yo en una huevera. 
  5. Añade unas tiras de chile caramelizado, y ya tienes "monas" preparadas y listas para regalo.

Trufa de chocolate y chile caramelizado

Trufas de chocolate y chile en forma de huevo


Fotografías @catypol - Circus day. 

Bizcochos de chocolate redondos

Quetzalcóatl llegó primero, cargando una tablilla de barro con anotaciones.

—He creado a los humanos —anunció—. Les he dado maíz, lenguaje y la capacidad de inventar problemas.

Tezcatlipoca, recostado sobre una sombra, sonrió.

—Eso último suena prometedor.

Huitzilopochtli entró como un relámpago, con la agenda apretada.

—Los humanos han encontrado un juego antiguo.

—¿Qué tipo de juego? —preguntó Quetzalcóatl, sospechando que nada bueno venía de esa frase.

—Uno con pelota. Muy importante. Mucho salto. Mucho drama.

Bajaron a la Tierra de forma discreta y allí estaban los humanos. Habían encontrado el juego sagrado del ōllamaliztli, aunque lo jugaban con la solemnidad de quien no está del todo seguro de las reglas. Un jugador golpeó la pelota…

—Eso no ha estado mal —dijo Quetzalcóatl, impresionado.

—Eso ha estado muy bien —corrigió Tezcatlipoca—. Lo cual es peligroso, porque ahora van a querer repetirlo.

En la banda, un grupo de niños imitaba el juego usando una calabaza. Uno de ellos gritó:

—¡Si meto gol, soy el rey del cacao!

—Así no es como funciona la política —murmuró Huitzilopochtli, tomando notas mentales para futuras correcciones divinas.

El partido continuó. La pelota rebotó en un muro, luego en un jugador, luego en otro, y finalmente cayó exactamente donde debía caer. Silencio. Luego, un estallido de gritos.

—¡Gol! —gritaron los humanos.

—¿De dónde sacan ese vocabulario? —dijo Quetzalcóatl.

Tezcatlipoca ya estaba sonriendo.

—Me gusta este juego. Tiene caos, reglas ambiguas y posibilidad de conflicto eterno. Perfecto.

Huitzilopochtli, sin apartar la vista, añadió:

—Y disciplina. Los jugadores están dispuestos a correr mucho sin entender del todo por qué. Eso siempre es prometedor.

Cuando el partido terminó, los dioses regresaron a su terraza. Quetzalcóatl suspiró.

—Solo les di maíz. ¿En qué momento acabamos con esto?

Tezcatlipoca se encogió de hombros, recordándole:

—Y lenguaje y la capacidad de inventar problemas.

Huitzilopochtli cerró su tablilla.

—No hay que intervenir. Podrían hacerlo aún más interesante.

Y así quedó establecido, aunque nunca oficialmente escrito: los humanos podrían jugar a juegos antiguos donde una pelota puede darles la victoria, donde las reglas no siempre están escritas y donde los dioses, desde arriba, solo podrían mirar.

Bizcochos de chocolate redondos

Molde de silicona


Para hacer el bizcocho usé un molde de semiesferas de 6 cm. de diámetro cada una, tuve que hacer varias tandas pues sólo tengo uno, pero el preparado no puso objeción así que con paciencia cocinera el resultado fue el que yo quería. Además son sin gluten. Y te recomiendo que estén, una vez hechos, una noche dentro del frigorífico para resaltar el sabor del cacao

Bizcochos de chocolate redondos

Ingredientes 
  • 30 g de cacao en polvo puro sin azúcar
  • 35 g de harina de arroz
  • 5 g de levadura en polvo
  • Una pizca de canela
  • Una pizca de sal
  • 4 huevos 
  • 2 cucharadas azúcar
  • 1 cucharadita de vainilla 
  • 60 ml de aceite de oliva suave o si prefieres, mantequilla derretida

Elaboración
  1. Precalienta el horno a 180º C. 
  2. Mezcla el cacao, la harina, el azúcar, la levadura, la canela y la sal. 
  3. Añade los huevos, la vainilla y el aceite (o la mantequilla). 
  4. Bate todo con la túrmix o Thermomix.
  5. Vierte en las cavidades semicirculares del molde. 
  6. Hornea unos 20 minutos o hasta que la prueba del palillo salga limpia. 
  7. Saca del horno, saca de los semicírculos del molde dejándolos enfriar sobre una rejilla.
  8. Repite la operación hasta que el preparado se haya acabado. 
  9. Cuando estén fríos, ponlos dentro de un recipiente de cristal con tapa y déjalo toda la noche en el frigorífico. 

Ingredientes para el relleno
  • Mascarpone
  • Mermelada de fresa
Elaboración
  1. Corta la superficie más plana de las semiesferas, dejándolas totalmente planas para su posterior relleno. 
  2. Ponle un poco de mermelada y sobre ella el mascarpone.

Ingredientes para cubrir los bizcochos
  • 150 g de chocolate para fundir, a trocitos
  • 50 g de mantequilla
  • 3 cdas. de leche
Elaboración
  1. Pon los ingredientes en un cazo, a fuego suave para que no se quemen, y remueve hasta su total disolución. 
  2. Deja reposar para que enfríe un poquito, cuando esté caliente/tibio, verter sobre los bizcochos cubriéndolos totalmente. 
  3. Deja enfriar dentro del frigorífico para que el chocolate endurezca.

Al final yo le puse un trocito de chocolate de fresa para coronarlas.

Mira el paso a paso de abajo:


Collage del paso a paso de los bizcochos de chocolate redondos


Con esta receta participo en el concurso Pasteles, pastas, galletas, merengues, tartas, panes dulces y salados, promovido por el blog cocido de sopa. 


Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day.

Mont Blanc cupcakes

En el Café Torunka, aquella mañana apareció un hombre con una pecera en las manos y una expresión tan confundida que la dueña le puso un Mont Blanc delante sin esperar el pedido.

—Gracias —dijo él—. Creo que necesito un café. —¿Mal día? —No lo sé. Salí de casa para comprar una corbata y ahora tengo una pecera.

La dueña miró la pecera. Dentro nadaba un pez diminuto. El hombre tomó un sorbo.

—Ni siquiera recuerdo cuándo compré el pez.

Desde una mesa cercana, una estudiante levantó la vista de su libro.

—Yo vine aquí hace dos horas para estudiar matemáticas y he terminado aprendiendo a tejer.

