Señoras y Señores,

Bienvenidos a Circus Day

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Hola,

Soy Caty y dirijo este circo

Foodie, diseñadora gráfica, cuentacuentos y aficionada a la fotografía es un resumen de lo que encontrarás aquí, un circo lleno de recetas, historias y espectáculo. Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladies and gentlemen, bienvenidos a Circus day, espero que te guste el show.

The Show

En el blog

Mostrando entradas con la etiqueta Dulces Malabares. Mostrar todas las entradas
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Bizcocho Castella o Kasutera

El barco había zarpado rumbo a las Indias Orientales. A bordo, un puñado de marineros curtidos por el sol y el mar, y unos cuantos monjes que viajaban en misión. Llevaban consigo, además de su palabra, algunos productos que no sabían si encontrarían allí. El capitán les había advertido que no resistirían tanto tiempo en la bodega en buen estado, pero el superior les había ordenado llevarlos, y ellos acataron lo que el buen señor decía.

A quienes no les sentaba bien la travesía se les advertía: cuando el mar se embravecía, mejor no subir a cubierta. El riesgo de que una gran ola los arrastrase era real, y los marineros no estaban para cuidar de nadie. Bastante tenían con proteger su propio pellejo. Ya era suficiente que hubiesen aceptado aquel viaje para saldar favores pendientes; no les entusiasmaba la idea de cruzar medio mundo para perderse en sus mares.

Los monjes aguantaron como campeones. Hablaban poco, comían menos y no se marearon, ni siquiera con las grandes olas de mar abierto. Pero se acercaba una tempestad, una de las grandes. Esperaban resistir así hasta llegar a puerto. Sin embargo, el puerto no llegó. Los vientos y el agua zarandearon el barco como si fuera de juguete, hasta que acabó estrellándose contra la costa.

¿Dónde estaban? ¿Habían llegado a su destino? ¿Estarían todos vivos?

Cuando la tormenta pasó, se hizo recuento. Pocos marineros habían sobrevivido; en cambio, todos los monjes estaban vivos. La mercancía había desaparecido junto con gran parte del barco, por lo que no quedaba nada con lo que curar ni alimentar a los que allí estaban.

Supongo que la curiosidad hizo salir a los lugareños de su escondite. Al principio los observaron de lejos, con cautela. Luego, acercándose temerosamente, los rodearon y les hablaron en una lengua extraña, con un tono que parecía enfadado por su presencia. Con el tiempo, entendieron que lo ocurrido no había sido culpa suya. Los ayudaron con las heridas, con el hambre.

No les ofrecieron ningún pastel de bienvenida, pero lo que comieron les supo a gloria. Fuera lo que fuera, no estaban en casa… pero estaban agradecidos.

Bizcocho kasutera japonés

Bizcocho japonés


Ya he dicho en otras ocasiones que me gusta la comida asiática, especialmente la japonesa. Tengo un haori de seda japonés que creo que es la prenda que más me gusta de mi armario... y también la que menos me he puesto. Su ropa tradicional me parece preciosa, me fascinan los mil y un cacharritos que tienen para la comida, pero reconozco que, entre tanta delicadeza —en sus jardines, su cocina o sus rituales— y todo tan pequeñito y minimalista... el sumo me descoloca.

La historia de este bizcocho cuenta que su origen es portugués, y que fueron los portugueses quienes lo introdujeron en Japón a través de Nagasaki en el siglo XVI. También se le llama Castella o “pan de Castilla”. Es un bizcocho sencillo, elaborado con huevo, azúcar, harina y miel. Como ocurre a menudo, hoy en día existen muchas versiones: con chocolate, con té matcha…

Desde su introducción, la kasutera pasó de ser un dulce nanban —es decir, un postre extranjero— a considerarse un wagashi, un dulce tradicional japonés. Se le otorgó esa categoría por las técnicas utilizadas al batir los huevos y, sobre todo, por la incorporación de mizuame, un jarabe de almidón local que le aporta esa textura húmeda y ligeramente masticable. En nuestra versión occidental, solemos sustituirlo por miel.

Es curioso cómo un bizcocho de origen europeo regresa a nosotros “de la mano” de los japoneses, como si necesitáramos de Internet para redescubrir la historia de muchos productos.

Y tú, ¿qué bizcochos te han sorprendido?

Bizcocho japonés Castella o Kasutera


Ingredientes para un molde de 20 cm.
  • 2 tazas de azúcar glas
  • 3 cdas. de leche entera
  • 1/4 taza de miel
  • 8 huevos
  • 2 tazas de harina con levadura para repostería, tamizada

1.- Precalienta el horno a 180 °C.
Engrasa el molde con mantequilla y fórralo con papel de hornear, dejando que sobresalga por los bordes (este bizcocho es muy alto y sube bastante). Unta también mantequilla sobre el papel y espolvorea ligeramente con azúcar glas.

2.- Prepara la mezcla de miel y leche. En un cazo, calienta a fuego suave la leche junto con la miel, removiendo hasta que se integren por completo. Retira del fuego y reserva.

3.- Bate los huevos. En una batidora, bate los huevos durante 1 minuto. Añade el azúcar glas y sigue batiendo hasta que la mezcla triplique su volumen (debe quedar muy espumosa y aireada).

4.- Incorpora poco a poco la mezcla de miel y leche, batiendo durante 3 minutos más. Luego, a velocidad media, añade la harina tamizada, poco a poco, hasta obtener una masa densa y uniforme.

5.- Vierte la masa en el molde preparado y alisa la superficie. Hornea durante 10 minutos a 180 °C. Pasado ese tiempo, baja la temperatura a 160 °C y continúa horneando durante aproximadamente 1 hora, o hasta que al insertar un palillo en el centro, salga limpio.