Mostró una bufanda torcida que parecía haber perdido una pelea con un gato. La conversación fue creciendo. Un jubilado confesó que había salido a pasear al perro y había regresado con una planta. Una repartidora aseguró que llevaba tres días intentando entregar un paquete a la misma persona y que siempre era ella misma quien abría la puerta. Nadie tenía explicaciones.

A media mañana, entró una anciana muy elegante.

—Perdonen —dijo—. ¿Alguien ha visto un cuaderno rojo?

Todos negaron con la cabeza. La mujer suspiró.

—Qué pena. Ahí apunté todas mis recetas para intercambiar destinos por accidente.

El café quedó en silencio.

—¿Cómo dice? —preguntó la dueña. —Oh, nada grave. Una afición que tengo. A veces mezclo situaciones inesperadas.

Sacó otro cuaderno de su bolso.

—Aunque ahora que lo pienso… quizá usé la libreta equivocada esta semana.

Se quedó mirando a los clientes de la cafetería. Entonces arrancó una hoja, escribió algo y la dejó sobre el mostrador. Todos se quedaron mirando la nota. La dueña leyó en voz alta:

«Soko ni jōshiki o hito saji kuwaete, 10-funkan oite okou».

Nada ocurrió. Pero diez minutos después, el hombre recordó de dónde venía el pez, la estudiante volvió a las matemáticas, el jubilado recuperó a su perro y la repartidora descubrió que el paquete era para su vecina.

Era, curiosamente, lo más normal que había pasado en todo el día.



Es uno de los dulces franceses más famosos y se ha convertido en una auténtica sensación en Japón. En el «país del sol naciente», este postre llegó alrededor de 1933 y se ha adaptado e reinterpretado —o mejor dicho, adaptado y reinterpretado— para encajar con el gusto local. El repostero Chimao Sakota quedó tan prendado de un Mont Blanc que había probado en la pastelería Angelina de París que, al volver a Japón, abrió su propia pastelería, llamada Mont Blanc, en el barrio tokiota de Jiyugaoka. En esta época celebramos la llegada del invierno y las primeras nieves que, esta vez, no cubren la montaña de los Alpes, sino el icónico monte Fuji.

Usa una boquilla llamada «fideo» para el frosting tan bonito del Mont Blanc.

· MONT BLANC CUPCAKES ·


Ingredientes para las magdalenas
  • 210 g de harina de repostería
  • 250 g de azúcar
  • 2 cdtas. levadura en polvo
  • 1/2 cdta. sal
  • 250 ml leche 
  • 2 huevos grandes, a temperatura ambiente
  • 100 g de mantequilla, a temperatura ambiente

Ingredientes para el chantilly
  • 200 ml nata para montar muy fría
  • 2 cdas. azúcar glas
  • 1 cdta. azúcar avainillado, opcional

Ingredientes para el frosting de castañas
  • 250 g de crema de castañas
  • 200 g de mantequilla, temperatura ambiente
  • 1 cdta. azúcar avainillado

Elaboración
  1. Precalienta el horno a 180º C. 
  2. Tamiza y mezcla los ingredientes secos de la magdalena. 
  3. Aparte, bate hasta blanquear los huevos, y ve añadiendo poco a poco los ingredientes secos, intercalando con la leche. 
  4. Finalmente añade la mantequilla y bate hasta que se convierta en una crema espesa.
  5. Vierte la masa resultante en cápsulas para magdalenas o cupcakes, hasta 3/4 partes de la cápsula. Hornea durante 20 minutos, o hasta que al pinchar la masa con un tester, este salga limpio. 
  6. Deja enfriar.
  7. Mientras monta la nata bien fría, con el azúcar. 
  8. Una vez montada, llévala por una hora al congelador.

Para el frosting. 
  1. Bate la crema de castañas con la mantequilla y el azúcar avainillado hasta conseguir una crema espesa. 
  2. Ponla crema en una manga pastelera a la que has puesto con anterioridad una boquilla "spaghetti" o "césped".

Montaje
  1. Vacía un poco el centro de la magdalena, con una cuchara. 
  2. Con la manga pastelera pon una bola de nata, en ese centro vacío de la magdalena. 
  3. Con la manga pastelera que contiene el frosting de castañas, forma una montaña rodeando y tapando el centro de nata. Hazlo con todos los cupcakes. 
  4. Termina la montaña con un poquito de nata montada, para aparentar la nieve que hay en el Mont Blanc.



Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Funnel cakes

En algún rincón del Lejano Oeste, el saloon reconvertido en cafetería de funnel cakes vivía su momento de mayor gloria. Se llamaba El Cactus Crujiente y despachaba unos fritos tan contundentes que ni el sol se atrevía a derretirlos. Una mañana de bochorno asfixiante, entró a trompicones un vaquero desgreñado, con las botas enfangadas y cara de haber cruzado algo más que palabras. Lo más llamativo era que había perdido el sombrero, lo que le confería menos aire de Clint Eastwood y más de espantapájaros de feria.

—¡A ver si alguien ha visto mi sombrero! ¡O a una monja, que también la he perdido! —bramó, mientras el resto de los clientes dejaba caer los tenedores sobre el plato.

Al fondo de la sala se levantó una religiosa desorientada, aferrando un funnel cake como si fuera una reliquia sagrada.

—¡Esta masa frita es obra del demonio! —exclamó sor Enriqueta—. ¡Y ese jamelgo tuyo me ha dejado tirada en mitad del desierto para ponerse a cortejar a una yegua!

—¡No me eche la culpa a mí si el caballo se cree Casanova! —protestó el vaquero, dejándose caer sobre una silla con el dramatismo propio de una novela barata.

En esas entró un buscador de oro hecho una furia, con la pala al hombro y polvo del camino hasta detrás de las orejas.

—¡¿Quién ha cambiado el letrero del viejo saloon?! ¡Aquí se jugaban partidas de póquer por pepitas, no se servían remolinos de masa con azúcar glas!

El disparate no tardó en descontrolarse: la monja revoleó el dulce por los aires como si fuera un frisbee, el minero exigía batirse en duelo por «la dignidad del oro perdido» y el vaquero gateaba debajo del mobiliario buscando su sombrero entre rezongos y amenazas. Hasta que el patrón del local —un antiguo cuatrero reciclado en maestro pastelero— se encaramó al mostrador y, blandiendo una espátula grasienta, rugió:

—¡Aquí no se desenfunda, no se reza a voces y no se blasfema! ¡O coméis, o charláis, o ahuecáis el ala!

Cayó un silencio espeso. Acto seguido, con pasmosa naturalidad, cada uno volvió a tomar asiento. Sor Enriqueta pidió otra ración («por si acaso el maligno adopta otra forma»), el buscador de oro preguntó por los cursos de pastelería y el vaquero rescató al fin su sombrero. A partir de aquel mediodía, El Cactus Crujiente se hizo célebre no solo por sus frituras, sino por el insólito temple de su forajido repostero.


Funnel cake con nata y fresas

Pastel embudo o funnel cake



La historia de los funnel cakes hunde sus raíces mucho más atrás de lo que sugiere su condición actual como la comida callejera por antonomasia de las ferias estadounidenses. La técnica de verter masa semilíquida en círculos sobre aceite bien caliente se remonta al mundo árabe y persa medieval, donde se elaboraba una fritura similar conocida como zalabiyeh. A través de las rutas comerciales y las migraciones, esta costumbre de freír cordones de masa entrelazados se propagó con rapidez por Europa, adoptando distintos nombres según la región.

La versión que conocemos hoy recaló en Norteamérica durante los siglos XVII y XVIII de la mano de los Pennsylvania Dutch, una comunidad de colonos germánicos asentada en Pensilvania. Aquellos pioneros preparaban en fechas señaladas un dulce tradicional llamado drechter kuche, que en su dialecto alemán significa literalmente «pastel de embudo». En origen empleaban levadura o masa madre, pero hacia 1879 incorporaron el impulsor químico o polvo de hornear; este cambio aceleró el proceso de fritura y consolidó su denominación definitiva en inglés: funnel cake.

El salto definitivo de este bocado doméstico a fenómeno de masas llegó a mediados del siglo XX. Se dio a conocer al gran público en la Feria Estatal de Texas de 1947, y poco después, en 1950, se coronó como la gran estrella del Festival Folclórico de Kutztown (Pensilvania). En estas celebraciones los feriantes descubrieron el filón: la rapidez del embudo y el reclamo de la masa recién frita atraían a riadas de visitantes. Hoy, coronados por una copiosa nevada de azúcar glas y frutas o mermelada, los funnel cakes constituyen un emblema imprescindible en parques temáticos, paseos marítimos y carnavales de todo el país.

La masa guarda bastante parecido con la del clásico pancake, aunque la magia radica en el método: se emplea literalmente un embudo para dejar caer los hilos en el aceite caliente. En mi caso he recurrido a un biberón de cocina con la boquilla ancha, y el invento da un resultado fantástico. Además, emparenta de cerca con otras joyas reposteras europeas, como los flancati eslovenos, el tippaleipä finlandés o los célebres strauben tiroleses y austriacos.

Funnel cakes


Ingredientes para 6 unidades:
  • 230 g de harina
  • 50 g de azúcar
  • Una pizca de sal
  • 2 huevos grandes
  • 230 ml de leche
  • 2 cdas. de aceite
  • 1 cdta. de extracto de vainilla
  • Aceite para freír
  • Azúcar glas para espolvorear por encima
Topping (opcional):
  • Fresas
  • Nata montada
Elaboración:
  1. Tamiza la harina junto con el azúcar y la sal en un bol.
  2. En otro recipiente, bate los huevos con la leche, el aceite y el extracto de vainilla.
  3. Incorpora poco a poco los ingredientes líquidos a los secos, mezclando con varillas hasta obtener una masa homogénea y sin grumos.
  4. Vierte la mezcla en un biberón de cocina con agujero grande. Si no tienes, puedes usar un embudo.
  5. Calienta abundante aceite para freír en una sartén pequeña. Cuando esté bien caliente, forma los funnel cakes vertiendo la masa en el aceite con movimientos irregulares, creando una forma libre (como se ve en la fotografía).
  6. Fríe hasta que estén dorados, luego da la vuelta con cuidado para dorar el otro lado.
  7. Retira y coloca sobre papel de cocina para eliminar el exceso de aceite.
  8. Espolvorea con azúcar glas al estilo tradicional, o sírvelos con nata montada y fresas para una versión más fresca y cremosa.


Funnel cake de feria con masa dulce similar a los crepes.

Preguntas frecuentes

¿Por qué es indispensable usar un biberón de cocina o un embudo para verter la masa?

El nombre anglosajón del dulce (funnel significa «embudo») delata su técnica original. La masa tiene una consistencia semilíquida, similar a la de los crepes; al dejarla caer en hilo continuo a través de una boquilla estrecha directamente sobre el aceite caliente, los cordones de masa se cruzan, se hinchan y se entrelazan de inmediato. Esto crea esa celosía crujiente, porosa y ligera tan característica, imposible de lograr si se vierte la masa con un cucharón tradicional.

¿Cuál es la temperatura ideal del aceite para que no queden grasientos ni crudos por dentro?

El aceite debe mantenerse en un rango constante de 180–190 °C. Si la temperatura es inferior, la masa actuará como una esponja absorbiendo un exceso de grasa y perdiendo su textura crujiente; si está demasiado caliente, la superficie exterior se tostará en pocos segundos mientras el centro de los filamentos permanece crudo. Mantener un fuego medio-alto y freír en tandas individuales evita que el aceite baje bruscamente de temperatura.

¿Cuál es el origen histórico y cultural de los funnel cakes?

Aunque hoy son el dulce estrella de las ferias, parques de atracciones y carnavales de Estados Unidos, su origen se remonta a los inmigrantes germánicos que se asentaron en Pensilvania en los siglos XVII y XVIII (conocidos como los Pennsylvania Dutch). Estos colonos introdujeron la tradición del Drechterkuche (literalmente «pastel de embudo»), una fruta de sartén derivada de las masas fritas medievales europeas que se popularizó masivamente a mediados del siglo XX en los festivales populares norteamericanos.


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Monadas

Esa tarde, Barbapapá estaba un poco preocupado. Había organizado una merienda para los siete Barbabebés, pero se había olvidado de las sillas.

—¡Oh, qué despistado soy! —exclamó, convirtiéndose de pronto en una mesa larga y plana—. Pero ahora que soy la mesa… ¡no tengo manos para servir el zumo!

De repente, una figura negra y elegante apareció por el sendero: era Barbamamá. Ella siempre tenía la solución perfecta. Con una sonrisa, entonó su famosa frase mágica:

—¡Hup-hup-hup, Barbatruco!

Y, en un abrir y cerrar de ojos, Barbamamá se transformó en una estantería repleta de vasos con su jarra de cristal.