6.- Reposo. Apaga el horno y deja el bizcocho reposar dentro, con la puerta entreabierta, durante 10 minutos. Después, retíralo, desmóldalo con cuidado y quítale el papel.

7.- Presentación. Recorta los bordes del bizcocho para dejar visible su miga suave y brillante. Sírvelo templado o a temperatura ambiente.

Si lo vas a conservar, envuélvelo en film transparente para mantener su humedad característica.

Bizcocho kasutera de Japón


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Bizcocho de aguacate

—Hay un monstruo debajo de mi cama —le dije a mi padre.

Mi padre, que se toma muy en serio su cargo de protector oficial de la familia, se agachó, inspeccionó los bajos de la cama como si fuera un agente secreto y sentenció:

—Hija, aquí no hay ningún monstruo. Pero si lo hubiera, tendría una conversación muy seria con él. Y, dependiendo de cómo respondiera, saldría de esta casa de una patada.

Me quedé más tranquila... durante unos tres minutos.

Entonces fui a ver a mi madre.

—Hay un monstruo debajo de mi cama.

Ella me acarició el pelo y sonrió.

—Cariño, los monstruos no existen. Y si no existen, no merece la pena preocuparse por ellos. Tú duerme tranquila que yo vigilaré.

Aquello sonaba muy bien, pero el supuesto monstruo no parecía haberse enterado.

Probé con mi hermano.

—Hay un monstruo debajo de mi cama.

Me miró unos segundos y preguntó:

—¿Cuántos cafés llevas hoy?

—Ninguno.

—Pues entonces es preocupante.

Y se fue riendo por el pasillo.

Cuando ya empezaba a pensar que era la única persona del planeta con problemas de convivencia monstruosa, apareció mi mejor amiga.

—Hay un monstruo debajo de mi cama.

Ella no se rió. No puso cara rara. No llamó a un exorcista. Simplemente dijo:

—Te creo.

Aquello me sorprendió tanto que casi me olvido del monstruo.

—¿En serio?

—Claro. A mí me pasó lo mismo.

—¿Y qué hiciste?

—Lo saqué de debajo de la cama.

—¿Así, sin más?

—Bueno, no exactamente. Primero negocié.

Resultó que mi amiga había sentado a su monstruo frente a una mesa, le había puesto una baraja de cartas delante y le había propuesto un trato:

—Si ganas tú, me llevas a tu mundo. Pero si gano yo, dejarás de darme sustos, no te esconderás debajo de muebles y solo podrás visitarme de vez en cuando. Nada de quedarte a vivir.

—¿Y quién ganó? —pregunté.

—Yo. Los monstruos son malísimos jugando a las cartas. Se ponen muy nerviosos cuando les salen los ases.

Aquello me convenció.

Entre las dos movimos la cama, la giramos, la empujamos, la levantamos y la zarandeamos tanto que, si había un monstruo debajo, seguramente acabó mareado.

No encontramos ninguno.

Pero sí encontramos algo mucho mejor: motivos para reírnos durante horas.

Después nos sentamos a merendar un bizcocho que había preparado aquella mañana. Era esponjoso, delicioso y tenía un sospechoso tono verde monstruo.

Aún no sabemos si fue casualidad.

¿Quieres probar un trozo?





Cada persona ve los miedos de distinta manera; cada una reacciona según su experiencia, saber, personalidad o perspectiva. Y sí, aunque el miedo es una angustia que todo ser humano experimenta alguna vez en su vida, a veces no es fácil reconocerlo, hablarlo o manifestarlo.

Imaginamos que el monstruo que hay debajo de nuestra cama puede ser verde, como Mike o Sulley (Monstruos, S.A.); quizá de pequeños sea así, pero ¿y de grandes? ¡Mmm! De grandes podemos seguir creyendo en ellos o comérnoslos, ¿no crees?

· BIZCOCHO DE AGUACATE ·

Ingredientes
  • 3 huevos
  • 150 g de azúcar 
  • 50 g de aceite oliva suave
  • 2 aguacates pequeños maduros o 1 aguacate grande maduro
  • El zumo de 1/2 limón
  • 1 pizca de sal
  • 250 g de harina 
  • 1 sobre de levadura en polvo
  • Unas gotas de colorante alimentario verde (opcional)
Elaboración
Precalienta el horno a 180 °C.
  1. Bate los huevos, el azúcar y el aceite hasta que quede todo bien integrado.
  2. Extrae la pulpa del aguacate y colócala en un cuenco con el zumo de medio limón. Tritura hasta obtener una pasta suave.
  3. Tamiza la harina, sal y la levadura. Agrégalo a la mezcla de los huevos.
  4. Bate hasta que todos los ingredientes sean una masa sin grumos.
  5. Añade, si lo has elegido, unas gotas de colorante verde hasta que la masa quede verde monstruo. Si decides no ponérselo, está bien, el verde puede que "desaparezca" o que quede ligeramente verdoso.
  6. Vierte la masa en un molde previamente engrasado (con spray desmoldante o aceite y harina).
  7. Hornea durante unos 45 minutos o hasta que, al pinchar con un palillo, este salga limpio.
  8. Retira del horno, deja reposar 5 minutos en el molde y desmolda sobre una rejilla para que enfríe por completo.





Relato, dibujo y fotografías @catypol - Circus day.

Bizcocho de yogur

Era agosto de 1968, el asfalto hervía y las fiestas del barrio de San Martín estaban en su apogeo: luces de colores, banderines torcidos y altavoces que escupían música a todo volumen, como si se acabara el mundo. Toñi, con 19 años y pantalones de campana, iba muy a la moda de la época. Se ajustó el flequillo de cortina, se subió al SEAT 124 de su primo Dani y gritó:

—¡Pon a Serrat, que esta noche lo petamos!

Dani, que conducía como si estuviera esquivando ovnis, aparcó en la calle principal del barrio justo cuando los altavoces lanzaban el «La, la, la» de Massiel.