Los Barbabebés llegaron en tropel. Barbabravío quería jugar a la pelota, Barbabella mirarse al espejo y Barbazul estudiar los insectos del jardín. Aquello era un torbellino de colores. Pero Barbapapá y Barbamamá cruzaron una mirada y, sin mediar palabra, se pusieron manos a la obra.

Barbapapá se estiró y se curvó hasta convertirse en un suave tobogán rosa. Barbamamá ensanchó su contorno y se desplegó como una gran carpa negra para cobijarlos a todos del sol.

Los pequeños saltaron y rieron bajo la «carpa mamá» y sobre el «tobogán papá». Al caer la tarde, cuando el sol se escondió, Barbapapá recuperó su forma redondeada y estrechó a Barbamamá entre sus brazos.

—Somos el mejor equipo del mundo —dijo Barbapapá.

—Porque podemos transformarnos en cualquier cosa —respondió ella—, pero lo que más nos gusta es ser nosotros mismos.

Y así, convertidos en dos mullidos y confortables sillones, se quedaron dormidos mientras los Barbabebés soñaban con las nuevas formas que adoptarían al despertar.

Galletas monadas de la tía Alia

Galletas para el reto de la tía Alia



[RETO TIA ALIA]

A mí me recuerdan a Barbapapa Family. Me encantan estos seres de colores y me inspiré en ellos para esta ocasión, así que mi elección para la propuesta del reto de octubre de «Las recetas de tía Alia» son las monadas, la opción dulce. Al principio no sabía muy bien qué eran, pues, como veis en la receta, no hay más pistas. Primero hice una pequeña prueba a ver qué salía y después me lancé con la versión final: di forma a estas preciosidades y rematé con un toque de chocolate para situarlas en una ciudad y en una calle llamada Rue de las Monadas, así de chic.

¿No crees que es una forma preciosa de bautizar a estas galletas? En cuanto vi la receta —que supone mi primera participación en el reto de tía Alia—, se me ocurrió de inmediato esta silueta: unas pastas sinuosas, coquetas y con un baño de chocolate, ideales para acompañar y deleitar los paladares en el té de las cinco o en el café de media mañana.




Mi versión:

Monadas

Ingredientes:
  • 200 g de harina de trigo
  • 100 g de azúcar
  • 1 cdta. de anís (en grano o licor)
  • 1 cda. de manteca fresca (de cerdo o mantequilla)
  • 2 huevos
Elaboración:
  1. En un bol o vasija amplia, mezcla la harina con el azúcar, el anís, la manteca y los dos huevos.
  2. Trabaja enérgicamente la masa a mano hasta que quede fina, elástica y homogénea.
  3. Divide la masa y forma pequeños bollitos redondos (yo lo hice en forma de galletas Barbapapa Family.
  4. Colócalos sobre una bandeja de horno y cuece a horno suave (unos 150–160 °C) hasta que estén cocidos y ligeramente dorados.
  5. Después los decoré con chocolate fundido.

Galletas anisadas monadas como barbapapá

Preguntas frecuentes

¿A qué temperatura equivale hornear a «horno suave» en una cocina moderna?

En los recetarios antiguos mecanografiados o manuscritos, las referencias térmicas eran orientativas al carecer de termostatos de precisión. Un «horno suave» (o lento) equivale exactamente a un rango de entre 150 °C y 160 °C. Esta temperatura moderada permite que el calor penetre despacio hasta el corazón de los bollitos sin quemar la superficie, asegurando que cuajen de manera uniforme y queden tiernos por dentro.

¿Qué tipo de manteca y anís se utilizaban tradicionalmente en estas masas de convento o pueblo?

La expresión de la época «manteca fresca» aludía casi siempre a la manteca de cerdo refinada y pura (o a una mantequilla fresca de vaquería sin sal), grasa que aporta una textura friable, suave y que se deshace en la boca. En cuanto al anís, la receta tradicional solía emplear matalahúva (semillas de anís verde) ligeramente machacada en mortero para liberar sus aceites esenciales, aunque una cucharadita de licor de anís dulce o seco cumple hoy la misma función aromática.

¿Por qué es necesario «trabajar mucho la mezcla» si no lleva levadura química añadida?

Al no incorporar polvos de hornear ni impulsores gasificantes comerciales, la masa depende por completo de la emulsión mecánica de los huevos, la grasa y el azúcar. Amasar con insistencia hasta obtener una pasta fina y satinada desarrolla una leve red de gluten y atrapa pequeñas microburbujas de aire; esto permite que, al contacto con el calor del horno, el vapor del agua de los huevos expanda levemente los bollitos, evitando que queden excesivamente duros o compactos.


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Bizcocho Castella o Kasutera

El barco había zarpado rumbo a las Indias Orientales. A bordo, un puñado de marineros curtidos por el sol y el mar, y unos cuantos monjes que viajaban en misión. Llevaban consigo, además de su palabra, algunos productos que no sabían si encontrarían allí. El capitán les había advertido que no resistirían tanto tiempo en la bodega en buen estado, pero el superior les había ordenado llevarlos y ellos acataron lo que el buen señor decía.

A quienes no les sentaba bien la travesía se les advertía: cuando el mar se embravecía, mejor no subir a cubierta. El riesgo de que una gran ola los arrastrase era real, y los marineros no estaban para cuidar de nadie. Bastante tenían con proteger su propio pellejo. Ya era suficiente que hubiesen aceptado aquel viaje para saldar favores pendientes; no les entusiasmaba la idea de cruzar medio mundo para perderse en sus mares.

Los monjes aguantaron como campeones. Hablaban poco, comían menos y no se marearon, ni siquiera con las grandes olas de mar abierto. Pero se acercaba una tempestad, una de las grandes. Esperaban resistir así hasta llegar a puerto. Sin embargo, el puerto no llegó. Los vientos y el agua zarandearon el barco como si fuera de juguete, hasta que acabó estrellándose contra la costa.

¿Dónde estaban? ¿Habían llegado a su destino? ¿Estarían todos vivos?

Cuando la tormenta pasó, se hizo recuento. Pocos marineros habían sobrevivido; en cambio, todos los monjes estaban vivos. La mercancía había desaparecido junto con gran parte del barco, por lo que no quedaba nada con lo que curar ni alimentar a los que allí estaban.

Supongo que la curiosidad hizo salir a los lugareños de su escondite. Al principio los observaron de lejos, con cautela. Luego, acercándose temerosamente, los rodearon y les hablaron en una lengua extraña, con un tono que parecía enfadado por su presencia. Con el tiempo, entendieron que lo ocurrido no había sido culpa suya. Los ayudaron con las heridas, con el hambre.

No les ofrecieron ningún pastel de bienvenida, pero lo que comieron les supo a gloria. Fuera lo que fuera, no estaban en casa… pero estaban agradecidos.


Bizcocho kasutera herencia portuguesa en Japón

Bizcocho castella o kasutera típico de Japón



El bizcocho castella, conocido en Japón como kasutera, es un pastel tradicional japonés de tipo bizcochuelo que destaca por su textura extremadamente esponjosa, húmeda y elástica. A pesar de ser un pilar de la repostería nipona actual, su origen no es asiático, sino que fue introducido en el país en el siglo XVI por mercaderes portugueses a través del puerto de Nagasaki, la única vía de comercio exterior permitida en esa época. El nombre kasutera proviene de la evolución fonética de la frase portuguesa pão de Castela, que significa «pan de Castilla», haciendo referencia a la región histórica de España de donde se creía que provenía la receta original. Desde su introducción, la kasutera pasó de ser un dulce nanban —es decir, un postre extranjero— a considerarse un wagashi, un dulce tradicional japonés. 

A diferencia de los bizcochos occidentales tradicionales, la receta auténtica del castella no utiliza levadura química, polvo de hornear, mantequilla ni aceite. Su ligereza y volumen se logran exclusivamente mediante un batido prolongado y meticuloso de los huevos con azúcar hasta alcanzar el punto de cinta, atrapando una gran cantidad de aire en la masa. Los ingredientes básicos se limitan a huevos, harina de trigo de fuerza con alto contenido de gluten, azúcar y jarabe de mizuame, un endulzante de almidón japonés que aporta la humedad característica y una textura pegajosa única. Tradicionalmente, la base del molde se espolvorea con un azúcar granulado grueso llamado zarame, el cual no se disuelve del todo durante el horneado y crea una capa inferior crujiente que contrasta con la suavidad del pastel.

El método de cocción del castella es muy particular y requiere precisión para obtener su apariencia perfecta. Se hornea tradicionalmente en moldes de madera sin fondo, ya que este material conduce el calor de forma lenta y uniforme, evitando que los bordes se sequen o se quemen. Durante los primeros minutos en el horno, el repostero debe realizar un proceso llamado «corte de burbujas», removiendo la masa con un palillo para eliminar las burbujas de aire grandes y asegurar una miga interna fina y homogénea. Al salir del horno, el bizcocho se envuelve inmediatamente en film transparente mientras aún está caliente y se deja reposar boca abajo de doce a veinticuatro horas, lo que redistribuye la humedad interna y madura los sabores.

Hoy en día, el kasutera de Nagasaki goza de una reputación de producto prémium y se regala habitualmente como un obsequio formal de agradecimiento o cortesía. Aunque la versión original tiene un sabor dulce y suave con notas de miel, existen variantes modernas muy populares infusionadas con polvo de té verde matcha, chocolate, queso o azúcar moreno de Okinawa.

Ya he dicho en otras ocasiones que me gusta la comida asiática, especialmente la japonesa. Tengo un haori de seda japonés que creo que es la prenda que más me gusta de mi armario... y también la que menos me he puesto. Su ropa tradicional me parece preciosa, me fascinan los mil y un cacharritos que tienen para la comida, pero reconozco que, entre tanta delicadeza —en sus jardines, su cocina o sus rituales— y todo tan pequeñito y minimalista... el sumo me descoloca.

Es curioso cómo un bizcocho de origen europeo regresa a nosotros “de la mano” de los japoneses, como si necesitáramos de Internet para redescubrir la historia de muchos productos.

Y tú, ¿qué bizcochos te han sorprendido?

Bizcocho japonés Castella o Kasutera


Ingredientes para un molde de 20 cm:
  • 2 tazas de azúcar glas
  • 3 cdas. de leche entera
  • 1/4 taza de miel
  • 8 huevos
  • 2 tazas de harina con levadura para repostería, tamizada

Elaboración:
  1. Precalienta el horno a 180 °C. 
  2. Engrasa el molde con mantequilla y fórralo con papel de hornear, dejando que sobresalga por los bordes (este bizcocho es muy alto y sube bastante). 
  3. Unta también mantequilla sobre el papel y espolvorea ligeramente con azúcar glas.
  4. En un cazo, calienta a fuego suave la leche junto con la miel, removiendo hasta que se integren por completo. 
  5. Retira del fuego y reserva.
  6. En una batidora, bate los huevos durante 1 minuto. 
  7. Añade el azúcar glas y sigue batiendo hasta que la mezcla triplique su volumen (debe quedar muy espumosa y aireada).
  8. Incorpora poco a poco la mezcla de miel y leche, batiendo durante 3 minutos más. 
  9. Luego, a velocidad media, añade la harina tamizada, poco a poco, hasta obtener una masa densa y uniforme.
  10. Vierte la masa en el molde preparado y alisa la superficie. 
  11. Hornea durante 10 minutos a 180 °C. 
  12. Pasado ese tiempo, baja la temperatura a 160 °C y continúa horneando durante aproximadamente 1 hora, o hasta que al insertar un palillo en el centro, salga limpio.
  13. Apaga el horno y deja el bizcocho reposar dentro, con la puerta entreabierta, durante 10 minutos. 
  14. Después, retíralo, desmóldalo con cuidado y quítale el papel.
  15. Recorta los bordes del bizcocho para dejar visible su miga suave y brillante. 
  16. Sírvelo templado o a temperatura ambiente.
  17. Si lo vas a conservar, envuélvelo en film transparente para mantener su humedad característica.

Bizcocho japonés castella o Kasutera con miel


Preguntas frecuentes

¿Por qué es indispensable batir los huevos con el azúcar hasta triplicar su volumen?

En la repostería tradicional japonesa, el kasutera pertenece a la familia de los bizcochos genoveses, cuya ligereza depende casi exclusivamente del aire atrapado mecánicamente en la espuma de huevo (punto de letra o de cinta). Batir intensamente crea millones de microburbujas estables que expanden la masa durante el horneado, otorgándole esa textura elástica, esponjosa y casi etérea sin necesidad de depender de impulsores químicos excesivos.

¿Qué función cumplen la miel y envolver el bizcocho en film transparente tras desmoldarlo?