—¡Perfecto! ¡Entrada triunfal! —dijo Toñi, bajándose del coche como si llegara a Eurovisión.

La fiesta ya estaba hasta arriba de gente: niños jugando a las canicas, parejas arrimándose al bailar y abuelas comiendo bizcocho y despotricando a diestro y siniestro. No todas, claro. La estrella indiscutible de la noche era la señora Encarnita: viuda desde hacía 22 años, con 83 bien llevados y un moño tan firme que le quitaba las arrugas de la cara. Llevaba un vestido de lunares, unos tacones del 62 —el año, no el número de zapato— y una energía que desafiaba la ley de la gravedad.

A las diez, cuando la orquesta Maravella empezó con un disco-pop popular, Encarnita se plantó en el centro de la pista, levantó los brazos y empezó a girar como una peonza.

—¡Abuela, para! —le gritó su nieto, avergonzado—. ¡Que eso, más que un baile, parece un exorcismo!

Y Toñi, al volver a casa, solo pudo decir:

—Tía, qué noche. Flipé con Encarnita. Pensaba que yo era chachi... ¡A cucharadas nos la dio la vieja!

Bizcocho de yogur del recetario tradicional español

Bizcocho clásico de yogur para un cumpleañero


El bizcocho de yogur nació en Francia a mediados del siglo XX, consolidándose como uno de los pilares de la repostería casera europea gracias a la industrialización y comercialización masiva del yogur. Aunque la técnica del bizcocho base tiene raíces antiguas que se remontan al imperio romano y el término proviene del latín bis coctus ('cocido dos veces'), la versión específica que utiliza este lácteo transformó las cocinas modernas por su extrema practicidad.

La receta oficial, conocida en su país de origen como gâteau au yaourt, cobró fuerza cuando el yogur dejó de ser un producto exclusivamente medicinal vendido en farmacias y pasó a los supermercados. En aquella época, el yogur se comercializaba en pequeños frascos de vidrio o barro. Las familias francesas descubrieron que el envase vacío tenía el tamaño perfecto para medir el resto de los ingredientes sin necesidad de utilizar una balanza de cocina. Esta genialidad convirtió al tarro en la herramienta de medición universal para la repostería del hogar.

El éxito definitivo y la expansión internacional de este dulce se debieron a la sencillez de su fórmula, conocida popularmente como la regla del 1, 2, 3. La estructura fija de la receta consiste en utilizar un vasito de yogur como base, seguido de una medida de aceite, dos medidas de azúcar y tres medidas de harina, acompañadas por los huevos y la levadura. Al ser una secuencia numérica tan fácil de memorizar, la receta se transmitió oralmente de generación en generación de forma inmediata.

Más allá de la comodidad de no pesar los ingredientes, el bizcocho de yogur revolucionó la textura de las masas caseras. El ácido láctico presente en el yogur debilita el gluten de la harina y reacciona de forma óptima con los impulsores químicos. Esto da como resultado una miga sumamente húmeda, esponjosa y tierna que tarda mucho más tiempo en resecarse en comparación con los bizcochos tradicionales de mantequilla.

Hoy es un día especial para nosotros: es el cumpleaños de Tomás, mi marido. Así que todo lo que salga de aquí para él estará lleno de amor, sin ser empalagoso (porque no le gusta), ni dulce (él es más bien de salado), ni rimbombante (no va con su estilo). Tiene que ser divertido, porque, aunque es informático —y dicen que los informáticos tienen fama de serios—, le encanta la broma. Por eso, algunos blogueros y yo hoy le dedicamos una entrada especial… de la que él no sabe nada.

La historia del bizcocho de yogur, sí, tiene historia. Resulta que Tomás quería comer bizcocho de yogur y, como yo estaba ocupada con otras cosas, decidió hacerlo él. Le dejé la receta apuntada, que siguió a su manera. Después de una hora de horno, el bizcocho no había subido. ¡Qué raro! Le pregunté qué ingredientes había usado y me los fue enumerando… hasta que llegó a la levadura:

—¿La levadura? La que tenemos en el frigorífico, ¿no?

Bueno, pues ahí estaba el porqué. No, no era levadura fresca de pan… era levadura en polvo.

¡La próxima saldrá mejor!

Sí, querido, sí: ese bizcocho de yogur que te comiste esta semana, que tanto te gustó y que además te llevaste para compartir en la oficina, lo hice para esta entrada. Para ti, por supuesto, pero también para felicitarte el día de hoy. ¡Feliz cumpleaños!

¡Bienvenido a tu Circus day!


Bizcocho de yogur 

Ingredientes
  • 3 huevos
  • 1 yogur natural o de limón
  • 1 medida (del yogur) de aceite suave
  • 2 medidas (del yogur) de azúcar
  • 3 medidas (del yogur) de harina
  • La ralladura de un limón y su zumo
  • Un sobre de levadura química
Precalienta el horno a 180º C.

Elaboración
  1. En un cuenco amplio, bate los huevos con unas varillas hasta que espumen ligeramente.
  2. Incorpóralos a los huevos y sigue batiendo hasta que la mezcla sea homogénea.
  3. Agrega el zumo y la ralladura de limón junto con el azúcar, y mezcla bien hasta que todos los ingredientes estén completamente integrados.
  4. Tamiza ambos ingredientes y añádelos a la mezcla anterior. Bate con suavidad hasta obtener una masa lisa y sin grumos.
  5. Engrasa y enharina el molde (o fórralo con papel de horno) para evitar que el bizcocho se pegue.
  6. Vuelca la mezcla en el molde y alisa ligeramente la superficie con una espátula.
  7. Lleva al horno precalentado a 180 °C durante 40-45 minutos, o hasta que al pinchar el centro con un palillo, este salga limpio.
  8. Saca del horno y deja enfriar sobre una rejilla antes de desmoldar.