La miel no solo aporta un aroma floral profundo, sino que actúa como un agente higroscópico muy potente: retiene activamente las moléculas de agua dentro de la miga. Envolver el bizcocho tibio en film plástico atrapa el vapor residual que aún emana de su interior, condensándolo suavemente de vuelta hacia el corazón del pastel; este paso es el secreto profesional que garantiza una superficie satinada, tierna y con esa mordida húmeda tan codiciada.

¿Cuál es la fascinante historia luso-japonesa detrás del bizcocho Castella?

Pese a ser uno de los dulces más venerados de Japón (en especial de la ciudad portuaria de Nagasaki), su origen no es oriental, sino ibérico. Fue introducido en el siglo XVI por misioneros y mercaderes portugueses que recalaron en Japón durante el periodo del comercio Nanban. El nombre kasutera (カステラ) es una adaptación fonética japonesa de pão de Castela («pan de Castilla»), un bizcocho que los marineros transportaban por su notable capacidad para mantenerse tierno y comestible durante semanas en alta mar.



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Bizcocho de aguacate

—Hay un monstruo debajo de mi cama —le dije a mi padre.

Mi padre, que se toma muy en serio su cargo de protector oficial de la familia, se agachó, inspeccionó los bajos de la cama como si fuera un agente secreto y sentenció:

—Hija, aquí no hay ningún monstruo. Pero si lo hubiera, tendría una conversación muy seria con él. Y, dependiendo de cómo respondiera, saldría de esta casa de una patada.

Me quedé más tranquila... durante unos tres minutos.

Entonces fui a ver a mi madre.

—Hay un monstruo debajo de mi cama.

Ella me acarició el pelo y sonrió.

—Cariño, los monstruos no existen. Y si no existen, no merece la pena preocuparse por ellos. Tú duerme tranquila que yo vigilaré.

Aquello sonaba muy bien, pero el supuesto monstruo no parecía haberse enterado.

Probé con mi hermano.

—Hay un monstruo debajo de mi cama.

Me miró unos segundos y preguntó:

—¿Cuántos cafés llevas hoy?

—Ninguno.

—Pues entonces es preocupante.

Y se fue riendo por el pasillo.

Cuando ya empezaba a pensar que era la única persona del planeta con problemas de convivencia monstruosa, apareció mi mejor amiga.

—Hay un monstruo debajo de mi cama.

Ella no se rió. No puso cara rara. No llamó a un exorcista. Simplemente dijo:

—Te creo.

Aquello me sorprendió tanto que casi me olvido del monstruo.

—¿En serio?

—Claro. A mí me pasó lo mismo.

—¿Y qué hiciste?

—Lo saqué de debajo de la cama.

—¿Así, sin más?

—Bueno, no exactamente. Primero negocié.

Resultó que mi amiga había sentado a su monstruo frente a una mesa, le había puesto una baraja de cartas delante y le había propuesto un trato:

—Si ganas tú, me llevas a tu mundo. Pero si gano yo, dejarás de darme sustos, no te esconderás debajo de muebles y solo podrás visitarme de vez en cuando. Nada de quedarte a vivir.

—¿Y quién ganó? —pregunté.

—Yo. Los monstruos son malísimos jugando a las cartas. Se ponen muy nerviosos cuando les salen los ases.

Aquello me convenció.

Entre las dos movimos la cama, la giramos, la empujamos, la levantamos y la zarandeamos tanto que, si había un monstruo debajo, seguramente acabó mareado.

No encontramos ninguno.

Pero sí encontramos algo mucho mejor: motivos para reírnos durante horas.

Después nos sentamos a merendar un bizcocho que había preparado aquella mañana. Era esponjoso, delicioso y tenía un sospechoso tono verde monstruo.

Aún no sabemos si fue casualidad.

¿Quieres probar un trozo?

Bizcocho de aguacate con miga húmeda y sabor delicado

Bizcocho de aguacate casero textura ligera



La historia del aguacate en España es el relato de una fruta exótica que pasó de ser una rareza botánica contemplada por reyes a convertirse en el auténtico «oro verde» de la agricultura nacional. Al igual que ocurrió con el maíz, el primer contacto de los españoles con el aguacate se produjo durante el siglo XVI tras su llegada al continente americano. Los conquistadores, incapaces de reproducir con exactitud la voz náhuatl āhuacatl, adaptaron el término a «aguacate» y, dada su silueta, lo bautizaron popularmente como «pera de las Indias». Aunque las crónicas coloniales elogiaban su pulpa mantecosa y nutritiva, el traslado de los plantones hacia Europa tropezó con enormes trabas climáticas: el aguacatero exige condiciones subtropicales muy precisas, con temperaturas suaves y total ausencia de heladas.

Durante siglos, la España peninsular solo albergó ejemplares aislados en jardines botánicos o fincas aristocráticas como meras piezas de colección y prestigio. Los primeros ensayos rigurosos de aclimatación se registraron en las islas Canarias a lo largo del siglo XVIII, aprovechando que el archipiélago atlántico gozaba de un clima subtropical idóneo y muy parejo al de sus regiones de origen en América. En la península ibérica, existen documentos de finales de esa misma centuria que atestiguan la presencia de árboles productivos en la comarca de la Axarquía —concretamente en la localidad de Almayate—, vinculados a la hacienda del influyente ministro malagueño José de Gálvez. Pese a estos enclaves pioneros, el aguacate siguió siendo un absoluto desconocido para la inmensa mayoría de la población durante el siglo XIX y principios del XX. En los mercados madrileños de los años veinte, las escasísimas piezas importadas desde Cuba o Canarias se despachaban en fruterías de postín a precios astronómicos, reservadas en exclusiva a los banquetes de las familias más acaudaladas de la capital.

El despegue del aguacate como cultivo comercial a gran escala no se produjo hasta mediados del siglo XX. A partir de la década de 1950, un grupo de visionarios, agrónomos y empresarios comenzó a estudiar a fondo las condiciones de la Costa Tropical granadina y de la Axarquía malagueña. Figuras como el empresario frutero Julián Díaz Robledo o los impulsores del proyecto experimental Rancho California promovieron la introducción de variedades californianas de alto rendimiento. El espaldarazo definitivo llegó con la fundación de la estación experimental IHSM La Mayora en Algarrobo (Málaga), donde se evaluó el comportamiento de los distintos injertos frente al suelo y los recursos hídricos locales. El éxito agronómico fue rotundo: la variedad Hass —célebre por su piel rugosa que se oscurece al madurar— y la Fuerte se adaptaron de forma extraordinaria al microclima del litoral andaluz. En octubre de 1960, Almuñécar marcó un hito al expedir el primer cargamento comercial de aguacates peninsulares con destino a Barcelona, abriendo una ruta de distribución inédita.

A lo largo de los años ochenta y noventa, las plantaciones vivieron una auténtica eclosión impulsada por el viraje en los hábitos de consumo europeos y el auge de las grasas saludables. Los agricultores de Málaga y Granada reconvirtieron sus tradicionales cítricos, olivares y viñedos para dar paso a miles de hectáreas de aguacateros, atraídos por la alta rentabilidad del fruto. España se erigió con rapidez en el principal y casi exclusivo productor y exportador de la Unión Europea, con la ventaja competitiva de abastecer a los mercados comunitarios en apenas unos días por carretera, sin el deterioro de las semanas de travesía marítima que exige la fruta americana. En los últimos años, el estrés hídrico estructural en el sur ha forzado al sector a optimizar al máximo el riego de precisión y a diversificar las zonas de cultivo hacia comarcas con mayor garantía de agua, como la Comunidad Valenciana, la provincia de Cádiz y diversos valles de Huelva.

Cada persona ve los miedos de distinta manera; cada una reacciona según su experiencia, saber, personalidad o perspectiva. Y sí, aunque el miedo es una angustia que todo ser humano experimenta alguna vez en su vida, a veces no es fácil reconocerlo, hablarlo o manifestarlo.

Imaginamos que el monstruo que hay debajo de nuestra cama puede ser verde, como Mike o Sulley (Monstruos, S.A.); quizá de pequeños sea así, pero ¿y de grandes? ¡Mmm! De grandes podemos seguir creyendo en ellos o comérnoslos, ¿no crees?

Bizcocho de aguacate

Ingredientes:
  • 3 huevos
  • 150 g de azúcar 
  • 50 g de aceite oliva suave
  • 2 aguacates pequeños maduros o 1 aguacate grande maduro
  • El zumo de 1/2 limón
  • 1 pizca de sal
  • 250 g de harina 
  • 1 sobre de levadura en polvo
  • Unas gotas de colorante alimentario verde (opcional)
Elaboración:

Precalienta el horno a 180 °C.
  1. Bate los huevos, el azúcar y el aceite hasta que quede todo bien integrado.
  2. Extrae la pulpa del aguacate y colócala en un cuenco con el zumo de medio limón. Tritura hasta obtener una pasta suave.
  3. Tamiza la harina, sal y la levadura. Agrégalo a la mezcla de los huevos.
  4. Bate hasta que todos los ingredientes sean una masa sin grumos.
  5. Añade, si lo has elegido, unas gotas de colorante verde hasta que la masa quede verde monstruo. Si decides no ponérselo, está bien, el verde puede que "desaparezca" o que quede ligeramente verdoso.
  6. Vierte la masa en un molde previamente engrasado (con spray desmoldante o aceite y harina).
  7. Hornea durante unos 45 minutos o hasta que, al pinchar con un palillo, este salga limpio.
  8. Retira del horno, deja reposar 5 minutos en el molde y desmolda sobre una rejilla para que enfríe por completo.

Bizcocho de aguacate casero con gominolas y cacahuetes

Preguntas frecuentes

¿Por qué es fundamental triturar el aguacate junto con el zumo de limón de inmediato?

La pulpa del aguacate contiene enzimas polifenol oxidasas que se activan al contacto con el aire, provocando una oxidación enzimática casi instantánea que torna la carne marrón y apaga su frescura. El ácido cítrico y el ácido ascórbico del zumo de limón bajan el pH de la pasta e inhiben estas enzimas, protegiendo el color vegetal y aportando una sutil nota ácida que realza la dulzura del bizcocho.

¿Qué función culinaria cumple el aguacate en sustitución de parte de las grasas tradicionales?

El aguacate maduro actúa como una grasa cardiosaludable (rica en ácidos grasos monoinsaturados) y como un emulsionante natural por su contenido en agua, fibra soluble y aceites vegetales. Esto permite reducir drásticamente el uso de aceite (apenas 50 g para toda la receta) o mantequilla, aportando a cambio una miga extraordinariamente jugosa, húmeda y con una textura tierna que tarda mucho más en secarse con los días.

¿Por qué el color verde natural puede atenuarse durante el horneado si no se usa colorante?

La clorofila presente de forma natural en el fruto es muy termolábil (sensible al calor continuado). Durante los 45 minutos a 180 °C, las altas temperaturas degradan la clorofila y desencadenan las reacciones de Maillard y la caramelización de los azúcares en la superficie, lo que tiende a dar un tono tostado dorado por fuera y un verde oliva pálido o beige por dentro. Unas gotas de colorante aseguran ese verde brillante y llamativo si buscas un efecto visual vistoso.


Dibujo de hay un monstruo debajo de mi cama




Relato, dibujo y fotografías @catypol - Circus day.

Bizcocho de yogur

Era agosto de 1968, el asfalto hervía y las fiestas del barrio de San Martín estaban en su apogeo: luces de colores, banderines torcidos y altavoces que escupían música a todo volumen, como si se acabara el mundo. Toñi, con 19 años y pantalones de campana, iba muy a la moda de la época. Se ajustó el flequillo de cortina, se subió al SEAT 124 de su primo Dani y gritó:

—¡Pon a Serrat, que esta noche lo petamos!

Dani, que conducía como si estuviera esquivando ovnis, aparcó en la calle principal del barrio justo cuando los altavoces lanzaban el «La, la, la» de Massiel.

—¡Perfecto! ¡Entrada triunfal! —dijo Toñi, bajándose del coche como si llegara a Eurovisión.

La fiesta ya estaba hasta arriba de gente: niños jugando a las canicas, parejas arrimándose al bailar y abuelas comiendo bizcocho y despotricando a diestro y siniestro. No todas, claro. La estrella indiscutible de la noche era la señora Encarnita: viuda desde hacía 22 años, con 83 bien llevados y un moño tan firme que le quitaba las arrugas de la cara. Llevaba un vestido de lunares, unos tacones del 62 —el año, no el número de zapato— y una energía que desafiaba la ley de la gravedad.

A las diez, cuando la orquesta Maravella empezó con un disco-pop popular, Encarnita se plantó en el centro de la pista, levantó los brazos y empezó a girar como una peonza.

—¡Abuela, para! —le gritó su nieto, avergonzado—. ¡Que eso, más que un baile, parece un exorcismo!