Los blogueros amigos que han querido unirse para felicitarte y regalarte su versión del bizcocho de yogur:

Collage de las versiones de otros blogs del bizcocho de yogur

Fotomontaje de Tomás y Caty para el bizcocho de yogur

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia entre levadura química y levadura de panadero para el bizcocho?

Son completamente diferentes y no son intercambiables. La levadura química (Royal o similar) actúa con el calor del horno y hace subir el bizcocho durante la cocción. La levadura de panadero es un organismo vivo que fermenta la masa antes del horneado — perfecta para pan, pero no para bizcochos. Si usas levadura de panadero en un bizcocho, la masa no subirá en el horno como debe. Como bien sabe Tomás por experiencia propia.

¿Se puede hacer el bizcocho de yogur sin báscula, solo con el vasito?

Sí, y es exactamente para eso para lo que está pensada la receta. El vasito de yogur vacío es la medida universal: 1 de aceite, 2 de azúcar, 3 de harina. No necesitas báscula ni ningún otro utensilio de medición. Es la genialidad original de la receta francesa que la hizo popular en toda Europa.

¿En qué molde queda mejor el bizcocho de yogur?

En molde redondo de 22-24 cm queda perfecto para una altura de bizcocho clásica. También queda muy bien en molde de plum cake para cortarlo en rebanadas. Si tienes horno de gas, como apunta una lectora en los comentarios, lo mejor es hornear a fuego suave sin llegar al mínimo para que no se retueste la base.


Fotografía de los limones y yogur para hacer el bizcocho de yogur


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Barcos de gelatina

Hacía tres meses que la flota de Marco Polo estaba anclada en las costas de Sumatra, y el joven veneciano empezaba a perder la paciencia. No era por falta de lujos —viajaban con la protección del Gran Khan— sino por los vientos monzónicos, que soplaban tercamente en la dirección equivocada.

—¿Cinco meses aquí atrapados, Marco? —preguntó su padre, Niccolò, mientras observaba cómo los marineros construían empalizadas—. A este paso, la princesa Kököchin llegará a su boda en Persia con canas. Y lo peor no es el tiempo, sino las provisiones. El calor de esta isla pudre el agua y ablanda los alimentos de la tripulación en cuestión de días.

Marco, sin embargo, estaba demasiado ocupado examinando un cargamento que acababa de llegar al puerto. Los cocineros locales extraían de las ollas una sustancia temblorosa, translúcida y extrañamente firme.

—Padre, olvida los lamentos —dijo Marco, tocando el alimento con fascinación—. Los lugareños han dominado las propiedades físicas del colágeno. Crean un bloque sólido a partir del líquido, atrapando los jugos de frutas en una estructura que el calor no destruye fácilmente. Es el colmo de la eficiencia logística: un alimento portátil, ligero, que no se derrama y que sacia la sed de los marineros.

Para levantar el ánimo de la tripulación, cansada de ver los barcos varados, Marco pidió a los cocineros que moldearan aquella gelatina mágica con la forma de sus propias galeras venecianas, usando cáscaras de fruta como casco. Los marineros, divertidos, devoraban los pequeños "barquitos" flotantes mientras esperaban el cambio de clima.

Un día, mientras recolectaba frutas para dar color a sus nuevas creaciones, Marco llegó al campamento afirmando haber visto un "unicornio" (que en realidad era un rinoceronte de Sumatra).

—Es un poco más bajo que un caballo —explicó Marco a los caballeros de la escolta—, tiene pelo de búfalo, patas de elefante y un cuerno negro en medio de la frente. Pero no os hagáis ilusiones: es bastante feo y prefiere revolcarse en el lodo que salvar a damiselas en apuros. Aunque he de admitir que su piel es tan dura como la estructura de nuestros barquitos de postre.

Al final, los vientos cambiaron y la flota pudo zarpar hacia la India. Marco se despidió de la isla con los bolsillos llenos de ingredientes y la mente llena de historias.

Barcos de gelatina de frutas decorados

Barquitos de gelatina de frutas


En 1682, el chef francés François Massialot incluyó en sus recetarios el uso de la gelatina para la creación de postres dulces y refinados en banquetes. Más tarde, en 1747, la cocinera británica Hannah Glasse popularizó recetas de gelatinas dulces endulzadas y coloreadas en su famoso libro The Art of Cookery.

La gelatina dejó de ser un artículo de lujo en 1845, cuando el inventor estadounidense Peter Cooper patentó y comenzó a comercializar la gelatina en polvo insípida. A finales de ese mismo siglo, en 1897, Pearle Bixby Wait adaptó este invento añadiéndole azúcares y sabores a frutas, creando la famosa marca Jell-O, lo que convirtió a la gelatina en el postre accesible, rápido y popular que conocemos hoy en día.

Si vas a usar fruta fresca, evita las siguientes crudas, ya que contienen enzimas que rompen las proteínas de la gelatina y evitan que solidifique:
  • Piña
  • Kiwi
  • Papaya
  • Higo
Nota: Si usas estas frutas en almíbar o cocidas, sí cuajarán porque el calor destruye esa enzima. Si no, usa directamente las que se comercializan, si buscas un sabor en concreto.

Barcos de gelatina


Ingredientes y materiales:
  • Frutas para los cascos del barco (naranjas, limones o limas).
  • Tus sobres de gelatina favoritos (¡cuantos más colores, más vistosa la flota!).
  • Palillos y papel para las velas (de piratas, dragones, pulpos...).