Y Toñi, al volver a casa, solo pudo decir:

—Tía, qué noche. Flipé con Encarnita. Pensaba que yo era chachi... ¡A cucharadas nos la dio la vieja!

Bizcocho de yogur del recetario tradicional español

Bizcocho clásico de yogur para un cumpleañero


El bizcocho de yogur nació en Francia a mediados del siglo XX, consolidándose como uno de los pilares de la repostería casera europea gracias a la industrialización y comercialización masiva del yogur. Aunque la técnica del bizcocho base tiene raíces antiguas que se remontan al imperio romano y el término proviene del latín bis coctus ('cocido dos veces'), la versión específica que utiliza este lácteo transformó las cocinas modernas por su extrema practicidad.

La receta oficial, conocida en su país de origen como gâteau au yaourt, cobró fuerza cuando el yogur dejó de ser un producto exclusivamente medicinal vendido en farmacias y pasó a los supermercados. En aquella época, el yogur se comercializaba en pequeños frascos de vidrio o barro. Las familias francesas descubrieron que el envase vacío tenía el tamaño perfecto para medir el resto de los ingredientes sin necesidad de utilizar una balanza de cocina. Esta genialidad convirtió al tarro en la herramienta de medición universal para la repostería del hogar.

El éxito definitivo y la expansión internacional de este dulce se debieron a la sencillez de su fórmula, conocida popularmente como la regla del 1, 2, 3. La estructura fija de la receta consiste en utilizar un vasito de yogur como base, seguido de una medida de aceite, dos medidas de azúcar y tres medidas de harina, acompañadas por los huevos y la levadura. Al ser una secuencia numérica tan fácil de memorizar, la receta se transmitió oralmente de generación en generación de forma inmediata.

Más allá de la comodidad de no pesar los ingredientes, el bizcocho de yogur revolucionó la textura de las masas caseras. El ácido láctico presente en el yogur debilita el gluten de la harina y reacciona de forma óptima con los impulsores químicos. Esto da como resultado una miga sumamente húmeda, esponjosa y tierna que tarda mucho más tiempo en resecarse en comparación con los bizcochos tradicionales de mantequilla.

Hoy es un día especial para nosotros: es el cumpleaños de Tomás, mi marido. Así que todo lo que salga de aquí para él estará lleno de amor, sin ser empalagoso (porque no le gusta), ni dulce (él es más bien de salado), ni rimbombante (no va con su estilo). Tiene que ser divertido, porque, aunque es informático —y dicen que los informáticos tienen fama de serios—, le encanta la broma. Por eso, algunos blogueros y yo hoy le dedicamos una entrada especial… de la que él no sabe nada.

La historia del bizcocho de yogur, sí, tiene historia. Resulta que Tomás quería comer bizcocho de yogur y, como yo estaba ocupada con otras cosas, decidió hacerlo él. Le dejé la receta apuntada, que siguió a su manera. Después de una hora de horno, el bizcocho no había subido. ¡Qué raro! Le pregunté qué ingredientes había usado y me los fue enumerando… hasta que llegó a la levadura:

—¿La levadura? La que tenemos en el frigorífico, ¿no?

Bueno, pues ahí estaba el porqué. No, no era levadura fresca de pan… era levadura en polvo.

¡La próxima saldrá mejor!

Sí, querido, sí: ese bizcocho de yogur que te comiste esta semana, que tanto te gustó y que además te llevaste para compartir en la oficina, lo hice para esta entrada. Para ti, por supuesto, pero también para felicitarte el día de hoy. ¡Feliz cumpleaños!

¡Bienvenido a tu Circus day!


Bizcocho de yogur


Ingredientes:
  • 3 huevos
  • 1 yogur natural o de limón
  • 1 medida (del yogur) de aceite suave
  • 2 medidas (del yogur) de azúcar
  • 3 medidas (del yogur) de harina
  • La ralladura de un limón y su zumo
  • Un sobre de levadura química
Precalienta el horno a 180º C.

Elaboración:
  1. En un cuenco amplio, bate los huevos con unas varillas hasta que espumen ligeramente.
  2. Incorpóralos a los huevos y sigue batiendo hasta que la mezcla sea homogénea.
  3. Agrega el zumo y la ralladura de limón junto con el azúcar, y mezcla bien hasta que todos los ingredientes estén completamente integrados.
  4. Tamiza ambos ingredientes y añádelos a la mezcla anterior. Bate con suavidad hasta obtener una masa lisa y sin grumos.
  5. Engrasa y enharina el molde (o fórralo con papel de horno) para evitar que el bizcocho se pegue.
  6. Vuelca la mezcla en el molde y alisa ligeramente la superficie con una espátula.
  7. Lleva al horno precalentado a 180 °C durante 40-45 minutos, o hasta que al pinchar el centro con un palillo, este salga limpio.
  8. Saca del horno y deja enfriar sobre una rejilla antes de desmoldar.

Los blogueros amigos que han querido unirse para felicitarte y regalarte su versión del bizcocho de yogur:

Collage de las versiones de otros blogs del bizcocho de yogur

Fotomontaje de Tomás y Caty para el bizcocho de yogur

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia entre levadura química y levadura de panadero para el bizcocho?

Son completamente diferentes y no son intercambiables. La levadura química (Royal o similar) actúa con el calor del horno y hace subir el bizcocho durante la cocción. La levadura de panadero es un organismo vivo que fermenta la masa antes del horneado — perfecta para pan, pero no para bizcochos. Si usas levadura de panadero en un bizcocho, la masa no subirá en el horno como debe. Como bien sabe Tomás por experiencia propia.

¿Se puede hacer el bizcocho de yogur sin báscula, solo con el vasito?

Sí, y es exactamente para eso para lo que está pensada la receta. El vasito de yogur vacío es la medida universal: 1 de aceite, 2 de azúcar, 3 de harina. No necesitas báscula ni ningún otro utensilio de medición. Es la genialidad original de la receta francesa que la hizo popular en toda Europa.

¿En qué molde queda mejor el bizcocho de yogur?

En molde redondo de 22-24 cm queda perfecto para una altura de bizcocho clásica. También queda muy bien en molde de plum cake para cortarlo en rebanadas. Si tienes horno de gas, como apunta una lectora en los comentarios, lo mejor es hornear a fuego suave sin llegar al mínimo para que no se retueste la base.


Fotografía de los limones y yogur para hacer el bizcocho de yogur


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

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