Paso a paso:
  1. Tómate el zumo de las frutas y limpia bien las cáscaras, dejándolas vacías y listas para usar como moldes.
  2. Haz la gelatina que más te guste siguiendo las instrucciones del paquete.
  3. Rellena las cáscaras con la gelatina que más te guste y déjalas en el frigorífico hasta que estén completamente firmes.
  4. Una vez frías y cuajadas, córtalas con un cuchillo bien afilado en cuñas (en forma de gajos).
  5. ¡A armar los barcos!: Ponles unas velas de verano, de piratas, de pulpos o de dragones —las que te pidan los niños—.
Es una actividad super divertida y a ellos les gusta mucho ver cómo sus barquitos de fruta y gelatina cobran vida antes de comérselos. ¡Buen viaje y buen provecho!

Aquí la versión adultos.

Gelatina de frutas paso a paso

Barcos de gelatina de frutas


Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day.

Polos de chocolate y Kitkat

Vivía encima de una panadería, en invierno estaba calentita y cómoda, pero en verano, en verano se lamentaba continuamente, se pasaba las noches dando vueltas en la cama hasta que el sueño hacía que dejara de darlas, no había otra opción, sí o sí tenía que vivir allí mientras el asunto no se arreglara, pero como se arreglaría una situación tan difícil, cada vez que lo pensaba se le hacía un nudo en el estómago, decía a su familia y amigos que lucharía hasta el final hasta que no le quedara ni una gota de sudor, pero a veces pensaba que ni ella se creía esas palabras.

¡Uff! vivir tan lejos de todos la hacía fuerte, dura y eso la cerraba...claro que recibía visitas, y eso la encantaba, descubría la ciudad de nuevo, con otros ojos, saboreaba la comida de una manera diferente y se reía otra vez, no se quejaba estaba bien adaptada pero su corazón volvía a un estado de letargo cuando las visitas la dejaban, entonces no volvía a su casa, iba a un puestecito de helados, pedía uno y se sentaba en un rincón dónde espiar al mundo mientras ella recolocaba sus recuerdos y se daba ánimos para volver, un helado no lo hacía más fácil pero si más dulce.




Supongo que habéis observado en las películas o series extranjeras como "ahogan" las penas sus protagonistas, sí, con helado, normalmente suele ser una tarrina de helado pero en este caso me apetecía que fuera polos, con KITKAT, pero polos y no tarrina, a mi se me quitó el antojo igual ;)

Polos de chocolate y Kitkat


Ingredientes para 6 polos
  • 20 g de chocolate
  • 50 g de miel
  • 7 g de fécula de maíz
  • 8 g de cacao puro en polvo sin azúcar
  • 300 ml de leche 
  • 7 g de queso crema
  • 6 mini galletas KitKat
Elaboración
  1. Diluye la Maizena con la leche. 
  2. Derrite el chocolate en el microondas o a baño María. 
  3. En una cacerola al fuego. Añade la leche con la Maizena, el chocolate, la miel, el queso y el cacao. Cocina y remueve hasta espesar, siempre a fuego bajo. 
  4. Saca del fuego, y por si queda algún grumo pasa la mezcla por un colador. 
  5. Deja que la mezcla enfríe.

Mientras preparar los mini Kitkat en los moldes, si quieres usar la hendidura de la galleta para poner el palito de madera, como se ve en la foto, pero si no puedes por el tipo de molde o no te gusta, puedes colocarlo de la manera tradicional. Llevar el molde con las galletas al congelador.

Cuando la mezcla esté templada o fría, vierte el líquido en los moldes y congela hasta el día siguiente. Para desmoldar simplemente sumerge los moldes en agua templada y así saldrán con más facilidad.


Relato y fotografías de @catypol - Circus day.

Kaiserschmarrn

En un ático de techos bajos, en algún rincón de Austria, vivían dos hermanos: Lena y Theo. Habían heredado el lugar de una tía excéntrica que coleccionaba sombreros y, según la leyenda familiar, hablaba con las lechuzas. El apartamento olía a madera antigua, a vainilla y a algo más que no lograban identificar… hasta que encontraron el viejo libro.

El libro estaba escondido tras una tabla suelta del armario del desván. Era grueso, de tapas de cuero cuarteado y sin título. Al abrirlo, las páginas crujieron como si respiraran después de años de silencio. Estaba lleno de símbolos, notas en los márgenes y mapas que no reconocían. Cada página parecía un enigma esperando ser resuelto.

Mientras se sumergían en esa maraña de acertijos, su dálmata —llamado Mozart— ladraba cada vez que los vecinos del piso inferior salían. Eran raros: una pareja de gemelos idénticos, siempre vestidos igual, que hablaban en susurros y coleccionaban muñecas antiguas. Un día, Mozart regresó con una de esas muñecas en la boca. Nadie supo cómo había llegado a su terraza.

Lena, más valiente, decía que el libro era una especie de guía. Theo pensaba que estaban volviéndose locos, hasta que una de las pistas los llevó a una antigua pastelería en las afueras del pueblo. Se sentaron en una mesa y pidieron Kaiserschmarrn. El dibujo del plato era el mismo símbolo que habían visto en el libro. Levantaron la vista de golpe y buscaron a quien les había servido, pero no lo encontraron. Preguntaron qué significaba el símbolo del plato, pero nadie lo había visto con anterioridad; ese plato no era de allí.

Confundidos, regresaron al ático mientras la nieve empezaba a caer con gran suavidad. Al entrar, la extraña fragancia que no lograban identificar se volvió más intensa. En ese instante, un golpe rítmico —tres toques lentos y pesados— sonó no en su puerta, sino en la puerta de abajo. Lena y Theo se miraron, conteniendo el aliento, mientras el libro empezaba a desprender un calor inusual y, bajo el título que antes no existía, vieron aparecer sus propios nombres escritos con una caligrafía que aún supuraba tinta fresca.

Kaiserschmarrn el postre del emperador

Kaiserschmarrn fácil del Tirol


Sobre el postre del emperador de Austria, casi es más fácil hacerlo que decirlo (se pronuncia «caiser marren»). Es un postre para tomarse sentado y luego moverse durante un buen rato para que baje, ya que es un dulce que llena mucho. O como hacen los austriacos, que lo comen después de una larga caminata por los Alpes.

Se trata de una densa tortita imperial, rota en la sartén y espolvoreada con azúcar glas. Se come bien caliente y en la misma sartén, para compartir. También se suele acompañar con compota de fruta, pasas al ron y almendras laminadas, y se consume tanto de postre como de almuerzo.

Esta es una versión casera sencilla, pensada para que salga bien incluso si no tienes mucha experiencia en cocina. No lleva pasas, ni ron, ni compota, pero lo acompaño de arándanos y almendras fileteadas aunque también es opcional.

Kaiserschmarrn fácil receta del Tirol


Ingredientes (2–4 raciones)
  • 4 huevos
  • 2 cdas. de azúcar
  • 1 sobre de azúcar vainillado
  • 1 pizca de sal
  • 200 g de harina de trigo
  • 400 ml de leche
  • 40 g de mantequilla (derretida + un poco para la sartén)
  • Azúcar glas para servir

Elaboración
  1. En un bol grande, bate los huevos con el azúcar, el azúcar vainillado y la sal hasta que la mezcla esté homogénea.
  2. Añade la harina y la leche poco a poco, mezclando hasta obtener una masa lisa y sin grumos.
  3. Incorpora la mantequilla derretida y mezcla de nuevo hasta integrar.
  4. Deja reposar la masa unos 10 minutos.
  5. Calienta una sartén antiadherente con un poco de mantequilla a fuego medio-bajo.
  6. Vierte la masa, procurando que tenga un grosor de aproximadamente 1–1,5 cm.
  7. Tapa la sartén y cocina a fuego medio-bajo hasta que la base esté dorada y la superficie cuajada.
  8. Dale la vuelta con cuidado o corta en 4 partes y termina de cocinar por el otro lado.
  9. Rompe la masa en trozos irregulares con una espátula y deja que se doren ligeramente durante 2–3 minutos más.
  10. Sirve caliente espolvoreado con abundante azúcar glas.
Notas:
  • Fuego medio-bajo siempre: es clave para que suba y no se queme por fuera.
  • No sobrebatir la masa: mezcla lo justo hasta que no haya grumos grandes.
  • El reposo es importante: esos 10 minutos ayudan a mejorar la textura.
  • Sartén antiadherente obligatoria si eres principiante: evita que se rompa al darle la vuelta.
  • No busques perfección al romperlo: el Kaiserschmarrn auténtico es irregular.
  • Servir inmediatamente: si se enfría pierde su textura esponjosa.

Kaiserschmarrn de Austria

Y esta tarde taller de galletas con mis chicas blogueras y buenas noticias.


Fotografías, receta y vídeo @catypol - Circus day.

Croffles

¡Quién nos entienda, que nos compre!
Eso es lo que piensa —o directamente dice— la mayoría de la gente que tiene cerca a un blogger cocinero.
¿Cómo es posible que fotografiemos la comida? ¿Que la comamos incluso fría? ¿Que nos subamos a sillas, taburetes, encimeras o cualquier cosa elevada para fotografiar… ¿qué? ¿La comida que vamos a “colgar” en el blog, para que se vea bonita? ¡Pero si luego se va a comer y, en un plis, ya no queda nada!

Nosotros nos reímos y seguimos como si nada.
Buscamos el mejor ángulo, fotografiamos la comida que hemos preparado como si fuera una modelo. Compramos utensilios sueltos para decorar: dos tazas de aquel modelo, una cuchara de otro, servilletas y manteles a montones, trozos de madera decorada, cartulinas...
Comentamos que hoy había poca luz, que esos tonos nos encantan, que nos ha quedado una composición preciosa...
Usamos una réflex que vale un pastón, como los profesionales; filtros, zooms, trípode... ¡Casi usamos tantos cacharros como los que empleamos para cocinar el plato que vamos a publicar!

Sí, somos así.
Mi proceso empieza en el momento en que busco qué cocinar para el blog. Encontrar una receta que me inspire ya es todo un reto. Luego viene comprar los ingredientes, organizarme para el día en que la voy a preparar, cocinarla, fotografiarla, retocarla un poco en Photoshop (muy importante, ya que mi cámara aún es compacta), y finalmente subirla.
Durante todo ese tiempo estoy en “modo blog”.
Y me da igual si no me entienden, si tengo que recalentar la comida porque se enfrió durante la sesión, si tengo que subirme al "andamio", si la comida desaparece en un abrir y cerrar de ojos…
Porque, como dice esa frase tan popular en España: ¡que me quiten lo bailao!

Esta entrada va para cada una de las personas que estáis detrás de un blog, que hacéis todo lo explicado antes… y mucho más.

Croffles

Croffles con nata y frutas

Hojaldrados, mantecosos y con la cantidad justa de dulzura, los croffles se han convertido en uno de los alimentos más populares del momento. Con un interior suave y masticable y un exterior crujiente, los croffles son un híbrido entre croissants y waffles. Se pueden disfrutar tanto en el desayuno como en un tentempié dulce a lo largo del día.

Solo necesitas un ingrediente y una gofrera para hacer croffles en casa. Sírvelos solos o con tus toppings favoritos. Este delicioso plato fue inventado por la pastelera irlandesa Louise Lennox y se ha vuelto muy popular y fotografiado en todo el mundo.

Se preparan cocinando masa de croissant en una plancha para gofres hasta que se doren maravillosamente.


Croffles caseros con nata y fruta fresca


Croffles

 
Ingredientes
  • Croissants sin hornear (los venden en los congelados de supermercados, mira el vídeo) (pero también puedes hacerlos tú con masa de hojaldre, quizás no se hinchen tanto pero salen bien también)

Utensilio:
  • Gofrera

Decoración:
  • azúcar glas
  • nata montada
  • yogur
  • fresas
  • arándanos
  • frambuesas
  • chocolate
  • etc...

Elaboración
  1. Es así de fácil, descongela los croissants, deben estar totalmente descongelados. 
  2. Abre la gofrera y pincela con aceite o spray para moldes repostería.
  3. Pon un croissant dentro y cierra. 
  4. Cocina unos minutos, ves mirando para que no se queme pero que quede dorado.
  5. Sirve y decora como más te guste. 





Texto, vídeos y fotografías @catypol - Circus day.

Carlota de chocolate

Cada día salía de casa para dar un paseo por el barrio. Me gustaba caminar lentamente, saludar a Marie, la señora de la boutique, esquivar a los chicos que salían de clase, ayudar a cruzar al señor Maurice —un poco sordo y ciego para cruzar solo— y sentarme un rato a contemplar la belleza del río que cruzaba la ciudad. Las barcazas subían y bajaban, mostrando a los turistas tal o cual rincón de la orilla, y los pequeños botes con enamorados, agarrados el uno al otro, contemplaban la misma belleza que yo.

Después me dirigía a Petit Paris, una pequeña cafetería-bistró llena de vida por la mañana, pero que por la tarde se tranquilizaba y abrigaba a los que, como yo, necesitaban un descanso en su día. Allí me esperaba Juliette, una mujer delicada y bonita, con unos ojos que dejaban sin aliento a cualquiera que se detuviera a mirarla. Ella sonreía siempre, incluso a aquellos que no tenían tiempo para parar un rato en su vida y saludarla.

Y allí estaba yo, sentado junto a la ventana, admirando el ir y venir de los demás y suspirando por no ser uno de ellos, siempre corriendo de un lado a otro, cuando apareció Juliette con un poco de su magia. Algo llevaba en sus manos, escondido bajo una bella tela. Me miraba pícara y sonriendo.

—Je donne un peu, si vous pouvez deviner ce que c'est ? —siempre conseguía hacerme reír. 
—¡Hum! ¿Una calabaza? —dije yo divertido. 
—Non, non —dijo ella. 
—¿Le has quitado el sombrero al señor Maurice? —bromeé. 
—Nooooon —exclamó riendo. 
—De acuerdo, me rindo —dije al fin. 
—¡Oh, monsieur! Chocolat, charlotte au chocolat pour vous —dijo ella, retirando la tela.

Debajo había una bella carlota de chocolate, tan bella como la ilusión de su dueña, tan dulce como su mirada, tan rica como solo ella sabía hacerla. Si alguna vez visitas París, búscala, déjate seducir por su magia y admira sus ojos. Ella te sorprenderá siempre.

Carlota de chocolate y soletillas

Carlota de chocolate con genovesas


La carlota es una tarta de origen europeo que se caracteriza por su base de bizcochos de soletilla, genovesas o láminas de bizcocho. A diferencia de sus versiones primitivas, la receta moderna no requiere horneado y se sirve fría, permitiendo rellenos variados como cremas, helados, mermeladas o compotas.

Aunque su origen es debatido, se sitúa en la segunda mitad del siglo XVIII en el Reino Unido. Inicialmente, era un postre horneado similar a un trifle, elaborado con pan con mantequilla y fruta cocida. A principios del siglo XIX, la receta evolucionó hacia un postre frío, popularizándose entre las clases altas que podían costear el uso de hielo.

Existen diversas teorías sobre su nombre, todas vinculadas a la nobleza:

  • Reina Carlota de Mecklemburgo-Strelitz: esposa de Jorge III del Reino Unido.

  • Princesa Carlota Augusta de Gales: en cuyo honor el chef Marie-Antoine Carême habría rebautizado el postre como charlotte à la parisienne.

  • Zarina Carlota de Prusia: hipótesis que surge cuando Carême, al servicio del zar Alejandro I, renombró la receta como charlotte à la russe.

«Yo la he hecho en formato mini, en un molde redondo de 14 cm de diámetro, porque creo que para tres personas es suficiente (o para dos, si os gusta mucho el dulce). Si quieres una más grande, solo tienes que doblar la cantidad de ingredientes. Te prometo que no te dejará indiferente y la disfrutarás mucho; casi tanto como si la hubiera hecho la propia Juliette».


Mini carlota de chocolate


Molde redondo de 14 cm de diámetro

Ingredientes
  • 150 g de chocolate negro + 75 g para los bizcochos
  • 12 bizcochos de soletilla
  • 70 g de mantequilla sin sal (a temperatura ambiente)
  • 70 g de azúcar glas
  • 1 cucharada de cacao sin azúcar
  • 1 cucharadita de café instantáneo
  • 2 yemas de huevo (a temperatura ambiente)
  • 1 cucharada de ron blanco
  • 200 ml de nata para montar
Elaboración
  1. Forra el molde con papel de hornear.
  2. Funde los 75 g de chocolate al baño María o en el microondas. Baña con chocolate las puntas de los bizcochos y colócalos sobre papel de hornear para que se solidifiquen en el frigorífico.
  3. Funde los 150 g de chocolate y reserva.
  4. Por un lado, monta la nata.
  5. Por otro, bate la mantequilla con la mitad del azúcar hasta obtener una mezcla blanca y esponjosa. Añade el cacao y el café y mezcla bien.
  6. Por último, bate las yemas de huevo con el resto del azúcar y el ron hasta que la mezcla blanquee y haya doblado su volumen.
  7. Incorpora los 150 g de chocolate fundido a la mezcla de mantequilla y cacao. Añade la mezcla de yemas y ron; bate bien para integrar todo.
  8. Finalmente, añade la nata montada con suavidad, realizando movimientos envolventes hasta que todo quede bien integrado.
  9. Cuando el chocolate de los bizcochos se haya endurecido, córtalos para dejarlos a la misma altura que el molde (si prefieres no cortarlos, también puedes hacerlo). Coloca los bizcochos en el molde con la parte bañada en chocolate hacia el fondo.
  10. Vierte la mezcla de chocolate en el molde. Golpéalo ligeramente para que la mezcla se asiente.
  11. Deja reposar en el frigorífico toda la noche o un mínimo de cuatro horas antes de consumir.
  12. Para desmoldar, coloca la parte de los bizcochos con chocolate hacia arriba y espolvorea cacao por encima.

Mini carlota de chocolate

Carlota fría de chocolate


Relato y fotografías @catypol - Circus day.

Tarta de chocolate sin horno

Un sábado por la mañana, cuando la casa todavía está tranquila y todos duermen, me gusta levantarme y pasearme en ese silencio. Escucho al señor gorrión saludarme, a las perras desperezarse e, incluso, si me esfuerzo, puedo llegar a oír a un vecino corriendo.

El ruido del reloj, poco a poco, me devuelve a la realidad del paso del tiempo y, de pronto, todo empieza a funcionar: los grifos del baño, los dibujos en la tele, los chillidos de «¡Buenos días!», las patitas de las perras sobre el parqué, la cafetera, la tostadora y el sonido de mi voz:

—Suena el timbre (¡Riiiin, riiiin, riiiin!) —repito—. ¿Alguien puede abriiiir? ¡Llaman a la puertaaa!

Al final, tengo que abrir yo. Me miro el pijama (menos mal que no está manchado), me recojo el pelo, me froto la cara para espabilarme y abro la puerta. En el umbral hay un señor. No sería nada extraño si no fuera porque va vestido con un esmoquin. Mi cara debe de ser un poema, pues el señor me sonríe y me pide un café. Es entonces cuando me acuerdo de mi madre, que solía decirme: «No hables con desconocidos».

¡En fin! Ese día debía de estar aventurera, así que lo dejé pasar. De repente, parecía que había vuelto el silencio de cuando me acababa de levantar: todo enmudeció; todo se centró en ese extraño que había dejado entrar en casa y que, tan elegantemente, se dirigía a la mesa del desayuno.

—¡Buenos días, familia! ¿Qué tal habéis dormido? ¿Habéis tenido dulces sueños? —preguntó y se sentó.

El estupor general era tan evidente que tuve que animar a todos a sentarse a la mesa. Y, como si fuera uno más, empezaron los interrogatorios, más ruido, platos y tazas, las perras… y todo volvió a la normalidad. Incluso hubo risas y armonía. Al despedirse, nos dejó un regalo: una tarta que haría que esa mañana fuese recordada no porque tuviéramos un extraño en la mesa, sino por la elegancia de su esmoquin y por el sabor de la tarta.

Tarta fría de chocolate negro sin horno con base de galleta Oreo

Tarta de chocolate sin horno cremosa con queso crema

A veces, la decoración de una tarta —aunque sea la más sencilla y simple del mundo— es lo que marca los «oooooh» de los comensales, ¿no crees? Igual que cuando nos vestimos con elegancia.

Por ejemplo, con esta tarta. Claro que puedes presentarla sin decoración, pero si quieres conseguir ese «¡oh!» de admiración, entonces vístela de etiqueta.

Tuxedo: la traducción de esta palabra inglesa es esmoquin, el traje que suelen ponerse los hombres para un evento de etiqueta.

Mi versión es una tarta fría, cuajada y sin horno. Elegante y decorada para un evento especial… o no. Para mí es especial cualquier evento con mi tribu, y a mi tribu le gusta mucho esta versión. Súper sencilla y decorada para sacarte una sonrisa.


Tarta fría de chocolate sin horno - Estilo Tuxedo


La base:
  • 154 g de galletas tipo Oreo (si no te gustan, puedes usar las que más te gusten: digestivas, María chocolate o cualquier otra)
  • 60 g de mantequilla fundida
  • Molde cuadrado desmontable de 17 × 17 cm (8 cm de altura)

La crema:
  • 200 ml de nata para montar (38 % de materia grasa)
  • 100 g de azúcar
  • 20 g de gelatina en polvo neutra
  • 200 g de chocolate negro troceado
  • 250 g de queso crema para untar

Decoración (opcional):
  • Chocolate blanco para fundir
Elaboración
  1. Pon las galletas (galleta y relleno) en una picadora y tritúralas hasta que queden reducidas a polvo.
  2. Añade la mantequilla fundida y vuelve a triturar hasta que los ingredientes queden bien integrados.
  3. Cubre el molde desmontable con papel de horno. Agrega la mezcla de galletas y mantequilla y extiéndela bien por toda la base. Reserva en la nevera.
  4. Pon la nata a calentar en un cazo. Añade la gelatina y el azúcar y remueve hasta el primer hervor. Retira del fuego.
  5. Incorpora el chocolate troceado, remueve y lleva de nuevo a ebullición. Retira del fuego.
  6. Pon el queso crema en un bol y añade la mezcla anterior.
  7. Bate con varillas eléctricas hasta que todos los ingredientes se integren por completo.
  8. Vierte la mezcla en el molde. Golpéalo suavemente contra la encimera para que la crema se asiente y quede nivelada. 
  9. Introduce el molde en la nevera y deja enfriar hasta que esté bien cuajada (4 horas o toda la noche).
Decoración
  1. Decora con chocolate blanco como si fuera un tuxedo (esmoquin).
Nota:
También puedes preparar versiones individuales en moldes pequeños, cajitas o recipientes.


Tarta tuxedo chocolate blanco y negro sin horno receta fácil


Relato, receta y fotografías @catypol - Circus day.

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